lunes, 23 de enero de 2017

El club de fútbol más antiguo de la Patagonia Argentina


Todo el mundo sabe que el futbol es un invento de los ingleses y que su difusión en el mundo se debe a dos factores: la atracción del juego, tanto para jugadores como para espectadores y la presencia británica en todos los rincones del planeta. La Patagonia no ha sido una excepción y es posible registrar hechos e instituciones relacionados con este fenómeno, desde los comienzos del siglo pasado hasta la actualidad.
Uno de esos hechos, de gran importancia como Uds. verán, se produjo en Mayo de 1911, en la pequeña población portuaria de Santa Cruz, que está sobre  la ría que permite a los ríos Chico y Santa Cruz, ingresar al océano Atlántico, unos doscientos cincuenta kilómetros al norte del extremo del continente. En esta fecha se creó el primer club de futbol de toda la Patagonia. Qué pasó para que esto fuera una realidad, es el tema del presente relato.
El   24 de Mayo de 1911, ingresaron al pueblo en uno de los primeros Ford T de la región, dos jóvenes habitantes del hinterland rural. Eran Archibaldo Halliday de la estancia Cañadón del Rancho  y Nigel Dobrée de la estancia Doraike , ambos establecimientos sobre la orilla sur del gran río Santa Cruz, algo más de 70 kilómetros aguas arriba de su desembocadura en el mar. Frenaron delante de las oficinas de H.J. Elbourne, cuyas ventanas sobre la vereda permitían ver desde el interior,  el mar y algún buque si estuviera anclado en el puerto.  Golpearon sus botas sobre la vereda de tablones para quitarse el polvo del camino; sacudieron sus sacos y sus sombreros y se quitaron las antiparras, que protegían sus ojos mientras durara el viaje que los había traído.
Días antes los recién llegados habían sido citados por Elbourne como integrantes de un grupo de amigos que se juntaban cada tanto a jugar al futbol y que se hacían llamar Los Avestruces.
Hacía dos semanas que estaba anclado frente al pueblo, con el objeto de hacer reparaciones, el H.M.S. Manchester, que desde Gran Bretaña viajaba en una expedición científica. Su capitán, Percy James Black, tenía una ruta diseñada que luego lo llevaría a Punta Arenas, la costa americana del Pacífico y California. Desde allí volverían sobre su ruta para regresar a Londres, porque aún faltaban 3 años de obras en lo que sería luego el Canal de Panamá.
Reconociendo la importancia de la fecha que se avenía, Black le propuso a los miembros de la Comisión de Fomento local, que se jugara un partido de futbol, que proponía se llamara Premio de Tierra y Mar, y que se jugaría entre miembros de la dotación de su buque y representantes del pueblo.
Los miembros de la Comisión de Fomento, Jorge Sinclair, Serafín  Grillo y Roy Watson,  rápidamente se entrevistaron con varios entusiastas del futbol para saber si estaban los habitantes del pueblo en condiciones de enfrentar el desafío. Consultaron a H.J. Elbourne y Francisco Lacroix, ambos integrantes del equipo de Los Avestruces. Este grupo reunía a los únicos con cierta experiencia en el juego. Algunos eran relativamente hábiles y otros eran absolutamente torpes, pero todos tenían un rasgo común: el entusiasmo por el deporte. Si se podía responder al desafío planteado, eran estos los que debían llevar la bandera de la pequeña comunidad.
A  pesar de que uno de los entrevistados había nacido a las orillas del Sena y el otro al sur de Londres, el fuego patrio prendió fácil, al calor de la semana de Mayo y pensando que de esa manera el nombre de su pueblo se registraría en la historia del deporte mundial. Por otro lado sentían intima satisfacción al recordar que el Puerto de Santa Cruz supo ser capital del Territorio y que los burócratas de Buenos Aires, pocos años antes, habían trasladado el asiento del gobierno a Río Gallegos. Que fueran ellos y no los de Gallegos, los que protagonizaran este valioso hito de la historia regional, lo sentían como una merecida reivindicación política.
Comunicaron a todo el grupo la necesidad de hacer una reunión preparatoria del partido el día 24 de Mayo en la oficina de Elbourne.  A esta reunión llegaban los viajeros.
Luego de informar de las novedades de último momento, Federico Brett preguntó a cada uno si se sentía en condiciones de jugar al día siguiente. Antonio Román estuvo tentado de decir que no podría, en atención a la gran cantidad de lechón al asador que había comido la noche anterior, junto a una equivalente cuantía de vino barato con que tuvo que acompañar la carne, pero apostó a que para el día siguiente se sentiría mejor y sin dar explicaciones dijo que si.
Al recibir respuesta positiva de todos los presentes se inició la formación de equipo. En el arco estaría Federico Brett, hombre conocedor del deporte, capitán del equipo y en años posteriores su director técnico. En la zaga estarían Carlos “Indio” López, estibador en el puerto, y Antonio Román, empleado de Braun y Blanchard,  el Almacén de Ramos Generales más importante del pueblo en ese momento. El primero integraba el subgrupo de los torpes, pero su aspecto atemorizaba a cuanto delantero se enfrentaba y por ello resultaba una pieza clave del equipo; el segundo era habilidoso y sabía correr hacia zonas centrales de la cancha. Aunque lerdo para retroceder, si alguien le ganaba sus espaldas, descansaba en el temor que inspiraba el aspecto de su compañero.
Como “center half” jugaría Luisito Sepúlveda, un marinero de la Sub Prefectura Marítima,         muy querido en el pueblo y que al año siguiente fue transferido a Comodoro Rivadavia. Federico Lacroix jugaría con el número 8 y Archibaldo Halliday con el 10. Adelante Próspero Ferrari era siempre el “wing” derecho, el 9 era Nigel Dobrée  y en la izquierda estaría el “zurdo” Gaduya.
Dobrée, Lacroix y Halliday formaban, en opinión de la gente del pueblo, una delantera temible que, entre risas, llamaban la “máquina de hacer goles”.
Pudieron también armar una lista corta de suplentes; en ella estaban los nombres de Woolven, Carlos Borgialli y Casimiro Velazco.
Antes de disolverse la región Carlos Borgialli propuso que “…si ganamos mañana, los invito a todos al bar del Hotel Progreso para que podamos sentar las bases de un Club para alegría y beneficio de nuestros convecinos”.
La propuesta fue aplaudida por todos y cuando Próspero Ferrari preguntó “Y si perdemos?” Borgialli se dio vuelta, lo miró fijamente y contestó “Es que no vamos a perder”.
El árbitro designado, con acuerdo de Black y Nicolás Kirby, el Primer Oficial Abordo y capitán del equipo naval, sería Estanislao Bórquez  Alcántara, zapatero y cónsul chileno. Se acordó que los “lineman” serían elegidos uno por cada bando. Los continentales eligieron a Lionel Harris, conocido en el pueblo como Mr. Harris, socio de Elbourne y considerado el hombre más atildado y circunspecto de la región. Era además el cónsul inglés en Santa Cruz y zona de influencias.
Al día siguiente, es decir el 25 de Mayo, a las 3 p.m., se inició el acto patrio con la dotación de Sub Prefectura Marítima, el único policía disponible y algunos de los vecinos presentes, cantando  el Himno Nacional, compitiendo con el viento, “a capella” y desentonados. Se izó la bandera y Grillo, en representación de la Comisión de Fomento, dijo algunas palabras relativas a la fecha histórica. A continuación el capitán Black, en un inglés impecablemente londinense,  agradeció la hospitalidad, le deseó un futuro venturoso al pueblo y a toda la Argentina e hizo votos para que el “fair play” reinara sobre las circunstancias del partido que estaba por iniciarse.
La cancha estaba en un terreno contiguo al lugar donde se desarrolló el acto, en cercanías de Punta Reparo. Era un gran baldío, relativamente plano, que conformaba un rectángulo cuyos lados más extensos eran perpendiculares a la costa y tenía una orientación de oeste a este. El arco hacia el oriente estaba a no más de 50 metros del agua.
Media hora después de iniciarse el acto empezó el partido. Por instrucciones del árbitro, el público, compuesto por vecinos, autoridades y personal del H.M.S. Manchester, se paró detrás del arco cuyas espaldas daban a la playa, y de esa manera se quiso asegurar que la pelota no fuera a caer al agua. Algunas damas fueron autorizadas a buscar refugio detrás del paredón de la casa de Madame  Lisett, el único burdel del pueblo y que lindaba con el campo de juego.
Los Avestruces eligieron arco y decidieron patear a favor del viento, que provenía del oeste. Es decir, su arco era el más alejado de la playa y el viento jugaría con ellos en los primeros 45 minutos.
Los primeros 10 minutos de juego fueron, como dicen los comentaristas deportivos, para que cada contrincante estudiara al otro. Pero al minuto 12 Antonio Román, con la ayuda del viento cruzó toda la cancha con una pelota para el zurdo Gaduya; este, algo sorprendido por tener tamaña responsabilidad,  eludió al back derecho inglés y cuando el arquero salió a taparlo torpemente, logró filtrar la pelota junto a la cara interior del primer palo. Los del continente no lo podían creer, recién empezaba el partido y ganaban 1 a 0.
A partir de ese momento todos atrás a defender el resultado. Durante lo que restaba del primer tiempo, la “máquina para hacer goles” tuvo algunos avances hacia el arco rival, pero en esos pocos casos fueron prolijamente abatidos por la dupla de backs del equipo rival. Por otro lado Brett se convirtió en el héroe de la tarde, al parar varias pelotas que tenían hambre de red.
Iniciado el segundo tiempo, los ingleses ahora con ayuda del fuerte viento, comenzaron a asediar al arco continental. El Indio López resoplaba, Brett se revolcaba sobre el duro piso de la cancha y Antonio Román comenzó a sentir, en el fondo de su garganta, el gusto del lechón ingerido dos noches antes.
Cerca del minuto 20 del segundo tiempo hubo un caótico peloteo en el área de Los Avestruces.  Luis Sepúlveda despejó una pelota, pero con mala suerte y el 10 inglés la volvió al área. Allí fue que el Indio López la agarró de sobre pique y la pateó con fuerza hacia adelante y hacia arriba. Su patada coincidió con una ráfaga de viento más fuerte que las que habían sucedido hasta el momento. La pelota subió verticalmente y luego voló hacia la playa, superando a las personas que viendo el partido, estaban en el borde de la cancha. De allí cayó sobre el pedregal de la orilla y rebotó con dirección al océano. Con desesperación todos vieron como caía sobre la cresta de una ola y luego era arrastrada por la marea hacia adentro en el mar.
Hubo  desorientación entre jugadores y espectadores cuando todos advirtieron que era la única pelota y que sin ella el partido no podría proseguir. Unos marinos ingleses propusieron salir con bote a remos a rescatar el balón. El capitán Black de inmediato lo prohibió alegando la peligrosidad de la acción. Alejandro Monteverde, peón de campo de una estancia vecina, propuso ir a caballo hasta la población de Paso Ibáñez, que hoy se llama Comandante Luis Piedrabuena, y pedir una prestada allí. Pero también esa propuesta fue desechada porque llevaría toda la tarde ir, venir y cruzar en la balsa el río, y el partido no se podría reiniciar hasta el día siguiente.
Finalmente y luego de intensas conversaciones entre Estanislao Bórquez Alcántara, el Capitán Black, Kerby el Primer Oficial a Bordo, Serafín Grillo y Federico Brett, y atento a que ya habían transcurrido 65 minutos de los 90 previstos, se dio por terminado el partido con la victoria de Los Avestruces.
En tierra firme y hasta altas horas de la noche, había quienes celebraban. Entre los marineros no hubo tanta celebración y las manifestaciones de enojo y de amargura fueron amortiguadas por la férrea disciplina de la marina inglesa.
A la mañana siguiente partió hacia Punta Arenas, el buque de Su Majestad, Manchester y luego “…siendo las 15 hs. del día 26 de Mayo de 1911, en las instalaciones del Bar y Confitería del Hotel Progreso, se reúnen 36 vecinos de la localidad de Puerto Santa Cruz, con el objeto de constituir en este acto al Club Sportivo Santa Cruz … siendo la Comisión Directiva elegida para el primer período de gobierno el siguiente: Presidente C. Woolven, Vicepresidente Carlos Borgialli, Secretario Manuel Rodríguez, Tesorero H.J. Elbourne. Los vocales de esta Comisión son los siguientes: Nigel Dobrée, Archibaldo Halliday, Antonio Román, Próspero Ferrari, Francisco Lacroix y Antonio Gaduya…”

