jueves, 11 de agosto de 2016

Caacupé



Los recuerdos más tempranos de Juana Alarcón están anclados en una casilla de chapa y techo de paja, a unos cien metros de la ruta 11, a la salida de Clorinda, hacia el este. Allí vivía con su madre y su hermano, durmiendo sobre un colchón apoyado en un piso de tierra colorada y comiendo una vez por día. Solo a la noche, cuando su madre volvía de la casa del propietario de un  almacén autoservicio, que le pagaba su trabajo diario con los alimentos que ya no podía vender, por estar estos con la fecha vencida.
Frente a la casilla se extendía una calle mal marcada, con desniveles y charcos de agua sucia, que se llenaban eternamente con la lluvia de la noche anterior. El calor del verano era terrible y no amainaba durante la noche. Y durante no más de veinte días en el invierno, la casilla no abrigaba y el frío era espantoso. Pero los mosquitos estaban siempre, en verano y en invierno, irritando y enfermando a todos.
Recuerda que su madre le había dicho que su padre murió en el Paraguay, en una población que se llamaba Caacupé, donde había nacido ella y su hermanito. No recuerda si le contaron la razón de la muerte de su padre y entonces no lo puede informar. Se vinieron a la Argentina porque los empujaba el hambre y porque le habían ofrecido trabajo y vivienda en Clorinda. El trabajo lo tuvo, pero le pagaban poco y mal, y la vivienda nunca apareció.
Pero esto fue hace años y entonces todo parecía normal; el hambre, el frío en invierno, el terrible calor del resto del año, los mosquitos y la humedad. Esta era la forma de vivir y era este su destino. Cuando cumplió 13 años, apareció una familia que construyó una casilla al lado de la que ocupaban ella, su madre y su hermanito. Venían del interior de la provincia formoseña, de una localidad llamada Las Lomitas, hacia el oeste de Clorinda.
Se hizo muy amiga y confidente de Carina, la hija de los nuevos vecinos. Jugaban juntas, terminaron 7mo. grado en la misma escuela y sabían ir las dos de la mano, a pedir al centro y en los semáforos, para traer comida a sus casas.
Tenían 18 años cuando apareció Osvaldo, un medio hermano de Carina que vivía en el sur del país. Fue a través de él que supieron de Neuquén, del ambiente en los pueblos petroleros y del futuro de quienes decidieran viajar hasta allí y  vivir en un clima totalmente distinto al que las rodeaba. Un clima de viento, de algunos días fríos y otros de sol abrazador, de lluvias escasísimas, de vegetación ausente y de dinero rápido. Fue él quien les contó que podían pensar en 3 o 4 años de sacrificio y luego volver a Formosa y comprarse una casita y vivir “como vivían las señoras”.
Juana y Carina se ilusionaron con la idea y cuando él les anunció que volvía al sur, le propusieron ir con él. Los 3 viajaron en un camión hasta la ciudad de Formosa y luego de esperar varias horas en una estación de servicio de YPF, lograron subir a otro que las llevó hasta la ciudad de Córdoba.
La ciudad grande sorprendió a Juana: la cantidad extraordinaria de personas y de vehículos en las calles, el ruido y los olores en el aire, los edificios altos, los puentes y finalmente la Terminal de Ómnibus - el edificio más inmenso en que había estado en su vida - le produjeron al unísono, sensaciones de admiración y de temor.
Gastaron allí parte del poco dinero que traían en la adquisición de tres billetes en la empresa TUS, para que las llevaran a Neuquén. Compraron un sándwich de milanesa cada uno y los guardaron cuidadosamente en sus maltrechos bolsos para, como Osvaldo les indicara, comerlos a la mañana temprano, cuando amaneciera y faltara poco para llegar a destino.
Se bajaron en la ciudad de Neuquén una media mañana de viento frío, pero buen sol. Ayudándose mutuamente con sus escasos bártulos, caminaron unas 20 cuadras hasta las piezas que Osvaldo alquilaba, en la zona del Barrio San Lorenzo.
Al día siguiente a su llegada, ambas chicas tenían trabajo en un bar. Era un salón poco agraciado, pintado de azul, de techo plano y una puerta de entrada frontal, construido a la vista de la Ruta 22, saliendo de Neuquén para la Cordillera, pasando el aeropuerto y antes de llegar al Municipio de Plottier. El bar, que se llamaba Aladino, abría solo de noche a partir de las 23 y cerraba, vomitando en la vereda a sus últimos clientes borrachos, cuando el sol en verano ya estaba alto.
