viernes, 27 de febrero de 2015

Semblanza de Lennox Jack Dobrée



El otro día me ha hablado un amigo para comentar mi libro de relatos cortos sobre la Patagonia; en la conversación me preguntó quién era Jack Dobrée, pues en homenaje a él fue escrita la descripción del método tehuelche de amanse de equinos y su nombre aparece en el subtítulo de la nota
Cuando le contesté que fue mi padre, me recriminó no haber redactado una semblanza de un personaje que el intuía como interesante.
Reflexionando luego sobre esto, me he dado cuenta que aunque mi padre está con frecuencia entre líneas en muchos de los relatos publicados, no aparece claramente en ningún lado y que su vida merece ser expuesta, aunque más no sea en los modestos escritos de su hijo.
Su madre vivía en una estancia al sur del río Santa Cruz y cuando el día del parto se acercaba, fue trasladada por su esposo a la ciudad de Punta Arenas, en el sur de Chile. Jack Dobrée nació entonces en tierra chilena, en los primeros días del año 1917.
En esos años la gran ciudad capital de la Patagonia era Punta Arenas. Cosmopolita, con una población importante para la época y la región, con luz eléctrica y calles con veredas, edificios grandes y jardines, recibía la visita continua de los buques que cruzaban de un océano a otro y  ofrecía empleo a quienes quisieran trabajar en sus talleres y astilleros, en la caza de lobos marinos, en la incipiente burocracia estatal chilena y en la comercialización de la lana y de la carne de la importante riqueza ganadera de su “interland”. Todo esto entró en lenta decadencia a partir de la inauguración del canal de Panamá.
A los doce o trece años fue enviado a un colegio inglés en Buenos Aires donde adquirió una cultura enciclopedista y supo jugar, sin entusiasmo, al rugby.
Volvió a la Patagonia para acompañar a su madre, pues sus padres se habían separado. Le fue ofrecida la administración de la estancia familiar y la gobernó hasta 1954, año en que la compró a su padre y a sus tíos.
Jovial, conversador, tocaba regularmente bien la armónica y era un excelente silbador. Buen mozo, tuvo éxito con las mujeres de la región, aunque he sabido escuchar alguna anécdota de cachetazos cuando quiso robar un beso en la escalerilla del vapor que lo trasladaba de Buenos Aires a Puerto Santa Cruz.
Pero luego conoció a la hermana de un compañero de colegio y la invitó a dejar sus tierras cordobesas y vivir en la estepa patagónica. Desde ese momento se convirtió en un incondicional de su esposa y su fiel compañero.
Aunque nunca participó en política partidaria, su pensamiento era la de un liberalismo clásico y admitía su admiración por Churchill. Me acuerdo aún hoy cuando trabajando juntos y cuando recién se había promulgado la ley nacional de Asignaciones Familiares, me preguntó “…te parece bien que sea el Estado quien te ayude en la manutención de tus hijos?” La opinión de él era, obvio, negativa.
Pero a pesar de su férreo individualismo liberal, le entusiasmaba involucrarse en tareas que tenían que ver con la acción comunitaria y por varios años fue Presidente de la Sociedad Rural de Santa Cruz y también Presidente de la Cooperativa de Esquila Los Amigos, que involucraba un grupo de estancias entre las cuales estaban siempre El Toro de Lewis, Chicurukaike de Semino, La Vega de Piedrabuena, la Gringa de Rollitt y Vidal y Doraike, la propia.
Cuando vendió su campo en Santa Cruz y adquirió una franja de tierra vecina a la de su suegro, fue Presidente por largos años del Consorcio Rural Caminero de Santa Eufemia y - llama la atención - Presidente de la Cooperadora Escolar de la escuela rural vecina, a pesar de nunca tener, mientras allí vivió, hijos o nietos en edad escolar. Asistía a todos los actos con su esposa, que llevaba siempre una torta hecha con sus manos, para que la comiesen la docena de alumnos de la institución y la única maestra.
Hábil jinete, le gustaban las tareas de amanse y las carreras de largo aliento. Fue prestigioso criador de caballos criollos y de ovinos corriedale. Mostró los resultados de su trabajo en las exposiciones rurales de Rio Gallegos, Santa Cruz, El Calafate y Río Cuarto. Desplegaba con orgullo su capacidad de adiestrar perros ovejeros.
Gustaba tomar mate y siempre estaba a la hora en que su esposa servía el té. Cuando sus hijos éramos pequeños y salíamos en expediciones durmiendo en carpas, él era el cocinero. En invierno, cuando la noche se hacía muy temprano y el aire fuera de la casa estaba helado, fabricaba caramelos y tortas para la familia. Lograba un cordero al asador como pocos y hacía un muy exquisito avestruz a las piedras. Buen carpintero, era un trabajador intenso y ordenado.
A pesar de su jovialidad, tuvo en su vida etapas de grandes depresiones, y el viento y la sequía de la Patagonia lo agobiaban.
Amigo de todos y a todos respetaba. Don Jack, como le llamaban en los últimos años, fue un hombre querido y admirado; muchos que lo conocieron lo consideraban un maestro de la vida, entre ellos sus hijos y sus nietos.
Fue gran lector y gustaba de la poesía de Omar Kayam y de Rudyard Kipling. Devoraba libros escritos indistintamente en inglés y en español, generalmente sobre temas referidos a la geografía y a la historia. Hacia el final quiso escribir sobre las cosas que conocía: la cría de ovejas y de caballos, la vida de los guanacos en la Patagonia, los pájaros de la estepa, pero el esfuerzo lo superó. A veces pienso que si hubiera tenido las facilidades que tenemos hoy en cuanto a la computación y los procesadores de texto, lo habría logrado.

