martes, 19 de agosto de 2014

La Cueva de las Manos


Hace muchos inviernos, muchos antes de la llegada del caballo a las mesetas y a los valles y antes aún de la llegada de los hombres blancos que en sus enormes canoas, por el agua grande, llegaron desde el naciente, empezó a nevar indicando que el otoño ya promediaba y que se acercaba el invierno.  Oerr  despertó una madrugada con el frío de la nieve amenazando su toldo y escuchando el viento que bajaba de las laderas escarpadas de las altas montañas, que ya hacía días que veía blanquear arriba en sus cumbres. “Chechelón – gruñó – despierta, nos iremos hoy hacia el fondo de los valles; aquí hará mucho frío y ya no habrá caza para nosotros”.
La mujer se dio vuelta, mostrando entre sus pechos al pequeño varón que abrigaba y asintió. En silencio envolvió al niño con el cuero de guanaco que cubría parte del piso y se incorporó.
Desde que Oerr se separó de su familia para tener toldo propio, era la primera vez que tomaba la decisión anual de dejar las verdes laderas de las altas montañas. Antes era su padre que frente a la llegada del invierno, ordenaba a la familia a armar sus bultos y caminar hacia el levante del sol, buscando donde abrigarse de las frías nevadas y el viento helado.
Al salir a la mañana que aun estaba oscura, se envolvió en su quillango y sobre sus mejillas sintió la herida húmeda de los copos de nieve que lastimaban por la fuerza del viento. Intuía que el sol ya había rebasado al horizonte, pero las espesas nubes hacían imposible visualizarlo.
Hizo esfuerzos para recordar el camino que debían tomar para bajar al valle de Charkamak, por donde transcurría el rio Ecker, y llegar a la zona en donde invierno tras invierno, desde que él se acordara y aún antes, su familia armaba sus toldos y pasaba la época del frío y de las tormentas. Y allí estarían hasta que empezara a florecer el calafate y los pastos verdes llamaran la atención a los guanacos y  a los choikes y los días fueran más largos.
Y se preguntó si no equivocaría el camino, pues era él quien debía – ante la ausencia de su padre – guiar a la familia para que buscando el refugio de los malos tiempos, pudiera sobrevivir un año más y permitir que los cachorros crecieran,  y un día fueran ellos quienes guiaran la tribu en busca del refugio y de la caza.
En la oscuridad divisó la silueta del toldo vecino, el de su madre y de sus dos hermanas pequeñas y hacia allí se encaminó para ordenar también la preparación para abandonar las altas planicies y bajar a los cañadones del este.
Cuando volvió a su resguardo, la mujer había desmantelado los cueros y los troncos  y había envuelto el niño para que siguiera durmiendo en un hoyo en la tierra, contra las raíces de un calafate. El cuenco de arcilla que había sido de su madre y antes de ella de la madre de su madre, también fue envuelto,  quizás con más cuidado que el niño,  junto a otros utensilios de madera  y a varias piedras cortantes, que la mujer usaba para tratar los quillangos. Todo estaba listo para ser transportado  durante el viaje que emprenderían.
“Toma Chechelón – le dijo a la mujer – lleva en tu regazo este pasto seco y ramas finas, que necesitaremos de ellos para prender el fuego en el nuevo campamento” y le extendió un pequeño atado que había recogido bajo el quillango que le había servido de camastro duran te el verano.
Cuando el día comenzó a clarear, emprendieron la marcha. Adelante Oerr y le seguía Chechelón cargada con el niño y los elementos del toldo. Atrás la madre de Oerr, cargando el segundo toldo, y luego las dos niñas con los bultos y los utensilios de ambos  hogares. Atrás en la fila, una tía vieja, hermana de la madre de Oerr, viuda  y madre de dos hijos varones, desaparecidos en la nieve cuando cazaban hacía ya varios inviernos.
Para la tarde cuando empezó a ponerse oscuro en el cañadón por donde se encaminaban al valle Charkamak, Oerr decidió buscar refugio para su pequeño grupo al reparo de una pared rocosa que evitaba el viento del oeste. Comieron un trozo de carne de Choique cada uno y Chechelón dio el pecho al niño que pronto se durmió. Recostados en la arena, apretando  sus cuerpos uno contra otros y cubiertos con uno de los toldos, buscaron energías para proseguir al día siguiente el camino.
Al comenzar a clarear el día siguiente, Oerr volvió a poner en marcha a la comitiva. Lentamente sus huellas fueron marcándose en la arena del lecho seco del cañadón, que viboreaba mientras perdía altura. Cuando el sol estaba en posición cenital, llegaron muy abajo por donde corría el río Ecker Sus aguas, escasas pero límpidas, les permitió saciar la sed que había comenzado a molestarlos.
Mientras caminaba en el fondo del cañadón, Oerr sentía la sensación de incomodidad que lo asaltaba cuando no tenía posibilidades de ver a lo lejos. Probablemente no se daba cuenta, pero cuando se desplazaba por la estepa y el horizonte se extendía por distancias muy grandes, la situación de agobio desaparecía.
Cuando el sol estaba alto, el grupo detuvo su marcha a instancias de las señas que en silencio hacía su líder. Frente a ellos, sin percibir su cercanía y mordisqueando el corto pasto verde de la orilla del río, un grupo de seis guanacos y un chulengo recién nacido, ignoraban la cercanía del grupo tehuelche. El viento, que golpeaba la cara de los viajeros,  alejaba el olor de los humanos que se acercaban y no hubo señal que los alertara.
Oerr desprendió su bola que llevaba colgada de su cintura, atada de una tripa sobada. Hizo señas a las dos niñas para que se posicionaran sobre su flanco y evitar que los animales escapen por atrás. Apuntando al chulengo, revoleó la bola por encima de su cabeza y con fuerza la lanzó para adelante. El golpe sobre el costado del cuello del recién nacido lo volteó. Oerr pegó un saldo hacia adelante y rápidamente se tiró sobre el cuerpo que intentaba incorporarse. En la confusión los guanacos adultos se escabulleron, cruzando la línea de los humanos y corriendo rápidamente río arriba.
