viernes, 25 de noviembre de 2016

Adaptación de una leyenda


Manuel Quilapán se sostenía escasamente sobre l apero del zaino. El viento lo quería tumbar al suelo y el frío le agarrotaba las manos que sostenían riendas, la izquierda, y el cojinillo, la derecha. El zaino no rumbeaba hacia el noroeste como el jinete quería, sino desviaba un poco hacia el norte tratando que el aire violento y el polvo, no le entraran tanto en los ojos. Luego de unos minutos en esa dirección,  Manuel  corregía el rumbo y dirigía por un rato el caballo hacia el oeste. Sin saberlo, Manuel utilizaba la técnica de los viejos marinos que en zigzag lograban que sus veleros avanzaran hacia el puerto previsto, cuando el viento desde el frente.
Con su edad avanzada se daba cuenta que confundía lugares. Frecuentemente le preguntaban “Che indio, donde naciste, en Chile o en Argentina?” y él no contestaba, porque no se acordaba. Tenía recuerdos de su madre y también de su padre,  recordaba jugar con otros niños, que habrán sido sus hermanos, pero no podía ubicar el lugar donde esto sucedía. Junto con estas imágenes estaban las del toldo, su ambiente abrigado y su oferta de reparo, pero tampoco sabía donde se erigía. Cerca de un arroyo, pero qué arroyo?  Vaya uno a saber.
Tampoco recordaba cual era la última estancia donde había pasado, probablemente la semana anterior. Desde hacía un tiempo largo Manuel recorría una extensión grande de la estepa santacruceña, yendo de estancia en estancia, antes pidiendo algunos días de trabajo en cada una, ahora simplemente un plato de comida y un refugio donde pasar la noche. Los trabajos que sabía pedir eran los de arriero, de esquilador, de domador – cuando era joven – o de peón general en los corrales, en las temporadas de esquila, de marcación o de baño. Poca paga, pero por unos días comía bien, él y Negro, el perro que desde hace años lo acompañaba y el zaino descansaba en algún potrero cercano a las casas.
Pero ahora sabía dónde iba. Iba a las orillas del lago grande, que los blancos llamaban Buenos Aires, a un lugar en donde los antiguos llegaban a morir. Porque presentía que la hora se le acercaba. Sentía urgencia de llegar, pues no quería quedar en el camino y por eso peleaba contra el viento y el frío, sabiendo que si se caía no se levantaría más.
Detrás de él con el zaino, venía el Negro. Viejo también pero todavía milagrosamente ágil. Olía al pasar, cada pasto coirón, cada mata negra, cada calafate. Y cuando se atrasaba, ocupado con esta tarea, aligeraba el paso para volver a alcanzar al caballo y su jinete. Ya no podía cazar liebres, como lo supo hacer por centenas cuando era más joven, pero al atardecer cuando las martinetas salían a buscar alimentos, sabía todavía acercarse sigilosamente y si el pájaro era algo distraído, saltarle encima y llevárselo al indio como prueba de su amistad para luego, entre ambos, comerla asado.
Formaban el hombre, el caballo y el perro, un trío inseparable. Recordaba Manuel – esto sí lo recordaba – que unas cuantas primaveras atrás, quiso cruzar el río Chalía, que venía hinchado con el deshielo de los primeros días de calor. Estaban por la mitad del cauce cuando un remolino desestabilizó al animal y él se cayó del apero. Sintió el agua helada como agujas que perforaban la carne de sus piernas e inmovilizaban su espalda, a la altura de la riñonada. Rápidamente la fuerte corriente lo arrastró rio abajo y se sintió morir.
Pero cuando ya creyó que nada lo salvaba, apareció el zaino nadando en la corriente hacia donde él intentaba agarrarse de las ramas de un sauce llorón. Manoteó las crines del pingo y este empezó a nadar enérgicamente hacia la orilla. Allí los esperaba Negro que, con ladridos, manifestaba su alegría.
Hacia la tarde el viento del oeste se puso más fuerte, pero el frío amainó. Esto permitió que comenzara una nevisca que a medida que se avanzaba hacia la noche fue intensificándose. Manuel Quilapán sintió un dolor importante en el pecho y un mareo que lo obligó a largar las riendas y aferrarse del cojinillo con ambas manos. Cuando levantó la vista hacia el horizonte se sorprendió al ver un toldo grande a unos cien metros de donde estaban. Sin que le tuviera que dar órdenes, el zaino se encaminó hacia el lugar. Ya cerca Manuel empezó a sentir un olor a puchero que lo embriagaba. Un buen pedazo de carne de capón hervido junto a unos nabos, cebollas y un puñado de pimentón, se dejaba adivinar en el aroma.
Cuando el zaino paró frente al quillango de guanaco que oficiaba de portón y Manuel se apeó, el toldo se abrió y apareció un tehuelche alto con boleadoras en la mano. Manuel pudo ver tras la figura del guardián, una luz brillante y sintió un aire templado.
“Permiso, se podrá pasar?” preguntó el indio viejo.
“Como no” le contestaron y el guardián hizo un paso al costado para franquearle la entrada.
Manuel tomó las riendas del zaino, le silbó al Negro e inició el camino de ingreso.
“No – dijo el guardián – solo puede entrar Ud. Los animales deberán quedar afuera”
“Pero yo no quiero entrar solo, ellos me deben acompañar”
El guardián no contestó y quedó inmóvil frete a la puerta del toldo.
Con la cara apesadumbrada y la espalda encorvada, Manuel dio media vuelta y con dificultad volvió a montar.
No habían hecho más que un par de cientos de metros, cuando visualizó con la dificultad de la creciente oscuridad y la nevisca que ya era intensa, otro toldo.  Nuevamente se acercaron a la entrada y otra vez salió un tehuelche enorme a recibirlos. Otra vez Manuel olió en el aire el puchero, sintió el aire cálido y vio la luz.
“Se puede pasar?” preguntó.
“Pasen” contestó el guardián e hizo señas para que lo hagan.
