martes, 10 de mayo de 2016

Tranquera Blanca


I
Volvía a las pocas edificaciones llevando por delante un pequeño piño de 7 ovejas, dos corderos, un carnero viejo y 4 o 5 chivas. Los había ido a buscar a un pequeño ojo de agua, a no más de una legua al sur, donde empieza el gran bajo que luego hacia el este se convertía en El Gualicho, una enorme laguna de sal. Caminaba ya algo cansado, pues le dolían los pies y el viento frío se le metía dentro de una campera liviana que llevaba. Al lado venía jadeando Sereno, un perro ovejero viejo y pulguiento, que lo acompañó desde las casas y lo estaba ayudando a arriar los animales. El olor de la jarilla venía fuerte y el polvo remolineaba a su alrededor, producto de  las pezuñas de los animales pisando la tierra gredosa y seca.
Ahora los iba a encerrar en el raquítico corral y mañana por la mañana, cuando estuvieran bien descansados, elegiría a uno de los corderos para carnear. Luego de cuerearlo, lo cortaría por el medio y las dos medias reses y los menudos, se los daría a la Roxana, para que los pusiera en la heladera y que estaba en el salón de adelante, a la vera de la ruta. Con eso ella, sus padres y él tendrían varios días de comida.
Se llamaba Ernesto Luján Barrientos, pero le decían Luja, y a los28 años tenía un prontuario de varias fojas en la Policía Bonaerense. Había llegado al pequeño paraje de Tranquera Blanca hacía aproximadamente cuatro meses. Venia originalmente de Lanús donde vivía con una tía, hermana de su madre.
Una noche, en un tiempo que ya le parecía terriblemente pasado, en un bar de la Av. Hipólito Irigoyen que tenía fama de ser un centro de distribución de varias drogas y de consumo de alcohol, estuvo por horas con tres conocidos tomando fuerte. A las dos o tres de la madrugada, luego de varios gritos y golpes desde la puerta, aparecieron  5 o 6 hombres con uniforme. La policía comenzó interpelando a los que estaban en el centro de la sala y Luja, que estaba sentado en el fondo, se levantó para escabullirse. Aunque algo obnubilado por el vino tomado, encaró hacia una puerta que sabía daba a un pasillo, una pequeña habitación y una ventana que permitía salir a un patio y de allí a la calle. Iba por el pasillo y escuchó a uno de los policías gritándole que se entregara. Cuando entró a la habitación vio apoyada en la pared una pala. La tomó en ambas manos y se dio vuelta cuando el policía ingresaba. El golpe fue duro, porque logró aferrar bien el mango y el giro de su cuerpo le imprimió velocidad; el policía cayó al suelo en cuanto la pala alcanzó su cabeza. Sin esperar una reacción abrió la ventana, salto hacia a fuera y ganó el paredón: en instantes estaba en la calle.
Esa noche no volvió a lo de su tía; caminó por varias calles de Lanús hasta que amaneció y luego golpeó la puerta de Marta Leona, una mujer con quien compartía una cama de vez en cuando. “Necesito dormir un rato Marta, dejarme entrar”. La mujer, de mediana edad y pelo entrecano y desprolijo, le abrió la puerta; sin contestar a sus preguntas, se tiró en el camastro que ya conocía. A mediodía se despertó con el sonido de su teléfono celular: “Cuidate Luja, la cana te busca. Se murió el que golpeaste”, le oyó decir a “La Pioja” Mouriño, un compañero de la barra brava de Lanús.
Se asustó. No era poca cosa matar un cana y sabía que la bonaerense no le iba a tener lástima. Le pidió a Marta plata y ella le dio unos pocos pesos; en la esquina de su casa tomó un colectivo a San Justo y allí logró que un camionero lo llevara hacia el sur; pararon unas horas en Azul y luego lo dejó en Puerto Galván, cerca de Bahía Blanca.
En el puerto logró hacer changas con que pudo comer. Dormía en un refugio de la parroquia cercana al puerto. Allí pudo estar por 20 días, hasta que una noche, caminando por la vereda camino al refugio, lo paró la policía.  Mostró su documento y pudo seguir, pero la circunstancia vivida lo puso en alerta y nuevamente nervioso: debía abandonar la provincia de Buenos Aires.
En la YPF de la avenida que une a Puerto Galván con Bahía Blanca, consiguió que un camionero accediese a llevarlo. Iba a un obrador vial, le dijo, al sur de Pomona, una localidad sobre la isla de Choele – Choel, en Río Negro.
Y así una tarde llegó a Tranquera Blanca, que es un pequeño caserío sobre el camino que une la isla de Choele Choel del río Negro con la ruta nacional 3, a la altura de San Antonio Oeste. Y en Tranquera Blanca se iniciaba otra ruta que, formando con la anterior una especie de Y griega, pasaba por General Conesa y llegaba hasta Viedma. Todo esto se lo contó Roxana, la hija de Manuel Quitruqueo y de Olivia Ovando, propietarios de dos leguas de campo, una pequeña casa, unos pocos corrales de alambre, un depósito de mercaderías varias y un salón desde donde se ofrecía a los que pasaban por la ruta caña, vino, gaseosas, agua, algún paquete de galletitas y, si Doña Olivia estaba con ánimo y contaban en ese momento con los insumos necesarios, sándwiches de milanesa o de fiambre. Los dos álamos que crecían esforzadamente al costado de la puerta de entrada al salón, podían visualizarse desde la ruta algunos kilómetros antes de llegar y todo el aspecto del lugar era de lastimera pobreza y desgano.
Tranquera Blanca era Tranquera Blanca desde hace ya muchos años, probablemente más de 60. Fue edificado por el abuelo de Roxana, Don Marcelino Quitruqueo, poblador de las tierras fiscales que rodeaban el paraje. Todos quienes transitaran por estas rutas que cruzaban la meseta central de la Provincia de Río Negro, conocían de la existencia del lugar y lo tomaban como referencia de cuantos kilómetros habían avanzado o cuantas les restaba transitar para llegar a destino, pero pocos de ellos habían tenido que parar allí ni se sentían invitados a hacerlo.
Luja llegó allí en el camión, que paró para seguir al obrador a menos de un kilómetro. Cuando se bajó entumecido, el camionero le deseó suerte “… aquí podrás hacer dedo nuevamente”.
Entró al salón y detrás de un corto mostrador encontró a Roxana. Una mujer de alrededor de treinta años fea de cara, pensó, pero con una linda sonrisa. Su ropa, un buzo verde, un pantalón vaquero y zapatillas, aunque desprolija y poco femenina, no disimulaba un cuerpo algo sensual.
“Podré hacer dedo para que alguien me lleve más al sur?”  preguntó luego de saludar y hacer algún comentario sobre el fresco de la tarde. “Difícil hoy - le contestó Roxana – tendría que probar mañana, que pasarán camiones para el puerto”.
“Habrá algún lugar para dormir esta noche?”
“El Galpón del forraje, allí hay unos pocos cueros de oveja con bastante lana; los puede usar de colchón. Si cierra la puerta no debería hacerle mucho frío”.
En ese momento entró Don Manuel, que luego Luja se enteró que era el padre de Roxana. Conversaron un rato y Don Manuel lo invitó a comer “Hay restos de un puchero y si no le parece mal, se arrima a la mesa” Torció la muñeca y escudriñó un viejo reloj.”Ya es casi la hora y Olivia debe estar calentando la olla, venga con nosotros”. Luja los siguió: al padre y a la hija y al olor de la sopa de la carne de oveja que percibió en cuanto salieron del salón. Durante la cena que no abundó ni en comida ni en conversación, tuvo la sensación de que Roxana lo observaba continuamente.
Esa noche puso los cueros como le explicó la mujer, la lana hacia arriba. Le costó inicialmente dormir y le molestaba el olor, pero luego de dar vueltas logró hacerlo y amaneció descansado.  Doña Olivia le sirvió una tasa de mate cocido con leche y abotonándose la campera en la mañana fría, salió a la ruta para buscar quien lo llevara. Estuvo toda la mañana sin tener suerte y probó luego a la tarde hasta que Roxana le avisó que a esa hora ya eran pocos los camiones que pasaban.
Cuando volvió a las casas, Roxana le preguntó si se animaba a carnear una oveja. Luja tenía algo de experiencia, porque había trabajado unos meses en el matadero de un frigorífico de Berisso y le dijo que si, si ella lo ayudaba.
Ambos se encaminaron hacia un pequeño corral que contenía unas pocas ovejas y algunas chivas. Roxana le indicó una oveja vieja y le pidió que la agarrara. “Esta seca y ya no tendrá más corderos” le explicó. Luja la agarró de una pata y la arrastró hasta una pequeña explanada de cemento. Allí, con el cuchillo que Roxana la acercó, le cortó la yugular mientras la mujer sostenía una palangana bajo el cuello del animal para juntar la sangre.
“Mamá pone esto en el horno, con ají, sal y cebolla de verdeo” le dijo con una sonrisa.
Luja luego cuereó al animal siguiendo las instrucciones de Roxana que recordaba los movimientos de su padre al cumplir con la misma tarea. Aunque el cuero sufrió varios cortes, pudo hacer lo que le pidieron. Luego retiró las menudencias, como recordaba se decía en el matadero, y se incorporó con la espalda dolorida del largo rato agachado. “Aquí hay comida para varios días – dijo Roxana – podés quedarte”. El miró sus manos y su camisa, rojas de sangre y sonrió.
Volvió a cenar, ahora un guiso con fideos grandes, algo de carne  y una papa para cada plato. Nuevamente hubo escasa conversación y cuando terminaron aceptó un mate amargo de la hija. Deseando “Buen Provecho”, se levantó de la mesa y salió para ir al galponcito donde había dormido la noche anterior.
Iba a cerrar la puerta y se encontró con que Roxana lo había seguido.
“Vengo a decirte gracias, por la ayuda”
“No me podía negar, Uds. han sido buenos conmigo.” le contestó a la mujer.
Roxana se sentó sobre un cajón vacío de fruta y le mostró a Luja una vela que venía trayendo en la mano. “Querés prenderla, está muy oscuro aquí” .
“Hicistes bien el trabajo de la carneada y mi papá está contento; vení, sentate conmigo sobre el cajón” Luja acepto el convite, pero cuando lo hizo el cajón crujió y era evidente que se rompía bajo el  peso de ambos. Rápido se levantó y se sentó sobre los cueros. “Vení, ahora sentate vos al lado mío”, le dijo a la mujer.
Cuando ella se sentó, él la tomó de los hombros y la tendió en el cuero y a continuación aproximó su cara a la de ella y la besó. Roxana respondió con entusiasmo y en segundos se desvistieron apresurada y nerviosamente.
Un rato largo después, vueltos vestirse porque hacía frío en el galpón y apagada la vela que se había consumido, Roxana le dijo a Luja. “No querés quedarte con nosotros?”. Luja contestó simplemente que sí.
II
Y ahora había llegado al corral y encerró, con la ayuda de Sereno, las ovejas y las chivas que venía arriando. Por un rato se quedó apoyado en uno de los postes, pensando en su nueva realidad, que abarcó primero unos días, pero que ahora eran varios meses. Había dejado de tomar alcohol y se sentía cómodo en el lugar, con la familia y con Roxana. Hacía pequeños trabajos de mantenimiento del caserío, comía con los Quitruqueo y desde hacía más de un mes, dormía en la cama de la hija.
Esa noche se fue contento a dormir con algunas ideas respecto a mejorar el lugar. Le preocupaba buscar formas de generar ingresos de dinero provenientes de tantos automóviles y camiones que continuamente pasaban frente a ellos por la ruta.
Empezaba a clarear cuando se levantó y tomó varios mates que había preparado Roxana. Cuando el sol intentó aparecer, Luja se encaminó al corral y eligió un cordero grande, macho. Tomándolo de una patas trasera lo arrastró a la pequeña explanada de cemento, contigua a la pared de los baños. Allí lo esperaba Roxana con la fuente enlosada con que capturaría la sangre del animal.
Al cordero lo volcó sobre la explanada y puso su rodilla sobre la paleta del animal, aprisionándolo contra el suelo. En una mano aferró un cuchillo largo y con la otra dobló para atrás el cuello del cordero. Viendo que estaba lista Roxana con la fuente, cortó de un seguro tajo la yugular, permitiendo que salte un chorro de sangre de la herida; el cordero se estremeció y emitió un sonido gutural de su garganta abierta. La sangre cayó en la fuente, pero también se entremezcló con la lana y manchó la camisa de Luja y la delantera de sus pantalones.
A continuación hizo un tajo con el cuchillo a lo largo de cada mano y luego de cada pierna y en cada caso, un tajo transversal cerca de las pezuñas. Hecho esto comenzó a tirar el cuero de tal forma que este se desprendía de la carne. Luego un largo tajo que le permitió comenzar a separa el cuero de la panza y del pecho. Roxana se incorporó y llevó la fuente que tenía en manos hasta la cocina para dárselo a su madre.
Fue en este momento que escuchó el ruido de un vehículo que se detenía frente al salón. Dejando al cordero en el piso, se corrió para ver quién era el que llegaba: Policía de la Provincia de Río Negro y dos agentes uniformados bajaron del automóvil.
Preocupado por la presencia policial y sin dejarse ver, volvió a su tarea. Con nuevos tajos  rodeó el pescuezo del animal y empujó con el puño cerrado al cuero para desprenderlo totalmente de los músculos, sin por ello cortarlo y hacerle perder luego valor comercial. Lo enrolló con la lana para afuera y lo depositó a un costado, para más tarde colgarlo sobre un alambre y dejar que comience a secar.
Con la punta del cuchillo abrió la panza y comenzó a retirar del interior del animal los intestinos, el estómago, el corazón y el hígado. Estaba en esta operación cuando escucho ruido de alguien que caminaba con botas sobre el pedregullo del lado opuesto de la pared que lo hacía invisible. Luja se incorporó: la mano que esgrimía el cuchillo y el mismo cuchillo lleno de sangre, la manga derecha de su camisa llena de sangre, su pantalón teñido con sangre. Dio un paso hacia la esquina y en ese momento apareció un joven agente de policía, con una pistola reglamentaria en la mano y los ojos agrandados por la sorpresa.
III
Luja dio un paso hacia adelante y empujó al policía haciéndolo caer al suelo y al hacerlo escucho un enorme ruido. Dio media vuelta y comenzó a correr. Corrió y corrió, como no había corrido en su vida, sintiendo que el pecho le explotaba, que le dolían los pulmones y que el corazón le saltaba hacia afuera. Corrió esquivando la jarilla, el alpataco y las piedras, hasta que llegó a donde se quiebra  la planicie con barrancas, cañadones y cárcavas y se llega al gran bajo de sal, que es el salitral de El Gualicho.
Allí se refugió en una especie de cueva por varias horas hasta sentir gran frío, a pesar del buen sol. Finalmente se incorporó y caminó nuevamente hasta las viviendas. El auto de la policía no estaba y de sus ocupantes no había rastros.
Tomó de la mano a Roxana y fueron a la ruta para hacer dedo y viajar a Choele Choel. Allí compraron una salamandra  para calefaccionar el salón y una heladera vitrina que también instalarían en la misma habitación. Todo esto para cumplir con el plan de Luja que, desde hacía varios meses, quería ofrecerles más comodidades a los viajeros de la costa del mar o desde el valle del río Negro, para que se bajaran de la ruta y descansaran allí, luego de tantos largos kilómetros. Bebidas frescas y alimentos sabrosos, eran una gran tentación y si a estos les agregaba baños limpios, una sala cómoda  y bien iluminada tanto de noche - con más lámparas - como de día - con un gran ventanal que colocaría en la pared que enfrentaba a la ruta - no tenía duda en que aumentarían los ingresos de la familia.
La mejor situación de la familia iba ser mejor también para él, pues ya se consideraba miembro de esta por adopción.
Acordaron con el comerciante que ambos artículos comprados serían luego transportados a Tranquera Blanca al día siguiente. Con esto la pareja volvió a la vera de la ruta para esperar que alguien los llevara nuevamente a casa. Estaba oscureciendo cuando llegaron, el camión frenó, se bajaron y agradeciendo el viaje, iniciaron la corta caminata hasta el caserío. Mientras se acercaban a las casas, le pareció que la figura de la mujer a dos o tres metros de distancia, perdía nitidez y se le dificultaba verla.
IV
Fue en este el momento en que Roxana, volviendo de la cocina de su madre, lo vio. Luja estaba estirado boca abajo, inmóvil, sobre la explanada. Su sangre se entremezclaba con la del cordero. A su lado el cadete policial, con una pistola en la mano, observaba aterrorizado la escena.
Roxana corrió hasta el cuerpo inerte. Gritó con un sonido que brotó desde el fondo de su garganta y que rebotó sobre las viejas paredes que construyó su abuelo y luego cruzó los alambrados y viajó por la jarilla, por los pastos amarillos y duros, por las espinas largas de los alpatacos y rebotó sobre las piedras de la planicie.
Cipolletti, Mayo de 2016