El cazador hizo señas a sus hermanas y estas se acercaron con una vasija y una piedra cortante. Tomó la piedra Oerr e indicó que acomodaran el recipiente. Con un movimiento firme y veloz, cortó la garganta del pequeño animal, brotando de la herida un chorro de sangre que cayó dentro de  la vasija. “Tómala vos, necesitas de leche para el niño” le dijo a Chechelón, alcanzándole la vasija. La mujer rápidamente  llevó el ofrecimiento a su boca y con ruido probó y luego tragó la sangre aún líquida y caliente.
Luego de esta acción, Oerr se incorporó y desapareció tras un bosquecillo de sauces siguiendo las huellas de los guanacos en fuga. A la vez las mujeres de más edad del grupo, con piedras afiladas, se arrodillaron  frente al chulengo muerto y comenzaron a retirar cuidadosamente la piel y despostar las patas traseras y quitar las vísceras. Todo fue envuelto en la piel fresca, para preservar la carne de la arena del suelo y de las moscas que, alentadas por el olor, ya habían llegado al lugar.
Las huellas corrían paralelas al río y al poco de andar, Oerr se encontró con una garganta en donde las formaciones rocosas de ambas orillas se aproximaban mucho a los bordes del agua; los guanacos pasaron por el lugar, pero debieron pisar el agua del cauce para poder superar el escollo. Oerr recordó haber pasado por allí durante la mañana, pero ahora se dio cuenta que la particular conformación allí del valle permitiría cerrar el espacio e impedir el paso de los animales.  Con un campamento de su gente río abajo, podría encerrar coiques y guanacos,  que luego serían fáciles de cazar.
Siguió las huellas, pero pronto se encontró que por un cañadón por el que corría en la primavera un afluente del pequeño río Ecker, los guanacos habían podido acceder arriba a la meseta. Desde allí ya no era posible perseguirlos y decidió volver con su familia.
Cuando llegó vio que las mujeres habían logrado prender fuego y se aprestaban a asar el cuerpo del chulengo. Al rato estaban todos  desgarrando con sus dientes la carne y las vísceras.  Un chulengo entre seis adultos no es una gran comida, pero se durmieron tapados por el toldo y sobre la arena de la orilla del río, sin hambre.
Fue recién a la mañana siguiente que vio, hacia arriba sobre el faldeo de gran pendiente, la caverna. Decidió explorarla y en compañía de las dos niñas, subió costosamente hasta que el río se veía pequeño y lejano. En dos oportunidades tuvo que auxiliar a una de las niñas que no había logrado hacer pie cuando la tierra arcillosa se desmoronó bajo su pequeño peso. Luego de un tiempo prolongado llegaron a la entrada de la cavidad que en realidad no lo era, sino más bien un espacio amplkio bajo un grueso sustrato basáltico.
Los tres inspeccionaron el lugar y llegaron a la conclusión de que era bueno para estacionarse y pasar el invierno y resolvieron volver a bajar para ayudar al resto del grupo que había quedado al costado del río,  subir e instalarse.
Esta tarea le costó toda la tarde, pero cuando las sombras se impusieron sobre la luz, habían llegado con los pocos bienes que traían y sin comer se acostaron sobre el suelo de la caverna a dormir.
A la mañana siguiente Oerr salió de la cueva, bajo el largo y peligroso faldeo y caminó aguas abajo, por la orilla sur del río. Volvió a la caída del sol con un choique grande y gordo y tres tucu tuco, colgados de la cintura.
En cuanto llegó, las mujeres prepararon la carne y con hambre y disputando  en la oscuridad de la noche las piezas más apreciadas, comieron.
Esa noche la caverna estaba más hogareña; la mujer había extendido un quillango sobre la roca del piso y se cubrieron con uno de los toldos. Unos metros más adentro el resto de las mujeres se agolparon en forma similar. Todos con el estómago hinchado con la carne ingerida, se ubicaron para dormir.
Pero antes de cerrar los ojos Oerr recordó las enseñanzas de la madre de su madre y como ella había indicado como había que hacer para dibujar en las paredes. Se despertó convencido de la necesidad de rendir un agradecimiento a Kóoch, dios creador de todas las cosas del Universo que se ponen a disposición de los hombres para que sobrevivan. Bajó con cierta premura el faldeo y antes de llegar al río tropezó dos veces.  Llegando a la orilla caminó aguas arriba algo más de dos mil pasos. Allí recordaba la existencia de dos barrancas: una de color rojo y otra de color amarillo intenso. Colocando arcillas de ambos colores en un cuero que había traído, volvió sobre sus pasos y cansado pero satisfecho, llegó a la caverna nuevamente. Una de las mujeres viejas le alcanzó un trozo de grasa de choique y dos recipientes de barro, con este y un puñado de cenizas,  mezcló con paciencia las arcillas. Interrumpió su tarea por la llegada de las sombras cerradas.
A la mañana siguiente apoyó su mano sobre la pared mas lisa, a la izquierda de la entrada. Con la mano siniestra inmóvil, pintó con amarillo el contorno de la palma y de los dedos. Al terminar, retiró la mano y observó su trabajo. A continuación dibujó con la mezcla roja, un guanaco. Ofrecía un flanco al observador, tenía la cabeza erguida y las manos y las piernas separadas, de esta manera quiso indicar que el animal estaba en fuga.
Se apartó de la pared y observo con satisfacción su obra. Kóoch estaría contento con la acción y seguramente lo ayudaría en el futuro en la búsqueda de alimentos para la familia a su cargo.
En lo que no pudo pensar fue en la gran cantidad de dibujos que otros hombres dejarían sobre esas paredes y en el interés que muchos años más tarde despertarían en los blancos que avanzaron sobre sus tierras, expulsando los suyos de los valles, las montañas y las mesetas.