Cipolletti, Enero de 2017

sábado, 14 de enero de 2017

Serafín O’Malley


Jacinta  Arandía  se casó jovencita con Bobby O’Malley, hijo de un estanciero cuyos abuelos  malvineros poblaron tierras al norte del río Santa Cruz.  La estancia “Cerro Chato”  tenía tierras altas de veranada y una zona baja, a orilla del río, que los O’Malley usaban en los inviernos. La capacidad del campo era de unas diez mil cabezas y hacía ya muchos años que allí se criaba la raza Corriedale, una oveja que se destaca tanto por la lana que produce, como por su carne.
El casamiento fue celebrado en Comandante Luis Piedrabuena, una población que está sobre el río donde la ruta 3 cruza, hacia el sur, rumbo a Río Gallegos, en un lugar en donde está la Isla Pavón, asentamiento del viejo almacén del marino que le dio su nombre al pueblo.
 En realidad el casamiento, fue lo que se llamaba en esa época “de apuro”, pues Jacinta estaba embarazada. El casamiento, a pesar de ello, fue llevado a cabo en la Iglesia, donde ofició el Padre Maraschino, de la agrupación salesiana, y luego la fiesta que tuvo las características de una de las más recordadas del pueblo, fue en las instalaciones del Club Júpiter, con más de 300 invitados.
Hubo una corta luna de miel de siete días en Río Gallegos, donde los novios fueron al cine, almorzaban y cenaban en casa de amigos del novio o en el restaurante “Recuerdos de Granada”, caminaban por la costanera tomados de la mano y Bobby se emborrachó un par de veces en el Club Británico. Finalizada la semana, la joven pareja volvió a “Cerro Chato” donde estaba por comenzar la esquila y el dueño de casa quería que su hijo estuviera presente.
Cinco meses después, en Abril, Bobby llevó a Jacinta al pueblo. Allí ella se instaló en la casa de Doña Irupé, la comadrona local y al día siguiente nació Serafín, nombrado así en homenaje a su abuelo materno, fallecido hacia un par de años. Serafín O’Malley tuvo un nombre entonces que reflejaba su mezcla celta de gallego e irlandés.
Serafín asistió a la escuela primaria de Piedrabuena y vivía en la casa de su abuela Arandía. De Diciembre a Marzo volvía a Cerro Chato y también lo hacía en las vacaciones de Julio y en algún fin de semana largo que hubiese durante el año escolar, que en esa época eran pocas. Le gustaba más la vida en el campo que la del pueblo. No fue buena su relación con su abuela, particularmente en el último año de permanencia en la escuela, y el nivel de conflicto entre ambos llego a ser insoportable para ambos.
Para su educación secundaria, los padres pensaron en un colegio inglés en las sierras de Córdoba. Allí recorrió la currícula solo hasta tercer año inclusive. En el verano posterior a ese ciclo lectivo, las autoridades del colegio pidieron que Serafín no volviera a integrar el claustro de alumnos. Basaron su juicio en las malas notas del muchacho, en algunas inconductas serias puertas adentro del colegio y en las quejas de vecinos y del comisario de la pequeña población de La Cumbre.
Hacia fines del último ciclo lectivo de Serafín en Córdoba, Jacinta se transformó en viuda. Su marido, volviendo con la camioneta de la estancia un sábado a la noche y luego de visitar la mayoría de los bares y whiskerías de Piedrabuena, derrapó en una curva de la ruta enripiada, el vehículo dio varios tumbos y el cuerpo de Bobby fue despedido. A la mañana siguiente la policía de la localidad lo descubrió a varios metros del vehículo, enganchado en unas matas de calafate.
Serafín pasó a ser el dueño de la estancia familiar. Su madre siempre había tomado un papel pasivo en su administración y ahora se encontró con que estaba sola pues ya habían fallecido, hacía unos años, sus suegros. Todo le era más fácil  si se recostaba en su hijo y le permitía tomar todas las decisiones necesarias.
El nuevo patrón de la estancia aprendió pronto las características de su nueva posición. Allí  había varios peones: tres ovejeros, un carpintero – alambrador y un cocinero y los cinco  obedecían sus órdenes. Contaba en todo momento con la camioneta Ford F 100, propiedad del establecimiento. Y podía disponer a su criterio de inversiones y gastos para lo cual los comerciantes de Piedrabuena, incluyendo los gerentes locales del Banco de la Provincia y del Banco Nación, le otorgaban generosos créditos.
Serafín de ese modo se mudó en el mimado de la sociedad local, alma de las fiestas locales y regionales, divertido compañero de juergas y alcohol y profundo conocedor de los burdeles del pueblo. Todo esto no le impidió convertirse paralelamente y en razón de ser suficientemente buen mozo, experimentado bailarín y, fundamentalmente, administrador de la herencia de su padre, en el sueño de varias chicas casaderas de Piedrabuena, Puerto Santa Cruz y de San Julián. Al respecto de esto último aprendió a, aun en los entreveros más complejos,  salir airoso desligándose de compromisos.
Pero cuando cumplió 30 años empezó a sentir una presión por parte de su madre en el sentido de “…sentar cabeza y permitirle a esta vieja la alegría de contar con algún nieto”. Serafín mismo comenzó también a sentir la necesidad de contar con una ama de casa más joven y alguien que calentara su cama en el campo, sobre todo en las largas noches invernales de la Patagonia.
Para ello puso sus ojos en una joven soltera de San Julián, a quien fue presentado por amigos comunes. Regularmente bonita, buena cocinera y de modales austeros, Julia Meraglio era hija de un comerciante que además oficiaba de pastor de la Iglesia Metodista. Julia trabajaba en una botonería sobre la calle principal de San Julián,  a una cuadra del orgullo del pueblo: la Nao Victoria, una réplica de una de las naves de Magallanes.
Serafín no estaba acostumbrado a las negativas  e insistió en varias oportunidades cuando ambos coincidieron en fiestas de la Asociación Mutual Italiana y de la Sociedad Rural de San Julián. Finalmente y para sorpresa de muchos que los conocían, Julia dijo que si y paseaba del brazo de su novio “gringo” en reuniones familiares, fiestas del pueblo o simplemente recorriendo calles  en la camioneta de su futuro marido.
A los pocos meses hubo casamiento, resistido inicialmente por los padres de la novia, pero cuyas voluntades fueron doblegadas por Julia y por Serafín que alegaron, con lágrimas en los ojos de ella,  que sus vidas no tendrían sentido sino unían sus destinos. El oficio religioso se desarrolló en la Iglesia Metodista, con la presidencia del flamante suegro. Serafín a pesar de su ascendencia gallega e irlandesa que indicaba una preferencia por el rito católico, aceptó la firme imposición de su suegro, en aras de lograr el objetivo.
Julia renunció a su trabajo y los novios fueron a vivir a la estancia, luego de unos días en El Calafate. Rápidamente Julia se acomodó a su vida doméstica de esposa, confirmando la opinión de muchos de que era, además de buena cocinera, una excelente ama de casa.
Doña Jacinta, prudentemente, pidió a su hijo que alquilara una casa pequeña en el pueblo para que ella pudiera vivir allí. “De esta manera – le dijo – Uds. viven su intimidad en la estancia, yo visito con mayor frecuencia a mis amigas de Piedrabuena y además, cuando lo necesiten, tienen una casa donde pasar la noche”.
Durante los primeros meses del joven matrimonio, probablemente durante el primer año, Serafín fue un esposo amante y solicito. Trataba de estar siempre a la hora programada de los almuerzos y de las cenas, se sacaba las botas cuando llegaba a la casa con estas embarradas, en 6 meses solo se emborrachó 2 veces, mantenía buen humor y ponderaba los ricos platos que su esposa ponía sobre la mesa.
Pero parecía que todo esto le provocaba un esfuerzo que de a poco lo iba cansando. Julia lo percibía, pero pensaba que todo era parte de un proceso natural que los matrimonios sufrían, aunque  no fue este el caso de sus padres que vivían una vejez armoniosa, reconocía.
Con el paso de los meses apareció un factor relevante en la relación matrimonial: los malos tratos. Con frecuencia  Serafín se quejaba, de mala manera, por algunos platos que Julia ponía sobre la mesa. En otros momentos hubo gritos y expresiones de desprecio. Y en una oportunidad Serafín le comentó al Negro Barraza, sentados en la vereda del bar de Ulloa “Anoche le tuve que pegar un buen cachetazo a mi mujer, está insoportable”. “A las mujeres hay que enseñarles quien manda” le contestaron sin dudar, desde el otro lado de los vasos y de la mesa angosta.
