domingo, 2 de octubre de 2011

El confín de la tierra





En la tarde del 31 de Diciembre de 1874, las ráfagas de lluvia helada acompañaban el fuerte viento del oeste que doblegaba los arbustos de la costa y aullaba al rozar las tablas de la pequeña casa. El mar había perdido su atractivo azul y solo se veía al oleaje indisciplinado intentando alcanzar a las gaviotas, que contra el viento se sostenían a poca distancia del agua.

En esta tarde y en la casa de la costa, nació el tercer niño blanco de la historia de Tierra del Fuego: Esteban Lucas Bridges.

Nació en una familia protagonista del progreso fueguino. Su padre fue el Reverendo Thomas Bridges, que junto a su esposa, María Varder, había llegado de Inglaterra, enviado por la Sociedad Misionera de Sud América, con el objeto de cristianizar las tribus indígenas de la isla y su archipiélago.

Thomás Bridges fue un típico misionero evangélico del siglo XIX. Combinaba una ciega fe en Dios, con un gran desprendimiento respecto a las ventajas de la moderna vida europea, una  obstinada  observancia de la moral puritana y el convencimiento que solo mediante el duro y disciplinado trabajo, se lograba el éxito, tanto en la tierra como en el cielo.

La Misión, que fundó a orillas del Canal de Beagle, se convirtió con el correr de pocos años en una villa en donde convivían otros miembros de la Sociedad Misionera y varias familias de yahganes, algunos en viviendas de tablas y otras simplemente en excavaciones en el suelo, semicubiertos con ramas y cueros de guanacos, al estilo tradicional de la tribu. Además de la pequeña iglesia, existía un orfanato para niños aborígenes sin familia. Este extraño y pequeño complejo urbano, en donde no faltaban las quintas y los corrales para animales, fue la base de lo que hoy es Ushuaia. Allí los Bridges tuvieron 6 hijos, Lucas incluido.

Thomas se constituyó en juez, consejero y amigo, de la comunidad Yahgan y Ona en el sur de la Isla. Fue también escritor, respetuoso observador de costumbres indígenas y analista y coleccionista de especies vegetales y animales. Tanto su monumental diccionario Inglés – Yahgán, de algo más de 32.000 palabras, cuya elaboración le llevó toda la vida, como su correspondencia con científicos ingleses y argentinos, entre los que se destaca el Dr. Francisco Moreno, lo revelaron como un formidable proveedor de información antropológica y máxima autoridad en referencia a conocimientos sobre la realidad fueguina a la llegada del hombre blanco.

En 1887, en reconocimiento por su obra, el Gobierno Nacional le otorgó tierras al este de Ushuaia, sobre la costa del Beagle, donde el canal se quiebra en una serie de ensenadas y bahías. Allí sobre una lonja de tierra entre la playa y el bosque, construye las instalaciones de Haberton, una de las estancias patagónicas más conocidas en el mundo entero y cuna de la riqueza ganadera de la isla.

A la muerte de Thomas, es Lucas quien encabeza la familia. En 1907 la familia había crecido de tal forma que la amplia casa en Haberton ya era insuficiente. Lucas decide solicitar más tierras y ante la respuesta positiva del gobierno, funda la estancia Viamonte, también sobre la costa del canal, cinco leguas al Oeste. Conforma para ello una sociedad  con uno de sus cuñados[1] y hace traer desde Inglaterra una sierra a vapor de 5 toneladas, para cortar la inmensa cantidad de tablones, postes y vigas, que las nuevas construcciones requerirían.

El respeto de los yahganes por su padre lo hereda Lucas y se extiende a los onas y los alacalufes. Con él estos pescadores y cazadores se convierten en carpinteros, esquiladores, domadores de caballos y pastores de ovejas.

