viernes, 27 de febrero de 2015

Un patagónico en España



“Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios.
Con una vara de mimbre,
fue a Sevilla a ver los toros…”
Romancero Gitano   -  Federico García Lorca

Para muchos de los que no tenemos ni una sola gota de sangre española en las venas, España es también la “Madre Patria”. Lo es porque hablamos su lengua, nos gustan su música y  sus bailes, admiramos a García Lorca, a Picasso, a Antonio Gades y a Serrat, la memoria de la guerra civil nos conmueve, nos encantan sus ciudades con arquitectura de vanguardia o con construcciones medievales y sentimos un gran cariño por los Manueles y las Juanas, vecinos nuestros, a quienes comprendemos cuando por momentos  extrañan mucho las tierras de sus padres o de sus abuelos.
Hace poco tiempo recorrimos algunas ciudades de este magnífico país y aún tengo fresco en mi memoria las impresiones que me ha provocado el corto pero intenso viaje.
Desembarcamos en Madrid luego de cerca de 12 horas de vuelo desde Buenos Aires. Desde allí y con un automóvil alquilado recorrimos Córdoba, Granada, Valencia y Barcelona.
Aunque las impresiones son muchas, para no abusar de la paciencia de mis lectores me he de detener solo en dos, aunque luego haré mención de algunos detalles más.
La primera tiene que ver con la gastronomía. España, descubrimos, es el país de la comida. A cualquier hora se pueden obtener alimentos de gran calidad, con unas porciones siempre generosas y si hay empeño en buscar, a precios compatibles con los ingresos de nuestra clase media.
La lista de los sinónimos con que los españoles denominan las casas donde se ofrecen platos de todo tipo, es extraordinariamente larga y es un síntoma de lo que quiero expresar. Comienza por bar y confitería, pero luego sigue por tasca, fonda, café, mesón, taberna, taller de tapas, bracería, bodegón, pizzería, cervecería, restaurante y pastelería.
Y a la hora que Ud. se le ocurra, podrá comer pastas, chorizos, jamón, huevos revueltos duros y fritos, berenjenas, papas, verduras de hojas verdes, cebollas y zanahorias, carnes de cerdo,  de pollo y de pavo o de vaca (buey) o de cordero, quesos, pan, manzanas, cítricos, melones, sandías, mariscos de todo tamaño y color, pescados grandes como el atún y el bonito o pequeños como los boquerones y las sardinas. Y todo esto frito, hervido, al horno, a las brasas, saltado o simplemente crudo. Todo regado con buenos vinos y cervezas, pues se consumen absolutamente miles y miles de litros por día.
Hemos visto grandes extensiones dedicadas al cultivo del trigo y otros cereales, de pasturas para ovinos, porcinos y bovinos. En la región de Andalucía, enormes cantidades de hectáreas con olivares y en cercanías a los poblados, un intenso olor a aceitunas, porque era época de cosecha.  Entre Granada, Valencia y Barcelona, se ven desde la calzada montes interminables de naranjos, que inundan el paisaje con los colores de sus hojas y de sus frutas.
El segundo gran tema son las rutas y las vías de comunicación en general. El país está cruzado desde todos los rincones por autovías y carreteras nacionales. Todas en excelente estado, lo que supone una gran inversión pública y luego una presupuestación adecuada y un trabajo muy bien administrado del mantenimiento de las calzadas y de la señalización horizontal y vertical. Esta última fue concebida de tal forma, que es prácticamente imposible no llegar sano y salvo a destino. Los GPS que tanto usamos hoy, son en general innecesarios.