Juana y Carina trabajaron allí como meseras. Vestidas con remeras ceñidas y polleras cortas y apretadas a sus muslos, recorrían las mesas atendiendo los pedidos de la gente. El encargado del bar, cuando acordaron sus escasos salarios, les argumentó que iban a multiplicar sus ingresos si atendían bien a los clientes y que en ese sentido el bar les hacía un favor, al tenerlas y exponerlas allí.
Pronto aprendieron a aceptar las ofertas de los clientes y acompañarlos a algún hotel barato o hasta la pieza que el hombre alquilaba. Exigían que el traslado se hiciera en taxi y recibían en pago, por unas pocas horas de cariño más la paciencia al escuchar las tristes historias de hombres rudos, sin hogares, sufrientes de las “bocas de pozo” en los campos de explotación petrolera, una cantidad de dinero que superaba holgadamente lo que podían recibir por un mes entero de distribuir vasos, whisky, champán y cervezas, entre los clientes de Aladino.
Una tarde del franco semanal, cuando ambas chicas tomaban sol sentadas en la vereda delante de la piecita en la que vivían, Juana sorprendió a Carina cuando le dijo “voy a cambiar tekove”. “Cómo vas a cambiar de vida. Qué vas a hacer?”
“Conoces al muchacho alto que siempre se sienta en una mesa cerca de la puerta de entrada. Se llama Jaime Guerrero y es correntino. Ya van varias las noches que me voy con él y me ha propuesto que vayamos a vivir juntos” Carina la miraba callada y con los ojos grandes. “No te preocupes – siguió Juana – nos seguiremos viendo, pero no iré más al Aladino; Jaime no quiere. Dice que el gana suficiente para los dos y que yo no tendré que pasar más necesidades. Además – le guiñó un ojo a Carina – es bastante machito”.
Esa noche Carina lloró en su cama, mirando hacia la pared.
Juana informó al encargado del bar que ya no volvía a trabajar y trasladó sus pocas cosas a la casa que Jaime alquilaba. Un dormitorio, una cocina comedor con una ventana grande a la calle y un baño instalado, con ducha y bidet; nunca había estado en una vivienda de esa categoría.
La nueva vida empezó bien: Juana, con la ayuda de una vecina aprendió los rudimentos de la cocina y cuando Jaime llegaba del campo luego de sus turnos de varios días seguidos, se metían rápidamente a la cama. Jaime era operario calificado de la empresa petrolera Total y prestaba servicios con turnos de 6 días, en un campo cercano a Plaza Huincul. Ganaba un buen sueldo y a Juana le daba bastante dinero para comprar alimentos y otros insumos de la casa y además para su ropa interior y algún vestido lindo.
El primer problema de la pareja apareció cuando Juana manifestó querer visitar a Carina. Jaime se molestó y estuvo en silencio durante toda la tarde. Juana  decidió no hablar más de esa cuestión y visitaba su amiga cuando Jaime estaba de turno en el campo.
No había transcurrido todavía un año desde que iniciaron su vida compartida, cuando Juana anunció su embarazo. Creyó que esto alegraría a Jaime, pero lo notó contrariado. El embarazo fue problemático y, sobre todo en los primeros meses la futura madre no se sentía bien y aunque visitaba la “salita hospitalaria” del barrio, no lograba encarrilarse. Había momentos en que le resultaba difícil negarse a los pedidos de Jaime, pero aceptaba para mantener la armonía en la pequeña casita.
Nació la nena y Jaime la registró como Rosa Guerrero, en recuerdo de su  madre. Y a los 5 meses Juana nuevamente estaba embarazada de otra nena. Las protestas de Jaime fueron en aumento y cuando Rosa lloraba, el salía de la casa con un portazo. Para cuando nació Irupé, la situación en la pareja había llegado a un nivel poco sostenible y Juana ofrecía en su cara y en sus brazos, continuas señales de maltrato que intentaba disimular ante las vecinas del barrio.
Con quien era sincera era con Carina, su amiga desde los días en Clorinda y que seguía viendo cuando Jaime estaba en el campo. Carina insistía en que debía denunciarlo ante la Justicia pero Juana se resistía; sin Jaime y a pesar de los golpes, no sabría como vivir ella y las dos nenas. “Pero el Juez dirá que Jaime te tiene que dar plata todos los meses para vos y para tus chicas …” la decía Carina, pero esto no la convencía  “…y si el Juez no lo dice  … o se demora, yo que hago, mientras tanto …y esto lo hará enojar y me pegará más.”