A partir de una muy eficiente administración y gracias a los excelentes precios internacionales de la lana en las primeras décadas del siglo XX, las estancias Haberton y Viamonte, producen ingresos suficientes como para que Lucas Bridges y sus hermanos, junto a Mauricio Braun y Rudolf Stubenrauch se asociaran con la empresa Hobbs y Cía en un emprendimiento ganadero con asiento en Valdivia (Chile), con varias estancias de vacunos y ovejas, entre los que se destacan “Lago Posadas” (en Argentina) y “Valle del Chacabuco” (en Chile)[2]. Este grupo de propiedades, todas pertenecientes a una misma región, suponía la posibilidad de sacar lana hacia el Pacífico, mediante la navegación del Lago Buenos Aires (General Carrera en Chile), el Lago Bertrand y el río Baker, el más importante de la Patagonia Occidental.  El proyecto se había frustrado muchos años antes y supuso la muerte por escorbuto de 40 obreros por la demora en la llegada de alimentos; y nuevamente casi fracasa en la década del 20, por el asesinato de su administrador, lo que obligó la intervención personal de Bridges para salvar el emprendimiento.

Antes de todo esto, participó en la Primera Guerra en las filas inglesas y desarrolló, junto a uno de sus hermanos, un gran rancho ganadero en Sud África.

Hacia el final de sus días vivió en Buenos Aires. Allí en un elevado piso del Edificio Kavanah, fuera del alcance del smog y del ruido del tráfico, mirando hacia el Plata, trataba de recordar la claridad fría del aire fueguino.

Entusiasmado por su amigo Aimé Tschiffely, el jinete de Mancha y de Gato, se dispuso a escribir sus memorias. De este esfuerzo resultó un libro: “El Último Confín de la Tierra”. Una amenísima biografía, de buena vena literaria, levemente irónico, con interesantes apuntes antropológicos, que cubre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, de la historia fueguina. Escrito en inglés y editado por Hodder & Stoughton, de Londres (1948), fue luego traducido al castellano y reeditado en ambos idiomas varias veces desde entonces.  Clásico de la literatura patagónica, es un libro clave para interpretar, desde la isla, la llegada de la civilización europea y la coetánea desaparición de la de los onas, los yahganes y de los alacalufes.

                     .






[1] Bridges y Reynolds, Compañía Granjera Ltda.


[2] Incluía también la Estancia del Lago Guío, que por un tiempo administró Hermann Brunswig, padre de María Brunswig, la autora del delicioso libro “Allá  en la Patagonia” (Javier Vergara Edit.; Bs. As. 1995)




