martes, 26 de julio de 2016

Refranero animal


Al Rey Cóndor siempre le habían tocado cuestiones raras e intrincadas; circunstancias en donde le resultaba difícil dar una respuesta que lo dejara relativamente bien parado, como corresponde a un Rey. Pero siempre, de una manera u otra, había logrado salir del atolladero más o menos satisfactoriamente.
Pero esta vez no recordaba antecedentes que pudieran superar su actual estado de confusión, de extrañeza y hasta de malestar estomacal.  Era uno de esos momentos en que hasta pensaba si realmente valía la pena ser Rey. Para que tanto poder… para que tanto boato y remilgos por parte de quienes lo rodeaban,  si luego le venían a plantear algo que él no podía resolver.
Pues resulta que algunos animales, muchos en realidad, llegaron hasta la corte  para hacer – para colmo justamente en el Día del Animal – un planteo que de alguna manera podría llamarse gremial.
Había, ahora se enteraba, animales que se quejaban de la existencia, en el hablar de los humanos, de refranes que mencionaban a algunas especies pero no a la propia, o cuando lo hacían, era en forma descalificadora.
El cóndor estaba posado sobre una roca gigantesca que a su vez estaba ubicada al borde de un pequeño valle. En el fondo del valle estaban ubicados con cierta comodidad, los súbditos; es decir, el resto de los animales. Tanto la roca como el vallecito, estaban en la zona de mayor altura de la Meseta de Somuncura, una extensión de basalto y pasto coirón, que está en el sureste de la provincia de Río Negro y en el norte del Chubut.
Por ejemplo perro que ladra, no muerde”, claramente se refiere a los perros y no a nosotras”, dijo una lagartija verde, paradita sobre una piedra grande.
El pez por la boca muere es un poco lúgubre”, chilló un murciélago, “pero al menos menciona a los peces”.
“Tan feo como el pez grande se come al chico”, dijo irritada una mojarra desnuda desde un pequeño arroyo que bajaba por el vallecito, para luego desaguar en el río Valcheta.
“Hasta las moscas tienen lo suyo”, dijo el abejorro, “pues en boca cerrada, no entran moscas”.
“Y en ese mundo capitalista, A los caballos regalados, no se le miran los dientes”, gritó desde el fondo, un guanaco viejo y mañero.
“No creo que se refieran a nosotras - dijo con tono muy irónico la serpiente verde - “cuando se recomienda no buscarle la quinta pata al gato o que gatos con guantes no cazan ratones, siendo este último refrán de doble significancia en términos tangueriles, si Ud. me lo permite Sr. Rey. Pues allí están los gatos maulas y también los míseros ratones; aunque, admito, bien nos gusta comer a estos últimos”.
Y  tampoco se alude a Uds., pienso yo al menos, mi querida amiga”, dijo la oveja “cuando se dice que más vale pájaro en mano, que cien volando. Y mirando socarronamente por encima de su hombro, le terminó diciendo “…si Uds. no tienen ni manos”.
Una garza blanca desde la rama de un sauce llorón, miraba impávida la polémica entre la oveja y la serpiente.
Pero dicho esto la oveja se turbó, pues notó que había mencionado a los pájaros y el Cóndor era un pájaro. Pero pareciera que el Rey no se había dado cuenta, y no reaccionó ante el comentario. La garza si lo percibió y aunque le resultaba difícil sonreír, intentó hacerlo.
“Que no te den gato por liebredijo el zorrino, desde un punto lejano del faldeo, porque nadie quería estar cerca de él. Y desde el otro extremo una araña grande y gris gritó “… aquí nadie es el pato de la boda y no tiene por qué, menos que menos, ser un chivo expiatorio”.
A esta altura de la reunión, hubo varios animales que hablaban excitadísimos a la vez, cosa que sabía estar absolutamente prohibido en las audiencias del Rey.
El Soberano de los grandes cielos estaba entrando en un estado de gran confusión y nerviosismo.
Para colmo”, objetó con voz gruesa el puma, que por su ferocidad siempre tuvo una posición de privilegio en la corte, “el chancho tiene varias menciones. Pues además de decirse que a cada chancho le llega su San Martín, también se lo sobresee al decir que “la culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer”. Me parece y con todo respeto por vuestra investidura Señor Rey – continuó – que esto es un poco excesivo”.
“Las vacas también tienen lo suyo, porque se dice que vaca que cambia de querencia, se atrasa en la parición dijo un joven zorro colorado, que siempre se creía muy listo. “Además, para seguir con los parientes de la señora – continuó – siempre hay un buey corneta o alguien que sea torazo en rodeo ajeno. Y más aún, todos coinciden con que el buey lerdo bebe el agua turbia.
Aprovechando la confusión y que ya nadie escuchaba lo que decían los demás, sino mas bien solo su propia voz, un hurón, viejo concejero del Rey, le habló a la oreja; “son todos una manga de envidiosos y cada uno debería estar satisfecho con el lugar que les tocó. Ya lo ha dicho el Viejo Vizcacha en el Martín Fierro y tu deberías aplicar esta máxima: cada lechón en su teta, es la forma de mamar”.
“Tienes razón otra vez mi querido hurón, salvador de mil momentos de dudas y vacilaciones” graznó el Rey, moviendo lentamente la cabeza de lado a lado, pero con una fría y cruel luz en sus ojos. Y con una rápida recuperación de su sensación de majestuosidad segura, continuó “… tendré que convencerlos de que no deben reclamar y molestarme más por estas sonseras”.
Contento, “como perro con dos colas”, el cóndor hizo señales de silencio y carraspeó, aclarando la garganta para iniciar su discurso.
“He escuchado atentamente vuestras quejas y reclamos y por ello les digo en primer lugar que a cada uno les ha tocado lo que el destino a fijado y nada se puede hacer al respecto. Pero en segundo lugar, les informo que he resuelto enviar una enérgica nota a las autoridades humanas de este país, exigiendo que para el ejercicio fiscal que se inicia el próximo verano, se deberá prever una partida presupuestaria que permita hacer doce pagos mensuales, iguales y consecutivas a esta monarquía. Todo en concepto de canon o regalía, por el uso de los nombres de nosotros los animales, en el lenguaje habitual de los hombres”.