Cipolletti, Febrero 2015                                                    pdobree@neunet.com.ar

Un patagónico en España



“Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios.
Con una vara de mimbre,
fue a Sevilla a ver los toros…”
Romancero Gitano   -  Federico García Lorca

Para muchos de los que no tenemos ni una sola gota de sangre española en las venas, España es también la “Madre Patria”. Lo es porque hablamos su lengua, nos gustan su música y  sus bailes, admiramos a García Lorca, a Picasso, a Antonio Gades y a Serrat, la memoria de la guerra civil nos conmueve, nos encantan sus ciudades con arquitectura de vanguardia o con construcciones medievales y sentimos un gran cariño por los Manueles y las Juanas, vecinos nuestros, a quienes comprendemos cuando por momentos  extrañan mucho las tierras de sus padres o de sus abuelos.
Hace poco tiempo recorrimos algunas ciudades de este magnífico país y aún tengo fresco en mi memoria las impresiones que me ha provocado el corto pero intenso viaje.
Desembarcamos en Madrid luego de cerca de 12 horas de vuelo desde Buenos Aires. Desde allí y con un automóvil alquilado recorrimos Córdoba, Granada, Valencia y Barcelona.
Aunque las impresiones son muchas, para no abusar de la paciencia de mis lectores me he de detener solo en dos, aunque luego haré mención de algunos detalles más.
La primera tiene que ver con la gastronomía. España, descubrimos, es el país de la comida. A cualquier hora se pueden obtener alimentos de gran calidad, con unas porciones siempre generosas y si hay empeño en buscar, a precios compatibles con los ingresos de nuestra clase media.
La lista de los sinónimos con que los españoles denominan las casas donde se ofrecen platos de todo tipo, es extraordinariamente larga y es un síntoma de lo que quiero expresar. Comienza por bar y confitería, pero luego sigue por tasca, fonda, café, mesón, taberna, taller de tapas, bracería, bodegón, pizzería, cervecería, restaurante y pastelería.
Y a la hora que Ud. se le ocurra, podrá comer pastas, chorizos, jamón, huevos revueltos duros y fritos, berenjenas, papas, verduras de hojas verdes, cebollas y zanahorias, carnes de cerdo,  de pollo y de pavo o de vaca (buey) o de cordero, quesos, pan, manzanas, cítricos, melones, sandías, mariscos de todo tamaño y color, pescados grandes como el atún y el bonito o pequeños como los boquerones y las sardinas. Y todo esto frito, hervido, al horno, a las brasas, saltado o simplemente crudo. Todo regado con buenos vinos y cervezas, pues se consumen absolutamente miles y miles de litros por día.
Hemos visto grandes extensiones dedicadas al cultivo del trigo y otros cereales, de pasturas para ovinos, porcinos y bovinos. En la región de Andalucía, enormes cantidades de hectáreas con olivares y en cercanías a los poblados, un intenso olor a aceitunas, porque era época de cosecha.  Entre Granada, Valencia y Barcelona, se ven desde la calzada montes interminables de naranjos, que inundan el paisaje con los colores de sus hojas y de sus frutas.