sábado, 24 de septiembre de 2011

Tristeza

Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar
Publicado originalmente en la revista electrónica del Instituto Kinsley de Sexología (Rosario - Argentina)
  Comenzaron los empleados municipales a cubrir de tierra el cajón en el fondo de la fosa recientemente abierta y se le atragantó un sollozo en la garganta. La ausencia de su padre lo golpeó fuerte en la cara junto a la ráfaga de viento y polvo que desde el oeste superó la despintada pared del cementerio. Tuvo frío y se ajustó las solapas de la campera alrededor del cuello. Sintió la mano de Matilde en la suya y la presión de su cuerpo contra su brazo. No se animó a mirarla, pues temió quebrarse nuevamente, como lo había hecho hace unas horas en la fea sala mortuoria, que la Cooperativa de Luz del pueblo tenía destinado a los socios  que fallecían.
Cuando miró nuevamente, habían terminado de llenar la fosa y con el revés de sus palas anchas golpeaban la tierra suelta y arcillosa, formando el montículo que cubría ahora el cajón. La gente que lo había acompañado se daban vuelta lentamente y caminaban hacia el portón principal; algunos de ellos pasaban frente a él y con palabras que no entendía, le anunciaban sus condolencias.
Matilde le preguntó si quería que manejara ella. Sin hablar - se dio cuenta que hacía mas de dos horas que no emitía palabra alguna - le dijo que no y se acercó a la camioneta abriendo la puerta del conductor.  Hizo arrancar el motor recién cuando ella se había acomodado en el asiento a su lado. 
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           Recorrieron lentamente la ancha calle desierta que une el cementerio con las cuadras principales del pueblo y Matilde, con voz suave, le pidió que pasaran por el boliche de Jara. Debían recoger una bolsa de harina, sal y comida para las gallinas, que ella había comprado el día anterior.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           Percibió que todo continuaba y que, por mas que sintiera este maldito dolor en el alma, había una fuerza, inexorable y exterior a él, que lo obligaba a seguir con la rutina de los días y de las semanas. Mentalmente - seguía sin hablar - le agradeció a la pequeña mujer que estaba a su lado por su compañía.  Trató de imaginar por un momento estas mismas circunstancias sin ella; sacudió su cabeza y se liberó del encadenamiento de ideas que empezó a formar.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 Siempre en silencio pararon frente a lo de Jara. El pibe que ayudaba en el patio cargó la caja de la camioneta y el chileno se acercó a estrecharle la mano; balbuceó el agradecimiento del gesto y nuevamente subió al vehículo. Doblando el volante enfrentó la calle de salida, justo cuando un gran remolino de polvo y viento los envolvió, impidiendo por algunos segundos ver por el parabrisas.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               A los pocos minutos superaban las pobres casas de adobe y chapas que indicaban las afueras del pueblo; dos perros flacos salieron de una de ellas para ladrar a los neumáticos de su camioneta. Un niño, de aspecto sucio y mal vestido, los saludó al pasar.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  Ya sobre la pampa su mente voló lejos, mientras la camioneta seguía sola aparentemente sin requerir que la guiara. Voló sobre la mata negra, se internó entre las espinas del calafate y buscó a la perdiz que se agazapaba tras el pasto guanaco. Subió a la yegua que montaba cuando era apenas un niño y acompañó nuevamente a su padre en la busca del piño de ovejas que habían perdido en la primavera del 62, cuando nevó fuerte, en forma muy tardía. De allí se metió en los corrales para ayudar en la señalada y recordó el ardor de los ojos cuando se llenaban de polvo y bosta triturada. Vio nuevamente a su padre, cubiertas sus ropas de sangre de capar corderos machos y cortar orejas y colas. Sintió el olor del antisárnico y el frió de mojarse, al ayudar a las ovejas salir del agua y escurrirse, temblando, en el mediodía gris.  Repentinamente sonrió al repasar las pequeñas bromas de la ronda de mate, cuando al fin del dìa su padre y los peones, organizaban las tareas del día siguiente. Volvió al campo, al día en que bajó de un tiro de rifle un avestruz. Avestruz que luego le ayudaron a desplumar y limpiar, para llevar a su madre como un trofeo. Recordó el cielo limpio y claro, el aire calmo y el cantar de una calandria cerca del lugar en donde estaban cuereando una oveja vieja, que habían encontrado muerta. Fue allí cuando vio el choique y fue allí cuando el padre, haciéndole señas de silencio y con movimientos suaves, le alcanzó el rifle que siempre llevaba atado a los tientos de su montura.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 De tanto volar por el campo, lo sorprendió la llegada al casco de la estancia. De golpe lo vio, cuando doblaron por la angosta huella y llegaron al cañadón donde estaban la casa y la pequeña quinta. Atrás y hacia el río, los corrales y el galpón de esquila.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         En la tarde de aire frío y luz suave del otoño, descargaron la camioneta y entraron al hogar. Sobre el aparador, esperando a su dueño, estaba la pipa apagada. El olor del tabaco se mantenía en la casa y pensó como, en unos días, ese olor se iría perdiendo para no volver nunca más.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    Comieron poco, solos, sin ganas y en silencio. Ayudó a Matilde con los platos y decidieron sin hablar, irse a la cama. Una vez entre las sábanas, estiró su mano para tomar la de ella y suavemente la atrajo hacia su lado. Ella se acercó, lo besó y con la mano libre apagó la luz del velador. En silencio, sin la pasión de otras veces, pero con amor y con tristeza, buscó  su cuerpo y se fundió en el.