Pedro Dobrée
Cipolletti, Agosto de 2014



Glosario:
Cañadón
Pequeño valle. Generalmente alberga un lecho de arroyo que solo tiene agua cuando llueve fuerte o en la época de los deshielos.
Charkamak
Valle del río Pinturas, en el noroeste de la Pcia. de Santa Cruz
Chechelón
Mariposa
Choique
Ñandú
Chulengo
Cría del guanaco
Ecker
Río Pinturas.
Kóoch
Dios creador del Universo, pero no de los hombres.
Quillango
Manta confeccionada con el cuero del guanaco
Oerr
Avutarda macho
Tucu - Tuco
Pequeño mamífero roedor; habita en túneles que construye bajo la superficie, en terrenos relativamente blandos.




lunes, 24 de febrero de 2014

Camionero

Cuando despertó dentro del camión, volvió a escuchar el fuerte viento que había soplado durante toda la noche. Más aún, recordaba que cuando aún estaba totalmente oscuro y solo se veía una débil luz en la puerta del hotel de Tres Cerros, el viento había sacudido el vehículo a pesar del peso de la carga de lana que llevaba desde Rio Gallegos hasta Madryn, y este movimiento lo había despertado
Cuando el sol ya había desaparecido tras el horizonte, pero permanecía la luz del atardecer patagónico de fines de Noviembre, había llegado al hotel, un edificio solitario en medio de la gran estepa sobre la Ruta Nacional 3 al norte de San Julián.  Allí atracó junto al surtidor y pidió que le llenaran el tanque de gasoil.  De la cocina del hotel le llegó el aroma de chuletas cocidas en una plancha, y esto lo convenció para entrar a cenar. En el comedor se encontró con el “Chato” Acuña y su hermano –siempre andaban juntos - y se sentó en la mesa con ellos. Intercambiaron chismes de la ruta, del oficio y de conocidos mutuos; como hacían cada vez que sus rutas camioneras coincidían. Los tres comieron enormes bifes a la plancha con una ensalada de lechuga, tomates y cebollas. El hermano de “Chato” pidió que le incluyeran dos huevos fritos. Tomaron vino, áspero y espeso, porque luego irían a sus camiones a dormir y recién mañana volverían a la ruta.  
Sobre una de las paredes del salón colgaba un televisor grande que en ese momento transmitía un partido entre dos equipos de la Liga Italiana de Futbol; la sala estaba llena y el rumor de las voces de los comensales hacía imposible escuchar al relator.
Terminaron de cenar y se refugió en su camión: un Renault modelo 2009, con una cabina cómoda y un camarote relativamente amplio y bien equipado. Sobre un lateral del tablero ancho y luminoso, estaba pegada una estampa de Ceferino Namuncurá, “El lirio de las Pampas”.
Por la calefacción del vehículo, mantuvo prendido el motor unos minutos. Escuchó  la radio de la cabina, aprovechando que allí se podía todavía captar a LU 12, radio Río Gallegos. Se le hacía un programa homenaje a Atahualpa Yupanqui, y prestó atención a algunos temas musicales, pero pronto notó que el sueño lo vencía. Apagó el motor y la radio, se tapó bien con el quillango, dio media vuelta en la cama, y se durmió. Luego había comenzado a soplar el viento.
Al despertar corrió la cortina del camarote y observó el inicio de la mañana fría: los álamos detrás del hotel vencidos por la fuerte brisa y unas pequeñas nubes de polvo originados en la gran playa de maniobras frente al hotel y a los surtidores de combustible.
Abrió la puerta y con un termo en la mano fue hasta el comedor a pedir agua caliente para tomar los primeros mates del día. Volvía hacia el camión y se le acercó una mujer relativamente joven, pelo rubio corto, pantalones de gabardina verde desteñido y una blusa amarilla, que no parecía encajar en el contexto de la estepa, el hotel y los camioneros. Tampoco parecía suficiente abrigo para la fría mañana.
“Adónde vas?” le preguntó ella.
“Al norte; al valle del Chubut y después a Puerto Madryn”
“Me podés llevar? No te molesto” como demoró en contestar, ella tomó su silencio por una aceptación de la propuesta; “voy a buscar un bolso que es chico, no te va a molestar”.
La mujer desapareció detrás del camión, él se encogió de hombros y subió a la cabina del vehículo. Llenó el mate con yerba, encajó la bombilla y lentamente vertió el agua caliente. Había empezado a sorber la amarga infusión, cuando escuchó un grito de mujer. Sin pensar en las posibles razones de la exclamación, bajó nuevamente al suelo y corrió hacia la parte trasera del camión. Allí se encontró con un hombre de baja estatura vestido con una campera negra. La mujer con que se había encontrado hacía solo unos instantes estaba de rodillas y el hombre la había tomado del pelo. Cuando ella lo vio, gritó nuevamente.
