lunes, 21 de noviembre de 2011

Mrs. Manuela Walker





Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar



Hacía algo mas de dos horas que estaba sentada inmóvil en la silla mecedora, con el cuerpo casi pegado a la ventana. La cortina estaba corrida y por el vidrio podía percibir la tarde que había comenzado a oscurecer. Hacia la derecha, un largo cerco de tamariscos separaba el frente de la casa de lo que supo ser, más de 10 años atrás, el cuadro donde se sembraban papas, tierra donde se veían aún los surcos de la última arada, cubierta por pastos amarillos, secos y desprolijos. Entre este cerco y la casa, largas varas secas de frambuesas, que esperaban la primavera para ofrecer sus pequeñas hojas verdes y más tarde el milagro de sus frutas rojas en el desierto.

Frente a la ventana y a unos 20 metros hacia el norte, un viejo sauce mimbre movía su extensa cabellera al ritmo del viento que, habiendo soplado fuerte todo el día, ahora con la proximidad de la noche, tendía a disminuir su enojo. Atado firmemente a su tronco, un perro enorme de raza indefinida, hundía su cabeza entre sus patas delanteras simulando dormir. Y detrás del sauce, la laguna seca y el potrero de los capones, cuya superficie pisoteada por miles de pezuñas y pastoreada por años en exceso, entregaba al aire en los días de fuerte viento del oeste, nubes grandes y espesas de polvo que no permitían ver el faldeo de la meseta.

Si alguien pudiera observarla en esos momentos, le resultaría imposible saber que pensamientos pasaban por su cabeza. La cara, expresión frecuente de los diversos estados de ánimo de mucha gente, en su caso era infranqueable.  El pelo gris veteado de canas muy blancas, se recogía en un rodete que lo estiraba hacia atrás, manteniéndolo fijo y haciendo más evidente aún, los ojos oscuros e inquisidores y la nariz prominente; todo en el marco de una cara achatada pero redonda y pequeña, a diferencia del rostro común de su raza que sabía ser ancha. La piel cetrina parecía una máscara. El vestido negro de cuello alto, mangas largas y puños de color violeta oscuro que acompañaban a cada mano sobre los apoyabrazos de la silla, le prestaba cierto parecido con la Reina Victoria de Inglaterra. En sus pies usaba medias de lana gruesa tejida y alpargatas. 

La sala era espaciosa, de paredes empapeladas de color marrón claro. Sobre uno de los laterales una reproducción enmarcada de una cacería de zorros en la campiña inglesa. Sobre el otro lateral el reloj de pie y al centro una mesa y seis sillas de roble oscuro y pana azul. Ella ahora estaba sentada en una de dos sillas mecedoras que enfrentaban el ventanal amplio hacia el este.

Con largos intervalos, imprimía un pequeño movimiento a la silla y solo se levantó cuando el reloj de la sala a sus espaldas, hizo sonar ocho campanadas.

Había nacido en las cercanías de Cholila, en la toldería de su tribu, hacia fines del siglo XIX. Su padre, cacique tehuelche, murió al caer de su caballo cuando ella no tenía más de 10 años. Vivió luego bajo la protección de su hermano mayor y de un tío. Algunos años más tarde se fue a vivir con la esposa de un colono boer de Colonia Sarmiento. Allí aprendió algunas palabras en inglés y los rudimentos de una cocina extraña. Pero en el otoño del año siguiente se escapó y volvió, en el carro de un árabe mercachifle, al valle del Chalía y al toldo con su madre.

Allí conoció a William Walker, joven inglés que había colonizado tierras al sureste del lago Buenos Aires. Walker buscaba comprar hacienda ovina y por ello permaneció en la zona por largos días. Visitó frecuentemente la toldería de los Quilchamal y aunque siempre en silencio, intercambiaba miradas con Manuela. Finalmente habrá podido hablar, mezclando el negocio de la hacienda con una propuesta matrimonial, porque luego su tío le preguntó a ella si aceptaba.

