martes, 1 de mayo de 2012

Muerte en Malvinas




Pedro Dobrée

pdobree@neunet.com.ar

Carlos Solís fue un pequeño poblador de la zona de San Julián, unos 70 kilómetros adentro, hacia el pueblo de Cañadón León, que ahora se llama Gobernador Gregores.

Se había casado temprano con Graciela Epumer, la hija de una familia tehuelche que supo vivir en Camusu Aike. Con ella tuvo un hijo que llamaron Marcelo y que cuidaron ambos con gran cariño. Cuando el niño cumplió 7 años, acordaron que era necesario llevarlo a la escuela.

Carlos Solís tenía una hermana que vivía en San Julián y estaba casada con Domingo Antonino, un empleado de la sucursal local de La Anónima.  Carlos y Graciela resolvieron que ella y Marcelo vivirían, durante el ciclo lectivo, en la casa de los parientes en el pueblo. Carlos haría un aporte mensual para comprar comida y gastos, pero permanecería en el campo, al cuidado de los animales que tenían allí. Como el ciclo lectivo en San Julián se iniciaba en Marzo y terminaba en Diciembre, como en el resto del país, la familia volvía a reunirse en el campo en los meses del verano y este arreglo le permitía a Graciela colaborar con su esposo durante la esquila de las ovejas, tarea central de la cría de hacienda en la Patagonia.

Cuando Marcelo cumplió 12 años, Graciela enfermó y fue hospitalizada en el hospital provincial de San Julián. Luego de 2 meses de internación y de un cambio notable en su fisonomía de modo que amigos y vecinos no la reconocían, volvió al domicilio de su cuñada donde a la semana falleció.

Ese verano Marcelo fue al campo y vivió allí con su padre, pero en Marzo bajó al puerto para  empezar el primer año del colegio secundario. Esta rutina lo mantuvo durante todo el tiempo que le llevó estudiar y cuando terminó, Carlos bajó al puerto para estar presente en el acto de colación de grados. Con lágrimas que no pudo disimular, vio como a su hijo le entregaron el diploma y nunca sintió tanto la ausencia de Graciela a quien, decía luego, nada le hubiera gustado más que estar allí con él, viendo lo que él veía.

Aunque Marcelo tenía facilidad por las matemáticas y su padre insistía para que fuera a Comodoro Rivadavia, a estudiar Ingeniería en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. Pero Marcelo se opuso al pedido de su padre y quiso ir con él, al campo, donde pasó todo el año. En Enero de 1982, mientras visitaba San Julián, Marcelo se encontró con una citación del Ejercito Argentino, que le informaba que debía presentarse en el Comando de la XI Brigada Mecanizada, en Río Gallegos, al mes siguiente.

Carlos se inquietó pero se resignó a la ausencia del hijo: “un año pasa rápido”, se decía.

A principios de Abril, como en todas las mañanas, prendió la radio a pilas que tenía sobre la mesa de la cocina. Por ella escuchó mientras preparaba el mate, que el gobierno militar de la Argentina había invadido las Islas Malvinas y que las reconquistaba para la felicidad del pueblo argentino. En la Plaza de Mayo, allá lejos en Buenos Aires, la gente se agolpaba para celebrar. Se preocupó mientras pensaba en Marcelo, en Río Gallegos, de uniforme.

A los pocos días tuvo que bajar al pueblo a buscar las provisiones que le harían falta para el invierno, “ …no muchas, total vivo solo”.

En la segunda tarde y luego de terminar de hacer lo que tenía previsto, decidió pasar por el Bar de Juan Pedernal, en la calle Colón, cerca de la  esquina con Fagnano. Juan trabajaba en la empresa provincial que atendía el suministro de electricidad en el pueblo y era un viejo socialista, probablemente el único en todo San Julián.

“Qué te parece esta guerra – le preguntó Carlos a Juan – tendrá sentido lo que hace el gobierno?”.

“Ninguna guerra tiene sentido – fue la respuesta – y esta menos, pues su objeto es más buscar consenso político para el gobierno que conquistar una tierra que … para qué la queremos? decime vos”.