Julia guardaba en silencio estas circunstancias, sin mencionarlas a sus padres ni a sus mejores amigas.
Durante las primeras épocas del matrimonio Serafín llevaba a su esposa a San Julián a visitar a sus padres. Pero luego adujo estar muy ocupado y sugirió que la chica viajara en ómnibus; finalmente este fue la única forma en que Julia pudo hacer visitas a su casa paterna. Las visitas mismas, además, se hicieron esporádicas porque Serafín se ponía de malhumor cada vez que ella manifestaba su deseo de viajar. Otro tema conflictivo fue el de los celos: si a la vuelta de algún viaje a San Julián, asomaba alguna noticia de algún encuentro de Julia con antiguos compañeros o amigos de su época adolescente, Serafín gritaba y amenazaba con no permitirle ir nuevamente a casa de sus padres.
En Abril del año 2007 Serafín instruyó a sus ovejeros que debían empezar a rodear los campos altos y traer la hacienda a los que estaban en cercanías del río. Los pronósticos eran de nevadas tempranas y una vez que los campos acumulan nieve en la superficie se hace difícil arriarlos. En las llanuras de menor altura siempre se prevé poca o ninguna nieve. Allí los animales soportan mejor  los duros días invernales, pues el pasto no se tapa y logran refugiarse en zonas reparadas y secas. Además la primavera llega unos días antes y ayuda a la parición que se prevé para esas fechas.
El 14 de Abril entonces Serafín y tres ovejeros tomaron mate cuando todavía estaba oscuro y con las primeras luces del alba ensillaron sus caballos y desataron los perros que cada uno llevaría para ayudarlos a juntar y arriar las ovejas de la estepa alta. La operación se hizo con cuidado porque ya se habían producido varias noches de heladas fuertes y el suelo estaba duro como piedra; un resbalón de caballo o de hombre, entonces, podría producir un golpe muy fuerte con probables quebraduras. Con algunos silbidos a los perros, partieron.
Algo más tarde Julia se levantó, se vistió, prendió los fuegos dentro de la casa para que esta se entibiara y ordenó su habitación. Ese día almorzaría sola y por ello no tenía que preocuparse por cocinar. A la tarde vería que prepararía para la cena, pues su esposo ya estaría de vuelta.
Recordó, ordenando la sala y colocando revistas en el revistero, que le había prometido unas recetas al nuevo cocinero que empleó su marido para cocinar para los peones. Varias revistas Para Ti que ella ya había leído contenían algunas recetas que seguramente le podrían interesar a Gabriel Bahamondes, que manifestaba cierto interés por una cocina algo diversa y distinta a los muy tradicionales platos de la cocina de estancias sureñas.
Dudó si llevar las revistas al edificio de la “cocina de los peones” o avisarle a Gabriel que las pase a retirar por la “casa grande”. Pensó finalmente que sería mejor que ella las pasara a dejar y aprovecharía una caminata por la tarde, en un día que aunque algo frío, era soleado y calmo.
Luego de almorzar, recogió la poca vajilla utilizada, lavó y secó los platos y finalmente puso todo en su lugar, como a ella le gustaba tener en su casa.  Recordó que debía coser el ruedo de uno de sus vestidos y se sentó en uno de los sillones del living para ello.
Era media tarde y decidió iniciar su caminata; antes de cerrar la puerta, tomo las revistas que le pensaba dar a Gabriel.
El casco de la estancia estaba distribuido en dos partes relativamente cercanas una de otra, pero ambas en un vallecito que permitía adivinar el río a no más de dos kilómetros. En la zona más alta estaba la “casa grande” que habitaba con su esposo y que anteriormente manejaba su suegra, rodeado de un pequeño jardín. Unos pocos metros hacia abajo y al sur y cruzando un pequeño arroyo que se hinchaba en épocas en que se derretía la nieve en la planicie, estaba la zona de los corrales, el galpón de esquila y las dependencias de los peones. Entre estos estaba la cocina que constaba de un comedor grande, una cocina y un departamento que era de uso del cocinero.
Julia bajó por un angosto sendero aprovechando la agradable luz solar y el aire frío y calmo. Caminó hacia la cocina y golpeó la puerta. Cuando Gabriel abrió la invitó a pasar.
“Quiere una torta frita? Las estoy haciendo”
“Solo una, porque quiero aprovechar la tarde tan linda. Le traje las recetas que le comenté” y colocó sobre la mesa de la cocina las revistas que traía.
“Muchas gracias” contestó Gabriel y ambos se inclinaron sobre la mesa hojeando y comentando los ejemplares que Julia traía.
A los pocos instantes se abrió la puerta nuevamente y la figura de Serafín ocupó el espacio de la abertura. Habían terminado la tarea del día rápidamente, con la ayuda de la buena luz solar y el aire calmo. Limpiaron el campo alto de ovejas y las arrearon a la tranquera que permite ingresar al de la costa del río, al que llamaban en la estancia del “Pescadero”. Una vez que pasaran las aproximados 2.500 animales por la tranquera, la cerraron y trotaron para “las casas”. Desensillaron y largaron los caballos al potrero. Serafín, antes de ir a la “casa grande” paso por la cocina de peones a verificar necesidades para los próximos días.
“Puta, no puedo dejarte sola” le gritó a la mujer que se incorporó y se dio vuelta para enfrentarlo. Serafín rápidamente le tiró un bofetón a la cara y Julia trastabilló, enredadas sus piernas en un banco. La situación le hizo perder su equilibrio y cayó golpeando fuertemente la nuca contra la orilla de la estufa a leña. Gabriel quiso intervenir pero fue empujado y lanzado al suelo por un fuerte empujón de su patrón.
Julia quedó inmóvil en el piso y por debajo de su cabeza empezó a brotar un chorro de sangre. Serafín se arrodilló al lado del cuerpo de su mujer. “Por Dios!! la maté”. Gabriel que se había incorporado, buscó tomarle el pulso al cuerpo de la mujer en su cuello. No pudiendo encontrar signos de vida, se levantó y traspuso la puerta.
“El patrón mató a su esposa, vengan rápido” les gritó a los ovejeros que se disponían a tomar mate y descansar de la jornada de trabajo. Uno solo se acercó a la cocina y los restantes se quedaron, sin saber qué hacer.
En esos instantes Serafín apareció en la puerta con la cara desencajada y corrió hacia la “casa grande”. Los peones escucharon 5 minutos más tarde el motor de la camioneta y observaron cómo esta desapareció por la huella que llevaba a la ruta provincial.
Sin animarse a entrar y sin saber qué hacer, Gabriel Bahamondes y sus compañeros comentaron nerviosos, los hechos que acababan de suceder.  Repentinamente Gabriel le pidió a uno de los ovejeros. “Ensilla un caballo y andate a la estancia “La Leona”, desde allí se puede hablar por teléfono a la policía de Piedrabuena. Explícales lo que ha sucedido aquí”.
Una hora y 45 minutos más tarde, apareció un automóvil de la policía y tras de él, una ambulancia. La policía observó el lugar, anotó el nombre de las personas presentes y en la ambulancia se cargó el cadáver.
Al día siguiente los diarios de Río Gallegos publicaron una nota con el asesinato de Julia Meraglio en la estancia “Cerro Chato” y la captura de su presunto agresor en la localidad de Los Antiguos en el noroeste provincial, pronto a cruzar la frontera a Chile.

Cipolletti, Enero de 2017

martes, 27 de diciembre de 2016

Conversaciones con mi padre



Parece tonto, padre.
Pero aquí estoy conversando contigo
a pesar de saber que ya no existes
desde hace un montón de años.
Si me pudieras contestar, me dirías que estás de acuerdo conmigo.
 Que hablo en vano y el que muere desaparece,
solo quedan y por un tiempo, los restos de su carne y de sus huesos.

Pero igualmente lo hago,
aunque el peso mayor de la conversación lo llevo yo.
Pues además de mis comentarios y de mis preguntas,
me hago cargo de tus respuestas y de tus recomendaciones;
y de tus gestos, tus cejas enarcadas y tus ojos grandes,
mostrando la sorpresa que te ocasionan mis palabras.
Me hago cargo también de tu sonrisa burlona e incrédula,
cuando te cuento algunas cosas que en tu época solo eran ciencia ficción.

Cuando te cuento que ahora se puede hablar por teléfono casi desde cualquier parte.
Que ya no es necesario levantarse temprano en el campo
e ir al pueblo, porque el puerto de Santa Cruz tenía solo unas horas para hablar con Buenos Aires
y que luego le tocaba a Piedrabuena o a San Julián.
Más te digo: hoy se puede hablar viendo en una pantalla la cara y los gestos de la otra persona,
como decías tu que algún día se podría.