Con miedo de ser nuevamente rechazado, Manuel tomó las riendas del zaino y silbó al perro. Y los tres penetraron en el toldo.
Sorprendido, Manuel se enfrentó con el guardián y le preguntó porque había sido rechazado en el otro toldo.
“Es que el otro toldo - contestó el custodio - es lo que los blancos llaman Infierno. Y allí se permanece solo, sin amigos”.
Cipolletti, Noviembre de 2016


lunes, 31 de octubre de 2016

Rosalino Carmona y un crimen doméstico


Me senté en una mesa en la vereda del Sorocabana, en una de las esquinas de la vieja Plaza San Martín, buscando el aire todavía fresco de la mañana a la sombra de sus árboles. Pensé que podrían ser las mismas mesas y los mismos árboles de cuando vivía en Córdoba y había adquirido la costumbre de desayunar allí todas las mañanas de la semana laboral con un café y un criollito, que es ese biscocho que solo se consigue en Córdoba y que el bar compraba en una panadería a no más de una cuadra por la calle San Jerónimo. Fui cordobés durante varias temporadas muy placenteras, mientras estudiaba en la Universidad y transitaba las hermosas épocas de la juventud.
Finalizados mis estudios retorné a mi Patagonia y cada tanto, probablemente una vez por año, volvía a la ciudad que fue tan amable conmigo, para visitar parientes y amigos o para simplemente recorrer calles de la ciudad y envolverme en un clima de nostalgia que me transportaba a mis épocas de estudiante, a las de las peñas, de las señoritas cordobesas, de la política partidaria y de los aprendizajes que me supieron transformar en un hombre, que luego se ha creído adulto, responsable y profesionalmente serio.
No bien me senté en la mesa, vi cruzar la calle desde la plaza y encaminar su voluminosa figura hacia la marquesina del Sorocabana, al Comisario de la Policía de la Provincia de Santa Cruz, Rosalino Carmona. La última vez que lo vi fue en Caleta Olivia, donde estaba en misión oficial por trámites de su Comisaría en la Colonia Las Heras y fue grande mi sorpresa verlo nuevamente en un escenario tan distinto al anterior. Sin el uniforme y con una remera verde, un pantalón bermuda de color claro y zapatillas, me había demorado unos segundos en reconocerlo.
Pero rápidamente me repuse de mi sorpresa, me levanté y me interpuse en su camino. Su cara expresó genuina gusto al reconocerme él también. Nos abrazamos y lo invité a sentarse conmigo en la mesa.
Cómo es que te encuentro aquí, comisario?” le pregunté, mientras le hacía una seña al mozo para que se acerque. Con Rosalino habíamos hecho amistad cuando yo vivía en Río Gallegos y él estaba en la Escuela Provincial de Policía.
Estoy haciendo un curso de capacitación, organizado por el Ministerio de Seguridad de la Nación. Se hace aquí en Córdoba y somos de todas las provincias del país. Estamos en el edificio de la Policía de Córdoba, en la Av. Colón”.
Me siguió explicando cómo había llegado también a Santa Cruz la onda de la capacitación con aparatología moderna y cómo el nuevo gobierno nacional estaba intentando mejorar a las policías provinciales, a la Gendarmería Nacional, a la Prefectura Naval y a los “federicos”.
Había un cupo de 5 para nuestra provincia y yo tuve suerte de ligar un lugar, no me preguntes como”.
Interrumpimos cuando llegaron nuestros cafés y los criollitos, que yo insistí para que probara.
Qué aventuras nuevas tienes para contar?” le pregunté a mi amigo.
No muchas, sabes que Las Heras no es un pueblo de grandes aventuras. De todas formas tuvimos una anécdota que vale recordarla
Con entusiasmo le pedí que me contara, mientras le puse un sobre de edulcorante a mi café.
En los primeros días de setiembre cayó una nevada grande. En las zonas de la pampa alta había cerca de 70 centímetros de nieve y hasta abajo, en los alrededores del pueblo, se puso todo blanco”.  Rosalino limpió sus labios de migas de criollito con la mano. “En una de las mañanas más frías de esa semana – prosiguió - llegó a la Comisaría a caballo y por el centro de la calle, la Porota Quintana, una mujer que tiene un pedazo de campo, para el lado de Perito Moreno, unas tres leguas de Las Heras. Parecía una escena de una película del Far West. Ató el animal en el fresno que hay sobre la vereda y entró por la puerta de la calle”.
“La atendió el agente Mileson, que luego vino a reportarme lo que le dijo la mujer. Que había sido atacada por una persona que baleó de muerte a su marido, Edgardo Viñas. Que ella había tomado un revolver que siempre tienen en las casas y había matado a su vez al asaltante. Que luego ensilló una yegua que tenían en el corral y que se vino para acá para hacer la denuncia. Que suponía que había querido robarles. Que no sabía quién era el asaltante”.
Rosalino levantó su taza de café, lo olió y probó un sorbo. “Café rico” me sonrió.
El problema inicial fue trasladarnos hacia la pequeña estancia, El Durazno, donde sucedieron los hechos. Tu sabes – me miró por encina del borde de la tasa – que cuando hay 30 a 40 centímetros de nieve, es complicado avanzar. Mircic, el chofer de la ambulancia del hospital que tendríamos que utilizar para buscar los cadáveres, se negó a conducir esa tarde. Por suerte pude conseguir de una comisión de YPF, el préstamo de una camioneta alta y con tracción en las cuatro ruedas. El plan era ir adelante con el vehículo de YPF y por detrás, en la misma huella del primero, la ambulancia del hospital.”
“Salimos a las 3 de la tarde, con dos termos para tomar mate y una bolsa de galletas que pasamos a buscar por la panadería del gallego Ardiles. En la ambulancia iba el chofer, un enfermero que siempre estaba dispuesto para estas cuestiones y la Porota Quintana. En la camioneta íbamos, el chofer de la empresa petrolera, el agente Mileson y yo”.
“Mientras viajábamos por el pavimento fuimos bien, No había mucha nieve y la ruta en ese tramo está pavimentada; la visibilidad era buena y había algo de tráfico. Los problemas comenzaron cuando nos bajamos de la ruta grande y empezamos a recorrer el camino vecinal que nos llevara a la estancia. En un momento paramos y yo le pedí a la Porota que pasara adelante con nosotros y mandé a la ambulancia a Mileson. La huella trepaba lentamente y a medida que lograba mayor altura la nieve caída era más. Recién a los 20 kilómetros de recorrer este tramo nos cruzamos con un camión de la empresa Total, que nos hizo un saludo de luces. A las cinco de la tarde comenzó a nevar nuevamente y la ambulancia iba despacio y en algunos sectores patinando. Porota nos fue indicando como sortear un par de bajos que se ponían feos cuando el tiempo estaba malo. Con alivio escuchamos ladridos de varios perros, indicando que habíamos llegado a las pocas edificaciones que conformaban el casco de la estancia”.
“Pedimos otro café?” me dijo Carmona. Yo asentí y le hice una seña al mozo.
“Cuando llegamos a la casa donde vivía el matrimonio, vimos la escena de sangre que la nieve tapaba solo parcialmente. Edgardo Viñas estaba cruzado de espaldas en la puerta, con agujero de bala pocos centímetros por arriba de la línea del cinto y cerca del ombligo. A pocos metros de la entrada de la casa y boca abajo, había otro cuerpo, caído de bruces y con una herida fea en la nuca. Los perros no habían dañado los cadáveres y solo habían lamido algo la nieve teñida de sangre”.
“Bueno, una buena! – dije yo – no tuviste que investigar mucho para explicar el asesinato”.
No creas; al principio pensaba como vos, pero llegando al pueblo con los dos vehículos y los  cadáveres, sentí una sensación que había algo que no podía ver de un hecho que en principio parecía claro. No lo podía explicar, pero me mantuvo intranquilo, inclusive esa noche luego de irnos a descansar”.
“Pero te cuento en orden. Luego de sacar una gran cantidad de fotos, la mayoría de Mileson pero algunas las tomé yo mismo, de colocar los cadáveres en las camillas y subirlos a la ambulancia, requisé dos armas de fuego: un revolver 38 y una carabina 22 largo, los puse en una bolsa plástica y también los subí a la ambulancia. Mandé desensillar el caballo del asaltante, un hermoso gateado oscuro de cabos negros, y que lo encerraran en un corral, cerca del pequeño galpón de esquila, y que se aseguraran que tuviera agua. Tomamos unos mates y emprendimos la vuelta, incluyendo a la Porota  Quintana, que dijo que quería quedarse, pero yo insistí en que vuelva con nosotros. Para esa hora ya la tarde se había convertido en noche muy oscura, porque estaba nublado y no había luna para iluminar el camino”.
“Había dejado de nevar y la temperatura subió un par de grados. Los bajos estaban más feos por la nieve derretida, por el paso del poco tráfico y por la oscuridad de la noche. En uno de ellos la ambulancia patinó y sus ruedas traseras se fueron a la banquina, donde daban vueltas, sin que el vehículo pudiera avanzar. Nos bajamos y chapaleamos en el barro frío. El chofer de la camioneta sacó una soga de la caja y con ella ató la ambulancia para poder tirarla y volverla a colocar en el centro de la calzada. Las manos embarradas nos permitieron sentir que la temperatura estaba cerca del punto de congelación”.
“Antes de volver a reanudar la marcha, el enfermero del hospital, Mircic y Mileson, acomodaron y ajustaron las ataduras los cadáveres en la parte trasera de la ambulancia, pues con los sacudones del camino se habían desacomodado y uno de ellos había caído al piso”.
Llegó el mozo y nos puso sobre la mesa los dos cafés pedidos. Yo miré a mi alrededor y reflexioné extrañado sobre la enorme diferencia entre el calor que se anunciaba para ese día, el rico olor del café y el aspecto cosmopolita de una ciudad moderna con sus edificios, su tráfico y su gente, con la soledad y el frío de la Patagonia que el comisario Carmona me estaba recordando.
“Cuando llegamos a Las Heras, fuimos primero al Hospital, donde los cadáveres fueron colocados en la pequeña morgue. Yo llamé a la casa del Dr. Canosa, el director y le informé de lo realizado. Aproveché para pedirle los resultados de la autopsia al día siguiente, lo antes posible, para yo luego reenviar la data a la fiscalía de Puerto Deseado. Cumplido esto la camioneta nos acercó a la comisaría a Mileson y a mí y a la Porota Quintana a una pensión de la calle Belgrano. Antes de dejarla allí, le pedí que se acercara por la mañana por mi despacho, para así le pudiéramos tomar su declaración sobre los hechos”.
“Eran como las 10 de la mañana siguiente y yo ya estaba intranquilo, … la Porota no aparecía. Cuando estaba por mandar a buscarla, entró por la puerta. Antes había recibido yo una llamada telefónica de Canosa que me adelantaba el informe de las dos autopsias; nada distinto a lo que pudiéramos sospechar el día anterior: ambas muertes se debían al único balazo que cada uno recibió. La bala que mató a Viñas fue la de la carabina y la del extraño, la calibre 38”.
“Pero quien era el asaltante? lo conocían?” interrumpí yo. Rosalino me contestó que esa mañana pudieron averiguar que se llamaba Avelino Giúdice, nativo de la zona de Los Menucos, en el sur de la Provincia de Río Negro. Lo buscaba la Policía de esa provincia por cuatrero.
“Carmela - la Porota - Quintana contó su versión de los hechos, repitiendo más formalmente lo expresado la tarde anterior. Dijo que en la madrugada escucho a los perros ladrar y sorprendida miró por una hendija de la ventana de la cocina. Dice que vio un caballo ensillado y atado a uno de los postes delante de la casa. Vio también un hombre acercándose a la casa con un arma en la mano. Que le avisó a Edgardo diciéndole que tuviera cuidado. Que este se levantó de la cama y se acercó a la puerta que abrió cuando escuchó la voz de quien estaba afuera. No bien oyó que la puerta se abrió escuchó un disparo y el quejido de su marido. Que tomó un revolver de la mesa de luz y salió de la casa por una puerta lateral y vio allí a su marido tirado en el suelo boca arriba y al extraño con una carabina apuntándolo, como si quisiera rematarlo. Que ella apuntó a la espalda del asaltante para impedir que volviera a dispararle a Edgardo. Que no sabe que hizo, pero sintió una gran explosión y un golpe en el brazo que sujetaba el arma y como resultado de eso el hombre se desplomó. A continuación corrió a socorrer al marido, pero se encontró con que este fallecía en sus brazos”.
“La versión sonaba bien – me siguió diciendo Rosalino – pero había algo que no me gustaba y yo no lo podía identificar. Me trataba de autoconvencer pensando que había muchos casos de esas características y que en los noticieros nacionales se podían ver uno o dos diarios, en donde se producía un asalto y uno de la familia mataba a un asaltante; con frecuencia también moría un miembro de la familia”. Durante la tarde hice mi informe y junto a la declaración de la Porota y las dos autopsias, envié todo por ómnibus a la Fiscalía en Puerto Deseado”.
“Eran las 6 de la tarde y había hecho todo lo que tenía a la vista para realizar. Decidí ir hasta el bar de Chelo y tomar un café; avisé al agente de guardia que me podían encontrar en el bar si me necesitaban y me encaminé hacia la plaza. El aire estaba frío y calmo y el cielo despejado, indicando así una helada fuerte hacia la madrugada. Elegí entonces una mesa en el interior del bar, pues como tú sabes, yo no fumo y no me hace falta congelarme para poder fumar un cigarrillo. Me había sentado no más de 5 minutos y cayó el Dr. Canosa que me sonrió y me comentó que me estaba buscando para preguntarme si me habían parecido bien los dos informes de autopsias que me mandó a la mañana.”
“El mozo me trajo el café cortado pedido y Canosa pidió uno para él. Estuvo la Porota- me dijo - y me pidió el certificado de defunción de su marido”.
“Demoré unos instantes para reaccionar: para que te pidió eso? había algún seguro de vida quizás?. Mi cabeza empezó lentamente a evaluar el dato y lo llamé a Mileson para que me consiguiera el celular de Carlitos Gómez Paz, el único vendedor de la única compañía de seguros en el pueblo”.
“No eran muchos los pobladores rurales que compraban seguros, me dijo Carlitos cuando lo llamé a los pocos minutos, y añadió que se había sorprendido cuando la Porota y su marido habían entrado a su oficina hace un tiempo, en Abril o Mayo y se aseguraron mutuamente por una cifra regularmente importante. Nos dijimos dos o tres cosas más, sin importancia, y le agradecí la información y corte la conversación”.
“Inmediatamente lo llamé nuevamente a Mileson para preguntarle si aún estaba en la comisaría; cuando me dijo que si, le pedi que esperara, que había cambiado de idea y que volvía para allí. Cuando llegué nos sentamos a conversar; a mí me gusta informarle de lo que yo estoy pensando, porque luego él me critica y me aporta nuevas ideas. Le dije que me parecía que el crimen que teníamos entre manos no era sencillo y aunque no tenía ninguna hipótesis, si tenía una idea: y que por ella pensaba que no fue un asalto, sino un crimen por encargo. Le conté también que me había enterado de la existencia de un seguro de vida. Mileson abrió los ojos, pero me di cuenta que asimilaba la idea. Búscame toda la información que este estado de investigación requiere le dije, sabiendo que el sabría interpretar correctamente la consigna”.
“Antes de salir de la comisaría para cenar y no volver hasta el día siguiente, le pedí - con sensación de culpa por no haberlo hecho antes - al agente Cayumán que era buen jinete, que ensillara temprano y a caballo se fuera a El Durazno para traer, a tiro, el caballo de Giúdice”.
En ese momento interrumpimos la charla. Por el costado de nuestra mesa y casi rozándola con sus cortas polleras, pasaron tres jóvenes y bonitas cordobesas conversando y riendo. Noté el desvío en los ojos de Rosalino que habrán tenido una equivalencia con los míos. En los breves instantes en que nos quedamos callados yo dudé en calificarlas o como estudiantes de la Universidad caminando hacia una clase tempranera, o jóvenes empleadas de alguna tienda de la zona céntrica o tres amigas que habían acordado salir de compras bien temprano, para evitar luego el calor del medio día. Pasaron sin vernos y cruzaron la calle hacia la plaza.
“A la mañana siguiente – prosiguió Rosalino Carmona – llegó Mileson con los ojos excitados. Tengo noticias jefe. El sábado a la noche en el Oasis había un gaucho que las chicas dicen no haber visto antes. Tenía mucha plata y pago champan para todos y luego se fue con la Violeta; dijo también que volvería pues le debían más plata. La descripción que me dan las chicas del hombre, coincide bastante con la de Avelino Giúdice”.
“No era mucho, pero yo empecé a atar cabos. De todas formas no quise adelantar nada al fiscal porque no me gusta desdecirme luego”.
“Estaba poniéndome la campera para ir a comer, cuando escucho la voz de Cayumán. Ya llegué Comisario, me dijo. Salí a la madrugada aún oscuro y ahora he llegado con el caballo de Giúdice a tiro. Tengo los dos, el mío y este otro, atados en la vereda. Ud. dirá que debo hacer”.
“Le pedí que los llevara al corralón que tenemos para guardar caballos sueltos en la ruta y que guardara el recado en un galpón que también tenemos allí… este tiene un candado que evita que cualquiera abra la puerta”.
“Salimos juntos a la vereda y nos paramos ambos a mirar al gateado. Era muy lindo animal, de esos criollos que están siempre en condiciones de recorrer largas distancias o de trabajar todo un día arreando un piño de ovejas. Estábamos allí cuando pasó el paisano Melicura. Flor de caballo tiene allí Comisario – me dijo, parándose al lado mío – lo vi el otro día”.
“Dónde lo vistes? le pregunté. En la ruta hacia Perito Moreno, yo volvía de cazar liebres con los dos galgos que tengo. La persona que lo montaba estaba hablando con la patrona de la Estancia El Durazno; ambos al costado del camino”.
“Cuándo? le volví a preguntar. El sábado por la tarde, me contestó con seguridad”.
“Gracias Melicura, sos un capo, le dije y le palmeé la espalda. Volví a la oficina y cambiando de idea, pedí que me trajeran un sándwich de milanesa y que me prepararan mate. Mientras tanto comencé a ubicar por teléfono al Fiscal Bongiorno en Puerto Deseado.
“Bueno mi gran amigo, esta es la historia. En cuanto lo ubique al fiscal y me aseguró estar esta tarde allí, la mandé a buscar a la Porota y la puse en discreta custodia. Cuando llegó el fiscal él la interrogó por un rato largo y finalmente ella se desmoronó. Contó que su vida era un calvario, que el marido le pegaba y que no le encontró otra salida. Ahora está a disposición del Juez”.
Rosalino se levantó de la silla y llamó al mozo. Discutimos y yo insistí en pagar la cuenta. El me dijo que lamentaba no poder verme de nuevo, pero que ahora debía estar en el acto de cierre de las jornadas de capacitación y a la tarde tomaba el avión que lo llevaría, luego de varios trasbordos, nuevamente a Comodoro Rivadavia y en ómnibus a Las Heras”.
Nos saludamos calurosamente asegurándonos que habría alguna otra oportunidad de volver a tomar café. Me dio un abrazo y se perdió entre la gente, que ya a esta hora llenaba las veredas del centro de la ciudad.
Cipolletti, Octubre 2016
Pedro Dobrée (pedrodobree@gmail.com)

viernes, 23 de septiembre de 2016

Primer riego en el valle del Chubut




Sentado sobre la angosta cubierta y apoyada su espalda contra la pared exterior de la cabina del contramaestre, Aarón Jenkins miraba hacia estribor, intentando escudriñar en la oscuridad señales de tierra firme, pues le habían dicho que estaban cerca de las costas del Brasil. Apretó contra si el saco de lana cruda que lo abrigaba y aún así el viento se colaba y enfriaba su flaca carne y los huesos de su larga figura. Solo una suave brisa llenaba las velas del barco y lo mantenían en movimiento con rumbo sudoeste. De noche dormía en la cubierta para dejar más espacio a su esposa con un embarazo llegando a término y a su pequeño hijo Richard. La mayoría de los hombres habían adoptado esa actitud para favorecer la situación de los niños y de las mujeres porque el barco era demasiado chico para transportar con cierta comodidad, a todo el contingente que había embarcado en Liverpool.
Hacía un mes, el 25 de Mayo, que habían abordado el velero Mimosa y ahora estaban en los últimos días de Junio. El viaje hasta el presente fue muy duro. Sufrieron una gran tormenta al segundo día de salir de Liverpool, las comodidades a bordo no eran satisfactorias, la higiene era deplorable y la comida era escasa y mala. Varios pasajeros estaban enfermos y dos niños habían fallecido; uno de ellos el pequeño James – de dos años – hijo de Aarón y de Rachel Evans, su esposa. El niño falleció con una infección en la boca, que fue relacionada con la desnutrición infantil.
Escuchó un ruido y al volver la cara, reconoció la figura de una mujer que se acercaba. “Felicitaciones Sr. Jenkins, su esposa acaba de darle una hija” le dijo.
“Cómo están?” preguntó nervioso.  “Bien - le contestaron – ahora Rachel está descansando, pero Ud. puede ir a verla y a su pequeña hija”.
Aarón se levantó y bajó a visitar a su esposa; con cuidado caminó entre los cuerpos dormidos de mujeres y de niños hasta llegar a ella. Rachel abrió sus ojos y le sonrió débilmente. “Mírala, es bonita” le dijo.
“La llamaremos Rachel, como a ti” le dijo y le pasó un dedo rugoso suavemente sobre su mejilla.
El 28 de Julio de 1865, poco más de dos meses desde que partieron de Europa, arribaron al Golfo Nuevo, que luego llamaron Puerto Madryn. Allí se encontraron con los dos delegados del grupo que se habían adelantado, y con caballos, vacunos y ovejas, semillas y provisiones obtenidas en Carmen de Patagones, por cuenta y orden del Gobierno Nacional. Rápidamente se pudieron a preparar la tierra, quitando las malezas y arbustos de una pequeña extensión elegida cercana a la playa. Sembraron el trigo, pero la inexperiencia de los colonos en materia de actividades agrícolas y lo inhóspito del terreno, pronto puso en evidencia la inutilidad del esfuerzo y decidieron trasladarse hasta las orillas del río Chubut, cerca de 60 kilómetros hacia el sur. Armaron tres grupos que salieron en fechas distintas; peregrinaron en el desierto sin agua y con rumbos zigzagueantes producto de su desorientación en el terreno. La marcha fue lenta porque había pocos caballos y a su vez pocos colonos que sabían montar.
Las  mujeres, los niños y las provisiones fueron enviados por barco hasta la desembocadura del río en el mar. Por problemas con el viento tardaron 17 días para hacer un viaje que habían estimado en uno o dos. Dos personas perecieron a bordo, uno de ellas la recién nacida hijita de Aarón.
Cuando todo el grupo estaba reunido en el valle, ya era el mes de Octubre y resultó tarde para la siembra de las semillas de trigo y cebada que traían consigo. La alimentación era absolutamente insuficiente y las viviendas construidas fueron, en el primer año, totalmente inadecuadas para albergar a las familias. Del gobierno porteño recibieron algunas provisiones y una bandera argentina que izaron junto a la del dragón rojo, símbolo de la lejana Gales.
Al invierno siguiente, cumplido un año de la llegada del contingente, la gran mayoría estaba decepcionada y resolvió dejar la colonia; algunos pocos para instalarse en Patagones y el resto en la Provincia de Santa Fe. Los dirigentes se resistieron a estos nuevos rumbos, porque veían en estos, mayores dificultades para mantener para la colonia los objetivos iniciales de conservar la cultura galesa, materializada principalmente en la religión y en el idioma. De todas formas hubo un compromiso de las distintas familias en hacer una última siembra para sobrevivir hasta la llegada del barco que los trasladaría al norte.
Aarón Jenkis y su familia se habían instalado en la chacra que les tocó por sorteo. Allí delante de la modesta vivienda que habían levantado y en una tierra que todos consideraban maldita, Rachel sembró unas pocas hortalizas. Todos los días traía un balde de agua del río y regaba su pequeña huerta. Zanahorias, nabos y papas crecían muy bien.
Rachel era una mujer observadora y metódica y se dio cuenta de la importancia de lo que había descubierto. “Esta tierra no es mala, solo le falta agua” le decía a su marido, tratando de convencerlo de no repetir las equivocadas decisiones del resto de la colonia.
En la chacra asignada Aarón tenía varias hectáreas de tierra absolutamente plana, negra y sin vegetación en absoluto; tierras que los galeses consideraban estériles. A instancias de Rachel y como pasa frecuentemente en los matrimonios, Aarón atendió los dichos de su esposa y desparramó su cuota de semillas sobre la pequeña planicie. Pasó luego en una dirección y en otra, una rastra hecha por alpatacos y otros arbustos espinosos, tirada por un caballo; con esto logró tapar lo sembrado.
 Cuando el río estaba crecido, a mediados de la primavera y comienzos del verano, por efecto de los deshielos en la cordillera, el nivel superior de agua estaba levemente por encima del de la tierra que había trabajado. Observando esto, Aarón abrió un pequeño canal que derivara agua del río hacia el plantío; con satisfacción estuvo casi todo el día contemplando como se inundaba la superficie seca y finalmente cuando la totalidad estaba empapada, tapó la zanja para que dejara de escurrir el agua.
Hacia fines de Diciembre volvió a abrir el canal y regó lo que ahora eran excelentes brotes verdes y en los primeros días de Febrero cortó y trilló un trigo excepcional.
Aunque la cantidad no era mucha, fue el asombro del resto de la colonia que pasaban por el lugar para admirar la cosecha. Al ver el éxito quisieron repetir la experiencia, pero solo podían hacerlo hacia fines del siguiente invierno, al iniciarse un nuevo ciclo.
En las distintas chacras había estimativamente 1.000 hectáreas de tierra en las condiciones de las de Jenkins y esto cambió el humor de los colonos y con esperanzas renovadas pidieron al gobierno argentino un año más de prueba. Este accedió al pedido y se volvieron a entregar semillas y animales que se trajeron desde la zona de Patagones.
En la primavera siguiente, correspondiente al año 1868, hubo una gran siembra de trigo y cebada en casi todas las chacras y se siguió para ello el método de Jenkins: tirar la semilla, rastrillar la tierra y regar con pequeños canales con agua proveniente del río Chubut. La cosecha fue buena y aunque luego se perdió gran parte porque inmediatamente de haberse recolectado, hubo 10 días de fuertes lluvias y tormentas de viento, el ánimo en la colonia era excelente y veían ahora los galeses un futuro promisorio.
En este año Rachel tuvo otro hijo que falleció a los dos meses de edad y en el mes de Julio ella misma, probablemente por problemas cardíacos, también falleció. Tenía 34 años y su partida provocó pesar en la comunidad del dragón rojo.
Jenkins se casó nuevamente con Margaret Jones, otra inmigrante del Mimosa.
Él se convirtió en un dirigente de la comunidad galesa que fue nominado para integrar la fuerza policial valletana que se constituyó con autorización del gobierno de Buenos Aires. 10 años más tarde, en 1879, uno de los evadidos del Penal chileno de Punta Arenas, lo asesinó durante una refriega cuando intentó cruzar el río en su ruta de escape hacia el norte.

Cipolletti, Septiembre de 2016

sábado, 3 de septiembre de 2016

La gran siete


Basado en publicación de Antonio Nizetich, el 11/9/2016 en página facebook de
 “Historia de la Patagonia”
En 1918 se estableció un record para recorrer en automóvil el camino desde la ciudad de Trelew hasta la de Comodoro Rivadavia. Unas 20 horas aproximadamente, saliendo de Trelew y llegando a Comodoro por el “camino de la costa”.
En ese tiempo no estaba aún la Ruta 3 que pasa por Garayalde y las tierras altas lejanas de la costa del mar y quienes se aventuraran por este camino costero, debían enfrentar una huella sinuosa, marcada en el siglo anterior por los carros que evitaban las abundantes jarillas y alpatacos que poblaban el terreno, con zonas pantanosas y gredosas luego de las lluvias y con otras donde el camino quedaba tapado por la arena fina que bajaba de las dunas cuando el viento soplaba fuerte del oeste. A estos inconvenientes se adicionaba la necesidad de abrir más de 100 tranqueras, para superar los alambrados que delimitaban los campos y potreros por donde pasaba el camino. La ética de la vida en aquellos parajes indicaba además que toda tranquera abierta, era cuidadosamente cerrada una vez que el vehículo había pasado.
Años más tarde estas tranqueras fueron reemplazadas por guardaganados que no requerían de su apertura y por donde el vehículo podía pasar sin disminuir sustancialmente su velocidad. Este avance tecnológico de la infraestructura vial fue una importante facilidad para los usuarios que le permitían acortar, en tiempos de viaje, las largas horas que las rutas patagónicas demandaban. El guardaganado consiste en la apertura de una trinchera de 60 a 80 centímetros de profundidad y aproximadamente de 1 metro de ancho, cruzando el camino de lado a lado y sobre el cual se construye un enrejado de madera o de hierro, que permita el paso del vehículo, pero a su vez impida el de los animales, que no quieren arriesgar sus patas en los espacios entre los tirantes. El guardaganado reemplazaba la porción del alambrado que cruzaba la ruta.
El día 6 de Enero del año 1918 poco después de mediodía, Tomás Owen, Gerente General de la Compañía Mercantil del Chubut, recibió un mensaje por el telégrafo desde Comodoro Rivadavia.
Esta Compañía era una cooperativa de agricultores, principalmente del Valle Inferior del río Chubut, que tenía por objeto el transporte y el comercio de los productos del valle chubutense a Buenos Aires y a Europa y el abastecimiento de las familias y las chacras de los asociados, con elementos de la vida doméstica e insumos de la producción. Tenía la casa central en Trelew y sucursales en Rawson, Gaiman, Trevelin, Comodoro Rivadavia, Puerto Madryn y otras localidades de lo que ahora es la Provincia del Chubut.
En esencia, el mensaje indicaba que para poder cumplir con un importante trámite para la Compañía referido a la posesión de unas tierras en la zona de Tecka, en el oeste del territorio, y para evitar un viaje a Buenos Aires, era necesario entregar documentación a un funcionario de la Dirección Nacional de Tierras, que volvía a la Capital con el barco que salía de Comodoro a media mañana del día 8.
Owen tomó nota y comenzó a imaginar cómo podía aprovechar esta oportunidad. Rápidamente pensó en la inutilidad del servicio de mensajería que unía las dos ciudades más importantes del Territorio del Chubut: Trelew y Comodoro Rivadavia. Pero mientras pensaba en esto, se le ocurrió una idea arriesgada. Mandó a llamar a Henry E. Jones un colaborador de confianza en la Cooperativa.
“Tenés que viajar urgente a Comodoro para llevar estos papeles y presentarlos el día 8, a media mañana” y le mostró un sobre a Jones, cuando este se sentó frente al escritorio de su jefe.
“Imposible - le contestó Jones – la mensajería sale recién mañana y llega a Comodoro el día 9 a la noche. Ud. sabe que  sale de Trelew a la mañana temprano tres veces por semana, hace noche en Cabo Raso, luego vuelve a parar a la noche en Malaspina y llega a Comodoro recién a la tarde del día siguiente”.
“Tengo una idea y quiero saber qué opinas al respecto de ella. Qué te parece ir en la “Gran Siete” con Roberto Saller de conductor y tu de acompañante? Si salen mañana a la madrugada, no podrán estar en Comodoro a la noche tarde?”
“”La Gran Siete” era un automóvil con motor de Ford T que había sido usado con éxito en algunas carreras en la zona; su nombre lo obtenía del número de la chapa patente municipal.  Roberto Saller era norteamericano y empleado de la compañía, piloto de cierta fama y mecánico de prestigio; era el encargado del garaje.
Jones abrió sus ojos con expresión de sorpresa y luego se quedó en silencio sopesando la alternativa. “Hablemos con Roberto y preguntémosle a él”.
Esa tarde prepararon el auto, cargaron dos latas de gasolina y dos de agua, asegurando todo muy bien junto a algo de ropa para los dos viajeros y comida para 24 horas. El norteamericano había aceptado con entusiasmo el reto.
A las 6 menos cuarto de la mañana del día 7 de Enero estaban cruzando el puente sobre el  Chubut y una vez en la orilla sur del río, empezaron a subir el faldeo para alcanzar la primera meseta que se entendía por varios kilómetros. El sol estaba apareciendo y el aire que rozaba las caras del piloto y del acompañante, pues el pequeño parabrisas no permitía ponerlos a reparo completamente, era suave y agradable. El olor de la jarilla penetraba fuerte en las narices de ambos y el espíritu de aventura los invadía y excitaba.
Los primeros 20 o 30 kilómetros fueron relativamente fáciles. Las huellas del camino tenían abundante ripio, lo que ayudaba a que se mantuvieran en buen estado a pesar de las lluvias, que esa primavera no habían sido muchas. Tampoco había demasiadas curvas porque el jarillal era poco denso y había pocas oportunidades para que los carros tuvieran que doblar hacia uno u otro lado con objeto de evitar las plantas que se les interpusieran.

Lo que si fue un inconveniente ya en este tramo y en el resto del viaje, fueron las tranqueras. Jones como ayudante, tenía la misión de abrir y cerrar cada una.   Su entrenamiento como contable de la cooperativa pronto lo impulsó a hacer una estimación del tiempo que se perdía en esta tarea. Supuso que habría que establecer el tiempo que él demoraba desde el momento en que luego de frenarse la marcha del automóvil, saltaba del vehículo y llegaba a la tranquera de alambre, luego el tiempo que demoraba en abrirla y esperar que el vehículo pasara, a continuación sumar el tiempo de cierre y volver hasta donde el Ford T que lo esperaba y finalmente subir y cerrar correctamente la puerta. Era consciente de la importancia, aunque no lo pudo cuantificar, del tiempo insumido en la desaceleración y frenado del vehículo antes de llegar y en la aceleración cuando partiera nuevamente. En total estimaba que cada apertura y cierre suponía en promedio 2 minutos; por lo que por las 100 tranqueras, se podían imputar más de 3 horas del viaje.
Eran pasadas las 7 de la mañana y el camino se ponía cada vez más difícil. Las curvas y contracurvas se intensificaban y era imposible adquirir velocidad. Pero además las tranqueras se seguían sucediendo a un ritmo de uno cada 5 a 6 kilómetros y el terreno, que se tornaba más gredoso mostraba huellones y pozones, producto de las lluvias recientes y los carros que habían transitado en los días anteriores.
Los carros eran de tamaños variados y la mayoría de ellos transportaban hacia la costa “Frutos del País”: cueros, plumas de avestruz y fundamentalmente lana. Hacia el oeste - el interland de cada puerto sobre el atlántico - se transportaban víveres, ropa y enseres domésticos varios. Al transportar lana solían llevar entre 2.000 y 3.000 kilogramos, tirados por asnos, bueyes o caballos. En oportunidades circulaban juntos entre 10 y 20 carros, tirados por 4 o 6 caballos.
Avanzando la mañana en el aire aún calmo, comenzaron a percibir el olor del océano. Cuando superaron la huella que llegaba a Punta Tombo, Jones le preguntó al norteamericano como se sentía “Bien – le contestó con una sonrisa y gritando para que su compañero lo pudiera escuchar – pero tengo hambre” Decidieron comer la primera vianda que habían preparado en Trelew.  Pararon unos minutos el vehículo, comieron carne fría y pan, tomaron abundante agua y ambos orinaron al borde del camino.
A las 8 horas de andar estaban llegando a Cabo Raso. Jones le preguntó a Saller como estaban de nafta. Cuando pararon, Saller colocó la vara medidora en el tanque de combustible y comentó “…con lo que tenemos en las latas y lo que hay en el tanque, podremos llegar a Comodoro. No me parece necesario cargar en el Cabo Raso, no perdamos tiempo”. Jones estuvo de acuerdo y pasaron frente al caserío que bordeaba el mar, como una exhalación.
Poco tiempo después pero todavía en cercanías de la playa, transitaron por una zona de dunas y en donde los fuertes vientos del poniente, arrastraban la arena tapando las huellas del camino. En una curva repentinamente vieron un grupo de martinetas que corrían sobre la arena. Todas levantaron su pesado vuelo, pero una de ellas despegó unos instantes tarde y murió, con un gran despliegue de plumas, contra el radiador del auto. Saller perdió un instante la atención y el vehículo embistió una loma de arena un poco mayor que las demás. El motor se aceleró y las ruedas traseras giraron en el aire. Ambos hombres se bajaron del auto y reconocieron que estaba “colgado”. Con los cuerpos contra el suelo y con la ayuda de una pequeña pala que transportaban, limpiaron de arena el trayecto y pudieron luego empujando colocar el vehículo en una posición en que las cuatro ruedas se apoyaran firmemente en el camino. Saller inspeccionó el radiador y viendo que no hubo daños por el golpe recibido, puso nuevamente el motor en marcha y reanudaron el viaje. Un poco más adelante atropellaron a un zorrino, pero ahora no hubo más inconvenientes que un terrible olor que, dijeron riendo ambos, los acompañaría por el resto del viaje y también por un buen tiempo, cuando el auto estuviera estacionado nuevamente en el taller en Trelew.
Torcieron hacia el oeste y se alejaron del mar, dejando hacia su izquierda a la Bahía Camarones. El terreno era cada vez más alto y esto se notaba en el motor que gastaba más nafta de lo originalmente previsto. “Llegamos a Malaspina?” preguntó Jones. “Si - contestó Saller – pero espero que podamos recargar allí. Si no es así, no llegamos a Comodoro” Era las 5 de la tarde cuando avistaron al pequeño caserío de Malaspina, que no era más que una Comisaría, un Almacén, una Estafeta Postal y dos viviendas de adobe y piedra. Todo en un pequeño valle con un mallín hacia abajo y tres álamos que apuntaban rectos y verdes hacia el cielo.
Le dejaron el auto al hombre que los recibió con la consigna de llenar el tanque de combustible y las latas que estaban atadas a la parte trasera. Aliviados con la noticia,  ambos entraron al Almacén. Jones preguntó si había mate, pues había adquirido la costumbre criolla. Sus padres habían llegado a Madryn en el Mimosa, con la primera ola de inmigrantes y él había nacido en una chacra de Gaiman. Le entregaron un mate con una bombilla y una pava con agua caliente. Saller pidió una taza de té. Comieron nuevamente pan con carne fría, que ahora era de gallina pues antes fue de capón. En 15 minutos estaban listos para volver a la huella.
Esta seguía buscando más altura y pronto llegaron a la Pampa de Salamanca. El camino era mejor allí, pues aunque se mantenía la presencia de gran cantidad de curvas y de tranqueras, que a Jones ya lo tenían a maltraer, el suelo nuevamente estaba bien enripiado y sin mayores irregularidades. En algunos cortos tramos rectos, la velocidad que lograba imprimir Saller al vehículo era notoria.
La luz del día empezó a disminuir cerca de las 10 de la noche y agradecieron estar en verano, pues recién habían pasado 15 días del más largo del año. En esos momentos arribaron a la larguísima bajada del cañadón Ferrays y el terreno comenzó a descender hacia las orillas del océano. Estaban a algo más de 20 kilómetros de la llegada y el día se había transformado, ahora sí, en noche. Afortunadamente una noche clara de luna llena, pues las luces del auto no iluminaban muy bien y hubiera sido una tortura para ojos y nervios, avanzar sin la ayuda del astro nocturno.
Cuando se acercaron a las primeras débiles luces y calles polvorientas de la ciudad de Comodoro Rivadavia, Jones buscó entre su ropa su reloj. “Es la 1 de la mañana con 15 minutos – y torciéndose un poco hacia su compañero de ruta, en el estrecho y no muy cómodo asiente del Ford T, le golpeó la espalda y gritó – lo logramos, carajo”. Luego golpeó el capot del auto “19 horas y 30 minutos; esto no nos han de creer”.
Buscaron el hotel que les habían indicado. Al somnoliento guardia de noche le preguntaron por el Dr. Horacio Martínez Longue, funcionario de la Dirección Nacional de Tierras, próximo a embarcar para Buenos Aires. “Está durmiendo” les contestaron.
Jones pidió una habitación para dos y que los despertaran cuando bajara de su habitación Martínez Longue.
A la mañana telegrafió a Trelew. “Misión cumplida, acabamos de entregar el sobre. Ningún contratiempo.”

Pedro Dobrée    Cipolletti, Agosto de 2016
pedrodobree@gmail.com