“El rey, es decir yo, deberá estimar las formas en que cada uno ha de recibir la parte de estos pagos que le corresponda, luego de practicarse una deducción por comisión de gestión que esta corte guardará para si.”
Los animales rompieron en un aplauso estruendoso y generalizado, con excepción probablemente y por fuerza mayor, de la serpiente y de la mojarra. Y con ello el gran pájaro tomó vuelo y con su aleteo majestuoso se dirigió hacia el oriente, donde solía ir varias veces en el año, a mirar las olas llegando a la playa y a oler el aire del mar.

Pedro Dobrée
Cipolletti, Julio de 2016




El albatros de Isla Negra


En Diciembre de 1964 se recibió de Bachiller, luego de aprobar con cierto esfuerzo Matemáticas y Geografía.
Julio Domínguez era el único hijo del Arquitecto Segundo Domínguez y de Constancia La Fenu. Vivía en la calle Tucumán de General Roca, una de las ciudades importantes del Alto Valle del río Negro, parte de lo que se denominaba en esos años la “ciudad lineal”, un conglomerado de poblaciones erigidas a la vera de la Ruta Nacional 22 y de las vías del ferrocarril, que unen Bahía Blanca con Zapala y que corrían paralelos al gran río Negro. Su casa era un moderno chalet de dos plantas con un anexo que tenía el triple propósito de quincho, estudio de arquitectura y taller de artes plásticas que dirigía Constancia.
Cerca de fin de año su madre había recibido una llamada telefónica de una gran amiga de su adolescencia en Buenos Aires, Delia Del Carril, actual esposa del poeta chileno Pablo Neruda. Delia llamó, para saludarlos en las fechas de fin de año y para invitar a su ahijado Julio, a pasar quince días a la orilla del mar en Chile, hospedado en la casa que Neruda poseía en la pequeña villa de Isla Negra.
Constancia tuvo dos objeciones. El primero se refería a que Julio debía estar antes del 15 de Marzo en Buenos Aires, iniciaba sus estudios de arquitectura en la U.B.A. La segunda en que Isla Negra estaba alejado de las grandes ciudades, que no era sencillo llegar hasta allí y que Julio recién tenía 18 años y nada de experiencia para valerse solo y sortear las dificultades de un viaje largo, varios medios de transporte y las complicaciones de pasar de uno a otro.
Delia ocupó varios minutos para derribar los argumentos de su amiga. Se comprometió a buscar a Julio cuando llegara a Santiago y llevarlo luego a Isla Negra. Para la vuelta, ella sugería que viajaran juntos en avión a Buenos Aires, donde ella debía estar presente el primer sábado de Marzo. Esa tarde se produciría la inauguración de una muestra de un grupo de acuarelas y de oleos que le estaban organizando en el centro de la ciudad.
Constancia que luego obtuvo el apoyo de su marido, aceptó. Y hacia mediados de Febrero, Segundo acompañó a su hijo hasta Neuquén desde donde Julio debía tomar un ómnibus hasta Temuco y luego por la Carretera Central, pasando por Chillán y Rancagua, a Santiago de Chile.
Para Julio fue una experiencia nueva y exitante; nunca había hecho un viaje tan largo y, para colmo de males, en un país que no era el propio. Pero todo anduvo bien y en los dos días que duró, fue rápidamente adquiriendo tranquilidad. El nerviosismo volvió cuando llegaron a la gran terminal de ómnibus, o buses como aprendió a decir, del final del camino, pero se aquietó cuando vio a Delia parada en el andén.
“Bienvenido a Chile, Julito” le dijo Delia, dándole un abrazo fuerte. “Ahora almorzaremos y luego salimos en el auto de un amigo de Pablo hacia Isla Negra. Estuviste alguna vez en una playa del Pacífico?” Julio contestó que no, que conocía Mar del Plata y Necochea, pero que nunca había estado del otro lado del continente.
A la noche llegaron a Isla Negra; Neruda salió a recibirlos con un beso prolongado para Delia y un fuerte abrazo para Julio. Esa noche apenas comió del cansancio que tenía y cuando le indicaron la cama a usar durante su estadía, cayó sobre ella dormido.
A la mañana siguiente abrió los ojos cuando ya hacía rato que había amanecido. Salió por la puerta de la casa que daba a la playa y lo impresionó la luz y el reflejo del sol sobre la arena y las olas.
Cuando exploró la vivienda, que era muy amplia y luminosa mirando hacia el océano, se encontró con gran cantidad de objetos como lámparas, cuadros de numerosos pintores colgando de las paredes, varios mascarones de proa inmensos y de aspecto atemorizantes algunos de ellos, caracoles de diversos tamaños y colores, libros en bibliotecas grandes instaladas en las estancias de la casa, botellas vino, de coñac, de whisky y de vodka en abundancia, naves de juguete, catalejos, brújulas y sextantes, jarrones orientales y biombos chinos y cimitarras musulmanas. La casa de Neruda le impresionó mas como un museo, que una casa. Un museo que tenía un solo visitante principal: su propietario; y en donde la visión de cada objeto cuidadosamente colocado sobre paredes, estantes, mesas y vitrinas, le permitía recordar y armar la historia de sus viajes, de sus amistades y de su vida.
Durante los próximos días alternó caminatas por la costa, por las calles arenosas de la pequeña villa y charlas con Delia y Pablo sobre poesía, novelas y pinturas. Aunque Julio escuchaba y opinaba escasamente, estaba acostumbrado a estos temas por ser frecuentes en la casa de sus padres.
Pero lo que más le gustaban eran las caminatas por la playa, a menudo incluyendo baños en el mar. Podía caminar toda una tarde y no se cansaba de levantar caracoles, piedras de diversos colores y troncos de árboles gastados y esmerilados durante años por el agua y la sal. A estos les encontraba parecidos con diversos objetos pertenecientes al mundo que lo rodeaba como el brazo de un hombre, un pájaro pequeño, el pecho de una mujer, una flauta o un cuchillo.