Pero en el otoño del 2005, sucedió algo que hizo decidir a Juana. Una tarde Jaime llegó del campo en el pequeño ómnibus que distribuía a los obreros en sus hogares. Cuando entró a su casa encontró a Juana en la cocina junto a sus pequeñas hijas. “Vení conmigo” le dijo a Juana y la agarró de una muñeca queriéndola llevar hacia el dormitorio.
A Juana le habían explicado en la salita hospitalaria del Barrio algunos conceptos de su sexualidad y sabía que estaba en días fértiles. “No, hoy no podemos” le dijo y logró soltarse de la mano de Jaime. Este, colérico, le cruzó la cara con el puño derecho cerrado e hizo caer al suelo a la mujer. “Puta, yo te voy a enseñar cuando podemos y cuando no podemos” y levantándola de un brazo comenzó a romper su ropa y quitársela frente a las niñas que miraban azoradas. Rosa irrumpió en llanto y pronto la acompañó Irupé.
Juana quedó por tercera vez embarazada y en esta oportunidad por violación.
“No aguanto más, que tengo que hacer?” Carina la miró y contestó “por de pronto venís a vivir conmigo con las gurisas y yo te voy a llevar con gente que te ayudarán”.  Pero antes habían ido a hacer una denuncia policial. En la comisaría las hicieron esperar largo rato y finalmente un suboficial con una vieja máquina de escribir, trasladó al papel lo que Juana contó. Hizo mención al final de la exposición que la denunciante exhibía un acta elaborada por una de las médicas de guardia del Hospital Heller, en donde constaban las hematomas del brazo izquierdo y el impacto causado por algo contundente que había golpeado sobre el ojo y costado derecho de su cara. Producto de una revisación ginecológica, se habían detectado restos de semen.
Durante todo el tiempo que estuvieron frente al hombre de la máquina de escribir, a Carina le pareció que este intentaba matar su aburrimiento de escribiente, mirando el escote y las piernas de Juana, más algunas preguntas que intentaban obtener detalles íntimos de la violación.
A la casa de Carina, Juana y las nenas se fueron mientras Jaime estaba en el campo. Se llevaron su ropa y alimentos: algunas latas de conservas, leche en polvo, varios paquetes de fideos, media docena de huevos, una caja con bolsitas de té y tres bifes de carne de vaca congelados.
Dos días después golpearon fuerte la puerta de Carina. Juana reconoció inmediatamente la voz de Jaime: imploraba que le abrieran. Ambas mujeres se negaron y al rato se fue. Pero una semana más tarde volvió borracho. La encontró a Juana en la vereda y la agarró del cuello antes de que pudiera ella refugiarse en la casa; de no haber sido por unos vecinos que le hicieron señas a una patrulla policial que pasaba por la esquina, las consecuencias hubieran sido mucho más serias que los abundantes moretones en brazos y cara y la costilla rota.
Juana hizo otra denuncia policial y obtuvo el acompañamiento jurídico de una abogada que actuaba en una organización defensora de mujeres que sufrieran violencia de género. Fue Carina la que se había acercado a esta organización que protestaba en la calle, protagonizaba actos políticos y ponía a disposición de victimas, ayuda jurídica.
La Dra. Florencia Gutiérrez  pidió que el Juez declarara la imposibilidad de que Jaime se acercara a menos de 300 metros de Juana y esto fue aceptado. Aunque Jaime no había solicitado ver a sus hijas, el Juez dejó abierta esta posibilidad.  Era casi verano cuando nació Lisandro.
El día en que Jaime quiso hablar con Juana y esta llamó a un policía que casualmente estaba en la esquina de la cuadra, aquel creyó enloquecer. Luego de discutir fuertemente y amenazar con llamar a la patrulla, el agente logró que se retirara. Jaime subió a su auto dando un portazo para cerrarlo y maldiciendo en tonos bajos, aceleró sobre el ripio de la calle y desapareció.
A la tarde siguiente Juana le avisó a Carina que iría a una chacra amiga a traer fruta para las chicas. Volvían caminando por la larga calle rural que los devolvería a la ciudad, cuando frenó un auto detrás de ellos. Juana dejó a Lisandro en brazos de Rosa y le pidió a ella y a Irupé que se alejaran unos metros.