En las calles urbanas se observa también una gran preocupación por las inversiones y el mantenimiento. Semáforos, cartelería y calzada son  excelentemente mantenidas y hay detalles que llaman la atención, como las tachas que en Granada cruzan la calle y prenden luces rojas cuando el semáforo está impidiendo el paso o las cunetas, confeccionadas por un material resistente pero a su vez de superficie suave, que facilita la limpieza y el escurrimiento de las agua pluviales.
En Barcelona y en Madrid utilizamos intensamente los sistemas de transporte subterráneo. Son cómodos, funcionan a horario y su limpieza – tanto de vagones,  como de estaciones – es impecable.
Otra oportunidad de percibir buenos servicios, es el ferrocarril denominado AVE (Alta Velocidad Española). Anduvimos desde Barcelona hasta Madrid en vagones muy cómodos, con una muy agradable calefacción, pues afuera en tramos largos había 20 cms. de nieve; viajamos en completo silencio a una velocidad de 300 kms. por hora. Hicimos los aproximadamente 600 kms. en 2 horas y cuarto, sin descontar los minutos de una parada en Zaragoza. Viajamos en Primera Clase, con los diarios del día y un desayuno a la altura de los mejores hoteles, todo incluido en el precio del pasaje, que no es bajo.
Para terminar este tema de comunicaciones menciono los aeropuertos de Madrid y de Barcelona. No hemos conocido otros, pero para muestra basta un botón. Son cómodos, funcionales, concebidos estéticamente, muy limpios y grandes.
Y ahora, algunos comentarios más.
En primer lugar, el peso de la historia. Valorada por los españoles y ofrecida a los turistas, tiene una importancia central.  Obviamente visitamos la Alhambra en Granada y la Mezquita en Córdoba y en esta ciudad caminé por la Judería que es muy atractiva. En la Mezquita entran paradas tantas personas como en la cancha de River Plate.
Caminando por la hermosa rivera del Guadalquivir, la Ronda de Isasa, entré a una librería y me recomendaron dos libros que me permitieran comprender mejor la influencia judía e islámica en la cultura española (“La Revolución Islámica en Occidente” de I. Olague y una biografía de Maimónides). Los estoy leyendo actualmente con gran entusiasmo.
En segundo lugar, la presencia de Argentina en las conversaciones españolas. Simeone y Messi son personajes de gran relevancia y en el centro de Barcelona, en cada cuadra, se observa cada 20 a 30 metros y en los escaparates de los negocios, la cara de Lionel en remeras, jarros de cerámica, caricaturas,  postales, etc. Lamentablemente también es noticia la denuncia de Nisman y su trágica muerte.
En tercer lugar la limpieza. Las calles, los baños públicos, las aceras  y todo lugar en donde se pueda transitar, están impecables. Detrás de la Mezquita cordobesa y antes de cruzar el Guadalquivir, hay una plaza enlosada. Parece estar bajo la responsabilidad de una prolija ama de casa, que lo considera parte de su propio hogar. Y así el resto de estos lugares.