Carlos terminó la ginebra que tenía en el vaso y lo depositó suavemente sobre la barra. Con la cabeza gacha, como abatido, saludó a Juan y algunos más que estaban en la sala. Lentamente subió a su vieja camioneta mientras sentía el roce de la carta que recibió esa mañana de Río Gallegos y por la cual Marcelo le explicaba que había sido embarcado junto al resto de su regimiento “ …no te preocupes, dicen aquí que no tendremos que pelear”, leyó en uno de los párrafos.

En los últimos días de Abril y la primera quincena de Mayo, nevó mucho en la pampa alta donde Carlos tenía sus animales. Una tarde, mientras Carlos recorría cañadones y faldeos, buscando ovejas aisladas por la nieve, su caballo resbaló y cayó de costado apretando la pierna de su jinete contra el suelo. El caballo se levantó y inició un galope con rumbo al casco de la estancia. Carlos en el suelo, sintió el dolor agudo de un tobillo roto. Se arrastró hacia el reparo de una roca grande que sobresalía del faldeo; allí se tendió buscando leña pequeña para prender un fuego, pero cuando pudo sacar los fósforos del bolsillo de la campera, vio que estaban mojados. Miró al cielo del atardecer y vio que estaba aclarando para helar fuerte esa noche. “En las casas – pensó - no hay nadie y nadie percibirá mi ausencia”. El terror empezó a invadirlo.

En San Julián, en la casa de la hermana de Carlos, recibieron esa misma tarde una comunicación del Ejército. Informaba a la familia que el soldado Marcelo Solís, había fallecido defendiendo la Patria, en un descampado cercano a Puerto Darwin.


martes, 17 de abril de 2012

Mi Patagonia dificil I

Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar


Dos zainos malacara y una yegua gateada,

cuatro perros flacos, de cara hambreada.

Peón para la esquila,

apero que se alquila;

mi Patagonia difícil, mi tierra amada.



Hojas y ramas de altos álamos en fila diciplinada

filtran luna y viento en vieja estancia abandonada

a orillas de la estepa

el recuerdo se aleja,

mi Patagonia difícil, mi tierra amada.



Husmeando entre matas un zorro colorado

mirando su presa, un halcón de la nube colgada

Polluelos de codorniz

el silbido de una perdiz

mi Patagonia difícil, mi tierra amada.



Mate amargo, una cama y carne asada

no se nuega al llegar, la tarde pasada,

a caballo algún viajero

con perros y un “pilchero”

mi Patagonia difícil, mi tierra amada.



Por el faldeo, un “piño” para la señalada,

olor a bosta y en la boca sensación salada,.

Siempre el vendaval

nos llega el salitral;

mi Patagonia difícil, mi tierra amada.



Ríos del desierto, agua fría y gran correntada,

biguá, kaiken, bandurria y trucha salmonada,

largas orillas de sauzal

laberintos de cañaveral;

mi Patagonia difícil, mi tierra amada.



Sueños de desarrollo, promesas  electorales e ideas proyectadas,

mentiras, locuras, ambiciones, egoísmos y esperanzas frustradas.

Me ha quedado solo el frío

y el viento, que ya eran míos;

mi Patagonia difícil, mi tierra amada.



Vieja huella, por los carros hace mucho tiempo abandonada,

luego del faldeo, hacia el oeste, se torna en “picada”

para ir a lo de Mansilla

serpentea entre la jarilla;

mi Patagonia difícil, mi tierra amada.



Huellas de monstruos asustan en la arena apretada,

troncos y ramas de piedra, avisan desde eras pasadas,

y en la estepa y el páramo,

rastros viejos del océano,

mi Patagonia difícil, mi tierra amada.



Tropas y barcos invasores de la brasileña armada,

derrotados a la tarde, en Cerro de la Caballada,

de las banderas son despojados

por los corsarios y los esclavos,

mi Patagonia difícil, mi tierra amada.

jueves, 29 de marzo de 2012

Mi Patagonia difícil

Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar

Nuevamente los "limericks". Esa forma de versificar tan propia del ambiente universitario inglés y que, dicen, nació en Irlanda. Pero ahora alejada de sus formas procaces tradicionales y sirviendo como vehículo para expresar cariño y nostalgia por una Patagonia en la que crecí.

Animales antiguos, guanacos y avestruz cazada,
caverna oscura, pintura rupestre, mano pintada;
por el Bajo Caracoles
pasaron millones de soles,
mi Patagonia difícil, mi tierra amada.