El segundo gran tema son las rutas y las vías de comunicación en general. El país está cruzado desde todos los rincones por autovías y carreteras nacionales. Todas en excelente estado, lo que supone una gran inversión pública y luego una presupuestación adecuada y un trabajo muy bien administrado del mantenimiento de las calzadas y de la señalización horizontal y vertical. Esta última fue concebida de tal forma, que es prácticamente imposible no llegar sano y salvo a destino. Los GPS que tanto usamos hoy, son en general innecesarios.
En las calles urbanas se observa también una gran preocupación por las inversiones y el mantenimiento. Semáforos, cartelería y calzada son  excelentemente mantenidas y hay detalles que llaman la atención, como las tachas que en Granada cruzan la calle y prenden luces rojas cuando el semáforo está impidiendo el paso o las cunetas, confeccionadas por un material resistente pero a su vez de superficie suave, que facilita la limpieza y el escurrimiento de las agua pluviales.
En Barcelona y en Madrid utilizamos intensamente los sistemas de transporte subterráneo. Son cómodos, funcionan a horario y su limpieza – tanto de vagones,  como de estaciones – es impecable.
Otra oportunidad de percibir buenos servicios, es el ferrocarril denominado AVE (Alta Velocidad Española). Anduvimos desde Barcelona hasta Madrid en vagones muy cómodos, con una muy agradable calefacción, pues afuera en tramos largos había 20 cms. de nieve; viajamos en completo silencio a una velocidad de 300 kms. por hora. Hicimos los aproximadamente 600 kms. en 2 horas y cuarto, sin descontar los minutos de una parada en Zaragoza. Viajamos en Primera Clase, con los diarios del día y un desayuno a la altura de los mejores hoteles, todo incluido en el precio del pasaje, que no es bajo.
Para terminar este tema de comunicaciones menciono los aeropuertos de Madrid y de Barcelona. No hemos conocido otros, pero para muestra basta un botón. Son cómodos, funcionales, concebidos estéticamente, muy limpios y grandes.
Y ahora, algunos comentarios más.
En primer lugar, el peso de la historia. Valorada por los españoles y ofrecida a los turistas, tiene una importancia central.  Obviamente visitamos la Alhambra en Granada y la Mezquita en Córdoba y en esta ciudad caminé por la Judería que es muy atractiva. En la Mezquita entran paradas tantas personas como en la cancha de River Plate.
Caminando por la hermosa rivera del Guadalquivir, la Ronda de Isasa, entré a una librería y me recomendaron dos libros que me permitieran comprender mejor la influencia judía e islámica en la cultura española (“La Revolución Islámica en Occidente” de I. Olague y una biografía de Maimónides). Los estoy leyendo actualmente con gran entusiasmo.
En segundo lugar, la presencia de Argentina en las conversaciones españolas. Simeone y Messi son personajes de gran relevancia y en el centro de Barcelona, en cada cuadra, se observa cada 20 a 30 metros y en los escaparates de los negocios, la cara de Lionel en remeras, jarros de cerámica, caricaturas,  postales, etc. Lamentablemente también es noticia la denuncia de Nisman y su trágica muerte.
En tercer lugar la limpieza. Las calles, los baños públicos, las aceras  y todo lugar en donde se pueda transitar, están impecables. Detrás de la Mezquita cordobesa y antes de cruzar el Guadalquivir, hay una plaza enlosada. Parece estar bajo la responsabilidad de una prolija ama de casa, que lo considera parte de su propio hogar. Y así el resto de estos lugares.