Y en cuarto y último lugar, el ambiente cultural.  Los españoles conforman un grupo humano muy interesante. Son alegres, expresivos y amigables, a pesar de la crisis que algunos afirman que está cediendo. Y su cultura, que tiene poco que ver con los chistes en Argentina de gallegos, es una mezcla maravillosa de música flamenca y celta, de tradiciones poéticas como las de Machado y García Lorca, con la pintura de Picasso y de Goya y la literatura de Cervantes y de Pérez-Reverte, con la discusión política de firmes convicciones ideológicas, con la industria editorial, con un periodismo de protagonismo mundial como la de los periódicos La Vanguardia y El País y con las escuelas de diseño de Barcelona y de Madrid.
pdobree@neunet.com.ar

sábado, 27 de diciembre de 2014

Un patagónico en Londres


Por dónde empezar a contar las impresiones de la ciudad? Teniendo en cuenta que es enorme y que es la primera vez que lo visito? Que lo he visto con los ojos grandes y sorprendidos, porque no estoy acostumbrado a semejante espectáculo?  Probablemente por donde ingresamos, por el aeropuerto, donde aterrizó el avión que, haciendo escala en San Pablo, ha viajado toda la noche y parte de la mañana desde Buenos Aires.
Heathrow, una estructura inmensa con 6 terminales, cada una con dimensiones que permiten pensar que tienen el mérito suficiente como para llamarse un aeropuerto por si; con trenes que vinculan las más distantes, algunas con hoteles, con anchas y larguísimas galerías por donde se transita con “caminadores”, con escaleras mecánicas y ascensores que comunican niveles de enormes alturas. Con negocios, cafés y restaurantes simpáticos, alegres y sofisticados. Sorprendiendo por la poca gente que circula, lo que lleva a pensar que el estudio de flujos realizado para el proyecto arquitectónico, ha sido maravilloso. Y todo con un, llamativo, juego de señalamientos que impide, con solo conocer los números arábigos, algunos iconos universales y no más de 10 palabras del inglés, perderse en tamaño laberinto y llegar al lugar en donde uno necesita estar.
De allí en un tren cómodo y rápido se llega al centro de la ciudad; 20 minutos a la mítica estación Paddington, por ejemplo.
Lo que nos llamó la atención la primera tarde fue la ausencia de olor a humo y la visibilidad en las calles. En la década del 70, averigüé luego, se prohibió la quema de carbón para calefaccionar edificios y viviendas y ha desaparecido el famoso “smog” londinense[1]. Queda la niebla, y durante un par de los días en que estuvimos allí, los últimos pisos de algunos de los pocos edificios altos del centro, desaparecieron entre las nubes. Pero abajo, al nivel de las aceras y de los vehículos, no existe más la atmósfera famosa de Jack el Destripador o del Sr. Hyde.
Mencioné los pocos edificios altos del centro de esta gran ciudad. Es cierto, Londres es una ciudad de edificios bajos. En este sentido no es Nueva York, ni San Pablo, ni Buenos Aires. Por el contrario, es como generalmente son otras ciudades europeas de historia medieval. No como  las de América, que buscan prestigio construyendo pisos sobre pisos, buscando competir en altura. A escala, hasta nuestras Neuquén o Comodoro Rivadavia participan de esta carrera. Londres es distinto.
Londres es la capital del mundo y en sus calles y en sus negocios y en sus museos y castillos, se encuentran personas proveniente de cuanto lugar en la tierra que puedas imaginar. Se escucha hablar en muchísimos idiomas en boca de gente llegada de Laos y Nicaragua, de Marruecos y Singapur, o de Montenegro o Letonia. Hay  restaurantes, cafés y bistrós de Islandia, del Líbano, de Italia, de la India y de Bangladesh, de China, de Japón y de Malasia, de España, de México y de Francia. No vi ninguna parilla argentina, pero sospecho que debe haber.
Se me ocurrió que una forma de imaginar Londres, era la de pensar que la ciudad era la nave espacial de la serie, famosa en los años 1970 y 80, llamada “Viaje a las Estrellas”. Algunos recordarán a la tripulación, que representaba a distintas razas y naciones de la tierra. En Londres falta solo el Dr. Spock, o al menos yo no lo vi.
Si esta visión no es suficientemente convincente, recomiendo visitar el Museo Británico. Allí hay piezas de todos los rincones de la tierra destacándose las de Egipto: sarcófagos, momias, estatuas, gigantescas portadas de piedra, papiros y - siempre rodeada de gran cantidad de visitantes - la Piedra Roseta. Pero también hay colecciones de Grecia y de Roma, de las islas del Pacífico, del Ártico, de las costas de Normandía, del norte de África y de las culturas incaicas. Allí está, en todo su ostentación, el Imperio.
Londres es una ciudad que atrae y que atrapa, pero también confunde. No existen, como tampoco en las tramas urbanas de otras ciudades de edades medievales, las cuadrículas, que tanto nos ayudan en América a saber dónde estamos y a orientarnos en nuestras caminatas.
Si se pregunta por la distancia de un punto a otro cercano, la respuesta puede ser “7 minutos de caminata” o si es lejano, la cantidad de minutos que demanda caminar hasta la estación más cercana del sistema de subterráneos u ómnibus o ferrocarril. Todos estos funcionan muy bien y cubren perfectamente la ciudad.