Tardábamos una hora, u hora y media cuando el camino era malo,
para ir del campo al pueblo,
pero ahora yo mismo lo he hecho en 20 minutos sobre una carretera asfaltada.
Los automóviles también ayudan, pues han cambiado mucho.
Te acuerdas de la vez que en medio de la meseta arreglaste un juego de platinos
con el papel metalizado de un atado de cigarrillos?
Ahora eso no es posible, porque ya no hay platinos ni condensadores, ni carburador.
Y los autos solo pueden arreglarse si uno tiene una computadora
que indique las fallas que puede presentar.

Me acuerdo de ese libro que quisiste escribir
pero que la vida no te dio tiempo para ello.
Estoy seguro que si tuvieras los procesadores de texto que yo uso ahora,
lo hubieras escrito.

Te sorprendería también la televisión
y la posibilidad de ver en tiempo real lo que sucede del otro lado del mundo.
Te gustaría ver golf jugado en Edimburgo
o futbol en Barcelona, donde juega el mejor futbolista del mundo,
que es un muchacho que nació en Rosario.
Los noticieros te mostrarían los hechos,
mientras suceden en cualquier región del planeta.

Me daría tanto placer poder contarte estas cosas,
y no tener solo que imaginar tus palabras y tus gestos.
Decirte que ahora se pueden comprar grandes garrafones de gas,
y que con uno de ellos se calefacciona la casa donde vivíamos contigo y con mamá,
y que en invierno era tan fría,
y ahora, te lo aseguro, es tibia y acogedora.

Decirte que tienes un montón de nietos y bisnietos,
que todos son buenos chicos y chicas,
te gustaría estar con ellos y conocerlos.
Te los mencionaría uno por uno
y contarte quienes son hoy y que es lo que hacen.

Con que alegría usarías  los buscadores de internet,
tu que sentías curiosidad por todo lo que pasaba a tu alrededor
y eras un lector incansable, hasta que tu vista te traicionó.
Quisiera explicarte que es Google,
y como se usa y que fácil resulta.

Conversar contigo alivia mi angustia
y suaviza el dolor de tu ausencia.
Es esta una terapia para los dolores del espíritu
pues como otros hijos,
busco en mis padres el remedio para el dolor.


Cipolletti, Diciembre 2016

viernes, 25 de noviembre de 2016

Adaptación de una leyenda


Manuel Quilapán se sostenía escasamente sobre l apero del zaino. El viento lo quería tumbar al suelo y el frío le agarrotaba las manos que sostenían riendas, la izquierda, y el cojinillo, la derecha. El zaino no rumbeaba hacia el noroeste como el jinete quería, sino desviaba un poco hacia el norte tratando que el aire violento y el polvo, no le entraran tanto en los ojos. Luego de unos minutos en esa dirección,  Manuel  corregía el rumbo y dirigía por un rato el caballo hacia el oeste. Sin saberlo, Manuel utilizaba la técnica de los viejos marinos que en zigzag lograban que sus veleros avanzaran hacia el puerto previsto, cuando el viento desde el frente.
Con su edad avanzada se daba cuenta que confundía lugares. Frecuentemente le preguntaban “Che indio, donde naciste, en Chile o en Argentina?” y él no contestaba, porque no se acordaba. Tenía recuerdos de su madre y también de su padre,  recordaba jugar con otros niños, que habrán sido sus hermanos, pero no podía ubicar el lugar donde esto sucedía. Junto con estas imágenes estaban las del toldo, su ambiente abrigado y su oferta de reparo, pero tampoco sabía donde se erigía. Cerca de un arroyo, pero qué arroyo?  Vaya uno a saber.
Tampoco recordaba cual era la última estancia donde había pasado, probablemente la semana anterior. Desde hacía un tiempo largo Manuel recorría una extensión grande de la estepa santacruceña, yendo de estancia en estancia, antes pidiendo algunos días de trabajo en cada una, ahora simplemente un plato de comida y un refugio donde pasar la noche. Los trabajos que sabía pedir eran los de arriero, de esquilador, de domador – cuando era joven – o de peón general en los corrales, en las temporadas de esquila, de marcación o de baño. Poca paga, pero por unos días comía bien, él y Negro, el perro que desde hace años lo acompañaba y el zaino descansaba en algún potrero cercano a las casas.
Pero ahora sabía dónde iba. Iba a las orillas del lago grande, que los blancos llamaban Buenos Aires, a un lugar en donde los antiguos llegaban a morir. Porque presentía que la hora se le acercaba. Sentía urgencia de llegar, pues no quería quedar en el camino y por eso peleaba contra el viento y el frío, sabiendo que si se caía no se levantaría más.
Detrás de él con el zaino, venía el Negro. Viejo también pero todavía milagrosamente ágil. Olía al pasar, cada pasto coirón, cada mata negra, cada calafate. Y cuando se atrasaba, ocupado con esta tarea, aligeraba el paso para volver a alcanzar al caballo y su jinete. Ya no podía cazar liebres, como lo supo hacer por centenas cuando era más joven, pero al atardecer cuando las martinetas salían a buscar alimentos, sabía todavía acercarse sigilosamente y si el pájaro era algo distraído, saltarle encima y llevárselo al indio como prueba de su amistad para luego, entre ambos, comerla asado.
Formaban el hombre, el caballo y el perro, un trío inseparable. Recordaba Manuel – esto sí lo recordaba – que unas cuantas primaveras atrás, quiso cruzar el río Chalía, que venía hinchado con el deshielo de los primeros días de calor. Estaban por la mitad del cauce cuando un remolino desestabilizó al animal y él se cayó del apero. Sintió el agua helada como agujas que perforaban la carne de sus piernas e inmovilizaban su espalda, a la altura de la riñonada. Rápidamente la fuerte corriente lo arrastró rio abajo y se sintió morir.
Pero cuando ya creyó que nada lo salvaba, apareció el zaino nadando en la corriente hacia donde él intentaba agarrarse de las ramas de un sauce llorón. Manoteó las crines del pingo y este empezó a nadar enérgicamente hacia la orilla. Allí los esperaba Negro que, con ladridos, manifestaba su alegría.
Hacia la tarde el viento del oeste se puso más fuerte, pero el frío amainó. Esto permitió que comenzara una nevisca que a medida que se avanzaba hacia la noche fue intensificándose. Manuel Quilapán sintió un dolor importante en el pecho y un mareo que lo obligó a largar las riendas y aferrarse del cojinillo con ambas manos. Cuando levantó la vista hacia el horizonte se sorprendió al ver un toldo grande a unos cien metros de donde estaban. Sin que le tuviera que dar órdenes, el zaino se encaminó hacia el lugar. Ya cerca Manuel empezó a sentir un olor a puchero que lo embriagaba. Un buen pedazo de carne de capón hervido junto a unos nabos, cebollas y un puñado de pimentón, se dejaba adivinar en el aroma.
Cuando el zaino paró frente al quillango de guanaco que oficiaba de portón y Manuel se apeó, el toldo se abrió y apareció un tehuelche alto con boleadoras en la mano. Manuel pudo ver tras la figura del guardián, una luz brillante y sintió un aire templado.
“Permiso, se podrá pasar?” preguntó el indio viejo.
“Como no” le contestaron y el guardián hizo un paso al costado para franquearle la entrada.
Manuel tomó las riendas del zaino, le silbó al Negro e inició el camino de ingreso.
“No – dijo el guardián – solo puede entrar Ud. Los animales deberán quedar afuera”
“Pero yo no quiero entrar solo, ellos me deben acompañar”
El guardián no contestó y quedó inmóvil frete a la puerta del toldo.
Con la cara apesadumbrada y la espalda encorvada, Manuel dio media vuelta y con dificultad volvió a montar.
No habían hecho más que un par de cientos de metros, cuando visualizó con la dificultad de la creciente oscuridad y la nevisca que ya era intensa, otro toldo.  Nuevamente se acercaron a la entrada y otra vez salió un tehuelche enorme a recibirlos. Otra vez Manuel olió en el aire el puchero, sintió el aire cálido y vio la luz.
“Se puede pasar?” preguntó.
“Pasen” contestó el guardián e hizo señas para que lo hagan.
Con miedo de ser nuevamente rechazado, Manuel tomó las riendas del zaino y silbó al perro. Y los tres penetraron en el toldo.
Sorprendido, Manuel se enfrentó con el guardián y le preguntó porque había sido rechazado en el otro toldo.
“Es que el otro toldo - contestó el custodio - es lo que los blancos llaman Infierno. Y allí se permanece solo, sin amigos”.
Cipolletti, Noviembre de 2016