Una tarde que luego de comer había permanecido Julio en el comedor escuchando a Delia contar anécdotas de cuando ella y Constancia eran jóvenes, Neruda apareció luego de haber dormido una siesta. “Vamos a caminar por la playa – los invitó a ambos – la tarde esta nublada, pero está todo muy calmo y se me ocurre propicio para mirar el mar y adivinar las islas que están más allá del horizonte”.
Bajaron a la playa por el sendero de piedras y ripio que se iniciaba en la puerta trasera de la casona. La llegada del trío ahuyentó un grupo de garzas que vigilaban la orilla del mar desde unos pastizales contiguos a la arena. “Porqué se llama esto Isla Negra – preguntó Julio – si aquí no hay ninguna isla?” Delia fue quien le contestó: “Es que Pablo, cuando primero llegó a la región, vio esa roca negra – apuntó mar adentro – y aunque en realidad no es una isla estrictamente hablando, le pareció que este podría ser un lindo nombre para su vivienda. Así quedó y ahora hasta la pequeña villa que rodea la casa la llaman así”.
Cuando llegaron a la franja de arena fina, se dirigieron hacia el norte mientras algunas gaviotas revoloteaban sobre sus cabezas emitiendo graznidos irritados. Los tres, aunque estaban vestidos, se quitaron los zapatos y con estos en la mano, siguieron caminando.
Cuando la casa ya era una figura pequeña en el horizonte y Julio que se había alejado unos metros del matrimonio, se dio vuelta y gritó: “Que pájaro es este?” Sobre la arena con un ala larga estirada, sus plumas sucias de algas, yacía muerto un ave de gran tamaño. Neruda se acercó “es un albatros y vienen de lejos”. Los tres se quedaron mudos mirando por unos instantes al animal. “No podemos dejarlo así, merece respeto – dijo Pablo – Julio, podrías ir hasta la casa y traer una pala que está apoyada sobre la pared, a la salida de la cocina?”
Un gran albatros gris
murió aquel día.
Aquí cayó
en las húmedas arenas.

Como respuesta Julio dio media vuelta y empezó a correr hacia la casa y en pocos minutos estaba de vuelta con la pala. “Hacedle un pozo, no hace falta que sea muy hondo, pero lo suficiente para que los oleajes no lo vuelvan a destapar”. El pozo debió ser ancho porque la rigidez del ala estirada no permitía su plegado. Finalmente Julio lo cubrió de arena y Pablo pisó encima, para que se compacte la tumba.
Desde Nueva Zelandia
cruzó todo el océano
hasta morir en Chile.
El océano en este
ancho sendero
no tiene isla ninguna,
y el albatros errante
en la interplanetaria parábola
del victorioso vuelo
no encontró sino días,
noches, agua,
soledades, espacio.
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Ave albatros, perdón,
dije, en silencio,
cuando lo vi extendido,
agarrotado en la arena,
después de la inmensa travesía.
Héroe, le dije, nadie
levantará sobre la tierra
en una plaza de pueblo
tu arrobadora
estatua, nadie.
……………………………………
Muchos años después leyendo una antología de Pablo Neruda, Julio vio el poema “Oda a una Albatros viajero” y se dio cuenta, con orgullo, que él había sido testigo privilegiado del momento en que nació el germen de una de las obras más atractivas del gran poeta.
Pedro Dobrée    pedrodobree@gmail.com

Cipolletti, Julio de 2016

jueves, 30 de junio de 2016

Ciudad de las tres fronteras



“Abrime Negra!!” “Abrime que estoy herido!!”
Varios golpes sonaron sobre la puerta de chapa que trataba dificultosamente de impedir que ingrese del frío de la noche a la pieza, de por si nunca calurosa en invierno.
Somnolienta, la Negra Castro se incorporó en la cama y se fijó en la cara del reloj que se apoyaba sobre un cajón de cartón que tenía cerca.
“Las cinco de la mañana; quién será el boludo que jode a esta hora?
Volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada y se cubrió con la frazada
“Negra!! despertate que te necesito: estoy herido”.
“Puta madre, quién es?” preguntó en voz alta como para que la escuche quien estuviera tras la puerta despintada y que permitía el paso de un hilo de luz de la calle por la hendija que separaba la chapa del cemento del piso.
“Soy yo, el Laucha Ruiz, - escuchó - estoy sangrando”.
Puso los pies sobre el piso y se calzó unas viejas pantuflas que supieron ser amarillas y que mantenía bajo la cama. Luego se puso un viejo sobretodo que había sido de su madre.
“En que lío te metiste Laucha?” preguntó mientras forcejeaba con la llave para poder abrir. Del otro lado hubo un silencio y luego “Dejame entrar, te cuento mientras me curás”.
La Negra pudo dar vuelta la llave y abrió la puerta. Casi la atropella el Laucha que empujó para ingresar en cuanto vio que la puerta cedía.
“Me tenés que ayudar Negra, si voy a lo de la vieja, me agarra la yuta; me están buscando”.
“Qué te pasó? - pregunta la Negra cuando le mira la mano izquierda que el Laucha sostiene cuidadosamente con la derecha – te hicistes mierda… quién fue?
“Un chabón, hijo de puta. Entramos en una casa en el barrio del alto y estábamos por salir con algunas pocas cosas, cuando volvió el dueño con una mujer. Rajamos por el jardín y el Camello saltó la tapia antes. Cuando yo lo hacía, el hombre me disparó. Me pegó en la mano. Me duele mucho y he perdido sangre. Hacé algo, la reputa, que me muero.”
“Quedate quieto, maricón. Necesito limpiarlo para ver”. La Negra puso a calentar una pava de agua sobre la estufa y se agachó para colocar unos palos de leña en el fuego que estaba por apagarse.
Buscó un poco de algodón de un armario y le volcó agua tibia encima; tomó la mano herida y comenzó, con suavidad, a limpiarlo. “La reputìsima madre que te parió, me duele Negra”.
“Quedate quieto- repitió - que te voy a vendar para que te pare la sangre; pero tendrás que ir al hospital, porque yo no te puedo arreglar este despelote en que tenés la mano”.
“Sabés que no puedo ir al hospital; me agarra la yuta en dos minutos”.