País de historias y de leyenda forjada,
de oro, indios muertos y alma salvada.
De piratas ingles
y colonos galeses,
mi Patagonia difícil, mi tierra amada.

Antonio Soto, “Facón Grande”, “Gorra Colorada”
en el 21, la huelga, en Santa cruz por todos votada
Y luego el coronel Varela
tiñó de sangre sus telas:
mi Patagonia difícil, mi tierra amada.

El agua dulce se mezcla con la de gusto salado,
en la ría del Santa Cruz, recuerdos del pasado.
Toninas pescando,
la marea bajando
mi Patagonia difícil, mi tierra amada.

En el puerto galpones de chapa, de pared despintada,
filas de fardos de lana esperando en la playa soleada;
para ser estibados a mano
pronto llega el “Asturiano”
mi Patagonia difícil, mi tierra amada.

Algas marinas y conchillas sobre la playa empedrada,
barrancas, que la ola siempre en romper está empeñada,
las gaviotas del puerto
olor a pescado muerto,
mi Patagonia difícil, mi tierra amada.

Mata negra, pasto coirón, olor a asado,
mañanas tempranas, nubes color rosado,
es la calandria que cantacuando la helada levanta
mi Patagonia difícil, mi tierra amada.

Viento frío que baja del oeste nevado,
el cañadón es refugio del aire helado;
orillando el chorrillo
siento olor a tomillo
mi Patagonia difícil, mi tierra amada.

Cañadón León, Tres Cerros y Piedra clavada,
Faldeos del Coyle, buenos campos de invernada
costa del río en Chicurukaike, 
Cañadón de las Vacas, Doraike,
mi Patagonia difícil, mi tierra amada.

Bajando del faldeo y buscando el vado
pisando las piedras, cruzando al prado
viento y perfume,
todo lo resume
mi Patagonia difícil, mi tierra amada.

martes, 6 de marzo de 2012

Los cuatro vientos

Marzo 2012
Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar

El viento del oeste es el persistente
El que baja de las laderas congeladas de las montañas
Y busca su camino por la árida estepa,
Levantando polvo.
Es el viento que oscurece las crestas blancas de las olas en la playa
Y que castiga nuestras espaldas, cuando sentados en la arena miramos jugar a las toninas.
Es el viento que se arrincona y persigue a las hojas y a los papeles,
Provocando un giro sin razón y sin fin.
Es el que dobla los árboles
Convirtiéndolos en brújulas
Que  indican siempre el levante.




El viento del norte es caliente.
Viene de los trigales de la pampa,
De las selvas misioneras
De las montañas bagualeras.
Es el viento que nos vuelve locos,
Que provoca el mal humor en los hombres y en los animales.
Es el que seca el pasto y las flores,
Convirtiéndolos en papel.
Es el que alienta las llamas de los incendios,
Hinchando a los monstruos del fuego.
El viento del este es la esperanza
La esperanza de la tierra seca
Y de las semillas que yacen bajo la superficie, esperando pacientemente el llamado.
Es la esperanza de las lagunas y de los arroyos,
De los zorros, de los horneros, de las avutardas y de los guanacos.
Es la esperanza de los hombres y de las mujeres,
Que añoran el olor de la tierra mojada,
El olor amargo de los eucaliptos luego de la lluvia.
Y la sensación de suavidad en la piel.
Porque el viento del este,
Es el que trae las tormentas eléctricas
Y acumula nubes hinchadas de agua
Es el que en ocasiones  llama a los truenos y a los relámpagos,
Y en otras a las lluvias suaves y penetrantes.
El viento del este calma los espíritus y recuerda a los hombres
Que la vida vuelve a nacer.
El viento del sur es frío,
Llega presuroso de las heladas tierras polares;
Barre a su paso las nubes
Y  habilita absolutamente la presencia del sol.
El viento sur limpia el aire de polvo,
Se cuela entre las ramas de los álamos de las viejas estancias
Y alumbra con la luna, los nidos de los pájaros
Dispersando un rumor hacia allá de las hojas
 Que inmoviliza por un instante la respiración de los hombres.
Cuando se mira hacia el sur y el viento acaricia las sienes y las mejillas,
Desaparecen los dolores de cabeza, el corazón late con mayor ritmo
Y, si es primavera,
El aire se puebla con el olor de las flores de la mata negra.