Y en cuarto y último lugar, el ambiente cultural.  Los españoles conforman un grupo humano muy interesante. Son alegres, expresivos y amigables, a pesar de la crisis que algunos afirman que está cediendo. Y su cultura, que tiene poco que ver con los chistes en Argentina de gallegos, es una mezcla maravillosa de música flamenca y celta, de tradiciones poéticas como las de Machado y García Lorca, con la pintura de Picasso y de Goya y la literatura de Cervantes y de Pérez-Reverte, con la discusión política de firmes convicciones ideológicas, con la industria editorial, con un periodismo de protagonismo mundial como la de los periódicos La Vanguardia y El País y con las escuelas de diseño de Barcelona y de Madrid.
pdobree@neunet.com.ar

sábado, 27 de diciembre de 2014

Un patagónico en Londres


Por dónde empezar a contar las impresiones de la ciudad? Teniendo en cuenta que es enorme y que es la primera vez que lo visito? Que lo he visto con los ojos grandes y sorprendidos, porque no estoy acostumbrado a semejante espectáculo?  Probablemente por donde ingresamos, por el aeropuerto, donde aterrizó el avión que, haciendo escala en San Pablo, ha viajado toda la noche y parte de la mañana desde Buenos Aires.
Heathrow, una estructura inmensa con 6 terminales, cada una con dimensiones que permiten pensar que tienen el mérito suficiente como para llamarse un aeropuerto por si; con trenes que vinculan las más distantes, algunas con hoteles, con anchas y larguísimas galerías por donde se transita con “caminadores”, con escaleras mecánicas y ascensores que comunican niveles de enormes alturas. Con negocios, cafés y restaurantes simpáticos, alegres y sofisticados. Sorprendiendo por la poca gente que circula, lo que lleva a pensar que el estudio de flujos realizado para el proyecto arquitectónico, ha sido maravilloso. Y todo con un, llamativo, juego de señalamientos que impide, con solo conocer los números arábigos, algunos iconos universales y no más de 10 palabras del inglés, perderse en tamaño laberinto y llegar al lugar en donde uno necesita estar.
De allí en un tren cómodo y rápido se llega al centro de la ciudad; 20 minutos a la mítica estación Paddington, por ejemplo.
Lo que nos llamó la atención la primera tarde fue la ausencia de olor a humo y la visibilidad en las calles. En la década del 70, averigüé luego, se prohibió la quema de carbón para calefaccionar edificios y viviendas y ha desaparecido el famoso “smog” londinense[1]. Queda la niebla, y durante un par de los días en que estuvimos allí, los últimos pisos de algunos de los pocos edificios altos del centro, desaparecieron entre las nubes. Pero abajo, al nivel de las aceras y de los vehículos, no existe más la atmósfera famosa de Jack el Destripador o del Sr. Hyde.
Mencioné los pocos edificios altos del centro de esta gran ciudad. Es cierto, Londres es una ciudad de edificios bajos. En este sentido no es Nueva York, ni San Pablo, ni Buenos Aires. Por el contrario, es como generalmente son otras ciudades europeas de historia medieval. No como  las de América, que buscan prestigio construyendo pisos sobre pisos, buscando competir en altura. A escala, hasta nuestras Neuquén o Comodoro Rivadavia participan de esta carrera. Londres es distinto.
Londres es la capital del mundo y en sus calles y en sus negocios y en sus museos y castillos, se encuentran personas proveniente de cuanto lugar en la tierra que puedas imaginar. Se escucha hablar en muchísimos idiomas en boca de gente llegada de Laos y Nicaragua, de Marruecos y Singapur, o de Montenegro o Letonia. Hay  restaurantes, cafés y bistrós de Islandia, del Líbano, de Italia, de la India y de Bangladesh, de China, de Japón y de Malasia, de España, de México y de Francia. No vi ninguna parilla argentina, pero sospecho que debe haber.
Se me ocurrió que una forma de imaginar Londres, era la de pensar que la ciudad era la nave espacial de la serie, famosa en los años 1970 y 80, llamada “Viaje a las Estrellas”. Algunos recordarán a la tripulación, que representaba a distintas razas y naciones de la tierra. En Londres falta solo el Dr. Spock, o al menos yo no lo vi.
Si esta visión no es suficientemente convincente, recomiendo visitar el Museo Británico. Allí hay piezas de todos los rincones de la tierra destacándose las de Egipto: sarcófagos, momias, estatuas, gigantescas portadas de piedra, papiros y - siempre rodeada de gran cantidad de visitantes - la Piedra Roseta. Pero también hay colecciones de Grecia y de Roma, de las islas del Pacífico, del Ártico, de las costas de Normandía, del norte de África y de las culturas incaicas. Allí está, en todo su ostentación, el Imperio.
Londres es una ciudad que atrae y que atrapa, pero también confunde. No existen, como tampoco en las tramas urbanas de otras ciudades de edades medievales, las cuadrículas, que tanto nos ayudan en América a saber dónde estamos y a orientarnos en nuestras caminatas.
Si se pregunta por la distancia de un punto a otro cercano, la respuesta puede ser “7 minutos de caminata” o si es lejano, la cantidad de minutos que demanda caminar hasta la estación más cercana del sistema de subterráneos u ómnibus o ferrocarril. Todos estos funcionan muy bien y cubren perfectamente la ciudad.