jueves, 15 de septiembre de 2011

Bajo de los Guanacos Ermindo Bellavista

Pedro Dobrée
El presente fue inicialmente escrito para ejemplificar un caso de la Teoría X e Y y fue publicado en el Blog "Administración desde el Sur".  Como tiene asiento en la realidad de un personaje de la Patagonia, decidí publicarlo también aquí. Espero que les guste.
Nació en una pequeña vivienda de un plan provincial, en las afueras de Bajo de los Guanacos. Era hijo de Doña Lucía Domínguez y de Calos Bellavista. Doña Lucía quedó viuda temprano, cuando su marido había rodado junto a un alazán corpulento, en una fría mañana de Septiembre a no más de 5 leguas del pueblo. Luego de esta desgracia Doña Lucía, con sus 4 hijos varones, vivió de su labor como empleada doméstica, y de una pensión que un diputado provincial había logrado gestionarle.
Ermindo era el mayor de los chicos y en cuanto terminó la escuela primaria, quiso buscar trabajo para ayudar a su madre. Colaboró con un verdulero en un local a tres cuadras de su casa y posteriormente con un taller mecánico. Mientras realizaba changas iba, no siempre, al colegio secundario. En tercer año y pronto a cumplir los 18, abandonó para empezar a trabajar en la Municipalidad. Allí fue destinado al Corralón, lugar en donde tenían base de operaciones las cuadrillas que atendían las dos plazas del pueblo, el estado de las calles y el mantenimiento del alumbrado público.
Tres años estuvo allí, la mayor parte del tiempo en mantenimiento de calles, realizando tareas de mínimas exigencias de capacitación y mucho esfuerzo rudo con palas, azadas y picotas, que es el término con que en Patagonia se le llama a los picos.  Cansado Ermindo de este trabajo, decidió pedir hablar con la Secretaria de Gobierno de la Intendencia y plantearle su deseo de emigrar a otra zona del municipio para realizar una tarea más liviana.
“No estoy buscando no trabajar, Señora … le dijo, un día en que la encontró en los pasillos del edificio … pero quiero otra cosa, que me rompa menos las manos y pueda llegar a casa con ganas de hablar con mamá y jugar con mis hermanos y no, como hasta el ahora, que solo quiero tirarme sobre mi cama y dormir”.
De la Dra. Velarguerre solo obtuvo un “veremos que puedo hacer”, pero a 20 días de la conversación, el capataz le informó que al día siguiente, a primera hora, debía presentarse en el despacho de la Secretaria de Gobierno.
Sin mayores expectativas Ermindo asistió puntualmente a la cita.  Quieres encargarte del archivo Ermindo?” le dijo la funcionaria. El contestó, sin dudarlo, que si.
Sofía Velarguerre tenía un problema con el Archivo. Estaba ubicado en un galpón mal iluminado y polvoriento, al costado del Edificio Municipal. Aunque la ciudad solo recientemente había adquirido un movimiento importante, el volumen de papeles era ya grande, había fundadas sospechas de la existencia de lauchas en el interior y el orden de los diversos legajos, expedientes y biblioratos era desastroso, producto, esto último, de la inexistencia de un encargado para mantenerlo y de la desidia de los restantes empleados, que cuando devolvían expedientes, lo depositaban en cualquier lado, por la carencia de una buena luz y para evitar el contacto con las lauchas. Nadie quería responsabilizarse del problema.
Buscar, y luego devolver un expediente del archivo, era visto por todos como un castigo. ¿”Habré hecho bien al proponerle el cargo a Ermindo…” se preguntaba Sofía?
El 10 de Febrero de 1998 Ermindo Bellavista comenzó a trabajar como responsable del Archivo Municipal.
Como era un muchacho simpático, uno de los pilares del equipo municipal de futbol y se había ganado un grupo grande de amigos dentro de la organización, rápidamente pudo pedir ayuda para hacer los arreglos que quería introducir en el archivo. Algunos de los operarios de “tareas generales” le ayudaron a reparar varias goteras en el techo y reemplazar un vidrio de una ventana. Y el encargado del mantenimiento de la iluminación pública, cambió cables, portalámparas y le colocó farolas nuevas que sacaron del pañol.  De su casa trajo una gata que encerró en el archivo y que alimentaba allí para que no huyera; los que si huyeron fueron las lauchas.
Para mediados de Marzo ir al archivo dejó de ser una pena. Ermindo recibía sus visitas sentado detrás de un ordenado escritorio, sobre el cual había un pequeño florero con un manojo de flores plásticas. “Mis visitas son mis clientes y los tengo que atender bien” explicaba. En pocos segundos encontraba la documentación pedida y se la entregaba al solicitante luego de registrar el retiro en un prolijo cuaderno. Cuando era devuelta, se tachaba la “salida” del cuaderno y se devolvía la documentación a su lugar original. La nueva situación del archivo era el comentario general de los pasillos comunales.
Al cumplir 6 meses en el nuevo cargo, la Secretaria de Gobierno de la Municipalidad pidió y logró, una mejora de categoría para el responsable del archivo y toda la Municipalidad felicitaba a Ermindo por su labor. A Ermindo  no se le caía la sonrisa de la cara.
Hoy ya no está frente al archivo. Desarrolla otras tareas de mayor responsabilidad, su salario mejoró y es considerado un muy buen empleado administrativo. Antes de que lo cambiaran de lugar, solicitó una entrevista con el Intendente que le fue concedida. Allí pidió que quien se quedara al frente del Archivo fuera un amigo que recomendaba para el puesto. Lograba de esa manera asegurar lo que se había hecho allí,