“Asique llevas los chicos cuando visitas los tinglados de las chacras?” le gritó Jaime con la ventanilla baja del auto. Antes que Juana pudiera reaccionar se bajó del vehículo y tomándola del hombro, la tiró al suelo. Rápidamente Jaime con una piedra pesada del costado del camino le pegó en la sien a la mujer.  Juana sintió un gran dolor y luego todo se oscureció. Jaime la levantó, abrió el baúl, la echo adentro y subiendo nuevamente al vehículo, aceleró.
Los tres chicos quedaron llorando a la vera de la calle y en el piso una la bolsa con manzanas  desparramadas junto a un pequeño monedero.
Desde unos metros y desde una casa de chacra, una pareja observó la escena y corrieron hacía el lugar. La mujer abrazó al bebé y le gritó al marido que llamara a la policía con su celular.
Llegó una patrulla a los pocos minutos con dos agentes abordo. Nadie sabía que hacer hasta que el chacarero acertó en abrir el monedero. Allí estaba el documento de Juana que no hacía mucho que había renovado y constaba su domicilio. Todos, los agentes de policía, el matrimonio chacarero y los tres chicos, se trasladaron a la vivienda indicada en el documento.
Fue allí donde se produjo el milagro. Uno de los agentes recordó haber sido llamado por la mujer del lugar, pidiendo su intervención ante los castigos que le estaba propinando su pareja. Recordó también que fue él quien había notificado al hombre de la prohibición de acercamiento que había establecido el juez y por ello, sabía donde vivía.
Mientras tanto Jaime llegó a su casa, pero cuando quiso bajar el cuerpo de Juana del baúl, notó que esta se movía y quejaba. Recogió ahora un ladrillo y con ira le asestó un golpe a la mujer, nuevamente en la cabeza. Juana se desplomó sobre la rueda de auxilio y Jaime con un cable le ató fuertemente las manos y volvió a cerrar la tapa del baúl.
Sentado frente a la mesa de la cocina, con su cabeza sostenida por sus manos, vio que se abría la puerta que daba a la calle y a contraluz advirtió a los dos policías. “Que hiciste con la mujer? preguntó uno de ellos. “La maté - contestó - está en el baúl del auto”.
Uno de los agentes rápidamente salió a la vereda y abrió la tapa para ver el cadáver. Juana volvió a quejarse y movió una pierna. Con buen tino el agente cerró el baúl pidió a gritos la llave del vehículo, lo puso en marcha y fue inmediatamente a la guardia del Hospital Heller.
Juana estuvo dos días en Terapia Intensiva, dos días más en sala común y volvió a su casa en una ambulancia del hospital. Allí Carina estaba cuidando sus hijos y todos se volvieron a reunir con gran alegría.
Juana hoy colabora con la agrupación de mujeres que la supieron ayudar y, cuando la invitan, asiste a reuniones en donde se discuten cuestiones que tienen que ver con lo que ella más sabe: la violencia de género. Su aporte consiste en contar su vida y su visión del bajo mundo en que se mueven los actores de la trata de personas, la prostitución y la pobreza extrema. Trabaja como empleada doméstica en la chacra del matrimonio que presenció la escena de violencia. Los tres chicos asisten a la escuela.

Jaime está recluido en el Penal de Neuquén. Es taciturno, prácticamente no habla y nadie sabe si se ha arrepentido o no, de los tremendos daños que ha cometido.

Extraña muerte


Dice Augusto Ciruzzi en su interesante libro “Los médicos de Colonia Lucinda”, que en Marzo de 1900 se descargaban mercaderías de un carro y que a media mañana los hombres habían  parado un rato para tomar mate.
Aunque Augusto no lo dice, el carro estaba cargado de varios fardos, algunos con cueros de zorro, otros con los de cabras y de ovejas y hasta uno con cueros de puma; todos traídos de la zona de Barda del Medio. Allí, aguas arriba de donde hoy se inicia el canal grande del Alto Valle, había una barraca de acopio de frutos del país. El propietario recibía cueros, plumas de avestruz y lana de oveja y pelo de cabra, comprados a pobladores e indios de las zonas de Catriel, Buta Ranquil, Chos Malal y el sur mendocino. Todo esto luego se vendía en Buenos Aires.
Hasta poco antes, estas mercaderías las enviaba en carros a Bahía Blanca y desde allí a su destino en barco. Pero ahora quiso experimentar con el ferrocarril, que había sido liberado al servicio público en Junio del año anterior y que le ofrecía llevar su carga con rapidez y seguridad desde la punta de rieles al este del río Neuquén a la estación Constitución.