Las calles son Streets, Roads, Mews, Terraces, Alleys y Avenues. Las primeras son angostas, las segundas son más importantes y las últimas son como las que conocemos nosotros.
Las “Mews” son calles angostas y simpáticas que se ubican en áreas de construcción de viviendas importantes de los siglos XVIII y XIX, particularmente la época victoriana, de no más de 100 o 150 metros de largo, orilladas por las construcciones que albergaban a los caballos, los carruajes y a los sirvientes relacionados con estos otros dos ítems, todos propiedad de los habitantes vecinos. Hoy muchas han sido refuncionalizados en forma muy agradable y representan, en términos de su demanda inmobiliaria, un sector de muy alto valor.
La palabra “terrace” tiene una variedad de sentidos. Quiere decir terraza, como las conocemos aquí, o la explanada delante de una vivienda importante con parque o el área horizontalizada para la siembra de variedades de pasturas o cereales en zonas rurales de faldeos o pendientes pronunciadas. En los ámbitos estrictamente urbanos, es también un conjunto de viviendas angostas de tres, cuatro o de cinco pisos de alto, todas iguales y adheridas unas a otras por paredes medianeras. La palabra se aplica a estas construcciones o también a la calle pública que está frente a ella. El hotel donde parábamos  tenía la dirección siguiente: Devonshire Terrace 27. Y el hotel conformaba una “terrace” junto a otros edificios en un sector de cien a ciento cincuenta metros de largo.
Finalmente están las “alleys”. Estas son cortadas angostas, mayormente peatonales, que completan el tejido de la ciudad. Algunas son tan angostas que hasta es difícil transitar por ellas empujando una carretilla. Hay que agregar a este caos, la inexistencia de cuadras, la enormidad de la ciudad, la terrible circunstancia de la circulación vehicular por la izquierda y que en Londres la mayoría de las calles, aún las angostas,  son de doble mano.
Los parques son fantásticos; producto del clima, de la acción municipal y del cuidado con que la gente circula entre monumentos y estatuas sorprendentes.
Un párrafo merece la amabilidad de las personas para con el resto de quienes transitan. Preguntar por una dirección o una modalidad de transporte recibe una respuesta sonriente, inmediata y eficaz. Basta con mostrar una cara que trasmita sensación de desorientación, para que alguien pregunte que necesita. Y si Ud. sube al tren con aspecto de avanzada edad o alguna discapacidad,  rápidamente hay quien cede su asiento.
Impacta la antigüedad de Londres, sobretodo en una persona que vivió siempre en ciudades cuya historia recién empieza. En Patagonia las ciudades nacieron recién ayer y en Argentina anteayer, y Londres tiene miles de años[2].  Y sobre mojado llovido, pues es conocida la tendencia británica a ser tradicionalista y conservadora. Londres mantiene esta impronta en variados aspectos. Uno de ellos es el institucional y político. Ejemplo de ello es el “ward”, circunscripción electoral cuyo nacimiento como manifestación de gobierno local, independiente del rey, data de los años 1200[3] y que con modificaciones no sustanciales se respeta aún hoy.
Otra manifestación de este rasgo de personalidad ciudadana, es el de los nombres de calles, de parques y de estaciones del subterráneo. Recuerda Peter Ackroyd en “London”, una excelente  biografía de la ciudad, que hay nombres sumamente viejos como es el de la calle Knightrider, que ya tiene aproximadamente 2.000 años. La calle Blackfriars, cuya traducción es “monjes negros”, hace referencia a los Dominicos, cuya abadía fue construida a su vera en 1278 y destruida luego, en épocas de la Reforma. En 1576 Shakespeare construyó sobre esa calle su Blackfriars Theater.   Varios de los actuales nombres de las estaciones del ferrocarril subterráneo, hacen referencia a las puertas de entrada a la ciudad, existentes cuando esta estaba rodeada de una muralla medieval.
Finalmente,  para no aburrir al lector, incluiré un solo aspecto más: la faceta teatral de la ciudad. Hay que recordar que Londres es la ciudad de Shakespeare y Jonson, y que aún antes de ellos hubo teatro popular. Y en tiempos modernos Londres es la cuna de Jesucristo Superstar, de Evita, de Cats, y el ámbito de acción de músicos como Tim Rice, de autores como Noel Coward y de la gran escuela shakesperiana de actores.
Pero no es solo en los edificios “ad hoc” que hay teatro. También lo hay en las calles y esta sensación de teatralidad está vigente en el cambio de guardia del Palacio de Buckingham, en las pelucas de los magistrados y en los uniformes de los Beefeaters, que son los guardias de la Torre. La población también participa de los grandes eventos y prueba de ello han sido, entre otros, el Jubileo de la Reina actual y el velorio de la Princesa Diana, luego de su trágica muerte, donde cientos de miles de londinenses y turistas, como en una gran superproducción, actuaron de extras, que con rostros acongojados cubrieron de luto la ciudad.
Pedro Dobrée
Cipolletti, Diciembre de 2014
pdobree@neunet.com.ar