El grito fue un disparador; en dos trancos estaba junto a la pareja y le pegó un fuerte empujón al de la campera, apoyándose sobre sus hombros. Este cayó al suelo y la mujer trastabilló. “Subite al camión” le dijo. El petizo se levantó con tierra en la ropa. De algún lugar sacó un corto cuchillo y lo encaró. Desde la culata del camión aparecieron los hermanos Acuña; el más chico empuñando una vara metálica con que solía golpear a las cubiertas de su vehículo para apreciar la presión del aire en cada una de ellas. “Necesitas algo, Gringo?” le dijeron. El de la campera negra se escabulló entre los camiones que también esa mañana estaban estacionados en la playa de maniobras.
“Qué pasa?” le preguntó “Chato”. “Nada muchachos, no se preocupen… gracias por la ayuda”. Los Núñez dieron la vuelta y desaparecieron y el intentó subir a la cabina de su vehículo. No pudo hacerlo y golpeó la puerta para que le abrieran; la mujer adentro dudó, pero luego de unos instantes levantó la traba y la puerta pudo abrirse. Se sentó, abrochó y ajustó su cinturón de seguridad y puso en marcha el motor. Con una velocidad un poco mayor a la que hubiera empleado en otras circunstancias, salió de la playa y subió a la ruta nacional.
“Cómo te llamas?” le dijo a la mujer, luego de 10 kilómetros recorridos en silencio. ”Margarita… le contestó… aunque en Gallegos me decían Cecilia”.
Pasaron por Fitz Roy sin disminuir la velocidad y solo la redujo cuando comenzó a bajar hacia la costa del mar, mucho antes de Caleta Olivia y donde la ruta comienza a ser sinuosa y ondulada y peligrosa. El aire comprimido de los frenos del vehículo resonaba en la mañana soleada, compitiendo con el viento de los cañadones.  La mujer miraba por la ventanilla lateral y veía pasar presurosas, las barrancas de tierra gredosa cortadas a pique, donde se continuaban los naranjas, los marrones, el amarillo y los grises y los blancos. Algunos de estas barrancas pasaban cerca de la ventanilla del camión y otros a gran distancia. Y también los arbustos deslucidos y el pasto amarillo y duro e, intercaladas, las flores también amarillas del desierto.  
Curva a la izquierda, curva a la derecha, cuesta abajo, vuelta a subir y en la cresta de la loma, hacia el este, las primeras visiones del mar de azul intenso, pues a la distancia aún no se perciben las crestas blancas de las olas formadas por el viento que desde el continente ingresa al océano.
Pocos vehículos esa mañana en la ruta. Estimó que recién superada Caleta Olivia, se encontrarían con tráfico. Cada 5 minutos, casi con precisión miraba por el espejo retrovisor izquierdo e inspeccionaba la ruta por detrás de él. En un momento, y en un trecho recto, vio un vehículo que se aproximaba como para superarlo.
Por un corto tiempo el automóvil se estacionó detrás del camión. Se inquietó porque el pequeño automóvil, un Peugeot 206 verde, no parecía querer adelantarse. Pero luego de unos minutos se puso a la par del camión. Miró por la ventanilla y vio un hombre que le hacía señas de frenar. Sintió que la mujer se apoyaba en él y miraba también al otro vehículo. “Es el auto de Ramón…me están siguiendo” dijo ella. El reconoció al ocupante de campera negra del asiento derecho y apretó el acelerador, adelantándose algo al vehículo menor; estaban sobre una curva a la izquierda y el Peugeot tuvo que frenar para evitar ser encerrado contra la banquina.
Las sinuosidades de la carretera le permitieron mantener la delantera por algunos kilómetros, pero nuevamente ingresaron a un tramo recto. Fue entonces cuando el vehículo pequeño se volvió a poner a la par del camión y vio como ahora la mano que antes hacía señas de frenar, blandía una pistola.
Por mucho tiempo después podía recordar cómo, sin reflexionar, había volanteado hacia la izquierda y como el Peugeot golpeaba contra las ruedas duales del segundo eje. Recordó además, la visión que tuvo por el espejo retrovisor del vehículo pequeño,  cuando este ingresó en la zona de banquinas y dio, en una gran nube de polvo, dos vueltas sobre si mismo.
Miró nuevamente hacia adelante y corrigió el rumbo de su camión, que había entrado en el carril opuesto de la ruta. Tomó firmemente el volante y no miró más para atrás. Luego de veinte minutos y ya en las afueras de Caleta Olivia, bajó la velocidad hasta frenar en un descanso del camino, al reparo  de unos tamariscos.
Durante todo este tiempo, la mujer no había abierto la boca y pálida estaba como refugiada en el inmenso asiente del acompañante. “Quién es Ramón?  le preguntó. “ Es el amigo de Alberto, él que me hacía trabajar en Gallegos….se habrá muerto?” Su voz era apenas audible. “No lo sé - contestó también con susurros - espero que sí”.