Se carnearon varias yeguas y los jóvenes varones de la tribu bailaron por largas horas. A la mañana siguiente temprano, con dos pilcheros a tiro y echando las ovejas por delante, lentamente se dirigieron al sur.

Walker quiso hacer las cosas bien. Al verano siguiente bajaron a Puerto Deseado e inscribió su matrimonio en el Registro Civil. Algo más tarde un pastor luterano itinerante, los casó ante el Dios de los cristianos.

Su escaso vocabulario en inglés se amplió y luego de dos meses en Inglaterra junto a su marido - un año en que la lana se había vendido a buen precio - logró hablarlo tan bien que puede decirse que sus lenguas eran este y el tehuelche.

Walker se murió en la década del 40, sin dejar hijos y su viuda se hizo cargo de la administración del campo. 

El viaje a Europa le había impresionado y por ello frecuentaba Buenos Aires, donde pasó, por muchos años y en un hotel céntrico, algunos meses de cada invierno. Uno de estos inviernos decidió hacer un viaje al Oriente y paseó su silenciosa figura por Tokio y la India.

A fin de la década del 50 llegué una tarde a su estancia, cerca del Bajo Caracoles; allí fuimos convidados con té, pan casero y mermelada de ruibarbo. Dos pruebas del terrible proceso de desertificación de la Patagonia retengo en mi memoria de esta visita.  En el potrero que menciono al principio y cerca de la tranquera de entrada a la zona de la casa y los corrales, unos enormes arbustos de calafate se erguían en el aire a más de un metro de altura, sostenidos por sus raíces, como monstruos con varias patas largas y  retorcidas. El viento había erosionado el suelo por debajo de cada matorral.

El otro fenómeno fue el de las varillas (“piquetes”, en el castellano de la surpatagonia) del alambrado que se cruzaba con la tranquera. Estas estaban notoriamente adelgazadas, como si un ebanista las hubiera lijado prolijamente; pero en realidad era el viento y la arena, que día tras día ejercía su acción sobre la madera.

Manuela murió en 1960. Fue enterrada por sus vecinos y a su pedido, sobre una suave lomada, detrás de la casa en que vivió.

lunes, 14 de noviembre de 2011

La vieja Ruta 3


Pedro Dobrée



         Ahora ha sido amansada; pero era duro transitarla en las épocas en que todavía era de ripio. Y luego de las lluvias o de la nieve en invierno, se tornaba imposible.



         La Ruta Nacional Nª 3, que une la ciudad de Buenos Aires con Río Gallegos, fue, y lo sigue siendo, la gran vía de comunicación de los patagónicos con el resto del país. Es una de las más largas de la Argentina y al sur de Bahía Blanca era una aventura.



         Su hermana paralela, la 40, que viene desde Jujuy por la cordillera y llega también a Gallegos, nunca pudo cumplir este papel, porque se interrumpe en algunas zonas, esta alejada de las poblaciones y durante los inviernos existen tramos por donde no se puede pasar.



         Yo sabía viajar con mi familia por la Ruta 3, varias veces en un camión modelo 1953 conducido por mi padre. Viajábamos a la provincia de Córdoba, a pasar el invierno con mis abuelos y el viaje suponía 5 o 6 días.



         Salíamos al amanecer desde Puerto Santa Cruz y pronto nos topábamos con la primera situación destacable del viaje: cruzar el frío y caudaloso río Santa Cruz. Lo hacíamos con una balsa, frente al pueblo que en esos años se comenzó a llamar oficialmente Comandante Luis Piedrabuena y que la gente aún llamaba “Paso Ibáñez”, o simplemente “El Paso”, en recuerdo de la primera balsa, instalada allí por uno de los que habían llegado con Piedrabuena, desde Carmen de Patagones: Gregorio Ibáñez.



         Desde allí nos dirigíamos al Puerto de San Julián, por donde pasaba la ruta en ese entonces, pues ahora, para acortar camino, la nueva traza cruza por afuera. Me acuerdo allí del viejo hotel Miramar, construido obviamente con vista a la playa. Era integralmente de madera y los pisos de algunas de las piezas tenían gran desnivel, de tal forma que las camas podían llegar a deslizarse durante la noche hacia la pared de enfrente.



         Por muchos kilómetros de San Julián al norte, la planicie pintada con pasto guanaco y mata negra solo se interrumpía para dejar pasar al río Deseado. Allí los cañadones, el valle y los colores de la arcilla en los paredones cortados por el río, permitían descansar la vista de tanta pampa interminable.



         Mas adelante la ruta se topa con las antiguas vías del ferrocarril que unía Puerto Deseado con Las Heras, pasando por las estaciones de Jaramillo y de Fitz Roy. La primera estación es conocida por los bosques de árboles petrificados y por que allí fue fusilado José Font, “Facón Grande”, uno de los dirigentes obreros de las sangrientas huelgas de de los años 20 y 21.  Y la segunda, porque de allí son los protagonistas de esa muy querida película de Carlos Sorín, llamada “Historias Mínimas”.



         Superado Fitz Roy, la ruta se aproxima al mar y pocos kilómetros antes de Caleta Olivia se pueden ver las aguas del Golfo San Jorge. Desde allí y hasta superar Comodoro Rivadavia, la ruta corre paralela a la playa y si uno tiene suerte, algunas toninas se muestran pescando en la superficie.



         Entre Comodoro y Trelew hay que transitar por la alta Pampa de Salamanca y en aquellas épocas, cuando la calzada era solo de ripio, el invierno y la nieve eran muy duros. Recuerdo a mi madre echando el agua caliente de un termo sobre los faroles con barro congelado, para que Papá pudiera ver lo suficiente para seguir avanzando.



         En Uzcudún - un “boliche” y un surtidor de nafta a la vera del camino - el baño para los varones incluía un mingitorio sobre un solitario paredón que corría paralelo a la ruta. Desde allí, todo hombre que midiera más de 1,70 metros de alto, podía observar con comodidad a quienes circulaban por ella.



         Estas largas rutas de tierra en sentido norte sur, eran sumamente peligrosas en los abundantes días de fuerte viento del oeste. Recuerdo,  con frecuencia, viajar varias horas detrás de un camión que avanzaba lentamente levantando gran polvareda, pues el viento que cruzaba la nube al otro carril, impedía ver si alguien se aproximaba en sentido contrario.



         Y por fin, luego de 400 kilómetros de desierto, con poco abastecimiento de combustible y menor aún auxilio mecánico, se llegaba al valle del río Chubut, donde cruzando un puente, se accedía a la ciudad de Trelew. Aquí recuerdo el Touring Club Hotel, que tenía una confitería con grandes ventanales sobre la plaza central de la ciudad y un muy buen restaurante, cuyo menú tenía impreso al pié la leyenda “… de esta vida llevarás, panza llena y nada más”.



         Puerto Madryn, por donde pasaba en esa época la ruta, y no por arriba como ahora, tenía pocas casas y solo algunos hoteles, todos de una sola planta. De allí se viajaba hasta Puerto Lobos y desde este lugar a San Antonio Oeste. De San Antonio recuerdo el Hotel El Vasquito, desaparecido hoy, y a una población de Las Grutas que apenas merecía la categoría de villorrio.



         En San Antonio, para algunos años elegíamos seguir a Viedma y a Bahía Blanca, donde encontrábamos el primer hotel con baños privados y un ascensor: el Hotel Ocean. De optar por esta alternativa, abandonábamos recién aquí la Ruta 3 y corríamos por la Ruta 35, rumbo a Río Cuarto.