[1] Además la ciudad ha desplazado en los últimos 50 años buena parte de su actividad industrial contaminante, reemplazándola por una muy fuerte presencia de servicios financieros
[2] Hay registros anteriores a la conquista romana de la isla Albión
[3] Esta acción fue parte del proceso de incremento del poder burgués frente al Rey, en los años de Juan sin Tierra y la aparición de la Carta Magna.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Sentimiento Patagónico


Les voy a contar tres anécdotas y luego les comentaré porque me parecen importantes.
Hace un par de semanas viajé, solo en mi automóvil,  a la ciudad de Viedma desde el Alto Valle del río Negro. Después de almorzar en una de los restaurantes sobre la ruta en Choele Choel, cruzar la isla y avanzar unos cuantos kilómetros hacia el sur, llegando al lugar en donde el camino cruza por encima del canal que lleva el agua potable desde el río en Pomona hasta San Antonio Oeste y Las Grutas, empecé a tener sueño. Hoy con la velocidad que tienen los vehículos en estos largos y estrechos caminos, hay pocas cosas más peligrosas que la de luchar contra la modorra mientras se maneja.  En este lugar - un faldeo poco antes de llegar desde el norte al paraje de El Solito, donde se bifurca la ruta hacia Viedma y hacia San Antonio y Sierra Grande - hay un bosquecillo donde los aburridos viajeros saben parar a descansar.
Me aparté de la ruta y estacioné preparándome para dormir unos minutos. Al hacer esto vi que ingresaba al predio un largo camión cargado de fardos de alfalfa.  El camión también estacionó y su conductor bajó a ajustar la carga y revisar las cubiertas. Decidí bajarme del auto y caminar hasta el camión, buscando un poco de charla y disfrutando de una hermosa tarde de sol y una suave brisa del sur.
Inicié la conversación preguntando hacia donde se dirigía. Me contestó que iba a Las Heras, al norte de Santa Cruz y que venía de una chacra cercana a la población de Luis Beltrán, donde había logrado comprar el pasto, pues este año ya no quedaba a precios razonables en el valle del Chubut y se había visto forzado a buscar más al norte. Me contó que tenía en Las Heras una forrajería y que los fardos eran para revender a los pobladores de la zona. Que esa noche dormía en las inmediaciones de Comodoro Rivadavia y que al día siguiente pensaba  estar en su casa nuevamente.
Yo le comenté que supe tener parientes viviendo en Las Heras y que ahora vivían en El Bolsón, a lo cual me contestó que los conocía y que esperaba ver a uno de mis sobrinos en pocos días. Le recomendé que le mencionara nuestro encuentro y antes de separarnos hicimos algunos comentarios sobre las dificultades para conseguir gas oil al sur del río Chubut, el estado de la Ruta 3 en toda su larga extensión y sobre los avances en la pavimentación de la Ruta 40, al norte de El Calafate. Deseándonos mutuamente suerte, nos saludamos y nos separamos.
La conversación y el aire fresco me habían quitado la modorra y decidí seguir viaje, para llegar a destino antes que se pusiera el sol. Por el espejo retrovisor vi que el camión también reiniciaba su marcha.
El segundo hecho se produjo en Puerto Madryn, adonde estuve en la primavera del año pasado, para asistir a un congreso al cual fui invitado.