La Negra Castro era enfermera en el hospital del barrio Bouquet Roldán, y estaba allí desde hace más de 10 años con la ayuda de su afiliación al Movimiento Popular Neuquino y sus muestras de cariño para con algunos de los médicos que dirigían la Secretaría de Salud.
Luego de hacer una precaria limpieza y encontrar una sábana vieja para cortar un vendaje, miró por la ventana sucia a un amanecer que estaba insinuándose y que de a poco barría la luz artificial de la calle polvorienta, con pocos autos y menos peatones. “No tendrás que ir a buscar a la yuta. ellos vienen por acá. Escondete en el baño” Mientras el Laucha apretaba el algodón contra la herida para tratar de contener la sangre, la dueña de casa quiso esconder los rastros del herido, se sacó el sobretodo y saltó nuevamente a la cama, tapándose con la frazada. En ese momento golpearon la puerta. “Abrí Negra, buscamos al Laucha y ya sabemos que vino a verte”. “El problema de esta vida mía es conocer a demasiada gente: tanto los policías como los ladrones saben quien soy, donde vivo y que es lo que hago” pensaba, mientras daba vueltas contra el revoque de la pared; pero a pesar de sus ojos fuertemente cerrados, con lo cual quería hacer retroceder a la realidad, la policía volvió a golpear la puerta, “Abrí Negra; no te hagás la pelotuda. O querés que te volteemos la puerta”.
Decidió levantarse y volvió a ponerse el sobretodo y las viejas pantuflas. Cuando abrió la puerta  se encontró con tres policías afuera; conocía a uno de ellos, el que había hablado, porque vivía a dos cuadras por la misma calle, a la vuelta del hospital Bouquet Roldán, y un tiempo atrás había querido  frecuentar su casa y su cama, hasta que se dio cuenta que la intención era pasarla bien sin hacer ningún tipo de aporte en moneda; y para colmo con una actitud, como le contó luego a su prima, “de macho uniformado, dando órdenes; cosa que no aguanto!!”.
Fue este quien le dijo “Lo llevamos Negra; donde lo escondiste?” “No está aquí – contestó – de donde sacan noticias de este tipo Uds.?”
La hicieron a un lado y mientras uno miraba bajo la cama el otro, pistola en la mano, pateó la puerta del baño. El tercero se quedó afuera, en la vereda. La Negra pensó en las bisagras que se rompían, mientras el ruido del golpe invadió su pequeña vivienda. El Laucha estaba parado bajo la ducha, envuelto en la cortina plástica que caía desde el techo. La pequeña ventana, a sus espaldas, proyectaba su sombra de tal manera que era imposible negar su presencia.
Uno de los policías entró con la pistola en la mano derecha y con la izquierda manoteó la cortina, arrancándola. La Negra recuerda ahora que en ese momento pensó en el barral que la sostenía y como, junto a las bisagras de la puerta, se desmoronaba su orgullo por el pequeño baño que exhibía contenta a sus visitas.
“Salí de allí, Ruiz. No nos rompas las pelotas” gritaron los dos hombres, pero el Laucha no podía sacarse la cortina que lo envolvía y se desplomó para adelante. Los gritos de los uniformados y ahora también los del herido, cuya mano había comenzado nuevamente a sangrar debido a los tironeos, provocaban un ruido insoportable en la pequeña vivienda. El Laucha fue levantado en vilo y se lo llevaron a la calle. Allí estaba estacionado un automóvil cuya puerta fue abierta; el policía mas alto –“enorme”, pensó la Negra – tomó la cabeza de Ruiz y lo zambulló en el asiento trasero. Rápidamente los policías subieron al vehículo y arrancaron, desapareciendo cuando llegaron a la esquina y dieron la vuelta al almacén de Quintana, que recibía ya la luz de los débiles rayos del sol mañanero.
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Puso la pava sobre el fuego y bajó la lata en donde conservaban la yerba y que desde hace años usaba para preparar los primeros mates de la mañana. Mientras él hacía esta tarea, repetida mañana tras mañana por muchos años, escuchó los pasos de Mabel que circulaba por el pasillo desde el dormitorio que compartían.
Sobre la mesa estaban las hojas en donde el día anterior había impreso las preguntas de un examen al que sometería esta mañana a sus alumnos. Los papeles estaban sobre la mesa y bajo un manojo de llaves que incluían la de la puerta de su casa, la de su oficina en la Universidad y la del auto. Hacía unos años que utilizaba este recurso para evitar olvidarse de algo.  Sobre la mesa estaba a la vista cuando llegara la hora de dejar la casa y, para mayor seguridad aún, junto al llavero que era imprescindible para poner en marcha su vehículo. Con cuidado tomó el libro que le reclamaban en la biblioteca y el pantalón que Mabel le había recomendado que llevara a la tintorería.
Desde hace algún tiempo fue inventando pequeños recursos para combatir una memoria que le fallaba cada vez más. Dejar cosas con que tropezara en el recorrido de caminos inevitables, dejar el libro que debía devolver a la biblioteca sobre el asiento del auto, mandar desde su casa a su dirección en la Universidad, un correo electrónico con detalles de una actividad del día siguiente, y otras que se agregaban a los recursos clásicos de escribir sobre un pizarrón que compartía con Mabel en la cocina, grabar en el recordatorio de su teléfono celular o pedirle a su secretaria que le recuerde algún compromiso. Todo esto lo hacía con disimulo: le desagradaba la imagen que proyectaba cuando otros se enteraban de alguna de las fallas de su memoria y, según presumía, la asociaban con falencias propias de una edad que avanzaba. Pero no solamente le preocupaba su imagen: sentía que su mente olvidadiza era un síntoma de un deterioro neuronal, producto de algún comportamiento insalubre, como la ingesta de algún producto químico en los alimentos o la falta de oxígeno en el cerebro, luego de muchos años de fumar y una vida extremadamente sedentaria.