Bajó del camión y observó la zona que había tomado contacto con el auto pequeño; casi no había daños, más allá de la rotura de un guardabarros y el color verde de unos raspones sobre la cubierta externa del lado izquierdo del semirremolque. Luego de aproximadamente diez minutos, sus manos se estabilizaron y volvió a poner en funcionamiento el motor. Colocó la primera marcha y con las luces del costado izquierdo destellando, ingresó nuevamente al camino pavimentado. Lentamente cruzaron la ciudad y volvieron a la ruta abierta. En el punto en que termina la provincia de Santa Cruz y comienza la del Chubut, la policía santacruceña le indicó parar. Pálido y nervioso le entregó, inclinando su cuerpo por la ventanilla, la documentación del vehículo y su permiso para conducir camiones de gran porte. El agente policial, con gesto de aburrido, le devolvió los documentos y le indicó proseguir.
Ya estaban transitando sobre la autovía entre Caleta y Comodoro Rivadavia, cuando encendió la radio y buscó una emisora local; pensó que podría escuchar alguna noticia sobre el auto volcado a la vera de la ruta.
Dejaron a su derecha al balneario de Rada Tilly e ingresaron a las primeras manifestaciones de la urbanización de Comodoro Rivadavia. Ciudad petrolera, su característica principal es la provisoriedad y el desorden; las casas pequeñas y las calles desprolijas, el cartón y las bolsas de nylon apretadas contra los cercos y aferradas a las ramas y espinas de los arbustos, los árboles inclinados hacia el este y los perros por todos lados, flacos y corriéndose sobre las laderas del cerro Chenque. Al pasar por las calles del centro comercial y portuario, el panorama cambia y la ciudad adquiere el aspecto de moderna, agitada y mundana, propia de una de las dos ciudades más importantes de la Patagonia. La salida al norte vuelve a parecerse a la entrada sur, nuevamente la pobreza y la provisoriedad. Kilómetro 3, Astra, General Mosconi y finalmente la larguísima subida del cañadón Ferré. Por el cañadón el camión avanzó muy lentamente y notó que cuando llegaron a la meseta arriba y pudo acelerar en forma más decidida, sintió un gran alivio y pudo sonreírle a la mujer sentada a su lado.
Ella parecía sentir lo mismo, pues entró en una etapa más conversadora. Le contó que había vivido cerca de General Alvear, en una pequeña población llamada Real del Padre, en la provincia de Mendoza, con sus padres y un hermano. Que su padre era peón rural y que su madre  planchaba ropa para las familias del centro de Alvear, hacia donde viajaba todas las mañanas. Su infancia y adolescencia fueron regularmente felices, si no contaba los días en que había poco de comer y las noches en que volvía borracho su padre. Que un día le contaron que en Río Gallegos había pocas mujeres y que podría conseguir trabajo en una gran tienda de ropa femenina cara. Que le iban a pagar bien y que podría retirar mensualmente lindos vestidos para ella misma. Contó también que al bajar del ómnibus que la llevó a Gallegos, le dijeron que hubo imprevistos y que no se podía realizar el proyecto, “pero igual podés usar ropa linda”, le dijo Ramón. Que esto había sido hacía ya varios años, que durante todo este tiempo le pegaban,  y la trataban mal. Supo que la habían estado buscando, su madre, y que por ello la habían escondido. Que comía mal, que se sentía humillada y que un día desesperada, vio la posibilidad de escapar hacia el norte, y que de esa manera fue que se encontraron en el Hotel Tres Cerros.
Cruzaron la Pampa de Salamanca, pasaron por Garayalde, por Uzcudún y finalmente por Florentino Ameghino, apenas del camino  tres puntos que albergaban cada uno de ellos, una estación de servicio, un hotel y una comisaría. Allí vio dos camiones estacionados que reconoció de amigos de Gallegos. Les tocó bocina y saludó con la mano, pero no supo si se habían dado cuenta de quién era.  Kilómetros y kilómetros por la ruta recta que solo de vez en cuando presentaba alguna curva.
Cuando escuchaba quienes se quejaban del paisaje monótono, el siempre intervenía diciendo que al andar en el desierto había que aprender a mirar y que entonces se descubría la riqueza de la aparente monotonía. Esa tarde vio dos zorros, un hurón, varios avestruces machos con un grupo de charitos cada uno, al menos diez guanacos que emprendieron un suave galope cuando les tocó fuerte la bocina del vehículo; maras, algunos caballos y muchas ovejas. Y luego de las cinco de la tarde, cuando la mujer había empezado a cebarle nuevamente mate desde el asiento del acompañante, una veintena de martinetas copetonas, que en distintos tramos del camino, buscaban semillas y otros alimentos en la banquina; “ …a esta hora salen las martinetas y hay que tener cuidado de no pisarlas, porque son muy mansas” le dijo a la mujer.
La tarde se le hizo corta y estaba cayendo el sol cuando bajaron al valle y vieron los álamos de las chacras que orillan al río Chubut. Su gusto por el desierto no le impedía encontrar, luego de largas horas de vegetación achaparrada, grisácea y espinosa, placer y alivio en el verde, el agua de los canales y los pequeños potreros de alfalfa o gramilla.