Las calles son Streets, Roads, Mews, Terraces, Alleys y Avenues. Las primeras son angostas, las segundas son más importantes y las últimas son como las que conocemos nosotros.
Las “Mews” son calles angostas y simpáticas que se ubican en áreas de construcción de viviendas importantes de los siglos XVIII y XIX, particularmente la época victoriana, de no más de 100 o 150 metros de largo, orilladas por las construcciones que albergaban a los caballos, los carruajes y a los sirvientes relacionados con estos otros dos ítems, todos propiedad de los habitantes vecinos. Hoy muchas han sido refuncionalizados en forma muy agradable y representan, en términos de su demanda inmobiliaria, un sector de muy alto valor.
La palabra “terrace” tiene una variedad de sentidos. Quiere decir terraza, como las conocemos aquí, o la explanada delante de una vivienda importante con parque o el área horizontalizada para la siembra de variedades de pasturas o cereales en zonas rurales de faldeos o pendientes pronunciadas. En los ámbitos estrictamente urbanos, es también un conjunto de viviendas angostas de tres, cuatro o de cinco pisos de alto, todas iguales y adheridas unas a otras por paredes medianeras. La palabra se aplica a estas construcciones o también a la calle pública que está frente a ella. El hotel donde parábamos  tenía la dirección siguiente: Devonshire Terrace 27. Y el hotel conformaba una “terrace” junto a otros edificios en un sector de cien a ciento cincuenta metros de largo.
Finalmente están las “alleys”. Estas son cortadas angostas, mayormente peatonales, que completan el tejido de la ciudad. Algunas son tan angostas que hasta es difícil transitar por ellas empujando una carretilla. Hay que agregar a este caos, la inexistencia de cuadras, la enormidad de la ciudad, la terrible circunstancia de la circulación vehicular por la izquierda y que en Londres la mayoría de las calles, aún las angostas,  son de doble mano.
Los parques son fantásticos; producto del clima, de la acción municipal y del cuidado con que la gente circula entre monumentos y estatuas sorprendentes.
Un párrafo merece la amabilidad de las personas para con el resto de quienes transitan. Preguntar por una dirección o una modalidad de transporte recibe una respuesta sonriente, inmediata y eficaz. Basta con mostrar una cara que trasmita sensación de desorientación, para que alguien pregunte que necesita. Y si Ud. sube al tren con aspecto de avanzada edad o alguna discapacidad,  rápidamente hay quien cede su asiento.
Impacta la antigüedad de Londres, sobretodo en una persona que vivió siempre en ciudades cuya historia recién empieza. En Patagonia las ciudades nacieron recién ayer y en Argentina anteayer, y Londres tiene miles de años[2].  Y sobre mojado llovido, pues es conocida la tendencia británica a ser tradicionalista y conservadora. Londres mantiene esta impronta en variados aspectos. Uno de ellos es el institucional y político. Ejemplo de ello es el “ward”, circunscripción electoral cuyo nacimiento como manifestación de gobierno local, independiente del rey, data de los años 1200[3] y que con modificaciones no sustanciales se respeta aún hoy.
Otra manifestación de este rasgo de personalidad ciudadana, es el de los nombres de calles, de parques y de estaciones del subterráneo. Recuerda Peter Ackroyd en “London”, una excelente  biografía de la ciudad, que hay nombres sumamente viejos como es el de la calle Knightrider, que ya tiene aproximadamente 2.000 años. La calle Blackfriars, cuya traducción es “monjes negros”, hace referencia a los Dominicos, cuya abadía fue construida a su vera en 1278 y destruida luego, en épocas de la Reforma. En 1576 Shakespeare construyó sobre esa calle su Blackfriars Theater.   Varios de los actuales nombres de las estaciones del ferrocarril subterráneo, hacen referencia a las puertas de entrada a la ciudad, existentes cuando esta estaba rodeada de una muralla medieval.
Finalmente,  para no aburrir al lector, incluiré un solo aspecto más: la faceta teatral de la ciudad. Hay que recordar que Londres es la ciudad de Shakespeare y Jonson, y que aún antes de ellos hubo teatro popular. Y en tiempos modernos Londres es la cuna de Jesucristo Superstar, de Evita, de Cats, y el ámbito de acción de músicos como Tim Rice, de autores como Noel Coward y de la gran escuela shakesperiana de actores.
Pero no es solo en los edificios “ad hoc” que hay teatro. También lo hay en las calles y esta sensación de teatralidad está vigente en el cambio de guardia del Palacio de Buckingham, en las pelucas de los magistrados y en los uniformes de los Beefeaters, que son los guardias de la Torre. La población también participa de los grandes eventos y prueba de ello han sido, entre otros, el Jubileo de la Reina actual y el velorio de la Princesa Diana, luego de su trágica muerte, donde cientos de miles de londinenses y turistas, como en una gran superproducción, actuaron de extras, que con rostros acongojados cubrieron de luto la ciudad.
Pedro Dobrée
Cipolletti, Diciembre de 2014
pdobree@neunet.com.ar