lunes, 31 de octubre de 2016

Rosalino Carmona y un crimen doméstico


Me senté en una mesa en la vereda del Sorocabana, en una de las esquinas de la vieja Plaza San Martín, buscando el aire todavía fresco de la mañana a la sombra de sus árboles. Pensé que podrían ser las mismas mesas y los mismos árboles de cuando vivía en Córdoba y había adquirido la costumbre de desayunar allí todas las mañanas de la semana laboral con un café y un criollito, que es ese biscocho que solo se consigue en Córdoba y que el bar compraba en una panadería a no más de una cuadra por la calle San Jerónimo. Fui cordobés durante varias temporadas muy placenteras, mientras estudiaba en la Universidad y transitaba las hermosas épocas de la juventud.
Finalizados mis estudios retorné a mi Patagonia y cada tanto, probablemente una vez por año, volvía a la ciudad que fue tan amable conmigo, para visitar parientes y amigos o para simplemente recorrer calles de la ciudad y envolverme en un clima de nostalgia que me transportaba a mis épocas de estudiante, a las de las peñas, de las señoritas cordobesas, de la política partidaria y de los aprendizajes que me supieron transformar en un hombre, que luego se ha creído adulto, responsable y profesionalmente serio.
No bien me senté en la mesa, vi cruzar la calle desde la plaza y encaminar su voluminosa figura hacia la marquesina del Sorocabana, al Comisario de la Policía de la Provincia de Santa Cruz, Rosalino Carmona. La última vez que lo vi fue en Caleta Olivia, donde estaba en misión oficial por trámites de su Comisaría en la Colonia Las Heras y fue grande mi sorpresa verlo nuevamente en un escenario tan distinto al anterior. Sin el uniforme y con una remera verde, un pantalón bermuda de color claro y zapatillas, me había demorado unos segundos en reconocerlo.
Pero rápidamente me repuse de mi sorpresa, me levanté y me interpuse en su camino. Su cara expresó genuina gusto al reconocerme él también. Nos abrazamos y lo invité a sentarse conmigo en la mesa.
Cómo es que te encuentro aquí, comisario?” le pregunté, mientras le hacía una seña al mozo para que se acerque. Con Rosalino habíamos hecho amistad cuando yo vivía en Río Gallegos y él estaba en la Escuela Provincial de Policía.
Estoy haciendo un curso de capacitación, organizado por el Ministerio de Seguridad de la Nación. Se hace aquí en Córdoba y somos de todas las provincias del país. Estamos en el edificio de la Policía de Córdoba, en la Av. Colón”.
Me siguió explicando cómo había llegado también a Santa Cruz la onda de la capacitación con aparatología moderna y cómo el nuevo gobierno nacional estaba intentando mejorar a las policías provinciales, a la Gendarmería Nacional, a la Prefectura Naval y a los “federicos”.
Había un cupo de 5 para nuestra provincia y yo tuve suerte de ligar un lugar, no me preguntes como”.
Interrumpimos cuando llegaron nuestros cafés y los criollitos, que yo insistí para que probara.
Qué aventuras nuevas tienes para contar?” le pregunté a mi amigo.
No muchas, sabes que Las Heras no es un pueblo de grandes aventuras. De todas formas tuvimos una anécdota que vale recordarla
Con entusiasmo le pedí que me contara, mientras le puse un sobre de edulcorante a mi café.
En los primeros días de setiembre cayó una nevada grande. En las zonas de la pampa alta había cerca de 70 centímetros de nieve y hasta abajo, en los alrededores del pueblo, se puso todo blanco”.  Rosalino limpió sus labios de migas de criollito con la mano. “En una de las mañanas más frías de esa semana – prosiguió - llegó a la Comisaría a caballo y por el centro de la calle, la Porota Quintana, una mujer que tiene un pedazo de campo, para el lado de Perito Moreno, unas tres leguas de Las Heras. Parecía una escena de una película del Far West. Ató el animal en el fresno que hay sobre la vereda y entró por la puerta de la calle”.
“La atendió el agente Mileson, que luego vino a reportarme lo que le dijo la mujer. Que había sido atacada por una persona que baleó de muerte a su marido, Edgardo Viñas. Que ella había tomado un revolver que siempre tienen en las casas y había matado a su vez al asaltante. Que luego ensilló una yegua que tenían en el corral y que se vino para acá para hacer la denuncia. Que suponía que había querido robarles. Que no sabía quién era el asaltante”.
Rosalino levantó su taza de café, lo olió y probó un sorbo. “Café rico” me sonrió.
El problema inicial fue trasladarnos hacia la pequeña estancia, El Durazno, donde sucedieron los hechos. Tu sabes – me miró por encina del borde de la tasa – que cuando hay 30 a 40 centímetros de nieve, es complicado avanzar. Mircic, el chofer de la ambulancia del hospital que tendríamos que utilizar para buscar los cadáveres, se negó a conducir esa tarde. Por suerte pude conseguir de una comisión de YPF, el préstamo de una camioneta alta y con tracción en las cuatro ruedas. El plan era ir adelante con el vehículo de YPF y por detrás, en la misma huella del primero, la ambulancia del hospital.”
“Salimos a las 3 de la tarde, con dos termos para tomar mate y una bolsa de galletas que pasamos a buscar por la panadería del gallego Ardiles. En la ambulancia iba el chofer, un enfermero que siempre estaba dispuesto para estas cuestiones y la Porota Quintana. En la camioneta íbamos, el chofer de la empresa petrolera, el agente Mileson y yo”.
“Mientras viajábamos por el pavimento fuimos bien, No había mucha nieve y la ruta en ese tramo está pavimentada; la visibilidad era buena y había algo de tráfico. Los problemas comenzaron cuando nos bajamos de la ruta grande y empezamos a recorrer el camino vecinal que nos llevara a la estancia. En un momento paramos y yo le pedí a la Porota que pasara adelante con nosotros y mandé a la ambulancia a Mileson. La huella trepaba lentamente y a medida que lograba mayor altura la nieve caída era más. Recién a los 20 kilómetros de recorrer este tramo nos cruzamos con un camión de la empresa Total, que nos hizo un saludo de luces. A las cinco de la tarde comenzó a nevar nuevamente y la ambulancia iba despacio y en algunos sectores patinando. Porota nos fue indicando como sortear un par de bajos que se ponían feos cuando el tiempo estaba malo. Con alivio escuchamos ladridos de varios perros, indicando que habíamos llegado a las pocas edificaciones que conformaban el casco de la estancia”.
“Pedimos otro café?” me dijo Carmona. Yo asentí y le hice una seña al mozo.
“Cuando llegamos a la casa donde vivía el matrimonio, vimos la escena de sangre que la nieve tapaba solo parcialmente. Edgardo Viñas estaba cruzado de espaldas en la puerta, con agujero de bala pocos centímetros por arriba de la línea del cinto y cerca del ombligo. A pocos metros de la entrada de la casa y boca abajo, había otro cuerpo, caído de bruces y con una herida fea en la nuca. Los perros no habían dañado los cadáveres y solo habían lamido algo la nieve teñida de sangre”.
“Bueno, una buena! – dije yo – no tuviste que investigar mucho para explicar el asesinato”.
No creas; al principio pensaba como vos, pero llegando al pueblo con los dos vehículos y los  cadáveres, sentí una sensación que había algo que no podía ver de un hecho que en principio parecía claro. No lo podía explicar, pero me mantuvo intranquilo, inclusive esa noche luego de irnos a descansar”.
“Pero te cuento en orden. Luego de sacar una gran cantidad de fotos, la mayoría de Mileson pero algunas las tomé yo mismo, de colocar los cadáveres en las camillas y subirlos a la ambulancia, requisé dos armas de fuego: un revolver 38 y una carabina 22 largo, los puse en una bolsa plástica y también los subí a la ambulancia. Mandé desensillar el caballo del asaltante, un hermoso gateado oscuro de cabos negros, y que lo encerraran en un corral, cerca del pequeño galpón de esquila, y que se aseguraran que tuviera agua. Tomamos unos mates y emprendimos la vuelta, incluyendo a la Porota  Quintana, que dijo que quería quedarse, pero yo insistí en que vuelva con nosotros. Para esa hora ya la tarde se había convertido en noche muy oscura, porque estaba nublado y no había luna para iluminar el camino”.
“Había dejado de nevar y la temperatura subió un par de grados. Los bajos estaban más feos por la nieve derretida, por el paso del poco tráfico y por la oscuridad de la noche. En uno de ellos la ambulancia patinó y sus ruedas traseras se fueron a la banquina, donde daban vueltas, sin que el vehículo pudiera avanzar. Nos bajamos y chapaleamos en el barro frío. El chofer de la camioneta sacó una soga de la caja y con ella ató la ambulancia para poder tirarla y volverla a colocar en el centro de la calzada. Las manos embarradas nos permitieron sentir que la temperatura estaba cerca del punto de congelación”.
“Antes de volver a reanudar la marcha, el enfermero del hospital, Mircic y Mileson, acomodaron y ajustaron las ataduras los cadáveres en la parte trasera de la ambulancia, pues con los sacudones del camino se habían desacomodado y uno de ellos había caído al piso”.
Llegó el mozo y nos puso sobre la mesa los dos cafés pedidos. Yo miré a mi alrededor y reflexioné extrañado sobre la enorme diferencia entre el calor que se anunciaba para ese día, el rico olor del café y el aspecto cosmopolita de una ciudad moderna con sus edificios, su tráfico y su gente, con la soledad y el frío de la Patagonia que el comisario Carmona me estaba recordando.