En el carromato que había llegado la tarde anterior, viajaba Juan Oliva, mendocino que vivió unos años en Chos Malal y que luego, peleado con una familia chilena por una cuestión de polleras, se radicó al principio del verano en la Colonia Picaza. Él y dos hombres más, estaban descargando los bultos en la estación del ferrocarril llamada Limay y que luego se llamaría Cipolletti. Frente al cuadro de la estación estaba lo que también luego se llamaría la avenida Fernández Oro, pero que en ese momento no era más que un sendero ancho en la vera norte de las vías y donde se evidenciaba el paso de los carros después de la lluvia. Y más allá unas pocas casas de adobe, algún alambrado y un molino que bombeaba agua para la muy escasa población del lugar.
En una mañana muy agradable, de las que suelen ocurrir al principio del otoño y anticipan un suave día soleado, los hombres habían terminado la descarga y los bultos esperaban la llegada de los vagones. Juan prendió un fuego con ramas secas de los tamariscos vecinos y colocó sobre ella una pequeña  pava negra.  Ya iban tres rondas cuando Juan, que estaba cebando sentado sobre el pescante, emitió un sonido gutural y dejó caer el mate que había querido pasar a uno de sus compañeros. Ante la sorpresa de los hombres, cayó hacia atrás y quedó inmóvil sobre el piso del carro. Uno de ellos se animó a arrodillarse al lado de Juan e intentó tomarle el pulso, comprobando que había fallecido. Con rostros empalidecidos por las circunstancias, ambos abandonaron rápidamente el cadáver y buscaron a un policía.
En esa época no había médico en toda la región y el suboficial que se aproximó al fallecido - que encontró indocumentado - debió certificar la muerte. Luego de dudar respecto a lo que iba a escribir, con letra temblorosa anotó en el formulario que se usaba para las partidas de defunción “Quien dicen se llamaba Juan Oliva, murió de repente tomando mate en arriba de un carro”. Y esto es lo que leyó Augusto Ciruzzi en el Registro Civil de Cipolletti de aquella época.

Cipolletti, Julio 2016                               Pedro Dobrée                    pedrodobree@gmail.com

martes, 26 de julio de 2016

Refranero animal


Al Rey Cóndor siempre le habían tocado cuestiones raras e intrincadas; circunstancias en donde le resultaba difícil dar una respuesta que lo dejara relativamente bien parado, como corresponde a un Rey. Pero siempre, de una manera u otra, había logrado salir del atolladero más o menos satisfactoriamente.
Pero esta vez no recordaba antecedentes que pudieran superar su actual estado de confusión, de extrañeza y hasta de malestar estomacal.  Era uno de esos momentos en que hasta pensaba si realmente valía la pena ser Rey. Para que tanto poder… para que tanto boato y remilgos por parte de quienes lo rodeaban,  si luego le venían a plantear algo que él no podía resolver.
Pues resulta que algunos animales, muchos en realidad, llegaron hasta la corte  para hacer – para colmo justamente en el Día del Animal – un planteo que de alguna manera podría llamarse gremial.
Había, ahora se enteraba, animales que se quejaban de la existencia, en el hablar de los humanos, de refranes que mencionaban a algunas especies pero no a la propia, o cuando lo hacían, era en forma descalificadora.
El cóndor estaba posado sobre una roca gigantesca que a su vez estaba ubicada al borde de un pequeño valle. En el fondo del valle estaban ubicados con cierta comodidad, los súbditos; es decir, el resto de los animales. Tanto la roca como el vallecito, estaban en la zona de mayor altura de la Meseta de Somuncura, una extensión de basalto y pasto coirón, que está en el sureste de la provincia de Río Negro y en el norte del Chubut.
“Por ejemplo perro que ladra, no muerde”, claramente se refiere a los perros y no a nosotras”, dijo una lagartija verde, paradita sobre una piedra grande.
“El pez por la boca muere es un poco lúgubre”, chilló un murciélago, “pero al menos menciona a los peces”.
“Tan feo como el pez grande se come al chico”, dijo irritada una mojarra desnuda desde un pequeño arroyo que bajaba por el vallecito, para luego desaguar en el río Valcheta.
“Hasta las moscas tienen lo suyo”, dijo el abejorro, “pues en boca cerrada, no entran moscas”.
“Y en ese mundo capitalista, A los caballos regalados, no se le miran los dientes”, gritó desde el fondo, un guanaco viejo y mañero.