Había intentado utilizar el método de su padre que era la de llevar una pequeña libreta en el bolsillo de su camisa y un lápiz y anotar minuciosamente cada detalle que debería recordar en el futuro. Pero el método no le resultaba cómodo y se olvidaba de anotar o se olvidaba luego de mirar la libreta. Cuando pensaba en la meticulosidad de su padre, recordaba lo que había leído una vez sobre la vida del filósofo Thomas Hobbes, que llevaba en el pomo de su bastón una pluma y un tintero y cuando se le ocurría una idea, lo anotaba en un cuaderno, que también llevaba consigo. “Pero yo nunca llevo un bastón – discurría - y si lo llevara, seguramente me lo olvidaba en lugares insólitos”.
Cuando el agua le pareció suficientemente caliente, apagó el fuego. Cebó el primero y chupó enérgicamente la bombilla.
“Te llevo un mate, Mabel?” – dijo fuerte en el pasillo para que ella lo escuchara en el baño con la puerta cerrada. “Tráemelo, por favor” contestó ella y le abrió la puerta del baño para que pasara, permitiendo que saliera algo del vapor que se había acumulado tras la ducha de agua caliente.
Mabel solo tenía puesto un par de bombachas y sus pechos estaban desnudos; recordaba las épocas cuando eso solo era motivo de excitación para ambos y que por ello muchas veces llegaba tarde a compromisos de reuniones en la Facultad. Ahora ya no pasaba eso, pero le gustaba ver el cuerpo de su esposa, aunque las arrugas y los músculos ya no tensos, hacían evidente el paso de los años. Pero su visión vivía de los recuerdos de las horas de pasión y esperaba que a Mabel le pasara lo mismo con respecto a él.
“Me voy Mabel – le dijo cuando le devolvió el mate - tengo que tomar un examen escrito y no quiero llegar tarde; antes paso por el correo y veo si llegó el libro que compré en México, por Internet”.
“Dentro de una hora hago consultorio y luego debo ir al hospital; hoy no podemos almorzar juntos” le contestó su esposa.
Salió al palier y tocó el botón del ascensor, luego escuchó el ruido del motor iniciando el ascenso. En pocos segundos estaría Carlos Carrascábal, profesor de Sociología Organizacional en la Universidad Nacional del Comahue, mendocino por nacimiento y casado en segundas nupcias, en el estacionamiento del edificio; desde allí podría acceder fácilmente a la Av. Olascoaga.
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Octavio del Carmen Olivero despertó asustado. Estaría por llegar tarde?. Miró por encima del cuerpo de su esposa para ver la hora en el radio reloj sobre la mesa de luz del lado que ocupaba ella en la cama. No eran todavía las seis y media de la mañana y faltaban unos minutos para la hora en que todas las mañanas sonaba la alarma. Debía levantarse, lavarse la cara y los dientes y vestirse. Luego tomaría rápidamente unos mates amargos y 15 minutos de colectivo al centro. Allí debía estar a las 8 para tomar servicio.
Se dio vuelta y puso la mano sobre la cadera de Graciela Huenchumir y sintió que ella se despertaba. Ambos estaban desnudos bajo las frazadas de la doble cama que habían adquirido hacía seis meses, cuando se casaron tras un noviazgo corto.
Graciela quería rápidamente tener hijos, como sus dos hermanas mayores, y sostenía que si dormían desnudos, tendrían más oportunidades para hacer el amor y en estos momentos, si esto fuera posible, habría aún más intensidad. Octavio entendía poco y nada de estas cosas, pero le agradaba la costumbre que Graciela quería imponer. La otra cuestión, concomitante con la anterior, era que debía bañarse todas las noches antes de acostarse. Esta no era su costumbre antes de vivir con ella y había veces que llegaba muy cansado a la hora de dormir y realmente no tenía ganas de hacerlo, pero la mujer insistía y él para no quebrar una armonía que le hacía sentir bien, aceptaba. Esperaba que esta circunstancia íntima no fuera del conocimiento de compañeros de trabajo ni de sus amigos, pues rompería con la imagen de hombre que en su casa pisa fuerte y que intentaba construir desde su matrimonio.
“Dejate de macanas Graciela, que no puedo llegar tarde” le dijo cuando adivinó el sentido de las manos de ella bajo las sábanas. Entrevió en la penumbra, la cara contrariada de la mujer “Pero si vos también tenés que cumplir horario en tu trabajo”.
Ambos se levantaron y comenzaron a vestirse. En calzoncillos, Octavio puso la pava sobre una hornalla prendida para empezar con el ritual del mate.
Graciela era técnica química y se habían conocido en la Escuela de Suboficiales de la Policía Provincial, donde él cursaba y ella trabajaba en el Laboratorio de Criminalística, que funcionaba en el mismo edificio. Ahora ella mantenía su cargo y Octavio era cabo, cumpliendo servicios en la Comisaría I°.
“Si te apuras, te puedo dejar con la moto por el Laboratorio y luego yo voy hasta el Juzgado Penal de la calle Yrigoyen; allí tengo que estar a las siete menos diez”.
“Ya estoy, pero antes sacá las migas de la mesa que luego vienen las hormigas” le contestó, mientras se peinaba aourada delante del espejo del pequeño baño.
Sacó la motocicleta a la vereda de donde la guardaba bajo un pequeño alero que custodiaba la puerta de entrada. Cuando la puso en marcha y ambos subieron para ganar la calle, los dos perros del vecino les ladraron rabiosamente desde la reja.
Al bajar frente a la Escuela de Policía, Graciela le dio un beso y caminó hasta la puerta de entrada; Octavio la vio irse, observando las apretadas calzas negras que ella, en las mañanas frías le cubrían piernas y nalgas. Un estremecimiento de celos le recorrió el cuerpo.
Tomó por la calle San Martín que es la que corre paralela a la vía del tren a Zapala, y cuando llegó al Juzgado Penal, buscó el estacionamiento para su motocicleta.
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Diez minutos antes de la hora establecida por el Fiscal para iniciar la indagatoria, el coche policial se ubicó en el espacio de vereda que el Juzgado tenía reservado siempre para sí. De este bajaron dos agentes y se colocaron a ambos lados del Laucha Ruiz y lo dirigieron hacia la puerta de entrada. Sortearon varios transeúntes de la mañana entre los cuales caminaba con un libro bajo el brazo, Carlos Carrascábal. Carlos pasaba distraído, pensaba en el libro que llevaba para devolver y por poco no embiste a la pareja policial y a su prisionero. El Laucha levantó la cabeza y algo sorprendido, miró a los ojos de Carlos. “Cuidado; no atropelle” le dijo.