[1] Además la ciudad ha desplazado en los últimos 50 años buena parte de su actividad industrial contaminante, reemplazándola por una muy fuerte presencia de servicios financieros
[2] Hay registros anteriores a la conquista romana de la isla Albión
[3] Esta acción fue parte del proceso de incremento del poder burgués frente al Rey, en los años de Juan sin Tierra y la aparición de la Carta Magna.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Sentimiento Patagónico


Les voy a contar tres anécdotas y luego les comentaré porque me parecen importantes.
Hace un par de semanas viajé, solo en mi automóvil,  a la ciudad de Viedma desde el Alto Valle del río Negro. Después de almorzar en una de los restaurantes sobre la ruta en Choele Choel, cruzar la isla y avanzar unos cuantos kilómetros hacia el sur, llegando al lugar en donde el camino cruza por encima del canal que lleva el agua potable desde el río en Pomona hasta San Antonio Oeste y Las Grutas, empecé a tener sueño. Hoy con la velocidad que tienen los vehículos en estos largos y estrechos caminos, hay pocas cosas más peligrosas que la de luchar contra la modorra mientras se maneja.  En este lugar - un faldeo poco antes de llegar desde el norte al paraje de El Solito, donde se bifurca la ruta hacia Viedma y hacia San Antonio y Sierra Grande - hay un bosquecillo donde los aburridos viajeros saben parar a descansar.
Me aparté de la ruta y estacioné preparándome para dormir unos minutos. Al hacer esto vi que ingresaba al predio un largo camión cargado de fardos de alfalfa.  El camión también estacionó y su conductor bajó a ajustar la carga y revisar las cubiertas. Decidí bajarme del auto y caminar hasta el camión, buscando un poco de charla y disfrutando de una hermosa tarde de sol y una suave brisa del sur.
Inicié la conversación preguntando hacia donde se dirigía. Me contestó que iba a Las Heras, al norte de Santa Cruz y que venía de una chacra cercana a la población de Luis Beltrán, donde había logrado comprar el pasto, pues este año ya no quedaba a precios razonables en el valle del Chubut y se había visto forzado a buscar más al norte. Me contó que tenía en Las Heras una forrajería y que los fardos eran para revender a los pobladores de la zona. Que esa noche dormía en las inmediaciones de Comodoro Rivadavia y que al día siguiente pensaba  estar en su casa nuevamente.
Yo le comenté que supe tener parientes viviendo en Las Heras y que ahora vivían en El Bolsón, a lo cual me contestó que los conocía y que esperaba ver a uno de mis sobrinos en pocos días. Le recomendé que le mencionara nuestro encuentro y antes de separarnos hicimos algunos comentarios sobre las dificultades para conseguir gas oil al sur del río Chubut, el estado de la Ruta 3 en toda su larga extensión y sobre los avances en la pavimentación de la Ruta 40, al norte de El Calafate. Deseándonos mutuamente suerte, nos saludamos y nos separamos.
La conversación y el aire fresco me habían quitado la modorra y decidí seguir viaje, para llegar a destino antes que se pusiera el sol. Por el espejo retrovisor vi que el camión también reiniciaba su marcha.
El segundo hecho se produjo en Puerto Madryn, adonde estuve en la primavera del año pasado, para asistir a un congreso al cual fui invitado.
Llegué una mañana algo fría y lluviosa a la estación de ómnibus de esta ciudad que tanto me gusta, y luego de depositar mi valija en uno de esos hermosos hoteles que se elevan sobre la costanera, me presenté en el recinto del Congreso. A mediodía fui a almorzar a uno de los tantísimos restaurantes del lugar; estaba solo, pues aún no había tenido tiempo de establecer las relaciones que tan útiles e interesantes, suelen proveer los congresos.
En la mesa más cercana a la mía, comían un matrimonio con sus dos hijos; con facilidad entablamos una conversación. Eran de Río Gallegos y me dijeron que con frecuencia viajaban a Madryn y el Valle Inferior del Chubut porque les gustaba mucho, tenían esperanza de ver ballenas, el marido hacía algo de pesca embarcado y la esposa visitaba parientes descendientes de los colonos galeses. Todo esto justificaba, ampliamente, el largo viaje desde la capital santacruceña. Yo comenté que vivía en Cipolletti, que había nacido en Santa Cruz y que conocía muy bien la Ruta 3. Coincidimos en que nos habíamos alojado ya varias veces en un pequeño y simpático hotel en Rada Tilly, con lo que evitábamos el intenso tráfico de la zona central de Comodoro Rivadavia y nos admiramos, ellos y yo, del extraordinario crecimiento de Madryn y de su cosmopolitismo, tan distinto al resto de las poblaciones costeras de la Patagonia. Comenté de amigos  y de parientes en Gallegos, varios de ellos también conocidos de ellos. Terminamos de comer con una sensación de tener cosas en común, a pesar de no conocernos de antemano.
La última anécdota sucedió cuando viajaba con mi esposa por la ruta 40, desde Alto Río Mayo hacia Perito Moreno. Habíamos llegado a la primera población con intenciones de cargar allí combustible. Cuando nos arrimamos a la única estación de servicio del pueblo, nos dijeron que no había más nafta y que no habría hasta el día siguiente por la tarde. Hice una estimación de lo que había en el tanque y volvimos sobre la ruta; pero a unos 10 kilómetros de Perito, el motor de nuestro automóvil estornudó y paró.
Permanecimos sobre la ruta unos quince minutos, cuando desde el sur apareció un auto que frenó;  su conductor, que luego supimos había salido a “dar una vuelta” acompañado por su esposa, su suegra y un pequeño caniche desde el asiento trasero, nos preguntó si nos hacía falta algo. Luego de haberle yo explicado las circunstancias, me dijo que estábamos cerca del obrador de la empresa que pavimentaba la ruta y que allí trabajaba un hijo; iría hasta allí y le pediría un poco de nafta. A los 10 o 15 minutos estaba de vuelta con un bidón.
Mientras que con cuidado introducíamos el líquido en el tanque, conversamos. Cuando le comenté que yo era oriundo de Puerto Santa Cruz, pero que hacía tiempo que me había ausentado, me dijo que era jubilado de Prefectura Marítima y que había vivido varios años allí. Rápidamente pasamos listas de las personas mutuamente conocidas y recordamos algunos hechos de la historia del pueblo.