“Cuando llegamos a Las Heras, fuimos primero al Hospital, donde los cadáveres fueron colocados en la pequeña morgue. Yo llamé a la casa del Dr. Canosa, el director y le informé de lo realizado. Aproveché para pedirle los resultados de la autopsia al día siguiente, lo antes posible, para yo luego reenviar la data a la fiscalía de Puerto Deseado. Cumplido esto la camioneta nos acercó a la comisaría a Mileson y a mí y a la Porota Quintana a una pensión de la calle Belgrano. Antes de dejarla allí, le pedí que se acercara por la mañana por mi despacho, para así le pudiéramos tomar su declaración sobre los hechos”.
“Eran como las 10 de la mañana siguiente y yo ya estaba intranquilo, … la Porota no aparecía. Cuando estaba por mandar a buscarla, entró por la puerta. Antes había recibido yo una llamada telefónica de Canosa que me adelantaba el informe de las dos autopsias; nada distinto a lo que pudiéramos sospechar el día anterior: ambas muertes se debían al único balazo que cada uno recibió. La bala que mató a Viñas fue la de la carabina y la del extraño, la calibre 38”.
“Pero quien era el asaltante? lo conocían?” interrumpí yo. Rosalino me contestó que esa mañana pudieron averiguar que se llamaba Avelino Giúdice, nativo de la zona de Los Menucos, en el sur de la Provincia de Río Negro. Lo buscaba la Policía de esa provincia por cuatrero.
“Carmela - la Porota - Quintana contó su versión de los hechos, repitiendo más formalmente lo expresado la tarde anterior. Dijo que en la madrugada escucho a los perros ladrar y sorprendida miró por una hendija de la ventana de la cocina. Dice que vio un caballo ensillado y atado a uno de los postes delante de la casa. Vio también un hombre acercándose a la casa con un arma en la mano. Que le avisó a Edgardo diciéndole que tuviera cuidado. Que este se levantó de la cama y se acercó a la puerta que abrió cuando escuchó la voz de quien estaba afuera. No bien oyó que la puerta se abrió escuchó un disparo y el quejido de su marido. Que tomó un revolver de la mesa de luz y salió de la casa por una puerta lateral y vio allí a su marido tirado en el suelo boca arriba y al extraño con una carabina apuntándolo, como si quisiera rematarlo. Que ella apuntó a la espalda del asaltante para impedir que volviera a dispararle a Edgardo. Que no sabe que hizo, pero sintió una gran explosión y un golpe en el brazo que sujetaba el arma y como resultado de eso el hombre se desplomó. A continuación corrió a socorrer al marido, pero se encontró con que este fallecía en sus brazos”.
“La versión sonaba bien – me siguió diciendo Rosalino – pero había algo que no me gustaba y yo no lo podía identificar. Me trataba de autoconvencer pensando que había muchos casos de esas características y que en los noticieros nacionales se podían ver uno o dos diarios, en donde se producía un asalto y uno de la familia mataba a un asaltante; con frecuencia también moría un miembro de la familia”. Durante la tarde hice mi informe y junto a la declaración de la Porota y las dos autopsias, envié todo por ómnibus a la Fiscalía en Puerto Deseado”.
“Eran las 6 de la tarde y había hecho todo lo que tenía a la vista para realizar. Decidí ir hasta el bar de Chelo y tomar un café; avisé al agente de guardia que me podían encontrar en el bar si me necesitaban y me encaminé hacia la plaza. El aire estaba frío y calmo y el cielo despejado, indicando así una helada fuerte hacia la madrugada. Elegí entonces una mesa en el interior del bar, pues como tú sabes, yo no fumo y no me hace falta congelarme para poder fumar un cigarrillo. Me había sentado no más de 5 minutos y cayó el Dr. Canosa que me sonrió y me comentó que me estaba buscando para preguntarme si me habían parecido bien los dos informes de autopsias que me mandó a la mañana.”
“El mozo me trajo el café cortado pedido y Canosa pidió uno para él. Estuvo la Porota- me dijo - y me pidió el certificado de defunción de su marido”.
“Demoré unos instantes para reaccionar: para que te pidió eso? había algún seguro de vida quizás?. Mi cabeza empezó lentamente a evaluar el dato y lo llamé a Mileson para que me consiguiera el celular de Carlitos Gómez Paz, el único vendedor de la única compañía de seguros en el pueblo”.
“No eran muchos los pobladores rurales que compraban seguros, me dijo Carlitos cuando lo llamé a los pocos minutos, y añadió que se había sorprendido cuando la Porota y su marido habían entrado a su oficina hace un tiempo, en Abril o Mayo y se aseguraron mutuamente por una cifra regularmente importante. Nos dijimos dos o tres cosas más, sin importancia, y le agradecí la información y corte la conversación”.
“Inmediatamente lo llamé nuevamente a Mileson para preguntarle si aún estaba en la comisaría; cuando me dijo que si, le pedi que esperara, que había cambiado de idea y que volvía para allí. Cuando llegué nos sentamos a conversar; a mí me gusta informarle de lo que yo estoy pensando, porque luego él me critica y me aporta nuevas ideas. Le dije que me parecía que el crimen que teníamos entre manos no era sencillo y aunque no tenía ninguna hipótesis, si tenía una idea: y que por ella pensaba que no fue un asalto, sino un crimen por encargo. Le conté también que me había enterado de la existencia de un seguro de vida. Mileson abrió los ojos, pero me di cuenta que asimilaba la idea. Búscame toda la información que este estado de investigación requiere le dije, sabiendo que el sabría interpretar correctamente la consigna”.
“Antes de salir de la comisaría para cenar y no volver hasta el día siguiente, le pedí - con sensación de culpa por no haberlo hecho antes - al agente Cayumán que era buen jinete, que ensillara temprano y a caballo se fuera a El Durazno para traer, a tiro, el caballo de Giúdice”.
En ese momento interrumpimos la charla. Por el costado de nuestra mesa y casi rozándola con sus cortas polleras, pasaron tres jóvenes y bonitas cordobesas conversando y riendo. Noté el desvío en los ojos de Rosalino que habrán tenido una equivalencia con los míos. En los breves instantes en que nos quedamos callados yo dudé en calificarlas o como estudiantes de la Universidad caminando hacia una clase tempranera, o jóvenes empleadas de alguna tienda de la zona céntrica o tres amigas que habían acordado salir de compras bien temprano, para evitar luego el calor del medio día. Pasaron sin vernos y cruzaron la calle hacia la plaza.
“A la mañana siguiente – prosiguió Rosalino Carmona – llegó Mileson con los ojos excitados. Tengo noticias jefe. El sábado a la noche en el Oasis había un gaucho que las chicas dicen no haber visto antes. Tenía mucha plata y pago champan para todos y luego se fue con la Violeta; dijo también que volvería pues le debían más plata. La descripción que me dan las chicas del hombre, coincide bastante con la de Avelino Giúdice”.
“No era mucho, pero yo empecé a atar cabos. De todas formas no quise adelantar nada al fiscal porque no me gusta desdecirme luego”.
“Estaba poniéndome la campera para ir a comer, cuando escucho la voz de Cayumán. Ya llegué Comisario, me dijo. Salí a la madrugada aún oscuro y ahora he llegado con el caballo de Giúdice a tiro. Tengo los dos, el mío y este otro, atados en la vereda. Ud. dirá que debo hacer”.
“Le pedí que los llevara al corralón que tenemos para guardar caballos sueltos en la ruta y que guardara el recado en un galpón que también tenemos allí… este tiene un candado que evita que cualquiera abra la puerta”.
“Salimos juntos a la vereda y nos paramos ambos a mirar al gateado. Era muy lindo animal, de esos criollos que están siempre en condiciones de recorrer largas distancias o de trabajar todo un día arreando un piño de ovejas. Estábamos allí cuando pasó el paisano Melicura. Flor de caballo tiene allí Comisario – me dijo, parándose al lado mío – lo vi el otro día”.
“Dónde lo vistes? le pregunté. En la ruta hacia Perito Moreno, yo volvía de cazar liebres con los dos galgos que tengo. La persona que lo montaba estaba hablando con la patrona de la Estancia El Durazno; ambos al costado del camino”.
“Cuándo? le volví a preguntar. El sábado por la tarde, me contestó con seguridad”.
“Gracias Melicura, sos un capo, le dije y le palmeé la espalda. Volví a la oficina y cambiando de idea, pedí que me trajeran un sándwich de milanesa y que me prepararan mate. Mientras tanto comencé a ubicar por teléfono al Fiscal Bongiorno en Puerto Deseado.
“Bueno mi gran amigo, esta es la historia. En cuanto lo ubique al fiscal y me aseguró estar esta tarde allí, la mandé a buscar a la Porota y la puse en discreta custodia. Cuando llegó el fiscal él la interrogó por un rato largo y finalmente ella se desmoronó. Contó que su vida era un calvario, que el marido le pegaba y que no le encontró otra salida. Ahora está a disposición del Juez”.
Rosalino se levantó de la silla y llamó al mozo. Discutimos y yo insistí en pagar la cuenta. El me dijo que lamentaba no poder verme de nuevo, pero que ahora debía estar en el acto de cierre de las jornadas de capacitación y a la tarde tomaba el avión que lo llevaría, luego de varios trasbordos, nuevamente a Comodoro Rivadavia y en ómnibus a Las Heras”.
Nos saludamos calurosamente asegurándonos que habría alguna otra oportunidad de volver a tomar café. Me dio un abrazo y se perdió entre la gente, que ya a esta hora llenaba las veredas del centro de la ciudad.
Cipolletti, Octubre 2016
Pedro Dobrée (pedrodobree@gmail.com)

viernes, 23 de septiembre de 2016

Primer riego en el valle del Chubut




Sentado sobre la angosta cubierta y apoyada su espalda contra la pared exterior de la cabina del contramaestre, Aarón Jenkins miraba hacia estribor, intentando escudriñar en la oscuridad señales de tierra firme, pues le habían dicho que estaban cerca de las costas del Brasil. Apretó contra si el saco de lana cruda que lo abrigaba y aún así el viento se colaba y enfriaba su flaca carne y los huesos de su larga figura. Solo una suave brisa llenaba las velas del barco y lo mantenían en movimiento con rumbo sudoeste. De noche dormía en la cubierta para dejar más espacio a su esposa con un embarazo llegando a término y a su pequeño hijo Richard. La mayoría de los hombres habían adoptado esa actitud para favorecer la situación de los niños y de las mujeres porque el barco era demasiado chico para transportar con cierta comodidad, a todo el contingente que había embarcado en Liverpool.
Hacía un mes, el 25 de Mayo, que habían abordado el velero Mimosa y ahora estaban en los últimos días de Junio. El viaje hasta el presente fue muy duro. Sufrieron una gran tormenta al segundo día de salir de Liverpool, las comodidades a bordo no eran satisfactorias, la higiene era deplorable y la comida era escasa y mala. Varios pasajeros estaban enfermos y dos niños habían fallecido; uno de ellos el pequeño James – de dos años – hijo de Aarón y de Rachel Evans, su esposa. El niño falleció con una infección en la boca, que fue relacionada con la desnutrición infantil.
Escuchó un ruido y al volver la cara, reconoció la figura de una mujer que se acercaba. “Felicitaciones Sr. Jenkins, su esposa acaba de darle una hija” le dijo.
“Cómo están?” preguntó nervioso.  “Bien - le contestaron – ahora Rachel está descansando, pero Ud. puede ir a verla y a su pequeña hija”.
Aarón se levantó y bajó a visitar a su esposa; con cuidado caminó entre los cuerpos dormidos de mujeres y de niños hasta llegar a ella. Rachel abrió sus ojos y le sonrió débilmente. “Mírala, es bonita” le dijo.
“La llamaremos Rachel, como a ti” le dijo y le pasó un dedo rugoso suavemente sobre su mejilla.
El 28 de Julio de 1865, poco más de dos meses desde que partieron de Europa, arribaron al Golfo Nuevo, que luego llamaron Puerto Madryn. Allí se encontraron con los dos delegados del grupo que se habían adelantado, y con caballos, vacunos y ovejas, semillas y provisiones obtenidas en Carmen de Patagones, por cuenta y orden del Gobierno Nacional. Rápidamente se pudieron a preparar la tierra, quitando las malezas y arbustos de una pequeña extensión elegida cercana a la playa. Sembraron el trigo, pero la inexperiencia de los colonos en materia de actividades agrícolas y lo inhóspito del terreno, pronto puso en evidencia la inutilidad del esfuerzo y decidieron trasladarse hasta las orillas del río Chubut, cerca de 60 kilómetros hacia el sur. Armaron tres grupos que salieron en fechas distintas; peregrinaron en el desierto sin agua y con rumbos zigzagueantes producto de su desorientación en el terreno. La marcha fue lenta porque había pocos caballos y a su vez pocos colonos que sabían montar.
Las  mujeres, los niños y las provisiones fueron enviados por barco hasta la desembocadura del río en el mar. Por problemas con el viento tardaron 17 días para hacer un viaje que habían estimado en uno o dos. Dos personas perecieron a bordo, uno de ellas la recién nacida hijita de Aarón.
Cuando todo el grupo estaba reunido en el valle, ya era el mes de Octubre y resultó tarde para la siembra de las semillas de trigo y cebada que traían consigo. La alimentación era absolutamente insuficiente y las viviendas construidas fueron, en el primer año, totalmente inadecuadas para albergar a las familias. Del gobierno porteño recibieron algunas provisiones y una bandera argentina que izaron junto a la del dragón rojo, símbolo de la lejana Gales.
Al invierno siguiente, cumplido un año de la llegada del contingente, la gran mayoría estaba decepcionada y resolvió dejar la colonia; algunos pocos para instalarse en Patagones y el resto en la Provincia de Santa Fe. Los dirigentes se resistieron a estos nuevos rumbos, porque veían en estos, mayores dificultades para mantener para la colonia los objetivos iniciales de conservar la cultura galesa, materializada principalmente en la religión y en el idioma. De todas formas hubo un compromiso de las distintas familias en hacer una última siembra para sobrevivir hasta la llegada del barco que los trasladaría al norte.
Aarón Jenkis y su familia se habían instalado en la chacra que les tocó por sorteo. Allí delante de la modesta vivienda que habían levantado y en una tierra que todos consideraban maldita, Rachel sembró unas pocas hortalizas. Todos los días traía un balde de agua del río y regaba su pequeña huerta. Zanahorias, nabos y papas crecían muy bien.
Rachel era una mujer observadora y metódica y se dio cuenta de la importancia de lo que había descubierto. “Esta tierra no es mala, solo le falta agua” le decía a su marido, tratando de convencerlo de no repetir las equivocadas decisiones del resto de la colonia.
En la chacra asignada Aarón tenía varias hectáreas de tierra absolutamente plana, negra y sin vegetación en absoluto; tierras que los galeses consideraban estériles. A instancias de Rachel y como pasa frecuentemente en los matrimonios, Aarón atendió los dichos de su esposa y desparramó su cuota de semillas sobre la pequeña planicie. Pasó luego en una dirección y en otra, una rastra hecha por alpatacos y otros arbustos espinosos, tirada por un caballo; con esto logró tapar lo sembrado.
 Cuando el río estaba crecido, a mediados de la primavera y comienzos del verano, por efecto de los deshielos en la cordillera, el nivel superior de agua estaba levemente por encima del de la tierra que había trabajado. Observando esto, Aarón abrió un pequeño canal que derivara agua del río hacia el plantío; con satisfacción estuvo casi todo el día contemplando como se inundaba la superficie seca y finalmente cuando la totalidad estaba empapada, tapó la zanja para que dejara de escurrir el agua.
Hacia fines de Diciembre volvió a abrir el canal y regó lo que ahora eran excelentes brotes verdes y en los primeros días de Febrero cortó y trilló un trigo excepcional.
Aunque la cantidad no era mucha, fue el asombro del resto de la colonia que pasaban por el lugar para admirar la cosecha. Al ver el éxito quisieron repetir la experiencia, pero solo podían hacerlo hacia fines del siguiente invierno, al iniciarse un nuevo ciclo.
En las distintas chacras había estimativamente 1.000 hectáreas de tierra en las condiciones de las de Jenkins y esto cambió el humor de los colonos y con esperanzas renovadas pidieron al gobierno argentino un año más de prueba. Este accedió al pedido y se volvieron a entregar semillas y animales que se trajeron desde la zona de Patagones.
En la primavera siguiente, correspondiente al año 1868, hubo una gran siembra de trigo y cebada en casi todas las chacras y se siguió para ello el método de Jenkins: tirar la semilla, rastrillar la tierra y regar con pequeños canales con agua proveniente del río Chubut. La cosecha fue buena y aunque luego se perdió gran parte porque inmediatamente de haberse recolectado, hubo 10 días de fuertes lluvias y tormentas de viento, el ánimo en la colonia era excelente y veían ahora los galeses un futuro promisorio.
En este año Rachel tuvo otro hijo que falleció a los dos meses de edad y en el mes de Julio ella misma, probablemente por problemas cardíacos, también falleció. Tenía 34 años y su partida provocó pesar en la comunidad del dragón rojo.
Jenkins se casó nuevamente con Margaret Jones, otra inmigrante del Mimosa.
Él se convirtió en un dirigente de la comunidad galesa que fue nominado para integrar la fuerza policial valletana que se constituyó con autorización del gobierno de Buenos Aires. 10 años más tarde, en 1879, uno de los evadidos del Penal chileno de Punta Arenas, lo asesinó durante una refriega cuando intentó cruzar el río en su ruta de escape hacia el norte.

Cipolletti, Septiembre de 2016

sábado, 3 de septiembre de 2016

La gran siete


Basado en publicación de Antonio Nizetich, el 11/9/2016 en página facebook de
 “Historia de la Patagonia”
En 1918 se estableció un record para recorrer en automóvil el camino desde la ciudad de Trelew hasta la de Comodoro Rivadavia. Unas 20 horas aproximadamente, saliendo de Trelew y llegando a Comodoro por el “camino de la costa”.
En ese tiempo no estaba aún la Ruta 3 que pasa por Garayalde y las tierras altas lejanas de la costa del mar y quienes se aventuraran por este camino costero, debían enfrentar una huella sinuosa, marcada en el siglo anterior por los carros que evitaban las abundantes jarillas y alpatacos que poblaban el terreno, con zonas pantanosas y gredosas luego de las lluvias y con otras donde el camino quedaba tapado por la arena fina que bajaba de las dunas cuando el viento soplaba fuerte del oeste. A estos inconvenientes se adicionaba la necesidad de abrir más de 100 tranqueras, para superar los alambrados que delimitaban los campos y potreros por donde pasaba el camino. La ética de la vida en aquellos parajes indicaba además que toda tranquera abierta, era cuidadosamente cerrada una vez que el vehículo había pasado.
Años más tarde estas tranqueras fueron reemplazadas por guardaganados que no requerían de su apertura y por donde el vehículo podía pasar sin disminuir sustancialmente su velocidad. Este avance tecnológico de la infraestructura vial fue una importante facilidad para los usuarios que le permitían acortar, en tiempos de viaje, las largas horas que las rutas patagónicas demandaban. El guardaganado consiste en la apertura de una trinchera de 60 a 80 centímetros de profundidad y aproximadamente de 1 metro de ancho, cruzando el camino de lado a lado y sobre el cual se construye un enrejado de madera o de hierro, que permita el paso del vehículo, pero a su vez impida el de los animales, que no quieren arriesgar sus patas en los espacios entre los tirantes. El guardaganado reemplazaba la porción del alambrado que cruzaba la ruta.
El día 6 de Enero del año 1918 poco después de mediodía, Tomás Owen, Gerente General de la Compañía Mercantil del Chubut, recibió un mensaje por el telégrafo desde Comodoro Rivadavia.
Esta Compañía era una cooperativa de agricultores, principalmente del Valle Inferior del río Chubut, que tenía por objeto el transporte y el comercio de los productos del valle chubutense a Buenos Aires y a Europa y el abastecimiento de las familias y las chacras de los asociados, con elementos de la vida doméstica e insumos de la producción. Tenía la casa central en Trelew y sucursales en Rawson, Gaiman, Trevelin, Comodoro Rivadavia, Puerto Madryn y otras localidades de lo que ahora es la Provincia del Chubut.
En esencia, el mensaje indicaba que para poder cumplir con un importante trámite para la Compañía referido a la posesión de unas tierras en la zona de Tecka, en el oeste del territorio, y para evitar un viaje a Buenos Aires, era necesario entregar documentación a un funcionario de la Dirección Nacional de Tierras, que volvía a la Capital con el barco que salía de Comodoro a media mañana del día 8.
Owen tomó nota y comenzó a imaginar cómo podía aprovechar esta oportunidad. Rápidamente pensó en la inutilidad del servicio de mensajería que unía las dos ciudades más importantes del Territorio del Chubut: Trelew y Comodoro Rivadavia. Pero mientras pensaba en esto, se le ocurrió una idea arriesgada. Mandó a llamar a Henry E. Jones un colaborador de confianza en la Cooperativa.
“Tenés que viajar urgente a Comodoro para llevar estos papeles y presentarlos el día 8, a media mañana” y le mostró un sobre a Jones, cuando este se sentó frente al escritorio de su jefe.
“Imposible - le contestó Jones – la mensajería sale recién mañana y llega a Comodoro el día 9 a la noche. Ud. sabe que  sale de Trelew a la mañana temprano tres veces por semana, hace noche en Cabo Raso, luego vuelve a parar a la noche en Malaspina y llega a Comodoro recién a la tarde del día siguiente”.
“Tengo una idea y quiero saber qué opinas al respecto de ella. Qué te parece ir en la “Gran Siete” con Roberto Saller de conductor y tu de acompañante? Si salen mañana a la madrugada, no podrán estar en Comodoro a la noche tarde?”
“”La Gran Siete” era un automóvil con motor de Ford T que había sido usado con éxito en algunas carreras en la zona; su nombre lo obtenía del número de la chapa patente municipal.  Roberto Saller era norteamericano y empleado de la compañía, piloto de cierta fama y mecánico de prestigio; era el encargado del garaje.
Jones abrió sus ojos con expresión de sorpresa y luego se quedó en silencio sopesando la alternativa. “Hablemos con Roberto y preguntémosle a él”.
Esa tarde prepararon el auto, cargaron dos latas de gasolina y dos de agua, asegurando todo muy bien junto a algo de ropa para los dos viajeros y comida para 24 horas. El norteamericano había aceptado con entusiasmo el reto.
A las 6 menos cuarto de la mañana del día 7 de Enero estaban cruzando el puente sobre el  Chubut y una vez en la orilla sur del río, empezaron a subir el faldeo para alcanzar la primera meseta que se entendía por varios kilómetros. El sol estaba apareciendo y el aire que rozaba las caras del piloto y del acompañante, pues el pequeño parabrisas no permitía ponerlos a reparo completamente, era suave y agradable. El olor de la jarilla penetraba fuerte en las narices de ambos y el espíritu de aventura los invadía y excitaba.
Los primeros 20 o 30 kilómetros fueron relativamente fáciles. Las huellas del camino tenían abundante ripio, lo que ayudaba a que se mantuvieran en buen estado a pesar de las lluvias, que esa primavera no habían sido muchas. Tampoco había demasiadas curvas porque el jarillal era poco denso y había pocas oportunidades para que los carros tuvieran que doblar hacia uno u otro lado con objeto de evitar las plantas que se les interpusieran.