Octavio del Carmen Olivera estaba de guardia en la puerta del Juzgado y vio al vehículo policial frenar y a los policías bajar con su prisionero. Vio también cuando los tres, caminando a la par, dejaron la calzada y pisaron la vereda. En ese momento se produjo una circunstancia confusa, pues una de las personas civiles que transitaban frente a la puerta casi embiste al delincuente y a su guardia. Octavio dio un paso hacia ellos y poniendo un brazo delante de quien produjo el hecho, le indicó “Por acá, señor”.  Fe un instante en el cual Carlos, el Laucha y Octavio, se miraron.

Interactuaron, como tantos veces interactúan en las grandes ciudades modernas y cosmopolitas los representantes de sus sectores sociales, cada uno con historias, intereses, cultura y visiones distintivas.

martes, 10 de mayo de 2016

Tranquera Blanca


I
Volvía a las pocas edificaciones llevando por delante un pequeño piño de 7 ovejas, dos corderos, un carnero viejo y 4 o 5 chivas. Los había ido a buscar a un pequeño ojo de agua, a no más de una legua al sur, donde empieza el gran bajo que luego hacia el este se convertía en El Gualicho, una enorme laguna de sal. Caminaba ya algo cansado, pues le dolían los pies y el viento frío se le metía dentro de una campera liviana que llevaba. Al lado venía jadeando Sereno, un perro ovejero viejo y pulguiento, que lo acompañó desde las casas y lo estaba ayudando a arriar los animales. El olor de la jarilla venía fuerte y el polvo remolineaba a su alrededor, producto de  las pezuñas de los animales pisando la tierra gredosa y seca.
Ahora los iba a encerrar en el raquítico corral y mañana por la mañana, cuando estuvieran bien descansados, elegiría a uno de los corderos para carnear. Luego de cuerearlo, lo cortaría por el medio y las dos medias reses y los menudos, se los daría a la Roxana, para que los pusiera en la heladera y que estaba en el salón de adelante, a la vera de la ruta. Con eso ella, sus padres y él tendrían varios días de comida.
Se llamaba Ernesto Luján Barrientos, pero le decían Luja, y a los28 años tenía un prontuario de varias fojas en la Policía Bonaerense. Había llegado al pequeño paraje de Tranquera Blanca hacía aproximadamente cuatro meses. Venia originalmente de Lanús donde vivía con una tía, hermana de su madre.
Una noche, en un tiempo que ya le parecía terriblemente pasado, en un bar de la Av. Hipólito Irigoyen que tenía fama de ser un centro de distribución de varias drogas y de consumo de alcohol, estuvo por horas con tres conocidos tomando fuerte. A las dos o tres de la madrugada, luego de varios gritos y golpes desde la puerta, aparecieron  5 o 6 hombres con uniforme. La policía comenzó interpelando a los que estaban en el centro de la sala y Luja, que estaba sentado en el fondo, se levantó para escabullirse. Aunque algo obnubilado por el vino tomado, encaró hacia una puerta que sabía daba a un pasillo, una pequeña habitación y una ventana que permitía salir a un patio y de allí a la calle. Iba por el pasillo y escuchó a uno de los policías gritándole que se entregara. Cuando entró a la habitación vio apoyada en la pared una pala. La tomó en ambas manos y se dio vuelta cuando el policía ingresaba. El golpe fue duro, porque logró aferrar bien el mango y el giro de su cuerpo le imprimió velocidad; el policía cayó al suelo en cuanto la pala alcanzó su cabeza. Sin esperar una reacción abrió la ventana, salto hacia a fuera y ganó el paredón: en instantes estaba en la calle.
Esa noche no volvió a lo de su tía; caminó por varias calles de Lanús hasta que amaneció y luego golpeó la puerta de Marta Leona, una mujer con quien compartía una cama de vez en cuando. “Necesito dormir un rato Marta, dejarme entrar”. La mujer, de mediana edad y pelo entrecano y desprolijo, le abrió la puerta; sin contestar a sus preguntas, se tiró en el camastro que ya conocía. A mediodía se despertó con el sonido de su teléfono celular: “Cuidate Luja, la cana te busca. Se murió el que golpeaste”, le oyó decir a “La Pioja” Mouriño, un compañero de la barra brava de Lanús.
Se asustó. No era poca cosa matar un cana y sabía que la bonaerense no le iba a tener lástima. Le pidió a Marta plata y ella le dio unos pocos pesos; en la esquina de su casa tomó un colectivo a San Justo y allí logró que un camionero lo llevara hacia el sur; pararon unas horas en Azul y luego lo dejó en Puerto Galván, cerca de Bahía Blanca.
En el puerto logró hacer changas con que pudo comer. Dormía en un refugio de la parroquia cercana al puerto. Allí pudo estar por 20 días, hasta que una noche, caminando por la vereda camino al refugio, lo paró la policía.  Mostró su documento y pudo seguir, pero la circunstancia vivida lo puso en alerta y nuevamente nervioso: debía abandonar la provincia de Buenos Aires.
En la YPF de la avenida que une a Puerto Galván con Bahía Blanca, consiguió que un camionero accediese a llevarlo. Iba a un obrador vial, le dijo, al sur de Pomona, una localidad sobre la isla de Choele – Choel, en Río Negro.
Y así una tarde llegó a Tranquera Blanca, que es un pequeño caserío sobre el camino que une la isla de Choele Choel del río Negro con la ruta nacional 3, a la altura de San Antonio Oeste. Y en Tranquera Blanca se iniciaba otra ruta que, formando con la anterior una especie de Y griega, pasaba por General Conesa y llegaba hasta Viedma. Todo esto se lo contó Roxana, la hija de Manuel Quitruqueo y de Olivia Ovando, propietarios de dos leguas de campo, una pequeña casa, unos pocos corrales de alambre, un depósito de mercaderías varias y un salón desde donde se ofrecía a los que pasaban por la ruta caña, vino, gaseosas, agua, algún paquete de galletitas y, si Doña Olivia estaba con ánimo y contaban en ese momento con los insumos necesarios, sándwiches de milanesa o de fiambre. Los dos álamos que crecían esforzadamente al costado de la puerta de entrada al salón, podían visualizarse desde la ruta algunos kilómetros antes de llegar y todo el aspecto del lugar era de lastimera pobreza y desgano.