Preocupado por lo que había sucedido esa mañana, no fue a la estación de servicio grande de YPF, donde siempre paraba y donde encontraba amigos y conocidos que también recorrían la larga ruta 3. Decidió tomar una calle secundaria que corría paralela al río y buscó una estación pequeña y poco frecuentada. Allí estacionó el camión y bajó a comprar algo de pan, un pequeño saché de mayonesa y un cuarto kilo de queso. Esto y unos mates amargos fue la cena que compartió con la mujer. El cortaba el pan y aderezaba las porciones, mientras ella cebaba el mate.
Cuando terminaron le hizo una seña indicando el camarote. “Acomodate allí”  le dijo. Ella en  silencio paso para atrás, mientras él bloqueó bien las puertas y corría las cortinas de la cabina para evitar la molesta luz de la madrugada austral; luego se acomodó para dormir en el asiento del conductor. Ella alargó un brazo para delante y le acarició una mejilla “Me pareces un hombre bueno”.
“Te molesta la radio” le preguntó cuando lo prendió con la intención de escuchar unos minutos mientras le llegara el sueño. “No; pero vení acá, que hace frío … dijo en voz baja … pero llámame Margarita”. Dio media vuelta y la miró, estaba tapada con el quillango y desde allí le sonrió. Dudó unos instantes y luego se incorporó y también se acostó en el camarote. Ella lo abrigó con el quillango y lo abrazó.
A la mañana siguiente se despertó con la mujer durmiendo a su lado. Tratando de hacer el menor ruido posible se levantó para no despertarla. Abrió la puerta del vehículo y fue hasta la oficina de la estación a pedir agua caliente. Con el termo lleno volvió y cuando se sentó en el asiento del conductor, ella despertó y se sentó en el camarote. Por unos instantes sus pechos quedaron al desnudo, pero rápidamente los cubrió con la manta bajo el cual habían dormido. “Ya nos vamos?” preguntó. “Si, mejor que te vistas”  Lleno el mate con la yerba y lentamente volcó el agua en el recipiente. Tomó el primero y el segundo se lo alargó a la mujer, que se había vestido y que trataba de peinarse con los dedos.
Terminaron el agua del mate y él llevó el camión a que le llenen el tanque de combustible; no se había vaciado todavía, pero le gustaba mantenerlo lleno. Mientras hacía esto el playero, que entrecerraba sus ojos mal dormidos para ver el marcador de litros expendidos y el importe de la venta, controló el nivel del aceite en el motor, el agua del radiador y la presión del aire en las gomas. Al playero se le mejoró la vista cuando observó a la mujer bajarse de la cabina alta del camión, apretando piernas y nalgas contra la liviana tela de una pollera no diseñada para esa maniobra.
“Ahora vamos a Puerto Madryn, donde descargo estos fardos de lana y luego vuelvo al río Chubut, a Dolovan, a buscar rollos de alfalfa para la estancia Punta Loyola, cerca de Gallegos”.
“No vas más al norte? le preguntó ella.
“No; tengo que estar de vuelta en Santa Cruz para el domingo a la noche”.
Ella lo miró con tristeza y se acomodó en el asiento. “Ponete el cinturón” le dijo él, mientras ponía en marcha el motor del camión; lentamente salieron de la playa de la estación, buscando la ruta y el puente que le permitiera cruzar el río.
Una vez que se desembarazaron de Trelew, avanzaron con buen ritmo y pronto estaban al borde de la meseta mirando el azul del Golfo Nuevo y la ciudad de Puerto Madryn, que se extendía por la orilla de la playa,  intentando abrazar al mar.
En el gran patio de la empresa acopiadora, estacionó el camión y se bajó para observar la operación de descarga que se hizo con una grúa enorme. Los fardos se alineaban prolijamente y con el largo brazo de la grúa se fueron estibando como ladrillos de un juego de gigantes. Faltaban pocos fardos para colocar cuando vio cruzar la calle a la mujer; volvía de la estación de servicio que estaba al frente.
“Conseguí quien me lleva hasta Santa Rosa… allí veo como hago para seguir” le dijo.
“Tenés plata?  - metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un billete –tomá, esto seguro que te servirá” y se lo puso en la palma de la mano de la mujer.
Ella repitió la frase de la noche anterior “Me parecés un hombre bueno”. Se puso en puntas de pie y le dio un beso en la mejilla. “Gracias. Si andas algún día por Real del Padre, preguntá por mí. Me gustaría verte”.
Dio media vuelta y lentamente, con el bolso en la mano, volvió a cruzar la calle hacia la estación de servicio. Él la vio irse e hizo un ademán como para llamarla, pero bajó la mano que había levantado y quedó  expectante, mirando la figura que se alejaba.
Cipolletti, verano de 2014
Pedro Dobrée