A manera de hipótesis, digo que estas anécdotas exteriorizan algunos rasgos de lo que pudiera llamarse cultura patagónica. La sensación de las lejanías, la soledad quebrada por un aferrarse a las relaciones sociales, las dificultades en los traslados y el aislamiento de las poblaciones y la solidaridad en las desérticas y extensas ruta. Finalmente una actitud, inconsciente, que reconoce en los demás la pertenencia a un mismo gran grupo, habitantes de una región particular del país y que se enorgullece de ello.
Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar

martes, 19 de agosto de 2014

La Cueva de las Manos


Hace muchos inviernos, muchos antes de la llegada del caballo a las mesetas y a los valles y antes aún de la llegada de los hombres blancos que en sus enormes canoas, por el agua grande, llegaron desde el naciente, empezó a nevar indicando que el otoño ya promediaba y que se acercaba el invierno.  Oerr  despertó una madrugada con el frío de la nieve amenazando su toldo y escuchando el viento que bajaba de las laderas escarpadas de las altas montañas, que ya hacía días que veía blanquear arriba en sus cumbres. “Chechelón – gruñó – despierta, nos iremos hoy hacia el fondo de los valles; aquí hará mucho frío y ya no habrá caza para nosotros”.
La mujer se dio vuelta, mostrando entre sus pechos al pequeño varón que abrigaba y asintió. En silencio envolvió al niño con el cuero de guanaco que cubría parte del piso y se incorporó.
Desde que Oerr se separó de su familia para tener toldo propio, era la primera vez que tomaba la decisión anual de dejar las verdes laderas de las altas montañas. Antes era su padre que frente a la llegada del invierno, ordenaba a la familia a armar sus bultos y caminar hacia el levante del sol, buscando donde abrigarse de las frías nevadas y el viento helado.
Al salir a la mañana que aun estaba oscura, se envolvió en su quillango y sobre sus mejillas sintió la herida húmeda de los copos de nieve que lastimaban por la fuerza del viento. Intuía que el sol ya había rebasado al horizonte, pero las espesas nubes hacían imposible visualizarlo.
Hizo esfuerzos para recordar el camino que debían tomar para bajar al valle de Charkamak, por donde transcurría el rio Ecker, y llegar a la zona en donde invierno tras invierno, desde que él se acordara y aún antes, su familia armaba sus toldos y pasaba la época del frío y de las tormentas. Y allí estarían hasta que empezara a florecer el calafate y los pastos verdes llamaran la atención a los guanacos y  a los choikes y los días fueran más largos.
Y se preguntó si no equivocaría el camino, pues era él quien debía – ante la ausencia de su padre – guiar a la familia para que buscando el refugio de los malos tiempos, pudiera sobrevivir un año más y permitir que los cachorros crecieran,  y un día fueran ellos quienes guiaran la tribu en busca del refugio y de la caza.
En la oscuridad divisó la silueta del toldo vecino, el de su madre y de sus dos hermanas pequeñas y hacia allí se encaminó para ordenar también la preparación para abandonar las altas planicies y bajar a los cañadones del este.
Cuando volvió a su resguardo, la mujer había desmantelado los cueros y los troncos  y había envuelto el niño para que siguiera durmiendo en un hoyo en la tierra, contra las raíces de un calafate. El cuenco de arcilla que había sido de su madre y antes de ella de la madre de su madre, también fue envuelto,  quizás con más cuidado que el niño,  junto a otros utensilios de madera  y a varias piedras cortantes, que la mujer usaba para tratar los quillangos. Todo estaba listo para ser transportado  durante el viaje que emprenderían.
“Toma Chechelón – le dijo a la mujer – lleva en tu regazo este pasto seco y ramas finas, que necesitaremos de ellos para prender el fuego en el nuevo campamento” y le extendió un pequeño atado que había recogido bajo el quillango que le había servido de camastro duran te el verano.
Cuando el día comenzó a clarear, emprendieron la marcha. Adelante Oerr y le seguía Chechelón cargada con el niño y los elementos del toldo. Atrás la madre de Oerr, cargando el segundo toldo, y luego las dos niñas con los bultos y los utensilios de ambos  hogares. Atrás en la fila, una tía vieja, hermana de la madre de Oerr, viuda  y madre de dos hijos varones, desaparecidos en la nieve cuando cazaban hacía ya varios inviernos.