Tranquera Blanca era Tranquera Blanca desde hace ya muchos años, probablemente más de 60. Fue edificado por el abuelo de Roxana, Don Marcelino Quitruqueo, poblador de las tierras fiscales que rodeaban el paraje. Todos quienes transitaran por estas rutas que cruzaban la meseta central de la Provincia de Río Negro, conocían de la existencia del lugar y lo tomaban como referencia de cuantos kilómetros habían avanzado o cuantas les restaba transitar para llegar a destino, pero pocos de ellos habían tenido que parar allí ni se sentían invitados a hacerlo.
Luja llegó allí en el camión, que paró para seguir al obrador a menos de un kilómetro. Cuando se bajó entumecido, el camionero le deseó suerte “… aquí podrás hacer dedo nuevamente”.
Entró al salón y detrás de un corto mostrador encontró a Roxana. Una mujer de alrededor de treinta años fea de cara, pensó, pero con una linda sonrisa. Su ropa, un buzo verde, un pantalón vaquero y zapatillas, aunque desprolija y poco femenina, no disimulaba un cuerpo algo sensual.
“Podré hacer dedo para que alguien me lleve más al sur?”  preguntó luego de saludar y hacer algún comentario sobre el fresco de la tarde. “Difícil hoy - le contestó Roxana – tendría que probar mañana, que pasarán camiones para el puerto”.
“Habrá algún lugar para dormir esta noche?”
“El Galpón del forraje, allí hay unos pocos cueros de oveja con bastante lana; los puede usar de colchón. Si cierra la puerta no debería hacerle mucho frío”.
En ese momento entró Don Manuel, que luego Luja se enteró que era el padre de Roxana. Conversaron un rato y Don Manuel lo invitó a comer “Hay restos de un puchero y si no le parece mal, se arrima a la mesa” Torció la muñeca y escudriñó un viejo reloj.”Ya es casi la hora y Olivia debe estar calentando la olla, venga con nosotros”. Luja los siguió: al padre y a la hija y al olor de la sopa de la carne de oveja que percibió en cuanto salieron del salón. Durante la cena que no abundó ni en comida ni en conversación, tuvo la sensación de que Roxana lo observaba continuamente.
Esa noche puso los cueros como le explicó la mujer, la lana hacia arriba. Le costó inicialmente dormir y le molestaba el olor, pero luego de dar vueltas logró hacerlo y amaneció descansado.  Doña Olivia le sirvió una tasa de mate cocido con leche y abotonándose la campera en la mañana fría, salió a la ruta para buscar quien lo llevara. Estuvo toda la mañana sin tener suerte y probó luego a la tarde hasta que Roxana le avisó que a esa hora ya eran pocos los camiones que pasaban.
Cuando volvió a las casas, Roxana le preguntó si se animaba a carnear una oveja. Luja tenía algo de experiencia, porque había trabajado unos meses en el matadero de un frigorífico de Berisso y le dijo que si, si ella lo ayudaba.
Ambos se encaminaron hacia un pequeño corral que contenía unas pocas ovejas y algunas chivas. Roxana le indicó una oveja vieja y le pidió que la agarrara. “Esta seca y ya no tendrá más corderos” le explicó. Luja la agarró de una pata y la arrastró hasta una pequeña explanada de cemento. Allí, con el cuchillo que Roxana la acercó, le cortó la yugular mientras la mujer sostenía una palangana bajo el cuello del animal para juntar la sangre.
“Mamá pone esto en el horno, con ají, sal y cebolla de verdeo” le dijo con una sonrisa.
Luja luego cuereó al animal siguiendo las instrucciones de Roxana que recordaba los movimientos de su padre al cumplir con la misma tarea. Aunque el cuero sufrió varios cortes, pudo hacer lo que le pidieron. Luego retiró las menudencias, como recordaba se decía en el matadero, y se incorporó con la espalda dolorida del largo rato agachado. “Aquí hay comida para varios días – dijo Roxana – podés quedarte”. El miró sus manos y su camisa, rojas de sangre y sonrió.
Volvió a cenar, ahora un guiso con fideos grandes, algo de carne  y una papa para cada plato. Nuevamente hubo escasa conversación y cuando terminaron aceptó un mate amargo de la hija. Deseando “Buen Provecho”, se levantó de la mesa y salió para ir al galponcito donde había dormido la noche anterior.
Iba a cerrar la puerta y se encontró con que Roxana lo había seguido.
“Vengo a decirte gracias, por la ayuda”
“No me podía negar, Uds. han sido buenos conmigo.” le contestó a la mujer.
Roxana se sentó sobre un cajón vacío de fruta y le mostró a Luja una vela que venía trayendo en la mano. “Querés prenderla, está muy oscuro aquí” .
“Hicistes bien el trabajo de la carneada y mi papá está contento; vení, sentate conmigo sobre el cajón” Luja acepto el convite, pero cuando lo hizo el cajón crujió y era evidente que se rompía bajo el  peso de ambos. Rápido se levantó y se sentó sobre los cueros. “Vení, ahora sentate vos al lado mío”, le dijo a la mujer.
Cuando ella se sentó, él la tomó de los hombros y la tendió en el cuero y a continuación aproximó su cara a la de ella y la besó. Roxana respondió con entusiasmo y en segundos se desvistieron apresurada y nerviosamente.
Un rato largo después, vueltos vestirse porque hacía frío en el galpón y apagada la vela que se había consumido, Roxana le dijo a Luja. “No querés quedarte con nosotros?”. Luja contestó simplemente que sí.