“No creo que se refieran a nosotras - dijo con tono muy irónico la serpiente verde - “cuando se recomienda no buscarle la quinta pata al gato o que gatos con guantes no cazan ratones, siendo este último refrán de doble significancia en términos tangueriles, si Ud. me lo permite Sr. Rey. Pues allí están los gatos maulas y también los míseros ratones; aunque, admito, bien nos gusta comer a estos últimos”.
“Y  tampoco se alude a Uds., pienso yo al menos, mi querida amiga”, dijo la oveja “cuando se dice que más vale pájaro en mano, que cien volando”. Y mirando socarronamente por encima de su hombro, le terminó diciendo “…si Uds. no tienen ni manos”.
Una garza blanca desde la rama de un sauce llorón, miraba impávida la polémica entre la oveja y la serpiente.
Pero dicho esto la oveja se turbó, pues notó que había mencionado a los pájaros y el Cóndor era un pájaro. Pero pareciera que el Rey no se había dado cuenta, y no reaccionó ante el comentario. La garza si lo percibió y aunque le resultaba difícil sonreír, intentó hacerlo.
“Que no te den gato por liebre” dijo el zorrino, desde un punto lejano del faldeo, porque nadie quería estar cerca de él. Y desde el otro extremo una araña grande y gris gritó “… aquí nadie es el pato de la boda y no tiene por qué, menos que menos, ser un chivo expiatorio”.
A esta altura de la reunión, hubo varios animales que hablaban excitadísimos a la vez, cosa que sabía estar absolutamente prohibido en las audiencias del Rey.
El Soberano de los grandes cielos estaba entrando en un estado de gran confusión y nerviosismo.
“Para colmo”, objetó con voz gruesa el puma, que por su ferocidad siempre tuvo una posición de privilegio en la corte, “el chancho tiene varias menciones. Pues además de decirse que a cada chancho le llega su San Martín, también se lo sobresee al decir que “la culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer”. Me parece y con todo respeto por vuestra investidura Señor Rey – continuó – que esto es un poco excesivo”.
“Las vacas también tienen lo suyo, porque se dice que vaca que cambia de querencia, se atrasa en la parición” dijo un joven zorro colorado, que siempre se creía muy listo. “Además, para seguir con los parientes de la señora – continuó – siempre hay un buey corneta o alguien que sea torazo en rodeo ajeno. Y más aún, todos coinciden con que el buey lerdo bebe el agua turbia.
Aprovechando la confusión y que ya nadie escuchaba lo que decían los demás, sino mas bien solo su propia voz, un hurón, viejo concejero del Rey, le habló a la oreja; “son todos una manga de envidiosos y cada uno debería estar satisfecho con el lugar que les tocó. Ya lo ha dicho el Viejo Vizcacha en el Martín Fierro y tu deberías aplicar esta máxima: cada lechón en su teta, es la forma de mamar”.
“Tienes razón otra vez mi querido hurón, salvador de mil momentos de dudas y vacilaciones” graznó el Rey, moviendo lentamente la cabeza de lado a lado, pero con una fría y cruel luz en sus ojos. Y con una rápida recuperación de su sensación de majestuosidad segura, continuó “… tendré que convencerlos de que no deben reclamar y molestarme más por estas sonseras”.
Contento, “como perro con dos colas”, el cóndor hizo señales de silencio y carraspeó, aclarando la garganta para iniciar su discurso.
“He escuchado atentamente vuestras quejas y reclamos y por ello les digo en primer lugar que a cada uno les ha tocado lo que el destino a fijado y nada se puede hacer al respecto. Pero en segundo lugar, les informo que he resuelto enviar una enérgica nota a las autoridades humanas de este país, exigiendo que para el ejercicio fiscal que se inicia el próximo verano, se deberá prever una partida presupuestaria que permita hacer doce pagos mensuales, iguales y consecutivas a esta monarquía. Todo en concepto de canon o regalía, por el uso de los nombres de nosotros los animales, en el lenguaje habitual de los hombres”.
“El rey, es decir yo, deberá estimar las formas en que cada uno ha de recibir la parte de estos pagos que le corresponda, luego de practicarse una deducción por comisión de gestión que esta corte guardará para si.”
Los animales rompieron en un aplauso estruendoso y generalizado, con excepción probablemente y por fuerza mayor, de la serpiente y de la mojarra. Y con ello el gran pájaro tomó vuelo y con su aleteo majestuoso se dirigió hacia el oriente, donde solía ir varias veces en el año, a mirar las olas llegando a la playa y a oler el aire del mar.

Pedro Dobrée
Cipolletti, Julio de 2016




El albatros de Isla Negra


En Diciembre de 1964 se recibió de Bachiller, luego de aprobar con cierto esfuerzo Matemáticas y Geografía.
Julio Domínguez era el único hijo del Arquitecto Segundo Domínguez y de Constancia La Fenu. Vivía en la calle Tucumán de General Roca, una de las ciudades importantes del Alto Valle del río Negro, parte de lo que se denominaba en esos años la “ciudad lineal”, un conglomerado de poblaciones erigidas a la vera de la Ruta Nacional 22 y de las vías del ferrocarril, que unen Bahía Blanca con Zapala y que corrían paralelos al gran río Negro. Su casa era un moderno chalet de dos plantas con un anexo que tenía el triple propósito de quincho, estudio de arquitectura y taller de artes plásticas que dirigía Constancia.
Cerca de fin de año su madre había recibido una llamada telefónica de una gran amiga de su adolescencia en Buenos Aires, Delia Del Carril, actual esposa del poeta chileno Pablo Neruda. Delia llamó, para saludarlos en las fechas de fin de año y para invitar a su ahijado Julio, a pasar quince días a la orilla del mar en Chile, hospedado en la casa que Neruda poseía en la pequeña villa de Isla Negra.
Constancia tuvo dos objeciones. El primero se refería a que Julio debía estar antes del 15 de Marzo en Buenos Aires, iniciaba sus estudios de arquitectura en la U.B.A. La segunda en que Isla Negra estaba alejado de las grandes ciudades, que no era sencillo llegar hasta allí y que Julio recién tenía 18 años y nada de experiencia para valerse solo y sortear las dificultades de un viaje largo, varios medios de transporte y las complicaciones de pasar de uno a otro.
Delia ocupó varios minutos para derribar los argumentos de su amiga. Se comprometió a buscar a Julio cuando llegara a Santiago y llevarlo luego a Isla Negra. Para la vuelta, ella sugería que viajaran juntos en avión a Buenos Aires, donde ella debía estar presente el primer sábado de Marzo. Esa tarde se produciría la inauguración de una muestra de un grupo de acuarelas y de oleos que le estaban organizando en el centro de la ciudad.
Constancia que luego obtuvo el apoyo de su marido, aceptó. Y hacia mediados de Febrero, Segundo acompañó a su hijo hasta Neuquén desde donde Julio debía tomar un ómnibus hasta Temuco y luego por la Carretera Central, pasando por Chillán y Rancagua, a Santiago de Chile.
Para Julio fue una experiencia nueva y exitante; nunca había hecho un viaje tan largo y, para colmo de males, en un país que no era el propio. Pero todo anduvo bien y en los dos días que duró, fue rápidamente adquiriendo tranquilidad. El nerviosismo volvió cuando llegaron a la gran terminal de ómnibus, o buses como aprendió a decir, del final del camino, pero se aquietó cuando vio a Delia parada en el andén.
“Bienvenido a Chile, Julito” le dijo Delia, dándole un abrazo fuerte. “Ahora almorzaremos y luego salimos en el auto de un amigo de Pablo hacia Isla Negra. Estuviste alguna vez en una playa del Pacífico?” Julio contestó que no, que conocía Mar del Plata y Necochea, pero que nunca había estado del otro lado del continente.
A la noche llegaron a Isla Negra; Neruda salió a recibirlos con un beso prolongado para Delia y un fuerte abrazo para Julio. Esa noche apenas comió del cansancio que tenía y cuando le indicaron la cama a usar durante su estadía, cayó sobre ella dormido.
A la mañana siguiente abrió los ojos cuando ya hacía rato que había amanecido. Salió por la puerta de la casa que daba a la playa y lo impresionó la luz y el reflejo del sol sobre la arena y las olas.
Cuando exploró la vivienda, que era muy amplia y luminosa mirando hacia el océano, se encontró con gran cantidad de objetos como lámparas, cuadros de numerosos pintores colgando de las paredes, varios mascarones de proa inmensos y de aspecto atemorizantes algunos de ellos, caracoles de diversos tamaños y colores, libros en bibliotecas grandes instaladas en las estancias de la casa, botellas vino, de coñac, de whisky y de vodka en abundancia, naves de juguete, catalejos, brújulas y sextantes, jarrones orientales y biombos chinos y cimitarras musulmanas. La casa de Neruda le impresionó mas como un museo, que una casa. Un museo que tenía un solo visitante principal: su propietario; y en donde la visión de cada objeto cuidadosamente colocado sobre paredes, estantes, mesas y vitrinas, le permitía recordar y armar la historia de sus viajes, de sus amistades y de su vida.
Durante los próximos días alternó caminatas por la costa, por las calles arenosas de la pequeña villa y charlas con Delia y Pablo sobre poesía, novelas y pinturas. Aunque Julio escuchaba y opinaba escasamente, estaba acostumbrado a estos temas por ser frecuentes en la casa de sus padres.
Pero lo que más le gustaban eran las caminatas por la playa, a menudo incluyendo baños en el mar. Podía caminar toda una tarde y no se cansaba de levantar caracoles, piedras de diversos colores y troncos de árboles gastados y esmerilados durante años por el agua y la sal. A estos les encontraba parecidos con diversos objetos pertenecientes al mundo que lo rodeaba como el brazo de un hombre, un pájaro pequeño, el pecho de una mujer, una flauta o un cuchillo.
Una tarde que luego de comer había permanecido Julio en el comedor escuchando a Delia contar anécdotas de cuando ella y Constancia eran jóvenes, Neruda apareció luego de haber dormido una siesta. “Vamos a caminar por la playa – los invitó a ambos – la tarde esta nublada, pero está todo muy calmo y se me ocurre propicio para mirar el mar y adivinar las islas que están más allá del horizonte”.
Bajaron a la playa por el sendero de piedras y ripio que se iniciaba en la puerta trasera de la casona. La llegada del trío ahuyentó un grupo de garzas que vigilaban la orilla del mar desde unos pastizales contiguos a la arena. “Porqué se llama esto Isla Negra – preguntó Julio – si aquí no hay ninguna isla?” Delia fue quien le contestó: “Es que Pablo, cuando primero llegó a la región, vio esa roca negra – apuntó mar adentro – y aunque en realidad no es una isla estrictamente hablando, le pareció que este podría ser un lindo nombre para su vivienda. Así quedó y ahora hasta la pequeña villa que rodea la casa la llaman así”.
Cuando llegaron a la franja de arena fina, se dirigieron hacia el norte mientras algunas gaviotas revoloteaban sobre sus cabezas emitiendo graznidos irritados. Los tres, aunque estaban vestidos, se quitaron los zapatos y con estos en la mano, siguieron caminando.
Cuando la casa ya era una figura pequeña en el horizonte y Julio que se había alejado unos metros del matrimonio, se dio vuelta y gritó: “Que pájaro es este?” Sobre la arena con un ala larga estirada, sus plumas sucias de algas, yacía muerto un ave de gran tamaño. Neruda se acercó “es un albatros y vienen de lejos”. Los tres se quedaron mudos mirando por unos instantes al animal. “No podemos dejarlo así, merece respeto – dijo Pablo – Julio, podrías ir hasta la casa y traer una pala que está apoyada sobre la pared, a la salida de la cocina?”
Un gran albatros gris
murió aquel día.
Aquí cayó
en las húmedas arenas.

Como respuesta Julio dio media vuelta y empezó a correr hacia la casa y en pocos minutos estaba de vuelta con la pala. “Hacedle un pozo, no hace falta que sea muy hondo, pero lo suficiente para que los oleajes no lo vuelvan a destapar”. El pozo debió ser ancho porque la rigidez del ala estirada no permitía su plegado. Finalmente Julio lo cubrió de arena y Pablo pisó encima, para que se compacte la tumba.
Desde Nueva Zelandia
cruzó todo el océano
hasta morir en Chile.
El océano en este
ancho sendero
no tiene isla ninguna,
y el albatros errante
en la interplanetaria parábola
del victorioso vuelo
no encontró sino días,
noches, agua,
soledades, espacio.
………………………………………………
Ave albatros, perdón,
dije, en silencio,
cuando lo vi extendido,
agarrotado en la arena,
después de la inmensa travesía.
Héroe, le dije, nadie
levantará sobre la tierra
en una plaza de pueblo
tu arrobadora
estatua, nadie.
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Muchos años después leyendo una antología de Pablo Neruda, Julio vio el poema “Oda a una Albatros viajero” y se dio cuenta, con orgullo, que él había sido testigo privilegiado del momento en que nació el germen de una de las obras más atractivas del gran poeta.
Pedro Dobrée    pedrodobree@gmail.com

Cipolletti, Julio de 2016