         De ser la otra alternativa elegida, el abandono de la ruta 3 era allí mismo en San Antonio, pues nos íbamos a encontrar con el río Negro en Conesa y, luego de cruzar la balsa, buscábamos la otra en Río Colorado. Luego de esta segunda balsa, rumbeábamos al norte por un camino polvoriento que corría entre altos caldenes, para recién descubrir la 35 en la zona de Bernasconi.





miércoles, 9 de noviembre de 2011

Hermano tehuelche, hermano galés

Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar



            Juan Sacamata descansa sus viejos huesos al cruzarse un poco sobre el apero del tobiano.  Por un largo rato, hombre y caballo se mantienen inmóviles al borde mismo de la barda norte del amplio valle, 6 o 7 leguas aguas arriba del lugar en que el río llega al mar. Mirando hacia el sudeste y con el sol a su espalda, aprecia la belleza del eterno paisaje. Del otro lado, los faldeos, que con la lejanía se tiñen de azul, y abajo se puede ver, de a trechos, el reflejo de las aguas del río en cada meandro y el verde de los sauces que acompañan los recodos. Mas aquí, los cuadros prolijos, los bordes de álamos y tamariscos y cada tanto una pequeña casa blanca cuya chimenea emite, vertical, un hilo oscuro de humo, que se confunde luego con el aire frío y transparente de la tarde de otoño.

                        Sacamata se acuerda de cuando era joven, cuando los avestruces cruzaban esa pampita a orilla del agua, allí donde ahora crecen papas y el trigo con que los hombres blancos hacen el pan. Era aquí donde volteaban hacia el norte en busca de Carmen de Patagones, para entregar a cambio de  mercadería, la lana, las plumas y los cueros que habían juntado desde el año anterior.

            Desde la llegada de los colonos, las cosas no han andado mal. “Nosotros les enseñamos a estos huincas – piensa Sacamata – a andar a caballo, a cazar, a comer guanaco, a cocinar avestruz con las grandes piedras calientes. Pero ellos son buenas personas, no como los soldados de Roa que han matado a mi gente, ni como los comerciantes de Patagones, que nos engañan, para solo vendernos ginebra y robarnos el trabajo de todo un año”.

            Sacamata es un cacique tehuelche de la zona del Valle de Tecka y todos los años con su familia, antes del invierno, coloca sus toldos en cercanías de Gaiman. Lo que está observando sobre el fondo del valle del río Chubut es la colonia galesa, cerca de 20 años después de la llegada del primer contingente.

            La relación entre blancos inmigrantes y la población propia del lugar – la indígena – siempre ha sido muy conflictiva y América es un ejemplo tras otro de discriminación, injusticias, sufrimientos y muertes. Los primeros, basados en una cultura más poderosa, han logrado - rápidamente en muchos casos, más lentamente en otros - arrasar con las costumbres, los bienes y hasta con las vidas de los segundos.

            Argentina no ha sido excepción; la Conquista del Desierto, la conquista del Chaco, y la expansión del territorio blanco en general, son ejemplos en este sentido. Pero hay una interesante infracción a esta regla: la convivencia de los colonos galeses en el Valle del río Chubut y las tribus tehuelches de la zona, durante la segunda mitad del siglo XIX.

            Cuando en 1865 los viajeros del Mimosa desembarcaron en la playa que nombraron en homenaje al conde de Madryn, no podían haberse sentido más extraños en relación a su nuevo contexto natural.

            En efecto, en primer lugar, no había entre ellos gente con experiencias rurales, pues los oficios de los recién desembarcados eran  urbanos o mineros; como son los de zapateros, maestros, sastres, tipógrafos, mineros del carbón y otros. En segundo lugar había una enorme diferencia entre el régimen anual de lluvias de las laderas verdes de Gales, con el del desierto patagónico. Es decir, en Gales nadie se encargaba de regar, mientras que en el Chubut si no se riega periódicamente, nada crece. Finalmente, el valle del río Chubut se encuentra en el hemisferio sur y los colonos habían vivido toda su vida en el norte, y las estaciones allí son al revés.

            Si a todo esto se le suma el aislamiento en que se encontraron luego de que el Mimosa partiera – la ciudad más cercana es Carmen de Patagones, pequeña y en donde no se hablaba su idioma – se podrá entender que la esperanza de sobrevida de la Colonia era, al principio, sumamente escasa.

            Al inicio, la relación con los indios fue difícil. Idioma y costumbres totalmente disímiles y gran cantidad de desconfianza mutua, fueron serios factores a superar. Pero la buena voluntad imperó y pronto hubo gran colaboración entre ambos grupos. “…cuando llegó el cacique indio Francisco, con sus perros y caballos veloces y su habilidad para la caza, recibimos mucha carne a cambio de pan y otras cosas -  recuerda años después el Reverendo A. Matthews - adiestró, además a los jóvenes en el manejo de los díscolos caballos y vacas, proporcionándoles el lazo y las bolas. Recibimos también instrucciones útiles en la práctica de cazar animales silvestres y en consecuencia varios de nuestros jóvenes llegaron pronto a ser hábiles cazadores”.

            En la actividad comercial esta colaboración también se hace notar. Los galeses facturan buenas ganancias con la compra - venta de plumas de avestruz, cueros de zorros, de pumas y de otros animales y con la lana y los cueros de las ovejas que las tribus criaban en la precordillera.  Los tehuelches a su vez, logran trato más justo y mejores precios, que los obtenidos en Patagones y en Bahía Blanca.  Estas relaciones fortalecen los primeros emprendimientos comerciales de los colonos y facilitan la comercialización del trigo, de la avena y de otros productos de la colonia misma.

            No ha de ser demasiado audaz afirmar que una de las razones principales por las cuales el emprendimiento colonizador galés en el Chubut tuvo éxito, se relaciona con esta experiencia de respeto entre colonos y tehuelches.

            La situación de buen entendimiento permanece luego por muchos años y solo fue rota por el famoso caso aislado del Malacara, en donde varios blancos son muertos mientras un grupo tehuelche los persigue. Y aún durante la campaña militar del coronel Lino Roa, que dio origen a las batallas de La Vanguardia y Apeleg, los tehuelches supieron distinguir bien entre los “cristianos”: aquellos que fueron amigos y con quienes se enfrentaron.


lunes, 31 de octubre de 2011

El Carmen

Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar




            “Para escribir sobre Patagones hay que ponerse una mano en el corazón y entornar dulcemente los ojos. Y no tener miedo al ridículo al afirmar que es diez veces más bonito que Bahía Blanca, que Rosario y que Tandil, a pesar de ser diez veces mas pequeño que la parroquia de Caballito. Todas estas y otras innumerables virtudes se le pueden descubrir a Patagones en un día nublado...”

            “...Hasta el río se baja por escaleras de noventa escalones, callejuelas tortuosas, limpias y estrechas, con aceras de mosaicos y escalones de baldosas”

Roberto Artl, diario El Mundo, 12 de Enero de 1934

(citado por Cuadernos de la Patagonia, Fundac. Cultural Patagonia, Gral. Roca, N° 6, Junio de 2001)



            En 1878, el Estado Nacional argentino creó la Gobernación de la Patagonia, cuyo territorio incluía toda la extensión de las actuales cinco provincias australes. Designó al coronel Álvaro Barros como gobernador y a Mercedes de Patagones como la población asiento de sus funciones.  Estas circunstancias evolucionaron rápidamente: el mismo Álvaro Barros cambió el nombre de la aldea por el de Viedma y en 1894 la jurisdicción territorial de esta capital se redujo a lo que hoy es la Provincia de Río Negro.

            Viedma era en ese entonces un suburbio de la otra ciudad sobre la orilla opuesta del río Negro: Carmen de Patagones. En realidad, Carmen y Mercedes eran dos localidades que siempre funcionaron  - al margen de las diferencias administrativas - como una sola; y comentar aspectos de la historia de una, es comentar la historia de ambas.

            Cerca a 1870, el viajero inglés George Musters, estimó que la población de la biciudad era de aproximadamente 2.000 personas. Para el Censo Nacional de 1869, era algo menor aún: 1690 en la zona urbanizada. Musters además identificó a 4 grupos de habitantes: los descendientes de los primeros pobladores, los inmigrantes mas recientes, los esclavos negros liberados y sus hijos y los presidiarios. A pesar de la población escasa, era en estos años el centro urbano patagónico más importante, seguido por la colonia galesa del valle inferior del Chubut, con menos de 200 almas.

            Pero existe algo que llama la atención en esta pequeña población. A pesar de su reducido tamaño, su  influencia en el poblamiento del resto de la Patagonia fue notoria. En efecto, en el origen de muchas de las regiones y poblaciones sureñas, se percibe la actividad de personas provenientes de El Carmen. Para entender esto habrá que analizar dos cuestiones. En primer lugar la conformación en El Carmen de una sociedad de fuerte vocación aventurera y de habilidad comercial. En segundo lugar, la evidencia de la actividad temprana de los maragatos en distintos lugares del extenso territorio patagónico.

            Varios son los factores que auspician la cultura emprendedora de esta pequeña localidad de la Argentina inicial. Sin indicar un orden, se ha de mencionar en primer lugar la actividad comercial inicial de El Carmen con la zona central del país. A partir de su ubicación cercana a salinas y la importancia estratégica que este insumo tuvo para la incipiente actividad de los saladeros bonaerenses, El Carmen se constituyó en su proveedor casi exclusivo de sal. Desde el puerto rionegrino se generó además, una importante corriente de cueros de vaca. Esto se originaba en el comercio realizado con los indios que “maloneaban” los campos pampeanos y que viajaban luego a Chile, cruzando el río Negro en Choele Choel.  El Carmen es para estas épocas, un centro acopiador de “frutos del país” y además de los cueros de vaca, comercia con plumas de avestruz, cueros de zorros y de lobos marinos, trigo, cebada y otros.

            En segundo lugar, la actividad corsaria.  Durante la guerra de Argentina con el Brasil, el puerto de Buenos Aires fue bloqueado. El gobierno nacional, con escasos recursos marinos, desarrolló una política de concesión de patentes de corso con el fin de hostigar a las naves enemigas. Estos corsos hicieron base en el único puerto argentino libre: el de Patagones, y desde allí asaltaban  y capturaban a los barcos opositores. La influencia de estas circunstancias se manifestó en la conformación de una población negra, originada en los esclavos liberados de las embarcaciones enemigas, en la existencia de una vida insólitamente refinada como resultado del uso de los bienes capturados, y en la llegada de un grupo de comerciantes - pues los corsarios eran una categoría de comerciantes - que se mezcló con la sociedad local.

            En tercer lugar se ha de hacer mención de una actividad comercial importante con los indios de la región. Dada las dificultades del gobierno central para enfrentar a la vez a los caudillos del interior y a los ejércitos indígenas pampeanos, no se contaba con fuerzas regulares para defender la población mas austral. Cobró vigencia entonces una política que buscó “asociar” las tribus vecinas con el fin de asegurar su colaboración y neutralizar sus potenciales ataques.  Es así como se nombró a indios como miembros del Ejército Nacional, haciendo coincidir su jerarquía propia de caciques, capitanejos y chusma, con los grados militares; probablemente un primer antecedente de los actuales “ñoquis”. Esta situación obligaba a abonar regularmente las remuneraciones acordadas y a recibir en El Carmen una masa de dinero considerable. El comercio local hizo entonces grandes negocios, pues suministraba a las tribus amigas participantes del trato y por el valor de las remuneraciones monetarias, azúcar, sal, yerba, ginebra, ropa y otros “vicios”.

            Finalmente y como resultado de seguramente un fuerte “lobby”, Carmen de Patagones fue declarado en 1856, “puerto franco”. Esto permitió incrementar notoriamente su actividad comercial, pues mucha mercadería ingresaba por allí al país, para luego ser reembarcado hacia Buenos Aires, en un viaje que demoraba entre 8 a 10 días. En el puerto de El Carmen flameaban banderas de diversos países - entre otras las de Inglaterra, Francia, Holanda y E.E.U.U -, su muelle era un remedo de Babel e importantes casas comerciales porteñas instalaron allí sus sucursales.

            Este es el panorama del puerto de Carmen de Patagones - en la segunda mitad del siglo XIX - y es esta la situación que permite a esta ciudad protagonizar, por medio de sus hijos, el desarrollo comercial de diversas zonas en toda la Patagonia.

            El más famoso de todos es Luis Piedrabuena. Nacido en Carmen de Patagones, inició su vida en el mar como grumete del capitán norteamericano Smiley, experimentado ballenero con quien recorrió toda la costa continental, visitó las islas Malvinas, dobló el Cabo de Hornos, transitó el Pacífico hasta Chiloé, pisó la isla de Navarino y la de la Tierra del Fuego, llegando al sur hasta las Tierras de Graham; posteriormente perfeccionó su oficio de marino mercante en Nueva York.  Supo combinar su vida de marino con su vocación comercial y entrando por la ría del Santa Cruz, instaló sobre la isla Pavón una factoría, que fue centro comercial para indígenas y pobladores de la zona por largo tiempo. Un año mas tarde, en 1863, inaugura el primer almacén privado de la ciudad chilena de Punta Arenas. Mientras tanto, no deja sus tareas de cazador de lobos marinos y transporta sal desde cercanías de la Isla Pavón y carbón - desde la Bahía de San Gregorio, en el estrecho de Magallanes, donde intenta localizar una población - a las islas Malvinas. Allí comercia estos vitales insumos con cazadores de lobos y de ballenas y con el tráfico transoceánico, que hace de estas islas un centro de avituallamiento.



            La actual población santacruceña llamada Luis Piedrabuena, se llamó por muchos años Paso Ibañez, en recuerdo de Gregorio Ibáñez, propietario de una balsa con el cual se cruzaba el río Santa Cruz en la misma zona de la Isla Pavón. Ibáñez había llegado desde Patagones con Piedrabuena.

            San Antonio Oeste fue el resultado de una decisión de cambiar la ubicación del puerto. Considerada una localización inadecuada, la firma maragata Sassemberg y Cía. reinstaló su sucursal en el costado oeste del saco que forma la gran entrada del mar, dando origen a la población que actualmente conocemos.

            Antes de ser Neuquén la capital del territorio, se constituyó en centro comercial y paradero de viajeros y carretas para una zona enorme que se extendía hasta el pie de lo cordillera andina. La Confluencia contaba entonces con unos pocos comercios a orillas del Neuquén y en cercanías del lugar en donde luego se construyó el puente ferroviario. Los dos primeros negocios emplazados allí fueron la fonda “Bella Vista” de Celestino Dell’Anna, italiano, pero vecino por largos años de Carmen de Patagones y el de su pariente Carro con su socio Fernández, propietarios del  almacén “La Maragata del Neuquén”.

            Y en Choele Choel, en 1881, uno de los primeros comerciantes allí instalados es Miguel Castañeda y su esposa Manuela Castro, provenientes - probablemente con otros - de Patagones.

            Un segundo hijo famoso, pero adoptivo en este caso, fue Luis Jorge Fontana. Llego de muy pequeño a Carmen de Patagones, donde pasó su infancia y adolescencia. Ingresó al Ejercito, pero pronto pidió la baja para estudiar en el Museo de Buenos Aires junto a su director, Don Germán Burmeister. Fontana es un ejemplo de esos raros personajes del siglo XIX, producto del enciclopedismo y mezcla de científico, militar, explorador, cartógrafo, docente, funcionario y literato. Nuevamente en el pueblo de su infancia, integró una comisión científica que exploró la cuenca del Limay y del Neuquén y recolectó piezas rionegrinas para el Museo porteño. Explorador del Pilcomayo y del Impenetrable chaqueño, volvió nuevamente a la Patagonia para asumir como el primer gobernador del nuevo Territorio Nacional del Chubut. En esta función desarrolló una intensa actividad exploradora, que incluyó las regiones de la actual Colonia 16 de Octubre, el río Mayo, los lagos Musters y Colhue Huapi y hasta la bahía de San Jorge. Los galeses del valle del Chubut, tan cerrados en si mismos, se abrieron a colaborar con él y reconocen en su labor, un factor del desarrollo y expansión de la colonia.