II
Y ahora había llegado al corral y encerró, con la ayuda de Sereno, las ovejas y las chivas que venía arriando. Por un rato se quedó apoyado en uno de los postes, pensando en su nueva realidad, que abarcó primero unos días, pero que ahora eran varios meses. Había dejado de tomar alcohol y se sentía cómodo en el lugar, con la familia y con Roxana. Hacía pequeños trabajos de mantenimiento del caserío, comía con los Quitruqueo y desde hacía más de un mes, dormía en la cama de la hija.
Esa noche se fue contento a dormir con algunas ideas respecto a mejorar el lugar. Le preocupaba buscar formas de generar ingresos de dinero provenientes de tantos automóviles y camiones que continuamente pasaban frente a ellos por la ruta.
Empezaba a clarear cuando se levantó y tomó varios mates que había preparado Roxana. Cuando el sol intentó aparecer, Luja se encaminó al corral y eligió un cordero grande, macho. Tomándolo de una patas trasera lo arrastró a la pequeña explanada de cemento, contigua a la pared de los baños. Allí lo esperaba Roxana con la fuente enlosada con que capturaría la sangre del animal.
Al cordero lo volcó sobre la explanada y puso su rodilla sobre la paleta del animal, aprisionándolo contra el suelo. En una mano aferró un cuchillo largo y con la otra dobló para atrás el cuello del cordero. Viendo que estaba lista Roxana con la fuente, cortó de un seguro tajo la yugular, permitiendo que salte un chorro de sangre de la herida; el cordero se estremeció y emitió un sonido gutural de su garganta abierta. La sangre cayó en la fuente, pero también se entremezcló con la lana y manchó la camisa de Luja y la delantera de sus pantalones.
A continuación hizo un tajo con el cuchillo a lo largo de cada mano y luego de cada pierna y en cada caso, un tajo transversal cerca de las pezuñas. Hecho esto comenzó a tirar el cuero de tal forma que este se desprendía de la carne. Luego un largo tajo que le permitió comenzar a separa el cuero de la panza y del pecho. Roxana se incorporó y llevó la fuente que tenía en manos hasta la cocina para dárselo a su madre.
Fue en este momento que escuchó el ruido de un vehículo que se detenía frente al salón. Dejando al cordero en el piso, se corrió para ver quién era el que llegaba: Policía de la Provincia de Río Negro y dos agentes uniformados bajaron del automóvil.
Preocupado por la presencia policial y sin dejarse ver, volvió a su tarea. Con nuevos tajos  rodeó el pescuezo del animal y empujó con el puño cerrado al cuero para desprenderlo totalmente de los músculos, sin por ello cortarlo y hacerle perder luego valor comercial. Lo enrolló con la lana para afuera y lo depositó a un costado, para más tarde colgarlo sobre un alambre y dejar que comience a secar.
Con la punta del cuchillo abrió la panza y comenzó a retirar del interior del animal los intestinos, el estómago, el corazón y el hígado. Estaba en esta operación cuando escucho ruido de alguien que caminaba con botas sobre el pedregullo del lado opuesto de la pared que lo hacía invisible. Luja se incorporó: la mano que esgrimía el cuchillo y el mismo cuchillo lleno de sangre, la manga derecha de su camisa llena de sangre, su pantalón teñido con sangre. Dio un paso hacia la esquina y en ese momento apareció un joven agente de policía, con una pistola reglamentaria en la mano y los ojos agrandados por la sorpresa.
III
Luja dio un paso hacia adelante y empujó al policía haciéndolo caer al suelo y al hacerlo escucho un enorme ruido. Dio media vuelta y comenzó a correr. Corrió y corrió, como no había corrido en su vida, sintiendo que el pecho le explotaba, que le dolían los pulmones y que el corazón le saltaba hacia afuera. Corrió esquivando la jarilla, el alpataco y las piedras, hasta que llegó a donde se quiebra  la planicie con barrancas, cañadones y cárcavas y se llega al gran bajo de sal, que es el salitral de El Gualicho.
Allí se refugió en una especie de cueva por varias horas hasta sentir gran frío, a pesar del buen sol. Finalmente se incorporó y caminó nuevamente hasta las viviendas. El auto de la policía no estaba y de sus ocupantes no había rastros.
Tomó de la mano a Roxana y fueron a la ruta para hacer dedo y viajar a Choele Choel. Allí compraron una salamandra  para calefaccionar el salón y una heladera vitrina que también instalarían en la misma habitación. Todo esto para cumplir con el plan de Luja que, desde hacía varios meses, quería ofrecerles más comodidades a los viajeros de la costa del mar o desde el valle del río Negro, para que se bajaran de la ruta y descansaran allí, luego de tantos largos kilómetros. Bebidas frescas y alimentos sabrosos, eran una gran tentación y si a estos les agregaba baños limpios, una sala cómoda  y bien iluminada tanto de noche - con más lámparas - como de día - con un gran ventanal que colocaría en la pared que enfrentaba a la ruta - no tenía duda en que aumentarían los ingresos de la familia.
La mejor situación de la familia iba ser mejor también para él, pues ya se consideraba miembro de esta por adopción.
Acordaron con el comerciante que ambos artículos comprados serían luego transportados a Tranquera Blanca al día siguiente. Con esto la pareja volvió a la vera de la ruta para esperar que alguien los llevara nuevamente a casa. Estaba oscureciendo cuando llegaron, el camión frenó, se bajaron y agradeciendo el viaje, iniciaron la corta caminata hasta el caserío. Mientras se acercaban a las casas, le pareció que la figura de la mujer a dos o tres metros de distancia, perdía nitidez y se le dificultaba verla.
IV
Fue en este el momento en que Roxana, volviendo de la cocina de su madre, lo vio. Luja estaba estirado boca abajo, inmóvil, sobre la explanada. Su sangre se entremezclaba con la del cordero. A su lado el cadete policial, con una pistola en la mano, observaba aterrorizado la escena.
Roxana corrió hasta el cuerpo inerte. Gritó con un sonido que brotó desde el fondo de su garganta y que rebotó sobre las viejas paredes que construyó su abuelo y luego cruzó los alambrados y viajó por la jarilla, por los pastos amarillos y duros, por las espinas largas de los alpatacos y rebotó sobre las piedras de la planicie.
Cipolletti, Mayo de 2016