miércoles, 25 de diciembre de 2013

Fabulosa Internet

No soy un gran lector de poesías, pero no por eso renuncio a disfrutar de algunas lecturas que me emocionan profundamente.

Hay también algunos autores que disfruto más que otros. Con los que me gustan puedo elaborar una lista que hará sonreír a algunos de Uds. por lo absolutamente heterogéneo de su contenido.

Entre otros me gusta leer a Manuel J. Castilla y a Jaime Dávalos, miembros de esa fantástica generación de salteños que muchos hemos conocido; me gusta León Felipe, R. Kipling y Félix Luna.  También a Omar Kayam, que aprendí a querer por mi padre, que sabía recitar largos versos traducidos al inglés. Y hay obras de José Hernández, María Elena Walsh, Leopoldo Lugones y Homero Manzi,  que me atraen poderosamente.

A esta lista pertenece, con un lugar destacado, Pablo Neruda.

En un viaje de placer con mi esposa a Chile, visitamos la ciudad de Santiago y luego fuimos a Viña del Mar y Valparaíso.

Allí, en Chile, nos dimos un baño de Neruda, pues visitamos sus tres casas que hoy son, cada una, museos de la obra y de las colecciones de objetos de arte del gran autor. En la capital chilena está La Chascona; en los faldeos de Valparaíso esta La Sebasiana, con una vista a la bahía absolutamente fantástica, y unos kilómetros por la costa del Pacífico hacia el sur, en Isla Negra, el Museo Isla Negra. Volvimos a casa encantados con nuestro viaje y con nuestra memoria llena de los detalles de la excelente tarea de conservación y atención de los visitantes que la Fundación Pablo Neruda desarrolla en los tres lugares.

Un tiempo después, probablemente al año siguiente, hicimos un viaje por nuestra costa patagónica para visitar Puerto Madryn. Allí hicimos las visitas tradicionales, pues observamos lobos y elefantes marinos en la península Valdez, caminamos con marea baja por las playas del Golfo, tomamos te en Gaiman, recorrimos los elegantes negocios de Madryn y visitamos Ecocentro Puerto Madryn,  de la Fundación Ecocentro, cuyo hermoso edificio se encuentra sobre la costa alta al sur de la ciudad. Este lugar - muy recomendable por cierto, porque está excelentemente concebido, construido y ofrecido - permite al visitante conocer y comprender la muy variada fauna del gran Golfo Nuevo. Todo desde los acantilados donde está construido, que resumen la magnífica costa del mar patagónico.

Sobre la gran pared interna de una de las salas, con letras grandes, está el poema de Neruda “Oda a un albatros viajero”. Este es un emocionante escrito que describe el peligroso y esforzado vuelo de un albatros, que partiendo de Nueva Zelandia, cruza todo el Pacífico para morir en las playas chilenas. El poema termina con un angustioso pedido por la no extinción de la especie “…Oh capitán oscuro, derrotado en mi patria, ojalá que tus alas orgullosas sigan volando sobre la ola final, la ola de la muerte.”

Sentí gran emoción al leerlo pues es muy bello. Y recordé a la vez a uno de las guías del museo de Isla Negra, que comentó a los que estábamos mirando la playa pedregosa, que era allí donde Neruda había encontrado, una mañana de frío y neblina, al cuerpo exánime  del albatros, que luego le inspirara para escribir su poema sobre el largo vuelo del animal.

Varios años después, he sentido la necesidad de releer el poema y me puse a buscarlo. Revisé el único libro de Neruda que tengo y no lo encontré, busqué en Internet las obras del chileno y no lo encontré. Es que no recordaba en absoluto el nombre de la obra y sin título era imposible ubicar la oda. Decepcionado, comencé a resignarme, cuando se me ocurrió mirar la página del Ecocentro.

Esto ya merece un párrafo aparte: el Ecocentro de Puerto Madryn tiene una página web muy bien concebida: muy funcional, continuamente actualizada y con unas fotografías hermosas. Una de ellas – del interior del edificio – muestra la pared sobre la cual está escrito el poema y allí se puede ver, claramente, su nombre. Rápidamente puse el título en el buscador y apareció en toda su extensión, la obra buscada.

El uso de internet tiene sus desventajas, pero hay oportunidades que uno queda extasiado, plenamente satisfecho y agradecido a todos aquellos que han intervenido en el mundo, para que esta magnífica herramienta esté a nuestra disposición.