Llegué una mañana algo fría y lluviosa a la estación de ómnibus de esta ciudad que tanto me gusta, y luego de depositar mi valija en uno de esos hermosos hoteles que se elevan sobre la costanera, me presenté en el recinto del Congreso. A mediodía fui a almorzar a uno de los tantísimos restaurantes del lugar; estaba solo, pues aún no había tenido tiempo de establecer las relaciones que tan útiles e interesantes, suelen proveer los congresos.
En la mesa más cercana a la mía, comían un matrimonio con sus dos hijos; con facilidad entablamos una conversación. Eran de Río Gallegos y me dijeron que con frecuencia viajaban a Madryn y el Valle Inferior del Chubut porque les gustaba mucho, tenían esperanza de ver ballenas, el marido hacía algo de pesca embarcado y la esposa visitaba parientes descendientes de los colonos galeses. Todo esto justificaba, ampliamente, el largo viaje desde la capital santacruceña. Yo comenté que vivía en Cipolletti, que había nacido en Santa Cruz y que conocía muy bien la Ruta 3. Coincidimos en que nos habíamos alojado ya varias veces en un pequeño y simpático hotel en Rada Tilly, con lo que evitábamos el intenso tráfico de la zona central de Comodoro Rivadavia y nos admiramos, ellos y yo, del extraordinario crecimiento de Madryn y de su cosmopolitismo, tan distinto al resto de las poblaciones costeras de la Patagonia. Comenté de amigos  y de parientes en Gallegos, varios de ellos también conocidos de ellos. Terminamos de comer con una sensación de tener cosas en común, a pesar de no conocernos de antemano.
La última anécdota sucedió cuando viajaba con mi esposa por la ruta 40, desde Alto Río Mayo hacia Perito Moreno. Habíamos llegado a la primera población con intenciones de cargar allí combustible. Cuando nos arrimamos a la única estación de servicio del pueblo, nos dijeron que no había más nafta y que no habría hasta el día siguiente por la tarde. Hice una estimación de lo que había en el tanque y volvimos sobre la ruta; pero a unos 10 kilómetros de Perito, el motor de nuestro automóvil estornudó y paró.
Permanecimos sobre la ruta unos quince minutos, cuando desde el sur apareció un auto que frenó;  su conductor, que luego supimos había salido a “dar una vuelta” acompañado por su esposa, su suegra y un pequeño caniche desde el asiento trasero, nos preguntó si nos hacía falta algo. Luego de haberle yo explicado las circunstancias, me dijo que estábamos cerca del obrador de la empresa que pavimentaba la ruta y que allí trabajaba un hijo; iría hasta allí y le pediría un poco de nafta. A los 10 o 15 minutos estaba de vuelta con un bidón.
Mientras que con cuidado introducíamos el líquido en el tanque, conversamos. Cuando le comenté que yo era oriundo de Puerto Santa Cruz, pero que hacía tiempo que me había ausentado, me dijo que era jubilado de Prefectura Marítima y que había vivido varios años allí. Rápidamente pasamos listas de las personas mutuamente conocidas y recordamos algunos hechos de la historia del pueblo.

A manera de hipótesis, digo que estas anécdotas exteriorizan algunos rasgos de lo que pudiera llamarse cultura patagónica. La sensación de las lejanías, la soledad quebrada por un aferrarse a las relaciones sociales, las dificultades en los traslados y el aislamiento de las poblaciones y la solidaridad en las desérticas y extensas ruta. Finalmente una actitud, inconsciente, que reconoce en los demás la pertenencia a un mismo gran grupo, habitantes de una región particular del país y que se enorgullece de ello.
Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar