viernes, 29 de marzo de 2013

Rosalino Carmona y el suicidio confuso



pdobree@neunet.com.ar

Era la hora en que las sombras se alargan sobre la estepa y, cuando el día ha sido caluroso y calmo, las bardas a lo lejos se tiñen de azul. Rosalino Carmona viajaba en silencio sentado en la butaca del acompañante de la camioneta de la repartición. El movimiento del vehículo y el sol de la tarde le habían  provocado gran somnolencia y ya dos veces había golpeado su cabeza contra el parante de la puerta, despertándolo y a su vez provocando una respetuosa sonrisa en quien conducía: el agente Mileson.
Venían de la estancia “Aguada Grande” donde habían reconocido algunos cueros de ovejas estaqueados sobre los corrales exteriores al galpón de esquila. En cinco de los ocho cueros estirados sobre los alambres, con la lana hacia abajo y los restos de grasa y sangre hacia el sol, las señales prolijamente recortadas en ambas orejas de los animales, indicaban la propiedad de Gilberto Maestre, un poblador de tierras fiscales, 5 leguas al oeste de la Colonia Las Heras.
Como en toda la Argentina, cada propietario identifica a sus ovejas por la particular combinación de muescas que recorta en las orejas de los animales; esto lo hace durante “la señalada”, tarea realizada cuando los corderos aún son pequeños. Gilberto había denunciado un robo por parte de gente de la estancia “Aguada Grande”. Presumía que los animales habían sido arreados y pasados al campo vecino por una tranquera de un alambrado lindero.
Copia de la denuncia fue enviada por fax al Juzgado de Puerto Deseado y Rosalino esa misma tarde, había avisado por teléfono al Fiscal Bongiorno. “Si le parece bien, me voy a dar una vuelta por la estancia… le había dicho …total me queda cerca”.  “Tenga ojo … le contestaron … va sin orden de allanamiento”.
Las instalaciones de la estancia eran pobres. Una pequeña casa habitación de paredes de piedra y techo de chapa acanalada, rodeada por varios álamos que custodiaban una quinta que ya no se cultivaba y cien metros hacia el poniente, un galpón de esquila con corrales de alambre. Entre uno y otro, un molino y un tanque que perdía agua. Todo demostraba una gran falta de mantenimiento y cuando se bajaron de la camioneta y golpearon las manos, nadie contestó a su saludo.
Aprovechando las ausencias, inspeccionaron lo que pudieron ver y revisaron los cueros de animales carneados recientemente: allí encontraron las señales delatoras.
Se despertó al sonar el teléfono que tenía conectado a los parlantes de la radio. “Comisario, me escucha? …oyo la voz del agente de guardia en la Comisaría del pueblo … tengo novedades para Ud.” “Qué pasa?” contestó algo desorientado.  “Se mató Jorge Urquiza , el encargado del depósito de la empresa de gas. Lo encontraron colgando de una soga en el galpón del fondo del predio”
“No toquen nada, estamos allí en 20 minutos” contesto mirando a Mileson, que hizo un gesto de aprobación con la cara, a la vez de acelerar. “Cuidado … le advirtió el oficial ..a ver si por ir más ligero, no llegamos nunca”. Sobre el ripio de la ruta, la camioneta levantaba una larga nube de polvo.
Al llegar a Las Heras se dirigieron directamente a los depósitos en donde se había producido el hecho. Allí encontraron al agente Lastreto, con ademanes de General en Jefe, ordenando a los curiosos que querían ingresar al galpón y manteniéndolos a una prudente distancia del portón de entrada.
En la penumbra de la parte posterior del depósito, colgaba aún el finado Urquiza. “Bájenlo con cuidado”, ordenó Carmona, y se acercó al cadáver. Sobre el piso de tierra había una silla caída, como si el suicida la hubiera pateado para evitar pisarla en el último instante e impedir cualquier tipo de arrepentimiento. Verificó con Lastreto que se avisado al Hospital y que estaba llegando la ambulancia
“Llegó la madre del muerto …le dijo al oído Mileson … qué hacemos?”. “Decile que tenemos que hacer la autopsia … en cuanto podamos le entregaremos el cuerpo.”
Rosalino se agachó y miró con detenimiento las huellas de pisadas en el polvo del piso de tierra bajo la viga donde pendía la soga; luego inspeccionó la soga misma y a un costado del depósito pudo ver algunos metros más del mismo material. Cuando se incorporó y se dirigió hacia el portón, se cruzó con los camilleros del hospital. “Trátenlo con cuidado”, les dijo. Auto incriminándose como cobarde, evitó encontrarse con la madre de Urquiza.
Vuelto a su despacho, llamó a Puerto Deseado y habló con el fiscal.  Le dio las noticias de su viaje a “Aguada Grande” y lo actualizó con el cadáver que encontró a su regreso.  Carmona sospechaba que no era un suicidio simple pero, fiel a su estilo, nada dijo, esperando tener algo más de información para recién esbozar alguna idea.
Bongiorno quiso hacer un chiste acerca de la vocación de suicidas que tenían los habitantes de Las Heras pero Carmona molesto, lo cortó.
A fines de la década del 90, mucho antes de la llegada de Rosalino al pueblo, cuando YPF fue privatizada y el valor internacional del petróleo estaba muy bajo, se produjo una ola de suicidios que convulsionó a Las Heras y tuvo cierta repercusión periodística nacional.  Los hechos luego dieron pie a Leila Guerriero, una periodista de la Provincia de Buenos Aires, para escribir un buen libro que llamó “Los suicidios del fin del mundo”.
Cenó en la fonda de Policarpo Mendoza y antes de irse a dormir, caminó tres cuadras, hasta la Sala Velatoria donde, le habían avisado, ya estaba el cadáver. Allí se encontraría inevitablemente con los deudos, pero “… lo que no hago hoy, lo tendré que hacer mañana”.
Cuando ingresó, vio sentada cerca del féretro a quien pudo suponer era la madre del fallecido. Ella al divisarlo, se levantó y salió a su encuentro. “No se mató … nunca haría eso” le dijo serena. “Porqué madre? cuénteme”  le contestó con voz baja, propia de los velorios y la tomó del brazo y la condujo hasta la silla desde donde se acababa de incorporar.
“Porque estaba bien … contento; le habían ofrecido un salario mejor y hablaba de irse una semana a Los Antiguos con dos amigos a escalar montañas e irse a Chile navegando por el lago Buenos Aires. Nadie me convencerá de que se mató”.
“Pero si no se mató él …quién fue?” preguntó el comisario. “Con quién tenía peleas?”
Doña Carmen de Urquiza ya no pudo contestar y sus sollozos inundaron la sala oscura con olor intenso a las flores de las coronas que ya colgaban de las paredes. Rosalino palmeó el dorso de las manos de la mujer y murmurando a su oído, se enderezó para enfrentar a su hija que se aproximaba. A ella también le murmuró las mismas palabras y le preguntó “Vos también crees que lo mataron?
“Comisario, - le contestaron – no creo que mi hermano sea capaz de matarse; era muy creyente y sabía que morir así era morir en pecado …tampoco se dé razones que lo lleven al suicidio … pero no me pregunte quien fue, porque no lo se”.
Rosalino permaneció algunos minutos más en la sala y luego se retiró a su departamento. Dio varias vueltas en la cama antes de dormir.
El sábado llegó temprano a la comisaría. Mileson lo vio venir y puso una pava a calentar agua para los primeros mates. “Buenos días…llamá al hospital y preguntales a qué hora nos mandan el informe de la autopsia” fueron las primeras palabras del oficial.
“Tiene dudas sobre la muerte, Jefe? preguntó Mileson. “ No lo sé; dejame primero ver el informe”.
Luego de varios mates en silencio, decidió ir hasta el depósito donde se había encontrado el cuerpo; le dijo a Mileson que quería ir solo y se fue caminando. Cuando quiso entrar, lo paró el custodio de la empresa de gas. Era un hombre grande, de más de 1.90 de estatura y 130 a 140 kilos; a Carmona le llamó la atención sus manos y se preguntó como haría este hombre para escribir con un pequeño lápiz en el libro de novedades, anotando las distintas circunstancias de cada día. “Quién estaba de turno cuando encontraron al cuerpo?” preguntó. “Yo señor, desde las 12.00 hasta las 8 de la noche.” le respondieron. “Toma nota de quienes entran y salen del galpón de atrás?”. Si señor; pero no tengo a nadie registrado ayer en ese horario”. “Y en las 24 horas anteriores, qué dice el libro de novedades?” Nada señor.
“Permítame pasar, quiero echar otra mirada”, y sin esperar respuesta se encaminó hacia el portón del galpón. Al nervioso guarda le dijo que no lo acompañara. Adentro, prendió la luz y recorrió meticulosamente cada rincón. De cerca de la puerta y detrás de unas cajas con caños, levantó del suelo un pañuelo de seda color celeste; sobre un lateral tenía bordado en rojo las palabras “Recuerdo de Puerto Madryn” y la figura blanca y negra de un pingüino algo desproporcionado. Lo estudió mientras percibía su olor a perfume barato. Lo dobló luego cuidadosamente y lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón.
Caminando volvió a la Comisaría. Mileson parecía no haber cambiado de lugar desde que lo dejó cebando el último mate. “Acompañeme” le dijo y subió al vehículo estacionado frente al pequeño mástil.
“Tengo el informe del hospital … me parece que no dice gran cosa” y el agente, antes de poner el motor del vehículo en marcha, le tendió un papel doblado en dos. Carmona leyó rápido el informe. Urquiza, de 46 años de edad, era hombre pequeño: 1.60 metros de altura y un peso que no superaba los 55 kilos. Había muerto por estrangulamiento.
Sentado tras el volante, Rosalino le informó a su subalterno que irían a visitar a Cecilia Guerrero, a quien ambos conocían desde hace un tiempo como alternadora histórica del cabaret “La Princesa del Desierto”. Cecilia vivía en una pequeña casa en las afueras del pueblo, donde los predios no contaban con divisorias, corrían libremente los perros sobre la tierra salitrosa y, en los días de viento, volaban las bolsas de nylon.
“Qué lo trae Comisario? … en que puedo servirlos? Quieren unos mates? Cecilia trataba de disipar el sueño que invadía su cabeza y se colgó una sonrisa donde la pintura de labios estaba abandonando su boca. Rosalino Carmona, agradeció con la cabeza el convite y sacó el paño celeste de su bolsillo y se lo extendió. “Conoces esto? …es tuyo?”.
“No comisario …no es mío. Pero puedo decirle de quien es …es de la Chaqueña, una morocha que llegó a Las Heras hace un par de meses … me acuerdo bien, porque me lo enseñó cuando volvió de la costa, luego de un fin de semana con un petrolero.
“Donde vive la Chaqueña?” preguntó Mileson.
“En la entrada al pueblo desde Caleta Olivia …la casita amarilla con los tamariscos al costado  …comparte una pieza allí con Marisol y Cintia”.  “Gracias Ceci, nos vamos para allá” contestó Rosalino.
Una vez en la camioneta, Mileson lo encaró: “Cuénteme Jefe, en qué está pensando?”
El Comisario habló despacio: ”La madre no cree que se haya suicidado y su hermana dice que no lo creyó capaz de cometer un pecado de tal magnitud. En ambos casos podría pensarse que faltan a la verdad, pues son la madre y la hermana. Pero no había huellas bajo el cuerpo colgado, a pesar del polvo en el resto del piso; parecía que alguien hubiera barrido el sector. Y Urquiza no pudo llegar volando, a pesar de que tenía un cuerpo liviano.  Luego encontré el pañuelo este … cómo llegó hasta allí? El pañuelo no estaba cubierto de polvillo, parecía que hacía poco que estaba. Quién lo dejó caer? El guardia, nervioso, dice que no hubo gente extraña en el galpón en las horas anteriores al de la muerte. En todo esto estoy pensando… no sé lo que ha pasado, pero huelo algo más que el pobre Urquiza simplemente ahorcándose”.
Recorrieron toda la ciudad, de punta a punta; las calles amplias de arboleda escasa e inclinada hacia el este por efecto del constante viento desde el extremo opuesto y las casas bajas, donde solo sobresalían dos edificios, por contar con una segunda planta. Cuando se bajaron del vehículo frente a la casa amarilla y caminaron hacia la puerta, escucharon a Las Palmeras sonando fuerte en las cadencias de una cumbia. Se había levantado algo de viento y un remolino cruzó la calle llevando consigo varias hojas secas, el envoltorio de un paquete de galletas y una bolsa azul de polietileno. Ambos agentes entrecerraron sus ojos, evitando que el polvo entrara en ellos.
Golpearon las manos y llamaron varias veces y recién al rato apareció Marisol, con cara de sueño y sorpresa, diciéndoles que por la música no los habían oído llamar. “No los escuchaba por la música … qué anda buscando, Comisario? Tan temprano?
“Queremos hablar con la chaqueña… podemos pasar?” ”Pase … pase, se la llamo …anda en la pieza todavía” y con un movimiento de sus caderas, desapareció rápidamente por un pasillo tras lo que podría haber sido una vieja sábana, que colgando del dintel, hacía de puerta.
Ambos policías permanecieron en silencio, parados en el centro de lo que parecía una cocina comedor, con una mesa y tres sillas en el centro, un sofá cubierto con una tela  roja deslucida y un anafe de gas natural sobre una pequeña mesada.
Algunos pocos minutos después apareció una mujer delgada, morocha, de edad difícil de adivinar,  pelo rápidamente atado sobre la nuca y vestida con una bata de varios colores, entre los que se destacaba el verde fuerte y chillón y una mancha oscura, de origen indescifrable, a la altura del pecho derecho.
“Yo soy Marisa … que precisan?
“La Chaqueña?” espetó Rosalino. La mujer asintió con la cabeza e hizo un gesto a ambos para que se sentaran. Al inclinarse, Rosalino sacó nuevamente de su bolsillo el paño celeste; lo mostró por encima de la mesa y le preguntó a la mujer si era de ella.
La Chaqueña no contestó, como evaluando la conveniencia de contestar por si o por no. “Es tuyo? reiteró el oficial. Nuevamente silencio y al final “Si … donde lo encontró?”
“Al lado del cadáver de Jorge Urquiza, que colgaba de la cabreada del depósito de la empresa de gas.  Qué tuviste que ver con esa muerte?” La mujer tenía los ojos muy abiertos y su cara expresaba el susto que la había invadido. Con los ojos fijos en el pañuelo, volvió al silencio. “Si no me cuentas, ya te estoy llevando presa como presunta asesina del flaco Urquiza”
“Yo no fui, Comisario … le digo la verdad”.
“Y si no fuiste vos …quién fue?” Nuevamente silencio por parte de la mujer que quiso recoger el paño celeste que había quedado sobre la mesa. Carmona rápidamente lo volvió a tomar y luego con parsimonia lo dobló para ponerlo en su bolsillo. Mileson se incorporó “La llevamos, Jefe?”.
“Fue Camacho, el guardia de la tarde - La tonada paraguaya era evidente en la voz nerviosa y chillona de Marisa – el me llevó al depósito del fondo para …bueno, vos sabés Comisario. Me levantó la pollera y el se había abierto la bragueta cuando Urquiza entró por la puerta grande. El grandote se quiso morir cuando Urquiza le gritó. Que lo iba a denunciar … que iba a lograr que lo despidan … que era un pelotudo … y no se cuantas cosas más. El grandote me largó a mí y lo agarró por el cuello a Urquiza. Callate buchón, le gritaba. El flaco Urquiza pataleaba en el aire, hasta que se quedó quieto. Yo vi como le ataba el cuello con una soga y lo colgaba de las maderas del techo. Tenía mucho miedo Comisario y me vine corriendo hasta aquí. Camacho no lo quiso matar a Urquiza … pero ahora me quiere matar a mí”.
Por unos instantes los tres hicieron silencio. Carmona acercó su cara a la de Marisa. “Te voy a llevar, para que nadie te haga nada. Y esto que nos has contado a nosotros, se lo contarás al fiscal, a quien llamaré ahora por teléfono. Con eso yo lo encierro a Camacho y no te podrá hacer daño. Estás de acuerdo?” Marisa asintió con varios movimientos de cabeza.
Mileson le tomó las muñecas a Marisa y le colocó esposas. “Buscamos tu documento y subís a la camioneta” le dijo.  Carmona caminó detrás de ellos y abrió su celular.
“Bongiorno, tengo novedades para ti …” y con los detalles que manejaba, le contó lo ocurrido. Acordaron que el fiscal llegaba a Las Heras a la tarde y que inmediatamente tomaría declaraciones a Marisa. Con ese paso cumplido, le autorizaban a Rosalino a encerrar a Camacho.

sábado, 26 de enero de 2013

Rosalino Carmona y la muerte de un linyera



Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar 

Rosalino Carmona chupó largamente de la bombilla que tenía insertado en el mate de latón enlosado. Le atraía el gusto fuerte y amargo de la primera cebadura de la mañana que lo ayudaba a despertarse. O al menos eso era lo que le gustaba pensar, mientras miraba la pava calentarse sobre el pequeño anafe a gas y llenaba con la cantidad justa de yerba el mate y colocaba, con un pequeño giro de muñeca, la bombilla algo abollada, que luego guardaría junto al jarro, ambos prolijamente lavados, en la alacena que se ubicaba en la pared, detrás de su silla.
Hacía 6 meses que estaba al frente de la Comisaría de Colonia Las Heras, y no se acostumbraba aún a tener un despacho para él solo y tener una ventana grande que le permitía ver la calle y la poca gente y los escasos vehículos que pasaban frente al pequeño mástil sobre la ancha vereda.
Dos años estuvo en su primer destino como Comisario, al noroeste de la provincia, en Bajo Caracoles, un caserío de no más de 100 habitantes. “Allí me aburrí como una ostra … ni ovejas hay, luego de la erupción del Hudson”  se quejaba al vasco Bielsa, un compañero de camada de la Escuela de Policías en Río Gallegos.
El ruido en la entrada del edificio lo hizo dar vuelta su silla y mirar hacia la puerta. “Encontraron un cuerpo”  casi le escupió el agente Mileson, respirando ruidosamente mientras se tomaba del marco de la puerta en una postura, pensaba Carmona, muy poco propio para un policía.
“Cómo un cuerpo? qué me está diciendo?”  “Perdón Comisario, quise decir un cadáver; apareció en la zona de Cañadón del Indio Muerto. Por el olor parece que hace varios días que está allí; y de gracias a que hizo mucho frío esta semana, porque …” y la inconclusa frase la complementó con un gesto que Carmona no supo interpretar.
“Se puede saber quién es?”
“Si Señor Comisario…” Mileson enderezó y se despegó del marco de madera “…es el viejo Saturnino Gálvez que hace años anda por la zona, de estancia en estancia. Dicen que se desbarrancó y calló desde gran altura y parece que murió instantáneamente”.
“Quién lo encontró? Tocaron el cadáver?” … o hicieron las boludeces de siempre?”
“No tengo más información sobre el particular … el que dio aviso fue Cheuquerío, el puestero de “La Siberia Alta” … quiere que me haga un llegue?”
“Vamos a ir juntos …Tu conduce el móvil”  Con energía y precisión Carmona tomó la campera que colgaba de un gancho en la pared, se lo puso por arriba del uniforme, se encaminó hacia la salida del edificio y se sentó en la butaca junto al del volante con una agilidad que sorprendía, atento al volumen de su barriga. Mileson en silencio, subió y puso en marcha el vehículo. “Primero a ver a Cheuquerío” fue la orden que recibió.
Mientras transitaban por la ruta 43, rumbo al oeste, Carmona observaba en silencio el paisaje. La greda blanca y salitrosa de los barrancos, los matorrales pobres y el pasto amarillo y ralo. Sobre la derecha del camino enripiado, cuatro caranchos luego de levantar vuelo, revolotearon sin alejarse de lo que seguramente era algún animal muerto.
Carmona viajaba en silencio. Era su primer muerto desde que estaba en Las Heras. Había tenido que intervenir en una riña donde uno de los implicados terminó en el hospital local con una herida fea de cuchillo, al costado de la cara que le agrandó la boca, pero varios días después fue dado de alta; dos accidentes de automóviles, uno en la ciudad y el otro sobre la ruta a Caleta Olivia, varios heridos en cada uno, pero todos vivos; mandó al agente Mileson y a dos más, al estadio Municipal donde el Deportivo Las Heras definía el campeonato de la Liga del Norte Santacruceño con Cerro  de Pico Truncado, pero los espectadores fueron pocos y sin ánimos de pelea. En total la mayoría de su tiempo fue destinado a informes burocráticos y al mate.
Y este muerto no inspiraba confianza. Su experiencia de oficial en diversas localidades de la Provincia le había indicado que la mayoría de los muertos no reunían las características de los que aparecían en las policiales negras que le gustaban leer. Accidentes, asesinatos con culpables obvios, borrachos, enfermos. Le pidió a Mileson que le diera datos sobre el muerto: vago, borracho, solitario, mendigo rural; nada interesante. Carmona comenzó a resignarse nuevamente.
Sobre la vera sur del camino llegaron a un cartel con la palabra Puesto escrito con letra clara. Mileson frenó y doblo hacia la izquierda. El camino ahora era una huella que viboreaba entre la mata negra y los montes de incienso y calafate. En forma imprevista, luego de una pequeña curva, apareció una casa, algunos corrales y dos álamos apuntando al cielo.
Cheuquerío los salió a esperar en la puerta de la casa, pequeña y prolija. Cuando frenaron delante de la explanada de tierra, se acercó a la puerta de la camioneta. Se saludaron algo ceremoniosamente cuando Carmona se bajó y Mileson dijo “Es el Comisario”.
Rápidamente el indio se ofreció a acompañarlos al lugar donde se encontraba el cuerpo. Para ello se acomodó en el asiento trasero del vehículo e indicó una pequeña huella hacia el sur. Carmona se fijó en el tablero del vehículo que había recorrido 12 kilómetros cuando entraron en un cañadón profundo y angosto. Sobre el costado izquierdo se elevaba una pared de basalto oscuro que caía a pique, unos 10 a 12 metros; por la derecha un faldeo a 45 grados, cubierto de matorrales. Era evidente que por allí circulaba el deshielo en la primavera y en el verano temprano
; estas aguas, pensó Carmona, alimentarían en un punto no lejano al río Deseado, luego de su confluencia con el  Pinturas.
En cuanto entraron al cañadón, Cheuquerío le indicó a Mileson que frenara.  “Aquí es”, le dijo. Se bajaron los tres del vehículo y el puestero los guió hacia la base de la pared de piedra: detrás de unos pastos de coirón y algunos matorrales enchaparrados, estaba el cuerpo, mirando al cielo y con los brazos abiertos. La pierna izquierda, en una rara posición, indicaba que estaba rota.
“Murió al golpear la tierra”  aportó Mileson con tono de perspicaz "…no hay señas de que se haya movida desde que cayó”
“Llame a la ambulancia Mileson, para que retiren el cadáver”.
El olor del cuerpo era muy fuerte y Carmona se llevó un pañuelo a la nariz mientras lo inspeccionaba de cerca. Zorros y caranchos ya habían visitado el lugar y la cara era irreconocible y faltaban dos dedos de una mano.  El saco de cuero que el pobre Gálvez llevaba puesto eternamente, estaba manchado con algo que inicialmente no pudo Carmona identificar. Intentó oler la mancha, pero el olor general era demasiado fuerte como para distinguir ese en particular.
“Por dónde subo?” le preguntó el Comisario al puestero, apuntando hacia el lugar desde donde, presumiblemente, el hombre había trastabillado. “Hay que volver hacia la entrada al cañadón, unos 300 metros y luego venir por el filo de la piedra”. “Acompáñeme - contestó el oficial - y vos Mileson quédate a esperar a la ambulancia… que toquen lo menos posible”.
Al llegar al lugar en donde se produjo la caída, Carmona no encontró rastros; la superficie era en su mayor parte, piedra desnuda y además había llovido hacía dos días. Desde allí se extendía una planicie poblado de mata negra que luego descendía hacia el valle del Deseado; a Carmona le vinieron ganas de orinar y mientras lo hacía, con cara hacia el oeste, pudo adivinar la ruta provincial, a algo más de 500 metros y por donde habían circulado ellos minutos antes. Lentamente pasó un camión con combustibles de YPF y al cual solo se le podía ver la mitad superior de su gran tanque.
Cuando volvieron al lugar del cadáver, este ya estaba cargado en la ambulancia. “Quiero ver la ropa del muerto” ordenó Carmona al enfermero que había llegado. “… no tiren nada”.
El viaje de vuelta a Las Heras fue en silencio. La cabeza de Carmona saltaba de tema en tema. Era este un caso en el cual podría tener un papel importante?  No era notoriedad lo que buscaba - aunque no era de desdeñar salir en el diario, algún reportaje por radio - pero lo que verdaderamente quería, era hacer funcionar las neuronas; buscaba una sensación de trabajo satisfactorio. Pensaba en su apellido en el diario. Rosalino Carmona; en el colegio y luego en la Escuela de Policías, lo sabían cargar diciendo que Rosalino no era nombre para un hombre; ya en las Comisarías, su cargo de oficial funcionaba como un escudo, pero ahora le gustaba su sonoridad. Podría ser mejor aún si usara también el de su madre. Su madre había nacido en Cumusu Aike, hija de una tehuelche chilena y de un inglés de la Isla de Man. Rosalino Carmona Black sonaba lindo, pero ya era tarde y no veía forma de adoptar ahora el segundo apellido.
Mileson frenó frente al pequeño edificio donde estaba el departamento de su jefe. Vivía solo; su esposa y el hijo estaban en Comandante Luis Piedrabuena, pueblo donde ella nació y en donde vivía su familia. Se había quedado en la pequeña casa de un barrio provincial “ … porque el hijo iba a la escuela a dos cuadras”. Carmona sabía que esto era solo una escusa, pero ya se había tristemente resignado. Había pensado que su traslado desde Bajo Caracoles a Las Heras modificaría la decisión de su esposa, pero no fue así.
Carmona bajó del vehículo y se internó en el edificio.
Era temprano cuando preparó el mate en su oficina. Luego de tomar el primero, el más amargo, el más estimulante, llamó a Azucena Núñez, bioquímica de Caleta Olivia, que supo trabajar en el Hospital, pero que actualmente tenía  su propio laboratorio. Luego de colgar llamó a Mileson y le indicó que hiciera un buen paquete con el saco y las alpargatas de Gálvez. “ … ponele la dirección de la Dra. Núñez y apúrate para alcanzar el bus de las 10 a Caleta”.
Recién entonces llamó al fiscal en Puerto Deseado. Le explicó lo sucedido y aunque bien podría ser una muerte por accidente, había algo que le daba vuelta en la cabeza y por lo que le parecía que podría ser otra la causa. “Rosalino … debe ser por accidente. Un linyera algo borracho puede caerse de ese barranco que me describes; y si se cae, lo más probable es que se muera. No dudes más y mandame un informe y copia del Certificado de Defunción”.
“Te lo mando en el ómnibus de la tarde …” le contestó, pero pensó solo en el certificado.
Carmona sentía una suave excitación. No era, pensó, como suponían los demás, no era una simple muerte por accidente, aunque él no lograba sospechar que era lo que había sucedido.
Cerca de medio día, unos  minutos antes de que saliera para el comedor de Bahamondes, donde sabía almorzar todos los días, Rosalino recibió de un agente cuyo nombre no recordaba, el informe de la autopsia del cadáver “…muerte por golpe de la cabeza contra una piedra: hendidura del hueso occipital, con sangrado de herida y de oídos. Rotura de miembro inferior izquierdo, fractura femoral, por golpe contra una piedra. Ambos golpes y otros en cabeza, cuello, hombro derecho y costillar del mismo lado, producto de la caída que sufrió el occiso, desde una altura de 11,75, golpeando sobre la greda pedregosa del fondo del cauce seco de un arroyo estacional. Fecha de la muerte: 6 a 7 días contados desde la fecha del presente informe”.
A media tarde, mientras Carmona intentaba hacer el parte semanal para la Jefatura en Puerto Deseado, recibió una llamada. Era Azucena, desde Caleta. “En qué andás Carmona?  Cuándo me vas a venir a visitar? Esas manchas en la ropa que me has mandado fueron fáciles de descubrir … son de petróleo. De quién es esta ropa? Para qué quieres saber esto?”. Azucena era una buena mujer, pensaba el comisario, pero a veces su charla era insoportable. Le agradeció su colaboración y solicitó que le enviara los resultados de los análisis por correo electrónico.
La tarde era hermosa: calma, luminosa, la temperatura entre 15 y 20 grados. Rosalino Carmona decidió que era una tarde para salir a pasear. Se sentó detrás del volante de la camioneta de la repartición y cuando Mileson hizo un amague para acompañarlo, le hizo una seña para que se quedase. Lentamente sacó el vehículo de su estacionamiento y la encaminó rumbo al puesto de Cheuquerío.
Fue despacio mirando alternativamente hacia la izquierda y hacia la derecha. Las bombas extractoras del petróleo no abundan hacia el oeste del pueblo, como sí había hacia el este. Luego de superar los primeros kilómetros, ya no vio ningún “pingüino”, como la gente llamaba a las bombas que al funcionar, subían y bajaban el émbolo que succionaba en la perforación de cada pozo.
Encontró a Cheuqurío sentado frente a la puerta de su casa, sobre una silla baja de madera y paja. Cuando se bajó de la camioneta y se acercó. le ofrecieron un mate.
“Buenas tardes – dijo y le extendió la mano al puestero – cómo anda Ud.?”
“Cuénteme todo hecho que le llamó la atención en esta última semana”.
Cheuquerío lo miró sin saber que decir. No recordaba nada notorio de los últimos días. “Únicamente los ladridos del Cholo” e  hizo un gesto hacia un perro que dormía a la sombra de la pared de la casa. “La otra noche me levanté por los ladridos; no vi nada, lo silbé y volví a la cama. A la mañana siguiente anduve a caballo por allí – y señaló vagamente hacia la zona del cañadón del Indio Muerto – encontré huellas de una camioneta; habrán sido cazadores de liebres; vio que se paga bien el cuero de liebre esta temporada”.
Carmona lo miraba pensativo “Qué hay en esa zona?”
“Nada; una laguna seca, un mallín donde sabemos echar las ovejas cuando acaban de parir, la huella hacia la casa grande de la estancia … ah .. y el caño grande que lleva el petróleo que sacan, hacia los depósitos que están cerca de Caleta”.
“Molesto si doy una vuelta por la zona?” Carmona era consciente que utilizaba una forma de tratar a los civiles que frecuentemente sorprendía a sus interlocutores y a sus pares.
“Señor comisario; lo que Ud. quiera”. Tomó otro mate y subió nuevamente a la camioneta. Cuando estaba cerca del barranco por donde había caído el pobre Gálvez, paró, se bajó y empezó a caminar. El sol se acercaba al poniente, aunque en la tarde patagónica todavía habría una hora y media de luz. Caminó entre los arbustos sin saber que buscar. A Carmona le gustaba el desierto y siempre decía que si uno sabe mirar, allí hay mucho para ver. Una martineta levantó vuelo cuando él casi tropieza con ella y el olor de un zorrino denunciaba una presencia escondida. Posada sobre la rama alta de un incienso, una calandria cantaba mirándolo en forma irrespetuosa; cuando se acercó, levantó vuelo y se volvió a posar a no más de 20 metros. El sonido del pájaro invadía el aire diáfano. Rosalino disfrutaba especialmente estos momentos y sentía que se fundía en la Patagonia y que pertenecía a ella, como seguramente habrían sentido sus antepasados maternos, años y años atrás. Como en otros momentos similares, sintió que lo embargaba una profunda emoción.
De golpe se encontró con las huellas que había visto Cheuquerío. Los siguió, por la manera que estaban roto las pequeñas ramas pisadas, pudo saber la dirección en que se trasladaba el vehículo. Pero por el paso del tiempo y la lluvia caída, no pudo saber si la velocidad era importante. Siguió las huellas y llegó hasta el caño del oleoducto que conectaba el  Área de Explotación Pico Truncado con Caleta Olivia. Miró a su alrededor y se dio cuenta que estaba en un bajo, en el borde de una pequeña laguna seca, algo resguardado de la estepa circundante. Carmona no tenía experiencia en tareas petroleras, pero le llamó la atención las muchas huellas en proximidades del caño y las manchas importantes de petróleo en la tierra arcillosa. Caminando en forma paralela al ducto, se encontró con tierra muy removida y le pareció que bajo la superficie había algo enterrado.
El sol había desaparecido detrás del horizonte y se había levantado un viento frío del sur. Las sombras largas de hacía solo un rato, se habían oscurecido. Carmona volvió sobre sus pasos y pensativo subió a la camioneta.
Al llegar a la Comisaría, Mileson estaba poniéndose una campera, con la cara querer llegar a su casa.
“Mañana por la mañana me realizas una pesquisa. Quiero saber qué movimiento extraño de camiones tanque hay en la ciudad. Pero sin levantar la perdiz”.
“A la orden, mi Comisario – contestó Mileson, contento por la oportunidad de jugar a los detectives – le aviso que llamó el fiscal Bongiorno de Deseado, dice que solo recibió el Certificado de Defunción y que le mande urgentemente el informe sobre la muerte de Gálvez”.
“Todo a su tiempo …  ya lo escribiré. Hasta mañana”.
Esa noche se acostó con la sensación de estar ante un gran rompecabezas. Le faltaba una teoría que le permitiera unir las piezas útiles y descargar las que no eran importantes para armar el cuadro. Convencido que el sueño lo ayudaría a encontrar la teoría, hundió su cabeza en la almohada y se durmió.
Demoró al día siguiente para llegar a la comisaría; antes pasó por lo de Callejas. En el bar de Callejas se juntaban varios hombres del pueblo: el escribano Miguéliz, el farmacéutico Florentino Firmat, Leandro Ticó, gerente de La Anónima, Angelaccio, empleado del Correo y Carlos Enrique Jurgens, Contador y actual Secretario de Hacienda de la Municipalidad, estaban entre los “habitués” con lugar fijo en la larga mesa que se armaba, a las 8 de la mañana en verano y a las 8.30 en invierno. Había recibido, desde su llegada a Las Heras, varias invitaciones para participar de la mesa, pero no se sentía todavía suficientemente integrado a la localidad como para ir.
Esa mañana había sentido interés por estar. Entró al bar y saludo en voz alta a todos. Uno le hizo una seña y le señaló una silla vacía. Rosalino se sentó entré Ticó y un hombre que no conocía. Ticó los presentó “Es el ingeniero Benicio Castellano, de la empresa Wells & Pipes”. El otro sonrió y se dieron la mano.
Mientras tomó un café fuerte, que Rosalino lo pidió cortado, Castellano le explicó que hacía la empresa que gerenciaba. “Nos corresponde todo el mantenimiento de los oleoductos, desde los primeros pozos al oeste hasta su conexión con el maestro, cerca de Caleta Olivia”. “Cuáles son los problemas mayores?” le preguntó. “La corrosión y las tormentas excepcionales con lluvias”. “No tienen robos de petróleo?” “No – le contestaron – no me acuerdo de ningún caso”.
Cuando llegó a la Comisaría, Mileson también llegaba. °Qué averiguastes?” le dijo, mientras colgaban sus camperas en los ganchos detrás de la puerta de entrada.
“Maqueda tiene un camión con semiacoplado cisterna y lo emplea para llevar algo desde aquí hacia el norte, a la zona de Comodoro; el petizo Manga no sabe lo que lleva, ni adonde lo lleva”.
“Quién es el petizo Manga?”
“Uno de los playeros de la estación de servicio de la entrada del pueblo …dice que esta mañana temprano Maqueda llenó el tanque de combustible y preparó un viaje con el camión para esta noche”
Rosalino levantó la cabeza y se dio vuelta, “Tenemos trabajo Mileson” le dijo.
Rápidamente se sentó en su despacho y preparó un informe para Bongiorno y lo mandó a la dirección electrónica de la Fiscalía. Adjuntó el correo de Azucena Núñez y el de la autopsia y luego agregó una memoria de los dichos de Cheuquerío y de Mileson. Terminó con una conclusión que resumía sus averiguaciones y pensamientos. Finalmente lo invitó a estar en Las Heras antes de anochecer, con ropa para caminar de noche en el desierto, y prometió acción. A medio día lo releyó y apretó enter.
Cuando Bongiorno llegó, Rosalino mandó a buscar unos sándwiches y una gaseosa, que consumieron en su despacho con Mileson, y el agente Lastreto. “No es hora de andar mostrándonos por allí” dijo.
A las 10 de la noche salieron los cuatro en la camioneta doble cabina de la repartición. A pesar de no ser un hombre de plegarias, Rosalino agradeció la noche despejada y la luna en cuarto creciente, que iluminaba pobremente la estepa.  Cheuquerío se sorprendió al verlos, pero se levantó y puso la pava a calentar. Los perros ladraron cuando arribaron, pero rápidamente se volvieron a callar.
Eran cerca de las doce cuando Rosalino dijo que le parecía hora de salir a caminar. Los tres policías verificaron sus armas y junto al fiscal se internaron en la oscuridad.  Bongiorno no supo calcular el tiempo que caminaron, pero estimó más de media hora. Finalmente el Comisario hizo señas de parar y de mantener el silencio: abajo, al borde de una laguna cuyo lecho seco y salitroso blanqueaba con la luna, tres personas realizaban una tarea. El poco viento de la noche traía los sordos ruidos de su queda conversación.
10 minutos más tarde se vieron las luces de un camión grande con cisterna. “Es el de Maqueda” chistó Mileson. Cuando el camión paró y su chofer bajo de la cabina, Carmona hizo la seña convenida e iluminaron el área con linternas, diciendo “Nadie se mueva … Policía provincial”.
Fue complicado el traslado a la Comisaría de los 4 prisioneros, de la comitiva policial y del Fiscal, cuyo auto había quedado estacionado en una de las calles de Las Heras. Y luego de todo le ordenaron a Lastreto volver y quedar de custodia del camión y de las herramientas utilizadas por los ladrones. Por todo esto Carmona recordó un cuento de Rodolfo Walsh, sobre como se había ingeniado un comisario para cruzar desde la isla de Choele Choel a la Comisaría de la vera norte del río Negro, a un padre enfurecido, una hija seducida y al joven seductor, en un pequeño bote a remos donde solo cabía quien remaba, más un pasajero.
El resto de la historia es fácil de contar. Comisario y Fiscal interrogaron primero a Maqueda, buscando aislarlo de los autores del robo de petróleo del ducto con el argumento de que él era solo quien transportaba el material robado, pero que los ladrones eran los otros. “Cómo fue lo del viejo Gálvez – preguntó Carmona – quién lo tiro por el barranco?”.
Maqueda explicó todo. Cómo el viejo linyera apareció mientras se perforaba el caño; cómo se ensució la ropa con el petróleo que comenzó a salir; cómo quiso escapar; y finalmente, cómo vio que  lo agarraron, lo llevaron al barranco y lo tiraron. Esa noche había estado el Ing. Castellano y él había dado la orden de tirarlo, para que no pudiera hablar.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Jimmy Grey



Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar

Vivía en una estrecha casilla de dos paredes de ladrillos que demarcaban un espacio de no más de nueve metros cuadrados; las dos paredes restantes y el techo, eran de chapa de cinc acanalada. La puerta, que cuando abierta hacía de ventana para la entrada de luz, daba hacia el este y permitía mirar el agua del lago y también el sol, cuando amanecían los días claros. 
El lago era el lago Cardiel. Uno de los lagos más grandes de  Santa Cruz, alejado de la cordillera y claramente rodeado por la estepa central de la Provincia. No tiene una salida, como la tienen los lagos  cordilleranos que desaguan, directa o indirectamente, en el Atlántico. En realidad, tampoco tiene una entrada, es decir un río que sirviera de afluente. Solo ingresan aguas cuando llegan las épocas de deshielo y se llenan los cañadones por donde corre barro, ramas rotas de mata negra y briznas de pasto coirón, sirviendo de escurridor a las pampas altas cercanas, que se han cubierto de nieve en los meses del invierno. El lago tiene aguas con un muy suave gusto salado y sabía estar, en aquellas épocas al menos, llenos de truchas arco iris. Las truchas habían sido sembradas en la década de 1930 y como no podían salir, ni había quienes los capturaran, se reprodujeron extraordinariamente y, en tardes de viento calmo y buena luz, se veían por docenas, nadar lentamente en los pozones vecinos a las orillas acantiladas del sureste.
La casilla estaba construida sobre una pequeña planicie, continuación de la playa y cercana a la a la base del cerro Puntudo, que es una pequeña muestra de lo que fue, hace millones de años, la planicie que dejó al descubierto el mar cuando se retiró. El núcleo de este cerro habrá sido más fuerte y resistió la erosión, cuando el resto que lo rodeaba, durante decenas de siglos, bajo la acción de las lluvias y de los deshielos, se fue en búsqueda de, nuevamente, las aguas salitrosas del océano.
Saliendo por la puerta no se veía un solo árbol, nada que pudiera dar sombra en el verano o reparo en los días de viento fuerte.  A no más de veinte metros de uno de las paredes laterales, un par de matas de calafate, donde Jimmy ataba, solo de vez en cuando, un caballo flaco alazán. En la orilla del lago, la mitad fuera del agua, un bote con dos remos.
Adentro, arrimado a una de las paredes había un camastro con dos cueros de oveja y un quillango viejo y cerca de la puerta una salamandra de hierro. Con esta, el solitario habitante del lugar cocinaba, mantenía una pava caliente para tomar mate y lograba calentarse en los duros días del invierno. Colgaba de la pared un almanaque viejo y sucio, con una colorida escena de un jardín del Condado de Sussex, en Inglaterra. Contra la pared opuesta al camastro, se apoyaba una alacena desvencijada y al medio de la estancia, una mesa de madera y un par de sillas.
Desde la cordillera al oeste llegaban los vientos fuertes, y había tardes y noches en los cuales a Jimmy Grey le parecía que el techo de su casilla se volaba. En realidad, cuando quedaba poco líquido en el fondo de las botellas que sabía traer de Gobernador Gregores, el techo se volaba; y una mañana – Jimmy se acuerda de esa oportunidad – se despertó con la cara y las rodillas golpeadas contra las piedras a varios metros de la casilla y con el perro Cabo, lamiéndole las plantas percudidas de sus pies desnudos. Seguramente, pensaba Jimmy, el viento fue tan fuerte esa noche que lo había levantado del camastro, lo sacó de la pieza y lo dejó caer sobre el pedregal, a varios metros de distancia.
Jimmy era hijo de María Tanca, de la conocida familia tehuelche Tanca, que habitaba la comunidad de Camusu Aike. Su padre fue James Grey, inglés, que llegó a Santa Cruz en los primeros años del siglo pasado. Cuando Jimmy era un adolescente, su padre perdió la vida una noche fría de borrachera, en un bar de marineros polacos y estibadores pendencieros, cercano al muelle en la ría del Gallegos.
De joven había ganado prestigio como jinete, domando caballos chúcaros y ganando y perdiendo dinero en las carreras cuadreras del sur del territorio. Mi padre lo conocía por haberlo contratado como domador y por las conversaciones que supieron mantener sobre caballos, gauchos y galopadas. Hacia el final de su vida la bebida le ganó una larga pulseada y el vino, el whisky barato y la caña, le impedían subir a los caballos que en su juventud tan bien supo manejar.
Gobernador Gregores - que antes se llamaba Cañadón León,  un nombre con más simpatía - es un pueblo del centro de la provincia y está rodeado por algunas chacras de alfalfa, que se riegan con las aguas del río Chico. Allí se había instalado una pequeña empresa que envasaba carne de trucha. Jimmy fue contratado para pescar en el Cardiel y hasta allí llegaba día por medio, una vieja camioneta para recoger el pescado que se había acumulado en una barrica con sal gruesa y olor nauseabundo.  Jimmy salía todos los días en un bote a remos, menos los frecuentes de mucho viento. Lanzaba una red para enganchar allí las desprevenidas truchas y cuando le parecía que había suficientes, volvía a la costa a quitarles las vísceras.
Durante el resto del día hacía algo de comer, tomaba mate y hacia la tarde buscaba refugio en las botellas que traía del pueblo.
Yo conocí a Jimmy el año que pasé por el lago junto a mi familia. Habíamos ido a pescar una semana en el mes de Febrero, luego de haber terminado las intensas tareas de la esquila de la lana. Habíamos preparado una carpa en un rincón de tierra pareja, cercana a la orilla del lago, con paredes de piedras altas que parecían postes pétreos, apretados unos a otros. En un resguardo reparado del viento, mi madre desplegó su habitual capacidad para rápidamente convertir la carpa en un espacio parecido a un hogar. Mientras tanto, con mi padre tratábamos de engañar a las truchas con varios señuelos, atados a la punta de los hilos, que en esas épocas no eran tanzas, sino sogas muy delgadas, de algodón.
Nuestro campamento estaba a poca distancia de la casilla de Jimmy y, obviamente lo fuimos a visitar. Estaba allí desde hacía ya más de un año.
Dos cosas me llamaron la atención y las recuerdo aún hoy. La terrible soledad de la casucha en el medio del amplio descampado, y la montaña de yerba mate usada que se erguía frente a la puerta del rancho: era evidente que su único habitante no hacía más de dos pasos y volcaba el mate, para volverlo a llenar y reiniciar la ceremonia solitaria de los días que se fundían, uno a uno, en los demás.

jueves, 23 de agosto de 2012

Zorrino


Pedro Dobrée
pdobree@neunet.com.ar
Al morir su madre, tenía 13 años. Ese año fue en el que terminó séptimo grado y en el que lloró en el acto escolar de fin de curso, porque ya no vería a sus 9 compañeros que también terminaban. Don Abelardo Quitranqueo, su padre, le había dicho que necesitaba que se volviera con él al campo, pues alguien tenía que hacer la comida, lavar la ropa y cuidar la casa mientras él estuviera afuera.
El campo, Cerro de la Luna, estaba algo alejado del pueblo, por un camino de pedregullo y tránsito lento, que vialidad provincial llamaba la 60, pero que atendía en forma displicente. Eran no más de 3 leguas cuadradas, al sur de Valcheta, cruzando el arroyo Salado; luego de la 60, había que seguir una pequeña huella, entre el coirón y las piedras, que se internaba en un cañadón, por donde  sabía correr agua en la primavera, cuando la nieva acumulada arriba en la meseta de Somuncura, comenzaba a derretir.
Había allí, en “las casas”, una ruca de piedra con una cocina amplia y dos habitaciones y un baño que había construido Don Abelardo cuando se casó con su madre. Un poco alejado había un galpón y corrales. En una punta del galpón  vivía Lorenzo,  el hijo de una tía que, decía su padre, era algo sonso.
“Cuando yo no estoy, no conviene que le abras la puerta a Lorenzo: atendelo por la ventana si necesita algo” le sabía decir.
Carina pasaba largos meses en el campo y solo un par de veces por año bajaba al pueblo, con algunos pesos en su cartera para recorrer las tiendas y comprarse algo de ropa. En esas ocasiones se peinaba con más cuidado y se pintaba los labios, como veía que hacían las mujeres en las revistas que le traían.
Buena parte del día estaba sola en la casa. Su padre ensillaba la yegua y salía temprano a recorrer los cuadros más lejanos. Lorenzo hacía una tarea similar y era hábil para encontrar ovejas “de espalda” y alambres rotos. Ambos solían volver  tarde, sobre todo en verano, aprovechando la luz solar que permanecía largo tiempo después que se bajara el sol.
El día de ella también era de mucho trabajo: ordenaba y limpiaba la casa, enjuagaba los pocos platos del desayuno de los hombres y lavaba ropa. Durante la tarde despostaba la media res que Lorenzo dejaba en la cocina y preparaba la cena que en silencio, comerían los tres juntos. Las cenas eran alternativamente carne al horno o chuletas a la plancha y cada tanto picaba carne y hacía empanadas que tanto Lorenzo como su padre, comían con entusiasmo.
Atrás de la casa había un pequeño reparo y allí convivían unas pocas gallinas con una pava. Temprano todas las mañanas, repartía un poco de comida, buscaba algún huevo y se fijaba si los animales tenían agua.
Todas estas tareas las hacía ella con la sola compañía de Zorrino, un perro de raza indefinida pero con algún antecedente de galgo. Lo llamaban así, porque el día que apareció, herido y flaco, tenía un inaguantable olor a zorrino, que no lo abandonó sino luego de dos meses. El perro prefería quedarse con ella, a salir a la siga de los hombres.
Aprendió a jugar con Carina y una tarde en que estaban solos en la casa, ella estaba sentada en una silla de la cocina y le tiraba un trozo de madera que el invariablemente corría a recoger con la boca para devolvérselo. Exhaustos ambos, ella lo tomó de la cabeza y le acarició detrás de las orejas; el perro, saltando entre sus piernas, hundió su cabeza bajo la pollera de Carina. Con su lengua rozaba el interior de sus muslos y llenó de baba el algodón de sus calzones.
 “Salí Zorrino; Zorrino cochino”, gritaba ella, mientras reía.
El juego se convirtió en una costumbre entre la mujer y el perro y con frecuencia ella lo llamaba y se tiraba al piso, habiéndose previamente desnudado bajo la falda. El perro llegaba e inmediatamente ponía su cabeza entre las piernas de ella. Muy excitado, el animal se arrimaba a ella e iniciaba movimientos similares a los que Carina veía cuando un carnero montaba una oveja; ella le respondía acariciándolo.
Una tarde de calor en verano, Carina jugaba con Zorrino y volteó la cabeza para mirar por la ventana; no estaba segura, pero vio un movimiento de alguien que desaparece tras los arbustos frente a la cocina. Habrá sido Lorenzo?
Antes de ir a dormir esa noche Carina notó la falta del perro. Pensó que se había alejado tras una liebre, pues con frecuencia hacía esto. A la mañana tampoco lo vio y por ello salió a caminar por los alrededores de la casa.
Detrás de una lomada, a no más de 300 o 400 metros de los corrales, lo encontró. De espaldas sobre la dura y pedregosa tierra, con el sol fuerte y vertical secando la laguna de sangre sobre la que estaba acostado, vio el tajo enorme con que le habían abierto la garganta.
Cipolletti, Agosto de 2012