miércoles, 17 de febrero de 2016

El largo camino a casa



Cuando estaba en el colegio secundario de Córdoba, el La Salle, pupilo por 6 años con un titulo al final de Bachiller - Perito Mercantil, solo volvía a su casa en las vacaciones de verano que, como ahora, se iniciaban en Diciembre y finalizaban en Marzo del año siguiente. En las vacaciones de invierno y en algunos fines de semana largos como los de Semana Santa – en esa época no había tantos como hay ahora  - o iba a la estancia de sus abuelos en el sur de la provincia cordobesa o viajaba a la casa de algunos amigos compañeros de estudios. Tuvo la oportunidad así de conocer lugares que, para quien solo conocía la Patagonia, eran un mundo  totalmente nuevo. El pueblo de Concarán en San Luis, la hermosa ciudad de Tucumán y  la histórica Catamarca fueron lugares de nuevas experiencias y en todos pasó días muy felices que aún hoy recuerda.
Pero ahora estaba por iniciar el gran viaje del año: era el 11 de Diciembre de 1960 y habían terminado las clases. A la tarde del día anterior habían llegado, él y su hermana, nerviosos por la amenazadora presencia de la enorme urbe, a la estación de colectivos de Retiro, donde se habían bajado de un coche de la empresa Ablo – Gral. Urquiza. Se habían tranquilizado cuando vieron que los esperaba un amigo de sus padres que luego de llevarlos a cenar, los hospedó en su departamento de un alto edificio en el cercano pasaje 3 Sargentos. Esa noche antes de dormir atormentados por el calor y la humedad, habían visto por primera vez imágenes en un televisor.
Aunque el día amenazaba con ser nuevamente de calor, el aire que llegaba desde el río en el aeropuerto era agradable. Desde la mesa donde desayunaban café con leche y medialunas, pudieron ver acercarse para embarcar  un Douglas Commercial 3 . El DC3 era un avión de dos motores que movían hélices y podían transportar aproximadamente 25 pasajeros. No lo sabían en ese momento, pero hoy puede decirse que el DC3 revolucionó el transporte aéreo de pasajeros en el mundo y brindó comodidades no experimentadas hasta ese momento. El silencio y la temperatura interior eran notoriamente razonables, los espacios de pasillos y entre filas de asientos brindaban aceptable accesibilidad y las instalaciones para transportar y distribuir entre los pasajeros las bebidas y los alimentos ofrecidos eran muy funcionales. Por último la velocidad crucero de estos aparatos y su autonomía de vuelo, había superado a la de sus competidores. Aerolíneas Argentinas contaba con varios DC3 y con ellos se podía viajar por todo el país.
El DC3 también tenía sus defectos: buscar alturas o bajar para aterrizar – sobretodo esto último – provocaba muy frecuentemente dolores agudos de oídos, al no estar el avión presurizado; el piso no estaba alfombrado por razones que ahora se comprenderán: muchos pasajeros sufrían ataques de vómitos y cuando el avión ascendía el vómito corría desde adelante hacia la popa y cuando descendía, hacía el trayecto inverso. Era recomendable levantar un poco los pies y evitar así ensuciarse los zapatos.
Pronto escucharon a los altoparlantes anunciando la salida del avión de Aerolíneas con destino a Ushuaia, Río Gallegos, Comodoro Rivadavia y aeropuertos intermedios. Excitados tomaron sacos y bolsos, se despidieron de su anfitrión e integraron la fila que caminaba por la pista de aterrizaje para ascender a la nave.  Sentados ya en sus butacas, aceptaron los caramelos masticables que la bonita azafata les ofrecía para atemperar el dolor de oídos en el despegue.
Después de volar sobre las turbias aguas del río de La Plata, cruzaron sobre los verdes sembrados de la pampa bonaerense y aterrizaron, a media mañana, en el aeropuerto de Bahía Blanca, el que algunos años más tarde fue trasladado a la base aeronaval Comandante Espora. Pocos minutos estuvieron allí y solo bajaron los pasajeros con ese destino.
El siguiente aeropuerto fue el de la ciudad de Trelew, donde bajaron varios pasajeros pero solo permanecieron los minutos necesarios para  descargar maletas y correspondencia y permitir que nuevos compañeros de viaje se acomodaran en los asientos vacíos. Antes habían visto, como en un mapa, los contornos de los golfos de San José y Nuevo y la preciosa Península Valdez
Al levantar vuelo, el capitán de la nave anunció por altoparlantes el próximo destino: Comodoro Rivadavia. Volaron sobre Viedma, vieron como el río Negro ingresaba al mar y mantuvieron una línea que aproximadamente seguía la de la costa patagónica. Pasaron por encima de San Antonio Oeste y su pequeña pista de aterrizaje bautizado en años posteriores como Aeropuerto Antoine de Saint -Exupéry . Cuando fue anunciado el descenso en Comodoro se observaban las nubes de polvo que levantaba el fuerte viento en la zona de Astra y el violento movimiento del avión al caer en los clásicos “pozos de aire” que siempre había al entrar y salir en avión de la gran ciudad petrolera.
Estacionado sobre el asfalto, en el avión se anunció la permanencia de una hora y media y antes de descender a cada pasajero se le entregó un comprobante para  cambiar por un almuerzo en el restaurante del aeropuerto. Por primera vez ambos hermanos almorzaban en un restaurante sin la compañía de adultos.
Pasado el tiempo estipulado, nuevamente cada uno a su asiento, se colocaron los cinturones de seguridad,  la nave despegó y se comenzó a sufrir los “pozos de aire”. El próximo destino anunciado fue el de Puerto Deseado.
Volaron sobre las casas y los galpones de Caleta Olivia y pudieron observar los acantilados de la costa, las playas extensas con la marea baja y las blancas crestas de las olas.
En Deseado la tarde se había tornado agradable: sol sin nubes, calor y solo una suave brisa.
A mitad del camino entre Puerto Deseado y San Julián se les acercó una de las azafatas para comunicarles una invitación del Comandante para entrar a la cabina. Algo extrañados aceptaron y en unos minutos ella los condujo hasta donde el piloto y el copilote tenían sus puestos de conducción de la nave. La vista desde allí era extraordinaria: la estepa plana y amarronada, pero marcada con las manchas oscuras de la “mata negra” o amarillas del “pasto guanaco”, los cauces secos del deshielo de primavera, las lagunas grandes y chicas, muchas de ellas con agua todavía del invierno y los pequeños remolinos de viento y tierra que, producto de la tarde calurosa,  jugando cruzaban la tabla rasa de la geografía de la zona; cada tanto una mancha verde que permitía adivinar los álamos y los sauces de algún casco de estancia. La altura de vuelo era excesiva para visualizar animales: guanacos o ovejas.
Cuando salieron del aeropuerto de San Julián ya se sintieron en casa: pocos minutos faltaban para llegar a Puerto Santa Cruz. Ansiosos miraban por la ventanilla y vieron los meandros del río Chico, la población de Luis Piedrabuena y la isla Pavón del río Santa Cruz; hacia la izquierda la formación de la ría de su entrada al océano. Ya carreteando por la pista pudieron ver a su madre, siempre prolijamente vestida y con un pañuelo atando su cabellera y al padre con su tradicional vestimenta de botas, bombachas camperas y una gorra de vasco.
Luego de los saludos y el intercambio de las primeras noticias, para su alegría se enteraron que pasaban la noche en casa de la abuela en el pueblo y recién al día siguiente irían al campo, pues el padre debía hacer algunos trámites por la mañana del día siguiente. Esto significaba que esa noche comerían su plato favorito preparado por la abuela: guiso de lentejas con salchichas de viena.  Y luego, ya en el campo, la madre le prepararía su otro plato  favorito: guiso de chuletas de capón, con abundante cebollas y curry y “dumplings”, que son unas pequeñas bolas de masa de harina de trigo, que se cocinan con el vapor del guiso dentro de la misma olla.
Cipolletti, Febrero de 2016      

Pedro Dobrée

viernes, 25 de diciembre de 2015

Rosalino Carmona y la muerte de una amante

Los aburridos días del Comisario Rosalino Carmona al frente de la Comisaría de Colonia Las Heras en el norte de la Provincia de Santa Cruz, cada tanto se interrumpen con algún hecho de sangre. El comisario, que es un consumidor fanático de las series de televisión con temática criminal, se siente protagonista de las investigaciones.
Orgulloso de su nuevo éxito, me ha contado lo que ocurrió hace no muchos días.


El comisario Rosalino Carmona miraba como se introducía el fino polvillo de la calle en el ambiente que él llamaba su despacho. Las muy pequeñas partículas se hacían evidentes cuando cruzaban por el rayo de luz que producía el sol mañanero que penetraba por la ventana, solo parcialmente opacada por una cortina raída. Miraba esto mientras abstraído, chupaba la bombilla del mate en la primera sesión de la mañana y escuchaba el ruido del viento en la calle y entre las ramas de los árboles de la vereda.
El espectáculo lo irritaba; el polvo sobre los muebles, sobre los papeles y expedientes de la oficina y sobre el piso, que lo notaba aún con los toscos borceguíes del uniforme. Este polvillo lo irritaba y lo ponía de mal humor durante el resto del día. Ayer había estado la mujer que había contratado para hacer la limpieza de la Comisaría de Colonia Las Heras y ahora la tendría que llamar nuevamente. Con los fondos de la Caja Chica, que le había dispuesto las autoridades de Río Gallegos, podía llamarla una vez por semana. Pero él la hacía venir dos y hasta tres veces en la semana, y el trabajo extra que le encargaba, lo pagaba él de su propio sueldo “…de no ser así, esto sería una mugre permanente” explicaba ante los sorprendidos agentes de la dotación.
Porque no era ese día solo, ni varios repartidos en una época del año. Solían pasar muchas jornadas seguidas en los cuales el viento no cesaba; de día y de noche, siempre lo mismo. Probablemente algo más en las épocas de “los deshielos” y “del pasto nuevo” como su abuela le decía a la primavera que los tehuelches desdoblaban en dos: una primera parte de fin del invierno e inicio de primavera y una segunda que empezaba a mediados de Octubre y que finalizaba temprano en Diciembre. Tampoco cesaba en la “del huevo de avestruz y de los chulengos” y en donde los días calmos solían aparecer más frecuentemente, sobre todo hacia el final, cuando se ingresaba a lo que los huincas llamaban otoño. Luego sí se espaciaban los días ventosos en la época del frío y de la nieve, pero en ese tiempo la molestia del viento era reemplazada por la del frío y, frecuentemente, por el hambre, porque disminuía la caza y los caballos estaban más débiles.
Se preguntaba a menudo si Colonia Las Heras era el destino más ventoso que había experimentado y se respondía que si; aún peor que Bajo Caracoles, donde había tanto o más viento, pero con menos tierra. Las Heras era mucho más polvoriento: por la gran cantidad de baldíos descuidados, por el desmonte de los campos aledaños a la ciudad, donde la gente que no tenía gas en sus hogares, cortaban leña para cocinar y para calefacción en los largos días fríos del invierno. Y por los vehículos en la zona urbana; Comodoro Rivadavia o Río Gallegos eran ciudades más grandes, con muchísimos más automóviles, pero en Las Heras había gran cantidad de camionetas que la gente del petróleo conducía a gran velocidad, lo que trituraba las capas arcillosas de las calles y que luego levantaban con facilidad el viento. Las arterias pavimentadas eran pocas y el servicio de riego municipal hacía algún esfuerzo, pero los resultados eran decididamente magros.
“Si me vieran los viejos indios, los padres de mi madre y los padres de ellos, se matarían de la risa, viendo como uno de su sangre se molesta con la tierra ingresando a su albergue”. Por momentos se imaginaba las risotadas de un grupo de indios, reunidos en algún lugar de los campos de El°al, mirándolo desde lo alto, burlándose.
“En que piensa Jefe?” preguntó el agente Mileson, que era quien cebaba el mate, ante la rara expresión en la cara del oficial.
“En lo que tenemos que hacer hoy – Rosalino Carmona cambio su cara y trató de adoptar la de un oficial de la Policía de Santas Cruz, concentrado en su deber – tú te vas ahora a la mañana con la camioneta y lo llevas al Jorge Bringas que tenemos acá atrás, a la alcaldía de Puerto Deseado, como ordenó el Juez Machado Molina. Llévate un agente contigo, pero lo eliges vos de entre los que hoy no estén de licencia. Mientras yo me quedo aquí y escribo el último informe sobre este tema del abigeato en los campos de veranada de La Campana; luego lo mando por mail al Fiscal. Y además poné más pilas en cebar mate, que no vamos a estar toda la mañana con este trámite”. A la par de hablar, hacía señas con su mano para que el ayudante se apurara en cebar otro mate de la pava negra que mantenía en el borde de la hornalla del anafe.
Mileson le entregó el mate a su superior y se levantó para comenzar con las actividades diarias. Cerró la puerta y Rosalino, girando su silla, enfrentó su notebook para proseguir con el informe que ya había empezado la tarde anterior.
No habían pasado 10 minutos cuando abrió la puerta el agente Lastreto “Jefe, hablaron por teléfono denunciando la aparición de un cadáver en la puerta de una vivienda de la calle Moreno”
“Quién es?”  Preguntó Rosalino, levantando la cabeza del teclado.
“No lo sé, pero es un femenino” volvió a hablar Lastreto, sin moverse de la puerta.
Detrás de Lastreto apareció Mileson, llevando del brazo a Bringas que estaba esposado “… lo acompaño al lugar de los hechos?”
“No …no. Llévate como te dije al prisionero; yo iré solo”  A Mileson se le notó la decepción en la cara pero calló y empujó a Bringas hacia la puerta que daba a la calle.
Con la gorra encajada para que no se vuele con el viento, Carmona salió tras ellos y subió a la segunda camioneta de la repartición. La mejor de las dos unidades era la que se había llevado Mileson. Era nueva y la guardaban para viajes largos, mientras que la que llamaban la segunda, ya tenía muchos kilómetros hechos, el motor gastaba aceite  y había momentos en que no arrancaba.
No le resultó difícil llegar al lugar donde se encontró el cuerpo, que aún estaba tendido sobre el piso de una cocina comedor, al cual se accedía por la puerta que daba a la calle.  La vivienda la identificó rápidamente porque la calle Moreno era una de las periféricas de la ciudad y en esa cuadra era la única. Había además cinco personas paradas en la vereda delante de la puerta que lo saludaron cuando llegó y le abrieron paso para que pudiera acercarse al cadáver.
En dos lugares tenía rota la blusa en el pecho y en ambas había brotado sangre en forma abundante, que luego había corrido por las juntas de los mosaicos amarillos del piso. De la cintura hasta los tobillos se cubría con un pantalón deportivo y los pies estaban desnudos; un par de chinelas raídas estaban en el piso cerca. La mujer era joven, de formas redondeadas sin ser obesa. El Comisario no quiso tocar el cuerpo hasta no llegara la gente de la ambulancia del hospital, a quienes él mismo había llamado. “No son gran cosa en materia forense – meditó Rosalino – pero no es cuestión de meterse en su trabajo”.
Se incorporó y miró a su alrededor. Una cocina pequeña con una mesada y usa sola canilla, cerca del horno y de las tres hornallas. Una alacena con la puerta abierta resguardando pocas cosas: alguna vajilla con buen uso y unos recipientes con algún alimento; el Comisario identificó un paquete de yerba y otro de tallarines secos, un frasco con azúcar y otro con, probablemente, arroz. En el centro de la sala una mesa con un viejo mantel amarillo y cuatro sillas.
Haciendo señas a los curiosos para que no se acercaran, el Comisario revisó el resto de la casa. Un dormitorio con una cama de plaza y media sin hacer y un baño con un inodoro sin tapa, un lavamanos y una ducha con una cortina sucia; al lado de la ducha, un calefón eléctrico que había conocido épocas mejores. Toda la casa necesitaba de ventilación y, para el gusto de Carmona, una buena limpieza.
A los pocos minutos apareció la ambulancia y las dos personas que llegaron con ella bajaron una camilla y la colocaron al lado del cuerpo. Antes de moverlo miraron al Comisario preguntando que debían hacer. “Llévenla pronto a la Morgue y díganle al Dr. Canosa que quiero un informe completo y una buena estimación de la hora de la muerte” Mientras cargaban el cadáver, el oficial sacó del bolsillo de su campera azul un celular “Che, Lastreto, hay alguien contigo en la Comisaría”. Como la respuesta fue positiva continuó “Venite para acá … te necesito”.
Cuando Lastreto llegó, le pidió que se pare en la puerta de la vivienda e impida que los curiosos ingresen. Y luego, sin curiosos y sin cadáver, Carmona  dedicó media hora a una cuidadosa inspección de la vivienda. La ropa de cama, un placar algo desvencijado, la mesa de luz, el botiquín del baño y la alacena en la cocina fueron revisados, sin resultados que llamaran la atención. Tomó nota en una pequeña libreta que guardaba en su bolsillo de algunas cosas. En la mesa de luz había encontrado el documento de identidad de la occisa y anotó: Cristina Huanquitreo, 32 años, nacida en Lago Posadas, soltera.
“Te quedás vigilando el lugar … yo luego te envío un recambio desde la Comisaría” Con esto como saludo para su subordinado, Carmona subió a la camioneta y volvió a su despacho. El tiempo seguía igual y al final de la primera cuadra tuvo que frenar momentáneamente, porque ráfagas de viento y tierra le impedía ver hacia adelante.
Durante el resto de la mañana terminó el informe y revisó papeles del funcionamiento interno de la Comisaría. Estaba por ir al bar de Bahamondes para almorzar, cuando lo llamó a su celular el Dr. Canosa.
“Uno de los cuchillazos le perforó el corazón y ese es el motivo de su muerte… el otro resbaló sobre las costillas … murió entre la una y las tres de la madrugada … tiene preguntas?”.
“No había rastros de piel de otra persona bajo las uñas? otros golpes en el cuerpo? algo que le llamara la atención?”  “Ni rastros ni golpes, pero – contestó el médico – la chica tenía un embarazo de 12 semanas”.
“Estará allí la madre del borrego? Le agradezco como siempre Doc; después páseme el informe por escrito como adjunto a un mail, que yo luego lo tendré que reenviar al fiscal de Caleta. Gracias nuevamente.”

Cuando volvió del Bar Bahamondes había llegado el agente Mileson. “Todo bien Jefe, entregamos el paquete; el Comisario Segura de Caleta, le manda saludos”
“Gracias – contestó Rosalino – vení sentate, qué sabes de Cristina Huanquitreo?”
“Poco Comisario –  Mileson le gustaba que le hicieran preguntas sobre sus conocimientos  del pueblo, pues sentía que esto era su especialidad – hace algún tiempo que vive aquí; llegó con su madre pero ella murió el invierno pasado … vive sola pero hay dos o tres novios que la visitan”.
Rosalino se enderezó en su silla “Dame la lista de los novios: nombre, ocupación, forma de contactarlos y otros datos que te parezcan interesantes.”
El cielo se había nublado y el viento seguía fuerte. Rosalino llenó su jarra enlosada con yerba y puso la pava a calentar; con lentitud introdujo la bombilla hasta el fondo de la jarrita y sacó la pava del fuego para verter delicadamente un fino chorro de agua caliente sobre la bombilla, en su intersección con el plano de la yerba más superficial. “Esto me ayuda a pensar … “, le ha sabido decir a quienes trabajan con él.
“Aquí le hice la lista Comisario; en la computadora para que me entienda la letra” entró hablando fuerte Mileson
Mayorino Valdez, peón de campo, unos 30 años, soltero, trabaja frecuentemente en la Estancia La Cruz del Sur y viene al pueblo una vez por mes, es borracho y pendenciero.
Juan Cruz Malow, comerciante de Colonia Las Heras, casado con dos hijos, debe tener cerca de 45 años, no creo que la esposa sepa de su amistad con Cristina.
Felipe Cancio, empleado de la Empresa Provincial de Servicios Públicos, 38 años, soltero, vive en una casa de la Provincia, dice que se quiere casar con Cristina, pero por el momento debe atender a su madre con quien vive, pues está muy enferma.
“Por lo que vi en la casa de la finada, no me parece que el robo sea motivo y me inclino más por lo que se sabe llamar un crimen pasional – le dijo el Comisario a su ayudante – Voy a interrogar a cada uno de ellos. Te pido que me averigües donde está Valdez”.
Como a las 4 de la tarde ambos uniformados subieron a la camioneta de la Comisaría y partieron para la estancia La Cruz del Sur. “Valdez está allí, pues están esquilando ojos y lo conchabaron para ayudar” había informado Mileson, siempre atento a las noticias de campo y ciudad que circularan en bares y almacenes.
Luego de andar por más de media hora por una huella que viboreaba entre la mata negra y el pasto coirón, llegaron al casco de la estancia y a los corrales en donde se estaban esquilando ojos a cerca de 1.000 capones. No era la primera vez que Rosalino veía realizar este trabajo, en el que admiraba la habilidad de las personas para agarrar las ovejas, sentarlas en el piso del corral, inmovilizarlas con las piernas y con una tijera de mano, cortarle la lana que rodeaba los ojos, sin producir una sola herida en una cabeza que intentaba escapar de la posición en que lo aprisionaba, todo en cuestiones de segundos. Esta tarea era de gran importancia porque la oveja cuya lana le cubre los ojos, no ve el pasto y baja de peso y hasta puede morir.
Cuando frenaron la camioneta delante del corral principal, Rosalino se bajó y saludó a Pipino Lamarca, el capataz de la estancia. “Venimos a conversar unos minutos con Valdez” Pipino se dio vuelta y gritó “Mayorino, te buscan”. En el centro del corral un hombre alto, vestido con una bombacha gris, sucia de tierra, alpargatas, boina vasca y una camisa de lanilla azul, se enderezó y caminó hacia los policías. “Como anda Comisario? y vos Mileson? Qué los trae por el campo?” y los tres ceremoniosamente se dieron la mano.
“Sabías de la muerte de Cristina Huanquitreo?” La cara sorprendida de Valdez parecía sincera. “Por Dios, no. Cómo murió?
“Dónde estabas anoche, desde la caída del sol hasta el amanecer?” lo interrumpió el Comisario.
“Acá, durmiendo. Nos acostamos temprano, cansados luego de un día entero de trabajo, pues salimos temprano a caballo a rodear el campo del alto y llegamos de vuelta cerca del medio día. Comimos y durante toda la tarde esquilamos ojos. El capataz puede decir si miento o no”.
La conversación duró poco más y luego Pipino confirmó los dichos de Valdez; Rosalino, diciendo que tenía cosas que hacer antes de que finalizara el día, se despidió y ambos policías subieron nuevamente a la camioneta.
Cuando llegaban nuevamente a Las Heras, Carmona miró su reloj. “Son las 9 de la noche; podemos pasar a visitar a Malow, debe estar por cerrar su negocio y me gustaría hablar con él antes de que llegara devuelta a la casa”.
Malow sabía de la muerta de la mujer. Cuando el Comisario preguntó donde había estado la noche anterior contestó “…en Caleta Olivia; acabo de llegar en el ómnibus de la Coop. Sportman: en el que llega a las 20.30 . Allí me fui antes de ayer en el que sale de Las Heras a las 20.45 y llega a Caleta a las 23 y 10. Estuve en el Hotel Guttero. Fui a hacer compras para el negocio y pueden decir que todo esto es cierto tanto la gente de la Cooperativa, como la del hotel”.
El comisario terminó la conversación apurado. “Vamos a lo de Cancio …“ le dijo a Mileson cuando subió a la camioneta cuando el viento había disminuido y la luz del día comenzó a faltar. Cruzaron el centro y llegaron pronto al Barrio Malaspina. Mileson preguntó en un almacén de la esquina de la calle Malvinas Argentinas donde vivía Cancio y le indicaron que estaba a mitad de la siguiente cuadra.  Golpearon las manos y entreabrió la puerta un hombre de mediana estatura, lentes y cuerpo delgado.
Cancio pidió que se sentaran en la cocina y pidió que se hablara en voz baja “…la vieja acaba de dormirse… hoy ha tenido un mal día”. Se sorprendió cuando le dijeron que se había muerto Cristina “ …hoy no salí … y no hablé con nadie. En la empresa estoy de licencia.”
“Qué donde estuve? Pues aquí. Mamá tosió toda la noche y yo casi no he dormido”. “Yo a Cristina la quería pero no podía casarme con ella, me debo a mi madre y no puedo dedicarme a otra cosa”
Rosalino se puso incómodo cuando vio que el hombre comenzaba a llorar. Le hizo señas a Mileson y ambos se levantaron y salieron a la calle.
Mas tarde en el despacho del Comisario, mientras comían un sándwich de mortadela y queso en remedo de una cena, repasaban la información obtenida hasta ese momento.
“De los tres – dijo Carmona – el que menos pinta de candidato tiene, para mi, es Valdez; no lo veo viniendo al pueblo a caballo, matando la chica y luego volviendo. El que le sigue es Malow, cuyo motivo podría ser que su esposa no lo descubra como padre del embarazo de Cristina”
“Pero tiene una buena coartada” apuntó Mileson.
“Es cierto, pero el que no tiene una buena coartada y podría tener motivos si Cristina lo hubiera apurado, es Cancio. La figura de la madre, dominante estimo, le está provocando problemas. Bueno, ahora cada uno a descansar: no se vos, pero yo no puedo pensar si estoy con sueño”.
A la mañana siguiente Rosalino caminó hasta la Comisaría, Durante la noche el viento había calmado y la mañana era hermosa. Cuando llegó y saludó al agente en la sala de guardia preguntó por Mileson. “Aca estoy Jefe” le contestaron y vio que el agente nombrado  sacaba la cabeza de un mueble que destinaban al archivo de expedientes. “Decime che, tiene auto el comerciante Malow?
“Si, un Gol modelo 2014, color gris oscuro. Lo compró hace pocos meses”.
“Y porque no lo uso para ir a Caleta? Se lo dejó a la esposa? Estaba descompuesto?
Mileson pensó unos instantes “Me parece que ella no maneja”
Carmona se mostraba agitado. “Vamos a visitarlo, estará ya en el negocio?”
“Queremos hacerle una pregunta y nos llevará poco tiempo – le dijo Rosalino al ser recibido por Malow – cuándo fue a Caleta, porque no fue en su auto?
“Lo había llevado hace unos días para hacerle hacer  una revisión general y pensaba traerlo cuando volví ahora, pero a último momento no me sentí bien y decidí dejarlo. Este fin de semana lo voy a buscar”. La explicación parecía lógica, pero al Comisario le quedó dudas que no supo definir.
“Donde lo dejó en Caleta?”
“En el taller de Málaga y Simestrone, siempre lo llevo allí” fue la respuesta.
Carmona saludó y en compañía de Mileson se volvió a la calle. Ya en su despacho, Carmona llamó al teléfono de la Comisaría de Caleta y pidió hablar con el Oficial a cargo, a quien conocía de la época de la Escuela de Policía de Río Gallegos. “Necesito un gran favor, podés averiguarme a que día y a qué hora, entregaron en el taller de Málaga y Simestrone un auto Gol, gris oscuro a su dueño, Juan Cruz Malow?”
A la tarde tuvo la respuesta: la habían entregado la mañana siguiente a la noche en que su propietario llegara a Caleta Olivia.
O sea que Malow tenía el auto y bien pudo viajar la noche del asesinato a Las Heras cometer el femicidio contra su amante y volver. El trayecto de punta a punta no podía llevar mas de 2 horas pues hasta Pico Truncado la calzada estaba en buen estado y luego desde allí hasta Caleta Olivia el camino era malo, pero con cuidado se podía transitar bien. En el hotel no registrarían la salida de Malow y si lo hicieran, no llamaría la atención la ausencia nocturna de un pasajero que está sin familia, por unos pocos días en Caleta. Esta teoría Rosalino la desplegó en beneficio de Mileson y este no hizo otra cosa que asentir con la cabeza y decir “… Ud. es un genio Jefe”.
“Tenemos una explicación de lo que podría haber pasado, pero no tenemos pruebas; llamá al Comisario de Caleta de mi parte y pedile que le averigüen con que kilometraje salió el auto del taller y que lo busquen y lo revisen”
Era ya tarde cuando desde la Comisaría de Caleta enviaron un correo electrónico avisando que habían encontrado el auto y que lo abrieron. En su interior descubrieron una camisa de hombre con manchas de sangre. El kilometraje marcaba 290 kilómetros desde que fue entregado desde el taller “…justa la cantidad necesaria para ir de una ciudad a otra, ida y vuelta - pensó Carmona – y me juego que cuando analicemos la sangre de la camisa, encontraremos que es de la finada”.
Abrumado, Malow confesó. Cristina lo amenazaba con hacer conocer su paternidad e inventó todo el mecanismo para poder llevar a cabo el asesinato, pero teniendo una coartada con abundantes testigos.
Rosalino hizo un extenso informe para el fiscal y cruzó los dedos, esperando que la apertura del automóvil de Malow sin orden judicial, no fuera percibido como una falta de disciplina.