Para la tarde cuando empezó a ponerse oscuro en el cañadón por donde se encaminaban al valle Charkamak, Oerr decidió buscar refugio para su pequeño grupo al reparo de una pared rocosa que evitaba el viento del oeste. Comieron un trozo de carne de Choique cada uno y Chechelón dio el pecho al niño que pronto se durmió. Recostados en la arena, apretando  sus cuerpos uno contra otros y cubiertos con uno de los toldos, buscaron energías para proseguir al día siguiente el camino.
Al comenzar a clarear el día siguiente, Oerr volvió a poner en marcha a la comitiva. Lentamente sus huellas fueron marcándose en la arena del lecho seco del cañadón, que viboreaba mientras perdía altura. Cuando el sol estaba en posición cenital, llegaron muy abajo por donde corría el río Ecker Sus aguas, escasas pero límpidas, les permitió saciar la sed que había comenzado a molestarlos.
Mientras caminaba en el fondo del cañadón, Oerr sentía la sensación de incomodidad que lo asaltaba cuando no tenía posibilidades de ver a lo lejos. Probablemente no se daba cuenta, pero cuando se desplazaba por la estepa y el horizonte se extendía por distancias muy grandes, la situación de agobio desaparecía.
Cuando el sol estaba alto, el grupo detuvo su marcha a instancias de las señas que en silencio hacía su líder. Frente a ellos, sin percibir su cercanía y mordisqueando el corto pasto verde de la orilla del río, un grupo de seis guanacos y un chulengo recién nacido, ignoraban la cercanía del grupo tehuelche. El viento, que golpeaba la cara de los viajeros,  alejaba el olor de los humanos que se acercaban y no hubo señal que los alertara.
Oerr desprendió su bola que llevaba colgada de su cintura, atada de una tripa sobada. Hizo señas a las dos niñas para que se posicionaran sobre su flanco y evitar que los animales escapen por atrás. Apuntando al chulengo, revoleó la bola por encima de su cabeza y con fuerza la lanzó para adelante. El golpe sobre el costado del cuello del recién nacido lo volteó. Oerr pegó un saldo hacia adelante y rápidamente se tiró sobre el cuerpo que intentaba incorporarse. En la confusión los guanacos adultos se escabulleron, cruzando la línea de los humanos y corriendo rápidamente río arriba.
El cazador hizo señas a sus hermanas y estas se acercaron con una vasija y una piedra cortante. Tomó la piedra Oerr e indicó que acomodaran el recipiente. Con un movimiento firme y veloz, cortó la garganta del pequeño animal, brotando de la herida un chorro de sangre que cayó dentro de  la vasija. “Tómala vos, necesitas de leche para el niño” le dijo a Chechelón, alcanzándole la vasija. La mujer rápidamente  llevó el ofrecimiento a su boca y con ruido probó y luego tragó la sangre aún líquida y caliente.
Luego de esta acción, Oerr se incorporó y desapareció tras un bosquecillo de sauces siguiendo las huellas de los guanacos en fuga. A la vez las mujeres de más edad del grupo, con piedras afiladas, se arrodillaron  frente al chulengo muerto y comenzaron a retirar cuidadosamente la piel y despostar las patas traseras y quitar las vísceras. Todo fue envuelto en la piel fresca, para preservar la carne de la arena del suelo y de las moscas que, alentadas por el olor, ya habían llegado al lugar.
Las huellas corrían paralelas al río y al poco de andar, Oerr se encontró con una garganta en donde las formaciones rocosas de ambas orillas se aproximaban mucho a los bordes del agua; los guanacos pasaron por el lugar, pero debieron pisar el agua del cauce para poder superar el escollo. Oerr recordó haber pasado por allí durante la mañana, pero ahora se dio cuenta que la particular conformación allí del valle permitiría cerrar el espacio e impedir el paso de los animales.  Con un campamento de su gente río abajo, podría encerrar coiques y guanacos,  que luego serían fáciles de cazar.
Siguió las huellas, pero pronto se encontró que por un cañadón por el que corría en la primavera un afluente del pequeño río Ecker, los guanacos habían podido acceder arriba a la meseta. Desde allí ya no era posible perseguirlos y decidió volver con su familia.