jueves, 8 de septiembre de 2011

Domando potros en Patagonia Homenaje a Lennox Jack Dobrée

 Pedro Dobrée
Caballos gateados en proceso de amance

            Para la generalidad de los argentinos, las tareas de amanse de caballos se relacionan con imágenes de gauchos valerosos, caballos nerviosos, sudor y saliva hecha espuma en la boca, corcovos, lazos, rebenques y espuelas. La acción de amansar es considerado un acto de gran virilidad, donde hombre y caballo compiten en un terreno de fortaleza y coraje.

Pero no es esta la imagen para quienes aprendieron a amansar potrillos con el método de los tehuelches. Por el contrario, en este caso las tareas de amanse se relacionan más con la paciencia, con el respeto por el animal y con pensar que un caballo bueno es aquél que no deja a su jinete a pie en la soledad de la estepa interminable, ni pone en peligro su humanidad, cuando lo quiere montar en una mañana fría de invierno, con la tierra dura de tanta escarcha.

Los tehuelches, con la aparición del hombre blanco, se adaptaron rápidamente al uso del caballo como medio de transporte, de caza y de diversión; se convirtieron en excelentes jinetes y los miembros varones de las tolderías dedicaban mucho tiempo a las tareas relacionadas con la manada. Para ello desarrollaron en pocas generaciones, un procedimiento eficiente cuyo objetivo era contar con animales obedientes, sanos y con espíritu de lucha intacto.

Entre la gente vieja de la Patagonia hubo quienes supieron con humildad aprender sus técnicas y repetirlas en las estancias, donde la cría y la tenencia de caballos eran esenciales a la actividad rural.

Para ejecutar el método es necesario empezar temprano. Potrillos de no más de 6 meses son enlazados,  embozalados y atados cada uno a 5 o 6 palenques que, en fila o en círculo y sobre terreno parejo, fueron colocados cerca de la vivienda del amansador o de su lugar habitual de trabajo.

El objeto de esta maniobra es acostumbrar al animal a la presencia del hombre.  Varias veces durante el día, el amansador pasará por allí y le dedicará 5 a 10 minutos a cada potro. Buscará de acariciarle primero la cabeza, las orejas, la nariz y el cuello; cuando esto hace, silba una canción monótona y tranquilizante. Pronto buscará de recompensar al animal que se deja acariciar con un puñado de maíz o algunos terrones de azúcar.

Solo cuando los potrillos dejan de reaccionar asustados ante la mano del hombre, es que se busca una nueva actitud. Ahora se le colocan maneas en las manos y las caricias bajan al pecho y a las patas, siempre acompañadas por la canción silbada o por palabras suavemente dichas. Los potrillos permanecen atados durante buena parte del día, pero hacia el final se los suelta en el corral para que vuelvan con sus madres a amamantar, cosa que hacen con gran entusiasmo. Si ya no toman leche de la madre, es necesario preocuparse que tengan abundante agua fresca y buena pastura y, si es posible, mezclar alfalfa con algún grano, como la cebada o la avena.

Luego de 15 o 20 días de esta tarea, se acerca un cojinillo para colocarlo sobre el lomo del potro o de la potranca; todo esto hecho con cuidado, pues el animal se asusta con solo ver el extraño movimiento del cuero que el amansador trae entre manos. Es conveniente por un tiempo solo mostrar el cuero, moviéndolo de un lado para otro frente a los ojos del animal, pero sin ponerlo en contacto con el.

Cuando el animal se ha acostumbrado a la extraña apariencia del cojinillo, se lo coloca sobre su lomo y se aprovecha la rugosidad del reverso para frotar y rascarlo en el cuello, el pecho, el mismo lomo y las verijas, sensación que le produce gran placer. 

La próxima operación es la de asegurar el cojinillo con una cincha.  Una cincha lo suficientemente larga como para poder atar adecuadamente al cuero y hacerle sentir al animal la presión sobre sus costillas y el estómago.  Siguen el silbido, las palabras suaves y las caricias.

Si el animal es aún muy joven se interrumpen los trabajos hasta que crezca algo más, pues deberá soportar en la última etapa el peso del jinete que ahora, recién ahora, lo montará. Si se ha producido este paréntesis, será necesario algunos días con toda la rutina previa para recordarle lo vivido anteriormente.

Y ahora se ensilla el animal. Un cuero liviano, un par de estribos y un cojinillo; todo pensado en asegurar la comodidad del jinete, pero también la del animal.  Se ha de elegir un par de riendas con cabezal de tamaño adecuado y de lonjas suaves y bien sobadas, y un bocado que no lastime ni labios ni encías.

Conviene que quien monte sea quien ha estado todo este tiempo con el animal, pues su voz, su figura y su olor le son ya conocidas.  Para el primer galope se elige una planicie sin trampas para patas y manos y donde se puede correr a gusto, hasta el cansancio.  El ideal es que no existan corcovos y el jinete debe procurar que así sea, con las mismas actitudes que tuvo durante todo el período antes de montarlo. Es evidente entonces que espuelas, rebencazos, tirones bruscos a las riendas y otras manifestaciones de violencia, deben ser desterrados.

Con los talones y con el ruido del rebenque en el aire, el jinete deberá buscar el galope largo.  Con la bestia cansada, recién volverá “para las casas”,  donde le quitará el apero y bañará con agua fresca las zonas sudorosas de su cuerpo. Luego se lo lleva a donde podrá tomar buena agua y comer adecuadamente. La repetición en varios días consecutivos de esta experiencia permitía dar por terminada la tarea.

Esta es la vieja técnica de amanse de los tehuelches; en ella expresaban su amor por los caballos, su conciencia por la gran utilidad del animal y su respeto por la naturaleza que compartían con el resto de la vida.