Cipolletti, Diciembre de 2015

miércoles, 2 de septiembre de 2015

El Frigorífico




Por muchos años en Patagonia, el frigorífico fue un protagonista de la vida económica y social de la región.
Una vez lograda una eficiente tecnología en la industria de la carne enfriada - que en Argentina se manifestó en la compra de las industrias anglo argentinas por parte de capitales estadounidenses - aparecieron en el Litoral, en el eje La Plata - Buenos Aires - Rosario y en la Patagonia, una importante cantidad de establecimientos que se destinaron a la faena, el congelamiento y el embarque de carne bovina y ovina.
En la segunda década del siglo XX se construyeron y habilitaron frigoríficos en Puerto Deseado, San Julián, Río Gallegos y Puerto Santa Cruz; en este último caso de la firma Armour. Se construyó en la punta Beagle, que es la costa limitada por la llegada del Chico y del Santa Cruz, a la ría que luego vuelca el agua de ambos ríos al mar. Las obras se hicieron a pocos metros de la línea de la marea alta, lo que permitió la llegada de los barcos que luego trasladaban la carne y la lana a los distintos mercados internacionales, para su comercialización.
Sabían decir que fue el Frigorífico más moderno de los que se construyeron en la Argentina en esa época y rápidamente cobró gran importancia por el volumen de hacienda incluida en sus procesos. María Eugenia Valle, en la Revista La Argentina Austral, señala que en 1921, en el Frigorífico de Puerto Santa Cruz, se faenaron 268.000 ovinos y que se despacharon en barco 4.000 toneladas de carne incluyendo cebo y menudencias, más 35 toneladas de cueros y aproximadamente 940 de lana. Para quienes terminaban la temporada de esquila, esto fue una posibilidad de ampliar su período laboral y se llegaron a contabilizar 700 personas trabajando hasta el final del otoño.
Los frigoríficos fueron una consecuencia de los buenos años para la cría de lanares y los campos que inicialmente eran productores de lana y cueros, incorporaron también, como complemento importante a sus ingresos, la producción de carne. De esta manera se evitaba el sobre poblamiento de los potreros, con la venta anual de ovejas viejas y capones.
Una vez acordado con el Frigorífico las cantidades de animales a entregar, los propietarios enviaban la hacienda, que en algunos casos suponían arreos por distancias de 100 a 150 kilómetros. . Para los campos ubicados al sur del río Santa Cruz había una dificultad adicional: el cruce del segundo río más caudaloso de la Patagonia, pues el Frigorífico estaba ubicado sobre la margen norte.
La temporada de envíos al frigorífico se iniciaba hacia fin del verano, luego de que las estancias terminaran con la esquila de sus animales, pudiendo así vender por separado los dos productos de su actividad anual: la lana y la carne. En Febrero y Marzo entonces se producía una gran actividad por de arrieros que, pasando de campo en campo, seguían la trayectoria del río en su derrotero hacia el mar. Estos arreos duraban muchos días y suponían el uso de caballos para montar y pilcheros y muchos perros
En Doraike, a menos de 50 kilómetros del destino, el arreo se hacía en poco tiempo. Pero por la estancia pasaban los piños que provenían del oeste, provocando interrupciones en el curso aburrido de los días. Las costumbres suponían en esos años y ante la llegada de las visitas, brindar corrales para la hacienda, pasto para caballos y albergue para humanos.
Me acuerdo particularmente de una oportunidad en la que coincidió la llegada de dos arreos grandes al casco de la estancia. Uno de más de 1.500 ovejas y el otro de una cifra aún superior – probablemente cerca de 2.500 – . A este conjunto había que agregar cerca de 1.000 animales propios que mi padre tenía en los corrales, no recuerdo porque razón.
O sea que esa noche, encerradas en los corrales, había aproximadamente 5.000 ovejas y, entre arrieros y personal propio de la estancia, más de 20 personas cenando en el estrecho comedor. En el potrero de los caballos había una cantidad inusitada de animales y - me acuerdo perfectamente por el batifondo que hicieron durante toda la noche - 25 perros se ataron bajo los sauces.
A la mañana siguiente ambos piños se alejaron hacia el este, con aproximadamente una hora de diferencia para evitar la mezcla de hacienda.
Hasta la década del 50, el cruce del río Santa Cruz, se hacía por balsa “a maroma” frente a la localidad de Comandante Luis Piedrabuena; que la gente en esos tiempos todavía llamaba Paso Ibáñez. Allí se había instalado Gregorio Ibáñez con una balsa, en la época en que Piedrabuena arribó a la Isla Pavón.
La operación de cruce era lenta ya que la barcaza solo admitía una pequeña cantidad de animales por vez y porque también había que hacer lugar a los pocos vehículos que transitaban por la Ruta 3.
Pero al iniciarse la segunda mitad del siglo anterior, se corrió un Gran Premio de Turismo Carretera (Buenos Aires - Río Gallegos) y el ejército colocó, unos 10 kilómetros aguas arriba de la Isla Pavón, un puente de pontones. Pasados los autos, para el sur y luego volviendo para el norte, lo que provocó gran revuelo entre la población de las localidades costeras, el ejército decidió no retirar las instalaciones y esto, por muchos años, facilitó el cruce de la hacienda.
Finalmente, en Mayo de 1966 y con la presencia del entonces Presidente de la Nación, Don Arturo Illia, se inauguró el puente de la Ruta 3 sobre el río Santa Cruz en la Isla Pavón. Esta gran obra, que significó mejorar notoriamente la conexión del sur de la Provincia de Santa Cruz y de Tierra del Fuego, con el resto del país, colaboraría con el traslado del ganado de una orilla a la otra, de este frío y turbulento río.
Pero el Frigorífico, que nació al reparo de la rentabilidad de la cría de ovinos, luego de varios años de extrema sequía y deterioro de los campos por sobrepastoreo, de la caída del precio internacional de la lana y de la carne y del atraso tecnológico que empezó a padecer, tras un período de agonía, cerró, para nunca más volver a operar.