Cuando llegó vio que las mujeres habían logrado prender fuego y se aprestaban a asar el cuerpo del chulengo. Al rato estaban todos  desgarrando con sus dientes la carne y las vísceras.  Un chulengo entre seis adultos no es una gran comida, pero se durmieron tapados por el toldo y sobre la arena de la orilla del río, sin hambre.
Fue recién a la mañana siguiente que vio, hacia arriba sobre el faldeo de gran pendiente, la caverna. Decidió explorarla y en compañía de las dos niñas, subió costosamente hasta que el río se veía pequeño y lejano. En dos oportunidades tuvo que auxiliar a una de las niñas que no había logrado hacer pie cuando la tierra arcillosa se desmoronó bajo su pequeño peso. Luego de un tiempo prolongado llegaron a la entrada de la cavidad que en realidad no lo era, sino más bien un espacio amplkio bajo un grueso sustrato basáltico.
Los tres inspeccionaron el lugar y llegaron a la conclusión de que era bueno para estacionarse y pasar el invierno y resolvieron volver a bajar para ayudar al resto del grupo que había quedado al costado del río,  subir e instalarse.
Esta tarea le costó toda la tarde, pero cuando las sombras se impusieron sobre la luz, habían llegado con los pocos bienes que traían y sin comer se acostaron sobre el suelo de la caverna a dormir.
A la mañana siguiente Oerr salió de la cueva, bajo el largo y peligroso faldeo y caminó aguas abajo, por la orilla sur del río. Volvió a la caída del sol con un choique grande y gordo y tres tucu tuco, colgados de la cintura.
En cuanto llegó, las mujeres prepararon la carne y con hambre y disputando  en la oscuridad de la noche las piezas más apreciadas, comieron.
Esa noche la caverna estaba más hogareña; la mujer había extendido un quillango sobre la roca del piso y se cubrieron con uno de los toldos. Unos metros más adentro el resto de las mujeres se agolparon en forma similar. Todos con el estómago hinchado con la carne ingerida, se ubicaron para dormir.
Pero antes de cerrar los ojos Oerr recordó las enseñanzas de la madre de su madre y como ella había indicado como había que hacer para dibujar en las paredes. Se despertó convencido de la necesidad de rendir un agradecimiento a Kóoch, dios creador de todas las cosas del Universo que se ponen a disposición de los hombres para que sobrevivan. Bajó con cierta premura el faldeo y antes de llegar al río tropezó dos veces.  Llegando a la orilla caminó aguas arriba algo más de dos mil pasos. Allí recordaba la existencia de dos barrancas: una de color rojo y otra de color amarillo intenso. Colocando arcillas de ambos colores en un cuero que había traído, volvió sobre sus pasos y cansado pero satisfecho, llegó a la caverna nuevamente. Una de las mujeres viejas le alcanzó un trozo de grasa de choique y dos recipientes de barro, con este y un puñado de cenizas,  mezcló con paciencia las arcillas. Interrumpió su tarea por la llegada de las sombras cerradas.
A la mañana siguiente apoyó su mano sobre la pared mas lisa, a la izquierda de la entrada. Con la mano siniestra inmóvil, pintó con amarillo el contorno de la palma y de los dedos. Al terminar, retiró la mano y observó su trabajo. A continuación dibujó con la mezcla roja, un guanaco. Ofrecía un flanco al observador, tenía la cabeza erguida y las manos y las piernas separadas, de esta manera quiso indicar que el animal estaba en fuga.
Se apartó de la pared y observo con satisfacción su obra. Kóoch estaría contento con la acción y seguramente lo ayudaría en el futuro en la búsqueda de alimentos para la familia a su cargo.
En lo que no pudo pensar fue en la gran cantidad de dibujos que otros hombres dejarían sobre esas paredes y en el interés que muchos años más tarde despertarían en los blancos que avanzaron sobre sus tierras, expulsando los suyos de los valles, las montañas y las mesetas.

Pedro Dobrée
Cipolletti, Agosto de 2014



Glosario:
Cañadón
Pequeño valle. Generalmente alberga un lecho de arroyo que solo tiene agua cuando llueve fuerte o en la época de los deshielos.
Charkamak
Valle del río Pinturas, en el noroeste de la Pcia. de Santa Cruz
Chechelón
Mariposa
Choique
Ñandú
Chulengo
Cría del guanaco
Ecker
Río Pinturas.
Kóoch
Dios creador del Universo, pero no de los hombres.
Quillango
Manta confeccionada con el cuero del guanaco
Oerr
Avutarda macho
Tucu - Tuco
Pequeño mamífero roedor; habita en túneles que construye bajo la superficie, en terrenos relativamente blandos.