Lo que si fue un inconveniente ya en este tramo y en el resto del viaje, fueron las tranqueras. Jones como ayudante, tenía la misión de abrir y cerrar cada una.   Su entrenamiento como contable de la cooperativa pronto lo impulsó a hacer una estimación del tiempo que se perdía en esta tarea. Supuso que habría que establecer el tiempo que él demoraba desde el momento en que luego de frenarse la marcha del automóvil, saltaba del vehículo y llegaba a la tranquera de alambre, luego el tiempo que demoraba en abrirla y esperar que el vehículo pasara, a continuación sumar el tiempo de cierre y volver hasta donde el Ford T que lo esperaba y finalmente subir y cerrar correctamente la puerta. Era consciente de la importancia, aunque no lo pudo cuantificar, del tiempo insumido en la desaceleración y frenado del vehículo antes de llegar y en la aceleración cuando partiera nuevamente. En total estimaba que cada apertura y cierre suponía en promedio 2 minutos; por lo que por las 100 tranqueras, se podían imputar más de 3 horas del viaje.
Eran pasadas las 7 de la mañana y el camino se ponía cada vez más difícil. Las curvas y contracurvas se intensificaban y era imposible adquirir velocidad. Pero además las tranqueras se seguían sucediendo a un ritmo de uno cada 5 a 6 kilómetros y el terreno, que se tornaba más gredoso mostraba huellones y pozones, producto de las lluvias recientes y los carros que habían transitado en los días anteriores.
Los carros eran de tamaños variados y la mayoría de ellos transportaban hacia la costa “Frutos del País”: cueros, plumas de avestruz y fundamentalmente lana. Hacia el oeste - el interland de cada puerto sobre el atlántico - se transportaban víveres, ropa y enseres domésticos varios. Al transportar lana solían llevar entre 2.000 y 3.000 kilogramos, tirados por asnos, bueyes o caballos. En oportunidades circulaban juntos entre 10 y 20 carros, tirados por 4 o 6 caballos.
Avanzando la mañana en el aire aún calmo, comenzaron a percibir el olor del océano. Cuando superaron la huella que llegaba a Punta Tombo, Jones le preguntó al norteamericano como se sentía “Bien – le contestó con una sonrisa y gritando para que su compañero lo pudiera escuchar – pero tengo hambre” Decidieron comer la primera vianda que habían preparado en Trelew.  Pararon unos minutos el vehículo, comieron carne fría y pan, tomaron abundante agua y ambos orinaron al borde del camino.
A las 8 horas de andar estaban llegando a Cabo Raso. Jones le preguntó a Saller como estaban de nafta. Cuando pararon, Saller colocó la vara medidora en el tanque de combustible y comentó “…con lo que tenemos en las latas y lo que hay en el tanque, podremos llegar a Comodoro. No me parece necesario cargar en el Cabo Raso, no perdamos tiempo”. Jones estuvo de acuerdo y pasaron frente al caserío que bordeaba el mar, como una exhalación.
Poco tiempo después pero todavía en cercanías de la playa, transitaron por una zona de dunas y en donde los fuertes vientos del poniente, arrastraban la arena tapando las huellas del camino. En una curva repentinamente vieron un grupo de martinetas que corrían sobre la arena. Todas levantaron su pesado vuelo, pero una de ellas despegó unos instantes tarde y murió, con un gran despliegue de plumas, contra el radiador del auto. Saller perdió un instante la atención y el vehículo embistió una loma de arena un poco mayor que las demás. El motor se aceleró y las ruedas traseras giraron en el aire. Ambos hombres se bajaron del auto y reconocieron que estaba “colgado”. Con los cuerpos contra el suelo y con la ayuda de una pequeña pala que transportaban, limpiaron de arena el trayecto y pudieron luego empujando colocar el vehículo en una posición en que las cuatro ruedas se apoyaran firmemente en el camino. Saller inspeccionó el radiador y viendo que no hubo daños por el golpe recibido, puso nuevamente el motor en marcha y reanudaron el viaje. Un poco más adelante atropellaron a un zorrino, pero ahora no hubo más inconvenientes que un terrible olor que, dijeron riendo ambos, los acompañaría por el resto del viaje y también por un buen tiempo, cuando el auto estuviera estacionado nuevamente en el taller en Trelew.
Torcieron hacia el oeste y se alejaron del mar, dejando hacia su izquierda a la Bahía Camarones. El terreno era cada vez más alto y esto se notaba en el motor que gastaba más nafta de lo originalmente previsto. “Llegamos a Malaspina?” preguntó Jones. “Si - contestó Saller – pero espero que podamos recargar allí. Si no es así, no llegamos a Comodoro” Era las 5 de la tarde cuando avistaron al pequeño caserío de Malaspina, que no era más que una Comisaría, un Almacén, una Estafeta Postal y dos viviendas de adobe y piedra. Todo en un pequeño valle con un mallín hacia abajo y tres álamos que apuntaban rectos y verdes hacia el cielo.
Le dejaron el auto al hombre que los recibió con la consigna de llenar el tanque de combustible y las latas que estaban atadas a la parte trasera. Aliviados con la noticia,  ambos entraron al Almacén. Jones preguntó si había mate, pues había adquirido la costumbre criolla. Sus padres habían llegado a Madryn en el Mimosa, con la primera ola de inmigrantes y él había nacido en una chacra de Gaiman. Le entregaron un mate con una bombilla y una pava con agua caliente. Saller pidió una taza de té. Comieron nuevamente pan con carne fría, que ahora era de gallina pues antes fue de capón. En 15 minutos estaban listos para volver a la huella.
Esta seguía buscando más altura y pronto llegaron a la Pampa de Salamanca. El camino era mejor allí, pues aunque se mantenía la presencia de gran cantidad de curvas y de tranqueras, que a Jones ya lo tenían a maltraer, el suelo nuevamente estaba bien enripiado y sin mayores irregularidades. En algunos cortos tramos rectos, la velocidad que lograba imprimir Saller al vehículo era notoria.
La luz del día empezó a disminuir cerca de las 10 de la noche y agradecieron estar en verano, pues recién habían pasado 15 días del más largo del año. En esos momentos arribaron a la larguísima bajada del cañadón Ferrays y el terreno comenzó a descender hacia las orillas del océano. Estaban a algo más de 20 kilómetros de la llegada y el día se había transformado, ahora sí, en noche. Afortunadamente una noche clara de luna llena, pues las luces del auto no iluminaban muy bien y hubiera sido una tortura para ojos y nervios, avanzar sin la ayuda del astro nocturno.
Cuando se acercaron a las primeras débiles luces y calles polvorientas de la ciudad de Comodoro Rivadavia, Jones buscó entre su ropa su reloj. “Es la 1 de la mañana con 15 minutos – y torciéndose un poco hacia su compañero de ruta, en el estrecho y no muy cómodo asiente del Ford T, le golpeó la espalda y gritó – lo logramos, carajo”. Luego golpeó el capot del auto “19 horas y 30 minutos; esto no nos han de creer”.
Buscaron el hotel que les habían indicado. Al somnoliento guardia de noche le preguntaron por el Dr. Horacio Martínez Longue, funcionario de la Dirección Nacional de Tierras, próximo a embarcar para Buenos Aires. “Está durmiendo” les contestaron.
Jones pidió una habitación para dos y que los despertaran cuando bajara de su habitación Martínez Longue.
A la mañana telegrafió a Trelew. “Misión cumplida, acabamos de entregar el sobre. Ningún contratiempo.”

Pedro Dobrée    Cipolletti, Agosto de 2016
pedrodobree@gmail.com