Cipolletti, Diciembre de 2013

Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar


jueves, 12 de diciembre de 2013

Anécdotas de Barrio II



Clemente Ameghino nació en Esquina, en la Provincia de Corrientes. Allí vivió hasta que decidió estudiar abogacía en Buenos Aires
Repitiendo el camino de los estudiantes del interior del país que llegan a las grandes ciudades, los primeros meses le sirvieron para ambientarse y buscar donde vivir. Inicialmente habitó de prestado una pieza que ocupaba un amigo que también había llegado, un par de años antes, de Corrientes. Finalmente y luego de mucho buscar y regatear, pudo alquilar un pequeño Departamento en la zona de Lanús, en un tercer piso, con una incómoda escalera y ningún ascensor.
Todo esto lo pudo hacer con la ayuda que le hacían llegar sus padres que tenían un pequeño almacén de Ramos Generales en la salida norte de su pueblo nativo, sobre la Ruta Nacional 12.
Fue un estudiante aplicado y avanzó en el plan de estudios de su carrera en forma razonablemente rápida. Luego de haber estado algo más de dos años en la Facultad, ingresó al estudio de Figueroa, Madison y Asociados, un grupo de abogados con algún prestigio en Derecho Comercial y Civil, que le permitió, aun que desde una perspectiva muy inicial, una anticipada visión profesional de su actividad.
Ese mismo año, mientras cursaba un seminario relativo a Derecho de Familia, conoció a Guillermina Araujo, una estudiante de San Antonio Oeste, en la costa atlántica de la provincia de Río Negro. Con Guillermina rápidamente hubo un entendimiento excelente y ella abandonó la pensión donde vivía y se fue con sus bártulos a Lanús.
Finalizaron sus estudios con pocos días de diferencia y luego de muchas horas de discutir las ventajas y desventajas de distintos lugares, decidieron instalarse en San Antonio, donde Guillermina tenía la posibilidad de utilizar una vivienda que había sido de una de sus abuelas. Estaba situada cerca de la orilla del mar, cuando las mareas eran altas, al norte de la Avenida Belgrano, a la altura de la plaza central. Allí tendrían vivienda y estudio jurídico.
La casa era una de esas típicas de San Antonio Oeste y del resto de la Patagonia vieja.  Techos inclinados pintados color rojo apagado, paredes de chapa corrugada cubriendo una estructura de madera, aberturas del mismo material y un pequeño porche en la entrada desde la calle, para poder amortiguar el viento, cuando se ingresa o egresa de la casa.
Al que llegaba por ese porche se le presentaban dos alternativas: acceder al estudio – con una oficina y un baño – o acceder a la vivienda.
Varios años luego de instalarse la pareja en S.A.O.y estando una noche de calor sin poder dormir, Clemente oyó  ruidos en el estudio. Contuvo el aliento y se convenció que había alguien revolviendo papeles y moviendo muebles en la estancia vecina.
“Guille … Guille …” susurró despertando a su esposa “…alguien ha entrado”. En silencio retiró un viejo revolver 38 de su mesa de luz e hizo señas para que salieran por la puerta del costado de la cocina que daba a un pasillo y desde allí a la calle.
Una vez allí, cruzaron a la vereda de enfrente. Clemente le solicitó a su esposa que caminara hasta la Comisaría, a menos de dos cuadras de distancia, y avisara de lo que ocurría.
En cuanto Guillermina dobló la esquina, su esposo se tiró al piso – sobre el césped del cantero  y parapetado tras un viejo tronco de fresno americano – y apuntó hacia la puerta de su casa. “Salgan con las manos en alto – gritó con voz fuerte, aunque algo temblorosa – estoy armado”.
……………………………………………
Modesto Argayarás, vivió su infancia y adolescencia en Valcheta, una pequeña población al sur este de la Provincia de Río Negro. Hijo de un inmigrante español y de una mujer de sangre tehuelche, finalizó sus estudios primarios en la escuela provincial cercana a su casa, pero las escasas posibilidades laborales de Valcheta lo llevaron a ingresar a la Policía Provincial y en la fecha de lo que intentamos relatar aquí, había sido ascendió a cabo.
Hacia 6 meses que estaba destinado a la Comisaría de San Antonio Oeste, donde ya era conocido ampliamente por su buen humor y carácter. Jugador de futbol, había ofrecido sus servicios al equipo local como defensor derecho y este ya lo había alistado en las últimas dos o tres fechas de la liga de la Zona Atlántica.
Gran tomador de mate, estaba iniciando la tercera cebadura de esa guardia nocturna, cuando por la puerta abierta a la noche de mosquitos y calor, vio llegar a la Dra. Guillermina, extrañamente vestida con un camisón.
“Qué la trae Doctora?” le preguntó algo ceremoniosamente, en cuanto pisó la vereda del edificio. Rápidamente ella explicó que su marido estaba frente a ladrones que habían entrado al estudio y que urgentemente debía trasladarse él hacia allí para auxiliarlo. Mientras escuchaba, el suboficial echaba agua desde la pava al mate y se lo ofreció a su visitante; ella con impaciencia lo rechazó,  argumentando que no había tiempo para tal cosa.
Argayarás de todas formas logró calzarse la gorra reglamentaria y sorber el mate, todo a la vez. Juntos salieron a la calle y caminaron con prisa por la calle silenciosa.
“Qué pasa Doctor?” Clemente explicó la situación, siempre desde el nivel de la vereda y tras el tronco que proyectaba la sombra de la luz callejera  sobre su cuerpo.
El policía lo miró seriamente, miró el frente del edificio donde estaba el estudio jurídico y volvió a mirar a Clemente. “Doctor, voy a buscar refuerzos” y sin esperar respuesta, dio media vuelta y se dirigió hacia la esquina tras la cual desapareció.
Clemente y Guillermina esperaron aproximadamente media hora y urgido por la humedad del pasto del cantero, el primero decidió levantarse. Minutos después cruzó la calle y se acercó a su propia puerta. Llamó nuevamente y al no recibir respuesta abrió lentamente la puerta y entró. Guillermina había quedado, temblorosa, en la vereda opuesta. Los cacos, si los hubo, ya no estaban y se habrían fugado por el fondo.
Modesto Argayarás nunca volvió. 
El Comisario Lorenzo Abraham, a cargo de la Comisaría de San Antonio Oeste, por influencias del Dr. Clemente Ameghino y por instrucciones de la jefatura provincial, le inició sumario administrativo por abandono de sus obligaciones de funcionario público.
Pedro Dobrée

Cipolletti, Diciembre de 2013